Markel
A finales de febrero los días se alargan un poco y la primavera catalana amaga con asomar, pero yo no la noto.
Yo vivo el mes entero dentro del gimnasio.
Entreno con Mikel mañana y tarde, pero con descanso de verdad en el medio, con una hora de fisio con Celia Fos, con comida caliente en casa a las tres, con siestas reales de cuarenta minutos y con cero sesión nocturna.
Le mando a Roser los papeles con las horas los domingos por la noche, como prometí.
Los rellena Pau por mí a veces, que es peor contable que bueno pero que los escribe con la letra limpia.
Es una letra de profesor de instituto, de maestro de escuela antiguo, una letra muy de mi padre la primera vez que la vi y que ahora ya he asimilado como suya.
Pau cambia un poco también. Duerme. Ya no aprieta la mandíbula.
El gimnasio ha quedado nuestro, pero con los cuatro socios en papel y los números saneados, se le ha soltado una cuerda que no sabía que tenía tensa.
Lo noto en que ya no se duerme en el sofá viendo documentales.
Se duerme en la cama, a mi lado, con la mano apoyada en mi cintura.
Se le ha vuelto a meter el catalán en la cocina, también, lo noto en que canta otra vez canciones de Lluís Llach mientras pela cebolla.
Llevaba tres años sin cantar de fondo. Yo no le digo nada, no quiero estropear el ritmo, pero le escucho desde el sofá con la pierna en alto y me digo «Pau Vergés ha vuelto a cantar, mira tú».
El doce de marzo a las once de la mañana aparece Tina Dean en la puerta del rocódromo.
Tina Dean es americana, de Denver, campeona del Mundial de lead del año pasado, tiene treinta y cuatro años y es, objetivamente, la mejor escaladora del planeta ahora mismo.
Entra con una mochila pequeña, mallas negras, un forro polar morado y el pelo rubio recogido en una coleta tensa.
— Tina.
— ¿Un día?
— Un día.
Le he dicho a Mikel hace un mes que vendría a Barcelona a entrenar veinticuatro horas antes de su viaje a Seúl.
Mikel nos ha organizado una sesión conjunta.
Pau no la conoce todavía. Pau está detrás del mostrador, en jersey azul oscuro, con un café en la mano y una factura del proveedor de magnesio en la otra. Levanta la vista cuando entramos.
— Pau — digo —, Tina Dean.
— Hola, Tina — dice Pau.
— Hola. He oído mucho sobre ti.
— Yo de ti, también. Escalas bien.
— Tú también, me han dicho.
— Yo ya no escalo, Tina.
— Yo tampoco dejaría de escalar viviendo con este.
Pau se ríe. Me mira. Le mira.
Tina me da un abrazo, de los rápidos de los americanos, con palmetazo en la espalda.
— Venga. Muro.
— Muro.
———
Entrenamos dos horas y media. Vías de resistencia largas.
Crux invertidos. Simulación de tiempos. Tina me corrige una secuencia que yo llevo seis meses haciendo mal.
Me corrige con un gesto pequeño, sin mirarme, casi sin hablar.
Los buenos corrigen así. Los que saben no se gastan mucho explicando.
Mikel, desde la colchoneta, asiente cada vez que Tina me corrige, y eso es lo que más me jode: que Mikel ya lo sabía y no me lo había dicho de la misma manera.
A veces hace falta una americana de Denver para que uno escuche por fin.
Cuando terminamos, nos sentamos en el borde de la colchoneta. Tina se bebe medio bidón de agua. Se seca la frente con la muñeca.
— Markel.
— Dime.
— ¿Estás listo?
— Estoy listo.
— ¿Tu tobillo?
— Aguanta.
— ¿Tu cabeza?
— Aguanta.
— Eso último es lo que importa.
— Lo sé.
— Te digo una cosa.
— Dime.
— El año pasado yo gané en Innsbruck con la cabeza rota por una separación. No ganes tú este año con la cabeza colocada por estar bien. Eso sería aburrido.
— Tina.
— Era broma.
— Ya lo sé.
Se ríe. Me da un puñetazo flojo en el hombro. Se levanta. Coge la mochila.
— Pau parece buen tío.
— Lo es.
— Y las niñas.
— Las niñas son buenas tías.
— Seúl.
— Seúl.
— Por el bronce.
— No vayas ya subiéndome el listón, Tina.
— Markel, si vas a Seúl sin pensar en ganar, no vayas.
— Voy pensando en acabar la final.
— Vale. Eso.
— Eso.
Se va. Me deja solo en la colchoneta con la cuerda enrollada y el pulso en los oídos todavía.
Pau sale de la oficina. Se sienta a mi lado.
— ¿Qué tal la americana?
— Intensa.
— Ya se le nota.
— Sí.
— ¿Te ha puesto firme?
— Me ha puesto firme.
— Eso es bueno.
— Eso es bueno.
Me apoyo en él. Huele a café y al dejar que huele Vertical siempre, a magnesio y a goma y a algo que nunca he sabido identificar.
———
A las siete de la tarde llegan Iago y Jaume.
No los esperaba. Pau me ha dicho por la mañana que iban a pasarse, pero yo había entendido «se pasan mañana».
Entran los dos con mochilas pequeñas, Jaume con una camiseta amarilla imposible que le queda mal a cualquiera menos a él, Iago con el gorro de lana que le he visto en tres fotos de Instagram esta semana.
— Vasco — grita Jaume desde la puerta —. ¿Aquí es donde nos despedimos?
— Aquí, pesao.
— Pesao tú.
Me dan los dos un abrazo de tres. Iago primero, más tranquilo. Jaume después, con empuje. Se me clavan las sillas en los riñones.
— Vais a Chamonix, ¿no? — digo yo.
— Tres semanas. Roca de primavera temprana. Friki total.
— Envidia.
— Mentira.
— Envidia, envidia.
— Seúl es más grande.
— Seúl es Seúl. Chamonix es mi infancia. No se comparan.
— Te vamos a grabar la final si tenemos wifi en el refugio.
— No hace falta.
— Te la grabamos igual.
Nos sentamos en la cafetería los cuatro con Pau.
Pedimos cervezas. Jaume pide una Coca-Cola Zero, que dice que ya no bebe porque estamos en semana de entrenamiento para roca y él esta vez sí se lo toma en serio.
Iago se pide una cerveza y se ríe de Jaume.
Jaume le llama aburrido. Nos reímos los cuatro.
Iago me mira después de la segunda ronda.
— Markel.
— Dime.
— Cuando empezaste aquí en septiembre, yo te avisé a Pau de que traías tormenta.
— Lo sé.
— Me equivoqué.
— Te equivocaste.
— No del todo. Traías tormenta, pero venía bien.
— Eso es mejor.
— Jaume y yo te queremos decir una cosa.
Jaume se pone serio un segundo. Mete las manos debajo de la mesa.
— Markel — dice Jaume —, si tú y Pau queréis, queremos ser los padrinos.
— ¿Padrinos de qué?
— De lo vuestro.
— No vamos a casarnos ya.
— Ya. Pero cuando os caséis, nosotros ponemos las gafas de sol y el traje. Como reserva.
— Joder, Jaume.
— Pau ya lo sabe. Le dije a Pau el otro día por Whatsapp.
Miro a Pau. Pau asiente sonriendo.
— Vale.
— Vale.
— Pero lo más probable es que os nombremos padrinos de las niñas antes, si tanto queréis.
— Eso también, no nos importa el orden.
— Aceptado.
— Aceptado.
Nos levantamos. Iago me abraza por segunda vez.
Jaume también. Pau los mira con la cara que pone cuando está a punto de ponerse tierno, pero se controla.
Nos despedimos. Se van a Chamonix mañana temprano.
Nos lo dicen tres veces. Iago me agarra del brazo en la puerta y me dice «Markel, no te apures, que en la grada ese tío te lo grita como una madre».
Yo le digo «ya lo sé». Y le dejo irse antes de que se note nada.
———
A las nueve y media cerramos Vertical. La puerta automática se queda atascada al cerrar y Pau le da un golpe en el carril, como siempre.
La cinta se desenreda, la puerta baja con su crujido familiar y se cierra con el clic.
Subimos al coche. Pau conduce. Yo apoyo la cabeza en el cristal frío.
Por la radio del coche pasan un anuncio del Día del Padre, que es en marzo en España, y los dos nos miramos sin decir nada.
Aita. La palabra anda flotando últimamente por todas las esquinas.
— Markel.
— Dime.
— Dos días.
— Dos días.
— ¿Listo?
— Listo.
— ¿Preocupado?
— Un poco. Pero bien.
— ¿Miedo?
— El miedo justo.
— Vale.
En casa las niñas ya han cenado con los abuelos. Joan y Montse se están despidiendo cuando entramos. Joan me abraza.
— Vasco.
— Joan.
— Tú tráemela.
— ¿A la medalla?
— A mi hija.
— Joan, yo no soy tu hijo.
— Tú ya me entiendes.
— Te entiendo.
Me aprieta el hombro. Montse me da un beso en cada mejilla.
— Suerte, hijo.
— Gracias, Montse.
— Y diles a tus padres que los llamaremos desde Seúl por videollamada. Iziar está ilusionada.
— Se lo diré.
Se van. Las niñas nos esperan en pijama delante de la tele con un capítulo de Bluey en pausa. Aina salta cuando me ve.
— Aita, ¿has entrenado mucho?
— Mucho.
— ¿Te duele algo?
— Un poco.
— ¿Dónde?
— Los dedos.
Me coge los dedos. Me los sopla uno a uno.
Es un ritual que han inventado las dos hace tres semanas.
Cura los dedos sopladitos. Irene no me sopla, Irene me coge la mano y me la pone contra su mejilla.
La tiene fría. La mía la tengo fría también, porque acabo de llegar de la calle.
Las dos manos heladas se calientan entre ellas en silencio.
— Aita.
— Dime.
— En Seúl hablan coreano.
— Hablan coreano, sí.
— ¿Tú sabes coreano?
— No.
— ¿Y cómo vas a comer?
— En el hotel hay cartas en inglés.
— Vale.
— Y señalo el plato.
— Vale.
———
Cuando las niñas se acuestan, Pau me sigue al cuarto. Yo saco la maleta del armario del pasillo. Empiezo a meter la ropa técnica. Pau se sienta en el borde de la cama con una camiseta entre las manos y no mete nada.
— Pau.
— Dime.
— Tú también tienes que hacer maleta.
— Lo sé.
— La vuestra sale el jueves.
— Lo sé.
— Las niñas ya tienen la mochila desde hace tres días.
— Lo sé.
— ¿Qué te pasa?
— Nada.
— Miente peor.
— Miento peor, ya.
Se levanta. Se acerca. Me abraza por detrás. Apoya la cabeza en mi espalda.
— Markel.
— Dime.
— Yo nunca he ido a ver a nadie a una competición importante.
— Ya lo sé.
— Gerard no competía así.
— Ya lo sé.
— Me pongo nervioso por ti.
— Tienes permiso.
— Gracias.
— No se me ocurre otra persona que prefiera tener en la grada.
— Vale.
— Vale.
Me giro. Le beso. Le aparto el pelo de la frente. Tiene la barba mojada porque ha estado recogiendo platos y se ha tocado la cara. Se la seco con el dorso de la mano.
— Pau.
— Dime.
— Kuttuna.
Me mira. Sonríe. No se ríe. Sonríe de los de verdad.
— Kuttuna — repite.
— Lo has dicho.
— Lo he dicho.
— Como se dice.
— Me lo sé. Aproximado.
— Aproximado se vale.
Me besa en los labios. Un beso corto. Luego me besa en el cuello. Me da mordiscos pequeños a la altura de la mandíbula. Me sopla en la oreja.
— Pau.
— Dime.
— Nos vamos en dos días a Seúl.
— Ya.
— Y tengo que meter catorce camisetas técnicas en una maleta.
— Ya.
— Y tú me estás distrayendo.
— Ya.
— Vale.
— ¿Vale qué?
— Vale, que distráeme.
Se ríe contra mi cuello. Me empuja hacia la cama. Me cae encima. Me besa con más ganas. Las maletas se quedan abiertas en el suelo con la ropa todavía sin meter. Las camisetas técnicas me importan un carajo.
———
Más tarde, a la una y media de la madrugada, yo con la maleta medio hecha y Pau con la cabeza apoyada en mi pecho, miro al techo.
Los focos de la calle dibujan un cuadrado alargado sobre el armario.
La grieta del techo en forma de rayo me parece, esta noche, una línea de cumbres vista desde el caserío.
Pau respira despacio. No duerme todavía.
— Pau.
— Dime.
— Todavía no te he dicho lo que decidí en la sesión sola con Roser.
— Ya me has dicho. Bajar carga. Terapia. No romperte nada.
— Eso sí. Pero había algo más.
— ¿Qué?
— Te lo cuento en Seúl.
— Me lo vas a contar en Seúl.
— Te lo voy a contar en Seúl. Después de la final. Que sea lo que tenga que ser. Medalla o no.
— Markel.
— Dime.
— ¿Es bueno?
— Creo que es bueno.
— Vale.
— Tú te ilusionas hasta entonces solo lo justo.
— Lo justo.
— Vale.
— Vale.
Me besa en el pecho. Se acomoda. Cierra los ojos.
Dos horas después sigo despierto con los ojos en el techo.
El anillo lo compré hace tres semanas en la misma joyería de Gràcia, en plata con una línea negra.
Me lo dieron en una caja pequeña de madera.
Lo escondí en la maleta, en el bolsillo interior, en un calcetín enrollado.
No lo voy a llevar a la competición. Lo voy a dejar en el hotel.
Para el jueves siguiente, cuando bajemos a Seúl después del Mundial.
Para el hotel. Para la ciudad por la noche. Para después.
Me giro. Miro a Pau dormido. La boca un poco abierta.
La sombra de las pestañas sobre la mejilla.
La mano sobre mi costado, laxa, pesada. Las canas plateadas de las sienes le brillan con la luz que entra por la ventana.
Me sale, sin pensarlo, una sonrisa pequeña que no se la enseño porque está dormido.
Y le doy un beso en la frente que tampoco siente.
Y me digo en voz muy baja, en la oscuridad, para nadie excepto para mí:
— Markel, a Seúl. Fase por fase. Sin saltar.
Me giro boca arriba. Cierro los ojos. Mañana a las seis entreno. Jueves volamos. Viernes Seúl.
Todo por orden.
Todo.