Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

Enric Company entra en Vertical a las diez y veinte de la mañana del lunes siguiente como si el gimnasio fuera suyo.

Lleva abrigo largo gris, bufanda de cachemir y zapatos que no pegan con el suelo de caucho.

Le saluda al camarero del bar del rocódromo como si el camarero del bar del rocódromo le debiera algo, y el camarero, que se llama Dani y lleva conmigo seis años, le sirve un café pidiéndome disculpas con la mirada.

Yo le veo desde la oficina por el cristal. Desde la primera vez que vino en diciembre no me ha llamado una sola vez. Tres meses de silencio. Uno cree, uno se lo cree, al menos a medias. Yo me lo había creído a medias.

Ahora entra otra vez.

Bajo la escalera despacio. Me planto delante de él en el mostrador.

— Enric.

— Pau.

— ¿Qué tal?

— Bien. Tú dirás.

— Yo tú dirás, que has venido tú.

Se ríe. Le pone un terrón de azúcar al café. Lo remueve con la cucharilla.

— Pau, ¿podemos subir a tu oficina?

— Podemos.

— No quiero hablar aquí delante del chico.

— Vale.

Subimos. Le abro la puerta. Cierro detrás. Se sienta en la silla de delante de mi mesa como si fuera su mesa. Saca una carpeta marrón del maletín. La pone encima.

— Te traigo un número actualizado.

— No te he pedido un número actualizado.

— Ya. Pero te lo traigo igual. Porque las cosas han cambiado.

— ¿Qué ha cambiado?

— He hablado con mi junta. Te ofrezco un millón doscientos mil euros por Vertical. Edificio, marca, contratos. Todo dentro.

Me quedo quieto. Un millón doscientos mil euros.

Eso es más del doble de lo que me ofreció en diciembre.

Es más del triple de lo que he tasado el gimnasio en papel este enero con el contable.

Es el valor de diez años de pagar la hipoteca a cero que yo me he ahorrado gracias a Gerard.

Es un colchón para las niñas hasta la universidad.

Es una red de seguridad que no he tenido desde que se murió el hombre que firmaba conmigo los papeles.

No digo nada. Me siento al otro lado de la mesa. Cojo la carpeta. La miro por encima.

— Enric, ¿por qué tanto?

— Porque te necesito.

— ¿Me necesitas?

— Urban Climb tiene una deuda pendiente con una cadena francesa que quiere comprarnos. Les interesamos si somos lo único grande en Barcelona. Tú eres la otra pieza. Me la quitan o me la dan.

— Aha.

— Si te compro, ellos nos absorben a mi equipo y a mí por el triple de lo que yo pago por ti. Y tú te llevas la mitad de eso en una operación limpia, sin deudas, sin riesgo. Y puedes dedicarte a ser padre a tiempo completo.

— ¿Por qué me cuentas esto?

— Porque no te lo cuento como amigo. Te lo cuento como número.

— Vale.

Asiente. Se echa hacia atrás en la silla. Cruza las piernas.

— Pau, piénsalo. Tienes dos niñas, un novio que se va al Mundial, un gimnasio con el margen justo, una hipoteca pendiente y a tu suegra dándote la tabarra desde Alzira. Te suelto esto y te tomas un año sabático. Recuperas tu vida. Encuentras otra cosa.

— Mi vida no necesita recuperarse, Enric.

— No, porque tú no te rindes. Pero tu cuerpo, Pau, lo veo desde fuera. No tienes treinta años. Tienes treinta y cinco. Y un muerto encima.

— Eso último te lo vas a guardar.

— Vale.

Se queda callado. Le he alzado la voz sin querer. Me tranquilizo. Respiro.

— Mira, Pau. No he venido a pelearme. Te dejo la carpeta. Mis abogados te mandan una propuesta mañana al email. Tienes quince días para decidir. Después, el precio baja y la oferta se muere.

— Vale.

— Llámame.

— Vale.

Se levanta. Se pone el abrigo. Se gira antes de salir.

— Pau.

— Dime.

— Es un buen número.

— Lo es.

— Piénsalo en frío.

— Voy a pensarlo.

— Saludos al vasquito.

— El vasquito se llama Markel.

— Como tú digas. Saludos.

Cierra la puerta. Oigo sus pasos bajar la escalera. Oigo su voz despidiéndose de Dani en el mostrador. Luego la puerta del rocódromo. Luego silencio.

Me quedo con la carpeta entre las manos. Un millón doscientos mil euros. Me siento en la silla. Pongo la carpeta boca abajo en la mesa. No la abro.

———

Al mediodía llamo al contable, Eduard. Le cuento. Eduard me escucha. Me dice que es una oferta que se rechaza o se acepta, pero que no se negocia mucho con Enric porque Enric es un hombre que va a las ofertas finales, no a los regateos.

— Eduard, ¿tú qué harías?

— ¿Yo?

— Tú.

— Pau, no soy yo el que tiene dos hijas de nueve años y una vida por reconstruir.

— Ya lo sé. Te pregunto aun así.

— Yo venderia.

— Vale.

— Con un millón doscientos, puedes pagar hipoteca, invertir, vivir diez años sin trabajar. Puedes abrir otra cosa más pequeña con menos responsabilidad. Puedes poner un fondo para las niñas hasta la universidad.

— Ya.

— Pero yo no te quiero a ti, Pau. Yo quiero cuadrar las hojas. Si me preguntas por ti, no lo sé.

— Vale.

Cuelgo. Me quedo con la carpeta todavía boca abajo.

———

Esa noche se lo cuento a Markel en la cocina cuando las niñas ya se han acostado.

Él está amasando una pizza casera porque ha decidido que tiene que aprender a cocinar en serio y la pizza es lo primero.

La masa se le pega a los dedos. Tiene harina hasta en las cejas.

Se pone un delantal que era de Gerard y que yo le dejo usar sin contarle que era de Gerard, porque si se lo cuento me lo devuelve y a mí me gusta verlo en él.

— Markel.

— Dime.

— Enric Company ha vuelto. Un millón doscientos mil euros.

Para de amasar. Deja las manos encima de la masa. Me mira.

— Repite.

— Un millón doscientos mil euros, Markel.

— Hostia.

— Ya.

— ¿Y tú qué le has dicho?

— Que lo pensaba.

— Vale.

— El contable me dice que venda.

— Vale.

— Y tú me dices.

— Yo te digo que no vendas.

Se limpia las manos en el trapo. Viene al otro lado de la encimera. Me coge los hombros. Me mira a los ojos.

— Pau. No vendas.

— Markel.

— No vendas, y te lo digo no como tu novio. Te lo digo como tío que te conoce desde hace seis meses y te ve con el gimnasio.

— Dímelo como novio también.

— Como novio te lo digo también. No vendas. No vendes por pasta. Vendes por rendirte a un cobarde. Enric no te ofrece un millón doscientos porque te lo mereces. Te lo ofrece porque le vales esa cifra en otra operación en la que él gana más.

— Lo sé.

— Lo sabes.

— Lo sé.

— Vertical eres tú, Pau. No es un número en Excel.

Es el sitio donde saliste con Gerard. Donde escalan las niñas.

Donde te conocí yo. Donde la gente del equipo nacional entrena.

Donde Iago y Jaume tienen su pared favorita.

Y si lo vendes a Enric Company, Enric Company dentro de tres años lo habrá convertido en otra cosa con el mismo nombre y con otra gente.

— Lo sé.

— Entonces no vendes.

— Me falta pasta para los siguientes tres años, Markel.

— ¿Cuánto te falta?

— Trescientos mil.

— ¿Para los tres años?

— Para los tres años.

Se queda callado. Mira la masa de la pizza. Se vuelve a limpiar las manos. Se quita el delantal. Lo cuelga del respaldo.

— Pau, siéntate.

— Estoy sentado.

— Ya lo sé. Siéntate mejor.

Me siento mejor. Me mira.

— Yo pongo ciento cincuenta mil.

— Markel.

— Escucha.

— No.

— Pau, escucha. Llevo cuatro años fichado por un equipo grande.

Tengo ahorros. Tengo patrocinios de Petzl, de Scarpa, de un par de marcas más.

Tengo trescientos mil en el banco intacto desde antes de Javi.

Puedo poner ciento cincuenta mil sin tocar la otra mitad.

Quedo como socio minoritario a la diez por ciento.

Lo escrituramos bien. Si nos separamos algún día, que no, pero si, tú me devuelves al valor que corresponda. Papeles claros.

— No puedes meter tu dinero en mi gimnasio.

— Sí puedo.

— Markel.

— Pau, aita. Sí puedo.

Lo ha dicho. No sé si es broma, si es deslizamiento, si es su manera de marcar lo que Irene dijo el viernes. Pero me deja tieso.

— Joder, Markel.

— Perdona.

— No. No perdones.

— Vale.

— Vale.

Respiro. Tengo las manos abiertas encima de la mesa.

— Markel, faltan ciento cincuenta mil.

— Arnau.

— Arnau no tiene.

— Arnau tiene más de lo que enseña. Pregunta.

— Vale.

— Y Roser.

— Roser.

— Roser me contó el otro día en la sesión de pareja que había heredado algo del padre de Gerard. Y que nunca ha tocado ese dinero.

— No. Eso lo heredó ella de mi suegro antes de que Gerard se muriera, y es suyo.

— Pau. Pregúntale.

— Eso es suyo.

— Pregúntale.

— Joder.

— Pregúntale.

Me levanto. Voy al sofá. Me siento. Me llevo las manos a la cara. Markel viene detrás. Se sienta a mi lado. Me pone la mano en la nuca.

— Pau.

— Dime.

— Llama a Roser.

— No le voy a pedir eso.

— No le pidas. Pregúntale. Que ella decida.

———

Roser me contesta al segundo tono.

— Hermanito.

— Roser.

— ¿Cómo estás?

— Enric Company un millón doscientos.

— Hostia.

— Ya.

— ¿Y?

— Y me faltan trescientos mil para no vender.

— Vale.

— Markel pone ciento cincuenta.

— Vale.

— Arnau no sé si puede, voy a preguntarle.

— Vale.

— Y Roser, no quería preguntarte, pero Markel me ha dicho que te preguntara.

— ¿Sobre?

— Sobre lo que papá te dejó.

Silencio en el otro lado. Cuatro segundos.

— Pau.

— Dime.

— Cien mil. Los saco mañana.

— Roser, no.

— Roser, sí.

— Roser.

— Pau, ese dinero lo tengo guardado porque nunca he sabido qué hacer con él.

Era de papá, sí. Pero era un dinero que papá ahorró viniendo a Vertical a subirse a las vías los domingos con Gerard.

Lo ganó como contable. Lo gastaba en escalar.

Ese dinero entero tiene tu gimnasio escrito encima desde que murió papá.

Tú no lo has visto porque es mío. Pero yo sí que lo veo.

— Roser.

— Te digo que cien mil mañana. Me los devuelves cuando puedas en los próximos diez años. Sin intereses. Con papeles, porque a mí Albert me mataría si lo hago sin papeles.

— Vale.

— Y te vas a callar, porque estoy llorando yo y no quiero darle explicaciones a los críos.

— Vale.

— Te llamo mañana.

— Vale.

Cuelga. Markel me mira desde el otro extremo del sofá. Levanto la cabeza.

— Cien.

— Cien.

— Nos faltan cincuenta.

— Arnau.

— Mañana lo llamo.

———

Arnau me recibe el martes a mediodía en Bar Pi. El bar está vacío entre servicios. Nos sienta en una mesa al fondo con dos cafés.

— Pau.

— Arnau.

— Cuéntame.

Le cuento. Todo. Enric, el millón doscientos, Markel, Roser, los números. Arnau me escucha sin interrumpir, con las manos cruzadas encima de la mesa.

— Cincuenta.

— Cincuenta.

— Pau, yo tengo cuarenta y ocho mil en una cuenta del BBVA que me dejó mi madre cuando murió hace seis años. Esos cuarenta y ocho no los he tocado. Son una ruina. No dan interés ni para un cine.

— Arnau.

— Los tienes. Y los dos mil que faltan los pongo yo del bar.

— Arnau, es medio millón.

— Es tu gimnasio.

— Es mucho dinero.

— Pau, mi madre empezó el bar con un préstamo de tu padre. Llevo toda la vida queriendo devolverle algo a tu familia y tu padre no quiere dinero. Mira qué bien, ahora lo tengo dónde ponerlo.

— Arnau.

— Cállate. Papeles, todos. Con Eduard, que es un tocapelotas pero me cae bien. Me devuelves cuando puedas. Con un café gratis de por vida cerrado el trato.

— Vale.

— Y Markel que me deje enseñar a cocinar pizza, que me ha dicho tu hija que está haciendo alguna y sale mal.

— Hecho.

— Hecho.

Sonríe. Se levanta. Me da una palmada en el hombro que me sacude un poco. Sale a la barra a servir a un cliente que acaba de entrar.

Me quedo con el café frío en la mano.

———

El miércoles por la tarde firmamos en el notario los cuatro.

Eduard, mi contable, ha hecho los papeles en dos días a base de no dormir.

Markel firma con un bolígrafo de Pilot negro que le compra en el quiosco de al lado cinco minutos antes de entrar.

Roser firma con un bolígrafo Montblanc que le regaló Albert.

Arnau firma con un bolígrafo de publicidad del banco.

Yo firmo el último. Firmo como dueño. Markel es ahora un diez por ciento. Roser y Arnau son préstamos con interés simbólico y plazo a diez años. Vertical sigue siendo mío. Sigue siendo nuestro.

Salimos del notario a las siete. En la calle hace un frío de media tarde de finales de febrero. Cruzamos la Via Augusta con los cuatro pegados.

Yo llamo a Enric desde la esquina. Se lo digo en tres frases.

— Enric, no vendo. Tengo el pasivo cubierto. Gracias por la oferta. Adiós.

— Pau, esto es un error.

— Será mi error. Adiós.

Cuelgo. Guardo el móvil. Miro a los tres. Markel sonríe. Roser sonríe. Arnau ya está encendiendo un cigarro con una mano temblorosa de después del notario.

— ¿Cena? — dice Markel.

— Cena — digo yo.

Vamos a cenar los cuatro al bar de un amigo de Arnau en Gràcia, uno que no cierra hasta las doce. Pido un vino. Pido dos. Pido tres. Arnau paga. Roser discute con Arnau por quién paga. Arnau gana.

Esa noche, a las doce y media, Markel y yo entramos en el piso en silencio para no despertar a las niñas. Me quito la chaqueta. Me quito los zapatos. Voy al baño. Me lavo los dientes. Me meto en la cama. Markel se mete a mi lado. Se apoya en mi pecho.

Cierro los ojos.

Por primera vez en meses, no aprieto la mandíbula.

Me duermo.

Si Enric llama mañana, mañana contesto.

Hoy dormimos.