Markel
El día once de febrero amanezco a las seis y veinte sin haber puesto despertador, con los ojos abiertos en el techo y la mano de Pau cruzada sobre mi pecho como una correa. Le intento levantar el brazo sin despertarle. Gruñe.
— Vasco, qué haces.
— Pensaba no despertarte.
— Pues haces el ruido de un camión.
— Vale.
— Son las seis y veinte.
— Ya.
— Pero es once de febrero.
— Ya.
Se incorpora sobre un codo. Tiene marca de almohada en la cara. Le toco la marca con el dedo.
— Cumplen nueve.
— Cumplen nueve.
— Joder, Pau.
— Joder, ya.
— Parecen ayer los ocho.
— Parecen ayer los tres.
Se ríe, bajito, y me da un beso en el hombro. Sale de la cama descalzo, en calzoncillos y camiseta vieja, y se va a preparar café. Yo me quedo dos minutos más en la cama mirando el techo y pensando en el discurso que llevo tres días ensayando y que hoy se me va a olvidar cuando las tenga delante.
———
Las niñas no se despiertan solas en sus cumpleaños.
Nunca se han despertado solas. La tradición del piso es que Pau las despierta con un croissant de chocolate cada una y yo les canto algo.
Hoy les canto algo en euskera que llevo tres semanas aprendiendo de memoria.
Lo ensayo una vez en el baño delante del espejo. No me sale del todo. Me sale.
A las siete y cuarto nos asomamos al cuarto.
Aina duerme con la boca abierta. Irene duerme abrazada a Brixton, con las gafitas en la mesilla y una manta apartada porque ella siempre tiene calor.
— Listas, tres, dos, uno — susurra Pau.
Empiezo yo.
— Zorionak zuri, zorionak zuri, zorionak Irene, zorionak Aina, zorionak zuri.
Lo repito despacio. Despacio. Pau entra detrás con los dos croissants en las manos y la cabeza inclinada. Irene abre los ojos primero. Tarda un segundo en enterarse. Aina se despierta de golpe, como siempre, y se queda sentada en la cama con los ojos entornados.
— Markel.
— Qué, capitana.
— ¿Eso es en vasco?
— Eso es en euskera.
— ¿Cumpleaños feliz en euskera?
— Exactamente.
— ¿Cómo se dice «nueve años»?
— Bederatzi urte.
— Bederatzi urte.
— Bien.
— ¿Y cuántos tienes tú?
— Treinta y dos.
— ¿Muchos?
— Bastantes.
— Vale.
Irene se incorpora, se pone las gafas, me mira y susurra:
— Zorionak zuri a ti también.
— Hoy no es mi cumpleaños, Irene.
— Ya. Pero por ensayar.
Me río. Pau se ríe. Le doy un beso a Irene en la frente. Aina me coge la mano y me pone el croissant entero delante de la cara.
— ¿Comes?
— Muerdo.
— Muerde.
Muerdo. Aina se ríe. Es once de febrero. Cumplen nueve. Pau se sienta al borde de la cama con la cara que se le pone cuando está a punto de ponerse blando. Se frena solo.
— Chicas, a las seis, fiesta en el rocódromo. Pero entremedias, hay cole.
— Papá, pero es nuestro cumpleaños.
— Por eso al cole. Al cole con tartas.
— Vale.
———
Dejar a las niñas en la puerta del CEIP Ramon Muntaner con treinta magdalenas para la clase es una operación que hemos hecho ya cuatro años.
La profesora, Imma Roca, nos recibe con una sonrisa de madre.
A Imma ya le caigo bien desde hace dos meses, cuando fui a recoger a Aina un día que Pau no podía. Hoy me saluda por el nombre.
— Markel, ¿entras a cantarles a la clase?
— ¿Me dejas?
— Te dejo.
— Entro.
Pau me guiña un ojo. Se queda en la puerta. Yo entro con las treinta magdalenas y la profesora. Canto el «Zorionak zuri» otra vez, ahora con veintiocho niños que no entienden una palabra pero que repiten como loros. Aina y Irene se mueren de risa. Al salir, Imma me da un beso en la mejilla.
— Me traes a un catalán maduro a clase cualquier día, eh — me dice bajito.
— Me llevo a un catalán maduro a casa cada noche.
— Pues mejor. Enhorabuena a las dos, y a vosotros.
— Gracias.
Salgo. Pau me mira desde la puerta. No dice nada. Pero me coge del brazo cuando bajamos la escalera y me aprieta. A veces hablamos así.
———
A las cinco y media ya estamos Pau, Arnau y yo en Vertical colocando la fiesta.
Treinta niños tienen que llegar en quince minutos.
Hay boulders con presas grandes de colores pintadas para hoy, una vía fácil con pegatinas para los peques, una zona de arena con cuerdas colgadas con globos, y la mesa larga de la cafetería con tres tartas hechas por Arnau.
Una de chocolate y pepitas para Aina, una de plátano y nata para Irene (que ha sido pedido específico) y una grande de varias pisos con nueve velas arriba para el conjunto.
— Joder, Arnau — digo yo —. Esto es un pasteleo de hotel.
— Esto, vasco, es lo que me ha pedido la pequeña. Y a la pequeña no se le dice que no.
— Pequeña la tuya.
— Pequeña la mía también.
Aroa llega a las cinco y cuarenta, con un vestido rojo que me hace pensar otra vez que es guapa de verdad, con una mochila donde trae veintisiete regalitos minúsculos envueltos uno a uno en papel con estrellas.
Dice que se los ha preparado ella. Pau la mira con cara de «no tenías que haberlo hecho» y ella le contesta con cara de «no me toques los cojones, Pau».
A las seis en punto llegan los treinta niños con veinte padres detrás. Montse llega con Joan detrás con dos bolsas de ganchitos. Roser con Albert y los sobrinos. Incluso Xavi, el monitor de boulder del gimnasio, se ha quedado hoy para echar una mano con los peques.
Yo me coloco en la zona de la vía fácil, con el arnés y las cuerdas. Pau, en el mostrador. Arnau, en la mesa larga. Es una operación militar.
———
Pasan dos horas en veinte minutos subjetivos.
Aseguro a doce niños en la vía. Recojo a tres que se caen.
Le pongo el arnés a una niña de cinco que viene con una hermana mayor que no deja de hablarme en ruso.
Respondo a dos padres que me preguntan si es verdad que soy escalador profesional, les digo que sí, me preguntan si voy al Mundial, les digo que sí, uno me dice «ánimo» y el otro me dice «mi hijo te sigue en Instagram, ¿puedes hacerte una foto con él? ». Me hago la foto.
A las siete y media, Pau aplaude desde el centro y llama a los niños a la mesa grande. Las luces del gimnasio bajan de golpe. Salen las tartas con las velas. Aina e Irene se suben al banquito. Yo canto.
Esta vez canto delante de treinta niños, de veinte padres y de Joan que ha sacado el móvil y que lo está grabando todo con pulso de abuelo.
— Zorionak zuri. Zorionak zuri. Zorionak Irene, zorionak Aina, zorionak zuri.
Canta la sala entera detrás conmigo con una pronunciación desastrosa que se lo digo a cualquier colega de Oñati y no me lo cree.
Las niñas soplan las velas al unísono. La primera vez las velas no se apagan todas.
Aroa se ríe. Pau se acerca por detrás, me pasa la mano por la cintura un segundo disimuladamente.
— Segundo intento.
— Segundo intento.
Las niñas soplan otra vez. Esta vez sí. Aplausos. Cámaras. Un niño grita «¡bis!» y nadie le hace caso. Otro niño se ha enganchado el dedo en la cremallera de la mochila y está llorando, le atiende Xavi.
———
A las ocho menos cuarto queda poca gente. Los padres se van llevando a los niños con ganchitos pegados a los pantalones. Roser y Albert se llevan a los sobrinos. Joan y Montse se llevan a Aroa a Poblenou porque va a dormir en el sofá otra vez. Aina e Irene se quedan con nosotros recogiendo.
Aina recoge con una escoba que Arnau le ha dado en plan broma y con la que ella va muy en serio. Irene recoge papel de regalo. Yo recojo cuerdas. Pau recoge vasos. Arnau se va a su bar porque se está haciendo tarde y mañana tiene desayunos desde las siete.
A las ocho y cuarto, cuando ya no queda casi nada, Irene se acerca a mí. Tiene un sobre azul en las manos. Lleva escrito «para Markel» con una caligrafía ladeada.
— Markel.
— Dime.
— Este es el tuyo.
— ¿El mío qué?
— El regalo.
— ¿Me has traído un regalo tú? Que es tu cumpleaños.
— Es nuestro. Pero el regalo es tuyo.
— A ver esta.
Me siento en una caja de cuerdas. Me paso la mano por la cara. Irene me entrega el sobre con las dos manos y luego se retira dos pasos, se esconde detrás de Aina, que ya ha dejado la escoba.
Abro el sobre con cuidado. Dentro hay una viñeta doblada en cuatro. La desdoblo.
Es una página entera, a lápiz y rotulador.
Se ve a un muñeco grande con boina vasca, pendientes, media melena recogida.
Es claramente yo. Al lado, un muñeco más bajo con canas en las sienes y tatuaje en la pantorrilla.
Es Pau. Entre los dos, dos muñecas con gafas y sin gafas.
En la parte de arriba, un globo de diálogo enorme que dice:
«Tenemos cuatro en la familia. Y en la familia, cuando somos cuatro, todos somos padres».
Debajo, más pequeño, Irene ha escrito:
«Markel es aita. No es segundo papá. Es aita. Aita es otra palabra. Así no se confunde con Gerard. Gerard es papá. Aita es aita. Firmado: Irene (y Aina, pero Aina dijo que lo firmaba sin escribir)».
Y al fondo de la página, pintada en tinta azul y con puntadas, una boina vasca con una línea de montaña debajo. Copiada de mi tatuaje.
———
Levanto la vista despacio. Irene me mira desde detrás de Aina con las gafas brillantes.
Aina me mira con las manos en la cadera.
Aroa, que no se ha ido, que ha vuelto, está en una esquina con la mano en la boca.
Pau, al otro lado del gimnasio, está quieto con un vaso vacío en una mano y el trapo en la otra.
No me sale nada. Abro la boca. No me sale nada. La cierro.
— Irene — digo, con la voz rota.
— Dime, Markel.
— Irene.
— Dime, aita.
— Irene.
— Si no te gusta, lo tacho, eh.
— No.
Me levanto de la caja. Me acerco despacio. Me agacho. Le pongo las manos en los hombros. Le beso en la frente, en las dos mejillas, en la frente otra vez. Irene tiene la punta de la nariz roja. Aina se mete por debajo de mi brazo y se pega a mi costado.
— Markel, no te pongas a llorar — dice Aina —. Que hoy es fiesta.
— Aina, hoy se puede llorar.
— Vale. Pues llora.
Lloro. Un poco. Lo suficiente. Abrazo a Irene. Abrazo a Aina. Ellas me abrazan a mí, pequeñas, con los brazos que no me llegan a abarcar.
Pau se acerca por detrás. Se agacha. Nos rodea a los tres a la vez. Nos quedamos así un rato. Nadie dice nada.
Aroa, de la esquina, llora con la mano en la boca. No se mueve. Nos mira.
———
Cuando las niñas suben con Pau al coche con Aroa porque las llevan a Poblenou, me quedo solo en el gimnasio media hora para terminar de recoger globos.
Es una tarea que puedo hacer yo. Los globos son más difíciles de pinchar sin hacer ruido que de soltar sin romperse.
Voy atándolos a una caja para mañana tirarlos.
Oigo la puerta. Es Pau. Ha vuelto. Me esperaba.
— ¿Y las niñas?
— Con Aroa arriba. Les hemos dicho que veníamos a por las llaves.
— Vale.
— Markel.
— Dime.
Se me acerca. Tiene una copa de cava pequeña en la mano que no sé de dónde ha salido. Me ofrece la mitad.
— A medias.
— A medias.
Brindamos. Le doy un sorbo. Me lo devuelve. Se lo termina él.
— Pau.
— Dime.
— ¿Tú ya sabías lo de «aita»?
— No.
— ¿Seguro?
— Seguro. Con las niñas nunca se sabe.
— Ya.
— ¿Te ha gustado?
— Pau, me he desmontado entero, tú me has visto.
— Te he visto.
— ¿Y tú?
— Yo también me he desmontado. Solo que yo no me he agachado.
— Vale.
Me mira. Tiene el pelo un poco revuelto, las pestañas pegajosas de algo, la camisa arremangada porque ha estado cargando cajas. Me pone la mano en el cuello, la sube a la mejilla, me acaricia con el pulgar debajo del ojo.
— Markel.
— Dime.
— ¿Te casarías conmigo?
Me quedo quieto. Un globo se me escapa de la mano y se va flotando al techo.
— Pau.
— No ahora.
— Pau.
— Algún día. Cuando yo pueda. Cuando tú quieras. Cuando se me pase lo que se me tenga que pasar. Cuando tú te bajes a Barcelona del todo y no a temporadas. Cuando estemos listos.
— Pau, me estás dando para adelante.
— Te estoy dando algo.
— Me estás dando un sí antes de un tal vez.
— Te estoy dando un «sí, cuando». Que es distinto.
— Vale.
— ¿Tú qué me dices?
— Sí. Cuando quieras.
— ¿Seguro?
— Pau, hoy me ha llamado tu hija «aita». Llevo cuatro horas en shock. No me estás diciendo nada más gordo que eso. Sí, cuando quieras.
— Vale.
Me besa. Un beso corto. Luego otro más largo. Me aparta con el brazo para poder mirarme.
— Markel.
— Dime.
— Te acabo de pedir matrimonio con una copa de cava de plástico en un almacén de globos pinchados.
— Lo sé.
— Digno de mí.
— Digno de nosotros, Pau.
— Vale.
— Vámonos a casa.
— Vámonos a casa.
Recogemos los dos globos que quedan en el suelo. Apagamos las luces del gimnasio. Pongo la alarma. Cerramos la puerta. Subimos al coche.
En el coche no hablamos. Pau conduce con una mano en el volante y la otra en mi rodilla.
En la radio suena una canción vieja de Sabina que Pau sube un poco. Yo miro por la ventana las luces de la Gran Via mientras cruzamos.
Pienso en el anillo que no le he comprado aún, que le voy a comprar.
Pienso en el viaje a Seúl.
Pienso en las niñas dormidas dentro de quince minutos, con Aroa en el sofá otra vez.
Y pienso, sobre todo, que Irene es, a los nueve años, la terapeuta más eficaz que va a tener este piso en mucho tiempo.