Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

Navidad en el piso de Poblenou es, por orden de llegada, un tren que no se detiene.

Primero mis padres con una bandeja enorme de canelones que Montse se empeña en haber hecho ella aunque todos sabemos que los ha comprado en Santa Caterina.

Luego Roser y Albert con los tres críos, el mayor ya de doce años con cara de querer estar en cualquier otra parte, la mediana de nueve mirando a Aina como a un ídolo y el pequeño de cinco con la boca todavía pintada de chocolate del desayuno.

Luego Arnau, que ha cerrado Bar Pi por la noche y viene con un tupper gigante de empanada argentina que le sobró de no sé qué catering.

Y por último Aroa, que esta vez se queda a dormir en el sofá porque las carreteras a Lleida ya estarán vacías a la una de la mañana y no le apetece conducir borracha.

Y Markel, que técnicamente ya no llega porque ya está en casa desde la mañana ayudándome a poner la mesa, pero que hoy lleva camisa azul oscuro, los pendientes plateados cambiados por unos de aro negro nuevos que Amaia le ha mandado por correo, la barba recortada y los ojos brillantes.

Y eso no es técnico. Es lo contrario de técnico.

A las nueve en punto estamos catorce personas en un salón de treinta metros cuadrados con una mesa que he alargado poniendo encima de dos caballetes una tabla de cocina del bar de Arnau.

Las niñas y los primos están en una mesa aparte en el suelo, con cojines, comiendo pizza porque han votado por mayoría pizza en lugar de canelones y Montse se ha rendido antes de la primera consulta.

— Ya lo está poniendo Markel, mamá.

— Ya lo veo. Digo si lo descorchamos nosotros o se lo dejamos.

— Mamá, que Markel te oye.

— Ya sé que me oye. Por eso lo digo. Hola, hijo.

— Hola, Montse.

— Guapo te has puesto hoy.

— Gracias.

— Eso de los pendientes negros te queda mejor que los plateados.

— Me los ha mandado mi hermana.

— Pues a tu hermana le das las gracias de mi parte.

— Vale.

Aroa, sentada al lado de mi madre, se parte de risa. Arnau también. Yo miro al techo y decido que no voy a intervenir, porque intervenir con Montse es firmar una escalada que acaba conmigo avergonzado y con ella cantando una habanera al cuarto vino.

———

Los canelones salen bien. El vino sale mejor.

Joan, mi padre, se bebe dos copas en veinte minutos y empieza a hacer chistes de catalanes que solo hace él y que solo le hacen gracia a él.

Roser le para a la tercera. Albert se ríe por educación.

Los sobrinos ignoran todo lo que pasa en la mesa de adultos y se concentran en una pelea por el último trozo de pizza de barbacoa que termina con el pequeño llorando, un beso de Roser y la mediana repartiendo el trozo en cuatro porciones desiguales.

Markel come con la cabeza baja al principio.

Le hago un gesto con la rodilla debajo de la mesa.

Me devuelve el gesto. Le veo el remolino de la coronilla brillando con la luz del techo.

Lleva el pelo suelto esta noche, sin moño, y el remolino le sale como una rebelión pequeña.

Le miro tres segundos de más. Roser me pilla mirándole y levanta una ceja sobre la copa.

La ignoro. Luego, cuando mi padre le pregunta por el Mundial de Seúl, Markel se suelta.

Habla de vías, de tiempos, del muro coreano que es más alto que los muros españoles, de la altitud, del jet lag que tendrá que compensar.

Mi padre escucha. Asiente. Le hace una pregunta de fuerza y resistencia que Markel contesta con un ejemplo con las manos que termina con media copa de vino volcada sobre el mantel.

— Joder.

— No pasa nada, vasco, que el mantel está para eso — dice Arnau.

— El mantel está para estar limpio, Arnau.

— Pau, por dios, una sola noche al año.

— Vale.

Aroa, en el otro extremo, se ha puesto de pie y está mirando las fotos que tengo colgadas en la pared detrás del aparador.

Hay una de las niñas recién nacidas en brazos de Gerard.

Hay otra de Gerard y yo en Chamonix hace siete años.

Hay una de Aroa en la clínica con las dos niñas, la misma que estaba en el sobre de la caja del trastero.

La veo mirar esa última. Me levanto. Voy a la cocina a buscar agua fría para el mantel. Aroa me sigue.

— Pau.

— Dime.

— ¿Puedo hablar contigo un minuto?

— Claro.

La cocina está vacía. El frigorífico zumba. Aroa se apoya en la encimera con una copa de vino en la mano. Lleva un jersey verde que le queda bien. Se le ha corrido un poco el rímel. No sé si es por el vino o porque ha llorado antes y no le he preguntado.

— Aroa, ¿estás bien?

— Estoy llorando un poco, Pau.

— ¿Por qué, guapa?

— Por las niñas. Por ti. Por ese chico. Por esta casa. Por todo.

— Aroa.

— Déjame, que ya se me pasa.

Se seca con el dorso de la mano. Deja la copa en la encimera. Me mira.

— Pau, las niñas están bien.

— Están bien.

— Mejor que bien, las veo yo esta noche.

— Sí.

— Y Markel les hace trenzas ya, ¿no?

— A Aina le hace trenzas. A Irene todavía no le deja.

— Las trenzas son más difíciles que los hijos.

— Ya lo sé.

Se ríe por la nariz. Se vuelve a secar.

— Yo no las podía tener, Pau. Tenía diecinueve años.

— Ya lo sé, Aroa.

— Y no me arrepiento de habértelas dado. A ti y a Gerard.

— Ya lo sé.

— Pero esta noche, de verlas con Markel que es tan diferente, pensaba en lo afortunadas que son.

— Son afortunadas.

— Tú también lo eres.

— También.

— Y yo un poquito.

— Tú también.

Se acerca. Me da un abrazo. Me apoya la cabeza en el pecho dos segundos. No llora. Respira. Se aparta.

— Voy a volver a la mesa antes de que me pillen llorando en la cocina.

— Sí.

— Pau.

— Dime.

— Si algún día te casas con este, me invitas.

— Faltaría más.

— Vale.

———

A las once y media las niñas se caen de sueño. Los primos también. Roser y Albert se los llevan a casa antes de medianoche porque el pequeño ya tiene los ojos medio cerrados. Joan y Montse se quedan un rato más. Arnau se queda hasta que se queda. Aroa ayuda a recoger la mesa con Markel.

Con las niñas en pijama en el sofá, esperando a las doce, pongo el equipo de música con la lista de villancicos catalanes de cada año.

Cantamos «El noi de la mare» y «Fum fum fum».

Aroa canta «El 25 de diciembre fum fum fum» con acento castellano y mi padre la corrige.

Ella le ignora. Aina canta a gritos como si la oyera todo Poblenou. Irene canta bajito y mira al suelo.

— Venga, Markel, te toca — dice Aina —. Uno vasco.

— ¿Un villancico vasco?

— Sí.

— A ver si me sale.

— Seguro que te sale.

Markel se sienta en el brazo del sofá. Carraspea. Mira a las niñas.

— Eguberri on, Eguberri on.

Lo canta bajito primero, con una voz que no sabía que tenía, grave, suave. Las niñas le miran con la boca abierta. Irene se pone derecha. Aroa, desde la cocina, se queda quieta con un trapo en la mano. Montse mueve la cabeza al ritmo.

Sigue. No sé la letra del todo. Se inventa la mitad, seguro, en euskera o en no euskera, nadie lo sabe. Termina con algo que parece un «Jesus jaio da» y las niñas aplauden.

— Otra.

— No me sé más.

— Tú te inventas — dice Aina.

— Otro día, campeona.

— Vale.

Veo a Aroa en el pasillo. Se ha apoyado en la pared. Está llorando en silencio con la cara hacia el interior de la cocina para que no la vea nadie.

Voy. La abrazo por detrás.

— Aroa.

— No me hagas caso, Pau. Soy una tonta.

— No eres una tonta.

— Es que es muy guapo.

— Sí.

— Y canta bonito el tío.

— Sí.

— Las niñas han tenido suerte.

— Ya me lo has dicho.

— Pues te lo repito.

— Vale.

— Pau.

— Dime.

— Yo voy a volver a Lleida el día 3. Pero si necesitáis que venga por Reyes al gimnasio, yo vengo.

— Aina ha organizado una fiesta para su clase.

— Yo vengo.

— Vale.

— ¿Me reservas sofá?

— Hecho.

Le doy un beso en el pelo. Aroa siempre ha olido a una colonia barata de farmacia, una que compraba en Lleida cuando era estudiante y que ha seguido comprando porque cambiar de colonia es de adultos y ella, en esto, todavía no quiere ser adulta.

Huele a ella. Huele a la primera vez que la conocimos en la clínica, con dieciocho años recién cumplidos, con la barriga ya marcando bajo el jersey.

La suelto. Se seca con el trapo de la cocina, que se tendría que haber secado hace rato, y vuelve al salón con la cara limpia.

Montse ya no está llorando por el villancico vasco.

Está llorando porque ha sacado un álbum de fotos de los míos de niño y está enseñándoselo a Markel, que tiene a Irene en el regazo y a Aina al lado y que se ríe con las dos.

Le está enseñando una foto mía con seis años, en un bañador rojo, en la playa de Castelldefels, con un cubo en la mano y una cara de profunda concentración.

Markel se parte. Irene se parte. Aina se parte.

Yo asumo que esta foto va a ser la que se enseñe a partir de hoy en cada visita.

———

A las doce y cuarto Joan y Montse se van. Arnau se va a las doce y media. Aroa se queda. Le hago cama en el sofá con dos edredones y un cojín.

Las niñas ya están en su cuarto. Markel recoge la cocina. Yo seco los platos a su lado. No hablamos. La radio pequeña de la encimera tiene puesta una emisora cualquiera que han dejado los villancicos al mínimo.

— Pau.

— Dime.

— Yo me caí de verdad hace años.

— ¿Cómo que te caíste de verdad?

— De verdad. No de la pared. De mí mismo.

— Markel.

— Déjame decirlo.

— Vale.

— Me caí hace años. Y tú me has levantado.

Se gira, con las manos todavía mojadas, con un vaso entre los dedos. Me mira. No sonríe.

— Yo no quiero que te creas esto como una frase de cine. Esto no es una frase de cine. Es lo que es. Yo estaba caído. Tú no lo sabías y me has levantado igual. Eso que lo sepas.

Me quedo con el trapo en una mano y el plato en otra. No sé qué decir. Miro el plato.

— Markel.

— Dime.

— Yo también estaba caído.

— Ya lo sé.

— Y tú también.

— Ya lo sé.

— Nos hemos levantado los dos.

— Eso.

— Pero la frase es tuya, que conste. Que yo no me atribuyo esto.

— Cabrón.

Se ríe. Le beso en la frente sin soltar el plato ni el trapo. Él me pasa la mano mojada por el cuello, me empapa el cuello, me besa la boca con el agua del fregadero goteándonos en los pies.

— Te estás poniendo catalán empapado.

— Tú me has mojado, vasco descarado.

— Lengua.

— ¿Qué?

— Lengua.

— No, que mi madre está todavía viva en alguna parte de esta casa por espíritu.

— Vale.

Me besa en la mejilla y se gira. Sigue fregando.

Pongo el plato en el escurridor. Le paso el brazo por la cintura. Apoyo la frente en su espalda.

— Markel.

— Dime.

— El 11 de febrero se acerca.

— Lo sé.

— Las niñas cumplen nueve.

— Lo sé.

— Aina quiere una fiesta en el rocódromo.

— Lo sé.

— Y tú estarás en plena preparación de Seúl.

— Pau.

— Dime.

— Yo estaré en la fiesta.

— ¿Sí?

— Que no me la pierdo.

— Vale.

— Sí.

Me quedo así un rato, apoyado en su espalda, oyendo el agua caer sobre los cubiertos. En el salón Aroa se ha dormido ya, en un bulto pequeño en el sofá. En el cuarto de las niñas tampoco se oye nada.

Me dice mi cabeza, como me dice a veces a las dos de la mañana, que el año que viene por estas fechas igual no estoy aquí. O sí. Que nadie sabe. Que Gerard tampoco sabía, y no estaba. Que no hay que hacer planes a tres años vista.

Y luego me contesta otra parte de la cabeza: que hagas planes, Pau, hombre. Que los planes no matan a nadie. Que Gerard los hizo. Que te los dejó a ti. Que has cuidado de sus planes en piloto automático durante tres años, hasta hoy. Que ahora los retomas y les añades cosas.

Que le añades a este vasco que ha cantado «Eguberri on» con voz de bajo en el sofá.

Que le añades una fiesta de cumpleaños en el gimnasio.

Que le añades, tal vez, cuando él diga que sí, un anillo que no sabes todavía cómo será pero que sospechas que existirá.

Pienso en el anillo y me aviso de que es muy pronto, de que no he hablado de eso con Roser, de que nadie nos está corriendo. Pero pienso en el anillo igual. Porque la cabeza se me ha ido por ahí esta noche y no tengo ganas de traerla.

Abro el grifo del agua caliente para aclarar una sartén.

Markel me pasa una fuente grande. La seco.

Le doy la fuente. Él la guarda en el armario de arriba.

Se pone de puntillas. Le veo el trozo de piel entre el pantalón y la camisa.

Me acuerdo de él dormido en el caserío, de mañana, con mi mano en su pecho.

— Pau.

— Dime.

— ¿Vienes a dormir?

— Voy.

— Ya.

— Un segundo.

— Ya.

Cierro el grifo. Apago la radio. Miro una última vez al salón, a Aroa dormida. Veo la caja del trastero en una esquina, que la bajé ayer a la habitación porque ya no me molesta tenerla fuera.

Apago la luz de la cocina. Sigo a Markel por el pasillo hasta el dormitorio. La grieta en forma de rayo del techo, esta noche, está exactamente donde la dejé el primer día que dormimos en esta cama. Sigue ahí. La voy a tener que pintar algún día. O no. A lo mejor es de las cosas que hay que dejar.

11 de febrero. Se acerca. Que se acerque.