Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel
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Markel

A la sesión con Roser voy solo. Pau me deja en la boca del metro de Fontana, me da un beso en la sien y me dice «si no te apetece, te sales».

Yo le digo «me apetece» y no sé si es verdad.

Subo la escalera mecánica con la sensación de que los doscientos metros hasta el portal son doscientos kilómetros.

La calle Gran de Gràcia tiene a las seis y media una mezcla de gente de oficina volviendo a casa, ancianos sacando al perro y adolescentes con uniforme de colegio fumando frente a una pastelería.

Camino mirando los escaparates para entretener la cabeza.

Hay un escaparate con relojes antiguos. Hay otro con vestidos de novia que ya tienen rebajas en enero.

Hay una joyería con anillos finos en una vitrina forrada de terciopelo gris. Me paro un segundo. Sigo.

Roser abre con la misma camisa azul, las mismas gafas, la misma cara profesional. Pero hoy me sienta en otro sitio. Hoy me sienta en la butaca donde estaba ella el viernes pasado. Ella se sienta en la silla de al lado, no en el sofá.

— ¿Por qué me cambias de sitio?

— Porque hoy me hablas tú a mí. No a Pau. A Pau ya le vas a hablar. Y aquí cambiamos.

— Vale.

— ¿Estás nervioso?

— Bastante.

— Es normal. Tú en esta silla eres nuevo. Respira. No tenemos prisa.

Respiro. Miro la caja de pañuelos. Miro la alfombra. Hay una mancha pequeña de té en la alfombra, como si alguien la hubiera pisado hace años.

— Markel.

— Dime.

— Vamos a empezar por una pregunta fácil.

— Dime.

— ¿Cuándo fue la última vez que estuviste bien, tranquilo, sin agobio, sin pensar en el siguiente entrenamiento?

Me lo pienso.

— En Oñati, hace tres semanas. Con las niñas en el prado de las ovejas.

— Vale.

— Antes de eso, hace cuatro años.

— ¿Y qué hay en medio?

— Javi.

— Cuéntame.

———

Le cuento. No le cuento lo que ya se sabe, lo que ya le conté a Pau aquella noche en la cocina. Le cuento lo de debajo. Lo que no he dicho.

Le cuento que los tres últimos meses con Javi yo ya sabía lo que pasaba.

Que me lo olía. Que veía sus mensajes de reojo en la cocina cuando él cocinaba y dejaba el móvil boca arriba.

Que veía a la redactora aquella en Instagram dándole likes a fotos suyas a las tres de la mañana.

Que una vez encontré un pelo largo rubio en mi almohada y no era mío ni era de Javi ni era de nadie que yo conociera, y en lugar de preguntar, me levanté y tiré el pelo al váter.

Le cuento que la infidelidad de Javi no fue lo peor.

Lo peor fue que cuando me lo confesó, yo le dije «ya lo sabía». Y él me contestó «entonces para qué seguías». Y yo no supe contestarle.

Roser asiente.

— Markel.

— Dime.

— ¿Por qué seguías?

— Porque tenía un Mundial en ocho meses. Y porque pensaba que lo aguantaba todo. Y porque en cuatro años de pareja me había convencido de que yo era mal pareja, no él.

— ¿Y ahora?

— Ahora sé que no soy mal pareja.

— ¿Con Pau lo sabes?

— Con Pau lo sé.

— ¿Y lo que estás haciendo con tu cuerpo?

La pregunta me coge sin aviso. Me quedo callado.

— ¿Qué estoy haciendo con mi cuerpo?

— Doble sesión. Cuatro meses del Mundial. Tobillo roto dos veces en un año. Tú me dirás.

Respiro. Miro la mancha de té.

— Escalo para desaparecer, Roser.

— Aha.

— Desde lo de Javi. Desde antes, a lo mejor. Pero desde lo de Javi, muchísimo.

— Cuéntame.

— Cuando escalo, no pienso. Veo la pared, veo las presas, el cuerpo hace lo que sabe hacer. No oigo nada. Los pensamientos no me llegan. Es la única hora del día en la que no me llegan.

— ¿Y?

— Y dejé de parar.

— ¿Nunca?

— Nunca. Paraba para dormir, y dormía tres horas. Paraba para comer, y comía mal. Paraba porque Javi estaba en casa, y me iba antes. Paraba porque el entrenador me obligaba, y me escapaba a un muro cualquiera a media noche.

— El tobillo.

— El tobillo.

— El primero.

— El primero hace catorce meses. Estaba en una vía de 8c+ a última hora, yo solo con un autoasegurador. Hice un dinámico que no tenía que hacer. Me caí. El asegurador me aguantó. El tobillo, contra la pared. Crac.

— Crac.

— Crac.

— ¿Y el segundo?

— El segundo fue en Vertical con Pau delante. Y ese ya me lo has oído contar.

— Ese sí.

— Pero ese tampoco fue casualidad, Roser.

— ¿No?

— No.

— Markel.

— Dime.

— ¿Qué me estás diciendo?

Me froto la cara con las dos manos. Los ojos me arden, pero no quiero llorar aquí sentado en una butaca con una mancha de té que no sé de quién es.

— El segundo lo hice en un dinámico que sabía que no iba a clavar. Sabía que me iba a caer. Quería caerme para parar. Pero no quería parar de verdad, quería que me obligaran. Quería que el cuerpo me obligara, porque la cabeza no me obligaba.

— Vale.

— Eso suena muy feo dicho en voz alta.

— Suena a lo que es.

— ¿Lo que es qué?

— Lo que es, Markel. Tú lo has dicho. Yo no te voy a poner nombre. Te lo pones tú.

— Me rompí el tobillo a propósito.

— A medias a propósito.

— A medias a propósito.

— Hay muchas maneras de lesionarse. Hay muchas maneras de dejarse lesionar. Hay muchas formas de no querer parar y de no saber cómo parar al mismo tiempo.

— Ya.

— ¿Qué hubiera pasado si no te rompes el tobillo?

— Hubiera seguido.

— ¿Hasta dónde?

— Hasta partirme algo más gordo.

— Aha.

— Roser.

— Dime.

— Si no paro, no voy a Seúl.

Ella asiente. No se inmuta.

— Si no paras, no vas a Seúl.

— ¿Me lo estás diciendo tú?

— Te lo estás diciendo tú. Yo solo lo confirmo.

— Joder.

— Markel.

— Dime.

— ¿Tú quieres ir a Seúl?

— Quiero.

— ¿Por qué?

— Porque es un Mundial. Porque llevo cuatro años preparándolo. Porque me merezco una medalla. Porque Pau y las niñas van a estar en la grada.

— Ya.

— Y porque no quiero que el último recuerdo de mi carrera sea Javi.

— Eso.

— Eso.

— ¿Tú eres capaz de bajar la carga?

— Mikel me va a matar.

— Mikel no te va a matar. Mikel te quiere llegar a Seúl.

— Ya.

— Doble sesión no te lleva a Seúl. Te rompe.

— Ya.

— Markel, ¿tú confías en Pau?

La pregunta me descoloca.

— ¿Por qué me preguntas eso?

— Porque si confías en él, él puede ser tu freno. No yo. Yo te veo una vez cada semana. Él te ve cada noche.

— Confío.

— ¿Le dices cuando estás mal?

— A veces.

— Dile más.

— Vale.

— Y bajas la carga.

— Vale.

— Y no te la bajas solo, que conozco a los como tú. Se la bajas a Mikel. Se la enseñas al fisio. Me mandas la semana un papel con las horas.

— ¿Me vas a pedir un papel con las horas?

— Te voy a pedir un papel con las horas.

— Joder.

— Eres peor que mi hermano, y eso ya es decir.

Se me escapa una risa. Se me escapan dos lágrimas detrás de la risa. Roser me pasa la caja de pañuelos sin comentarla.

———

Hablamos cuarenta minutos más. Hablamos de mi padre, un poco.

Le cuento a Roser que mi padre solo me ha dicho «te quiero» dos veces en treinta y dos años.

La primera, cuando me rompí la clavícula a los doce.

La segunda, cuando salí del armario a los diecinueve, y solo después de una semana sin hablarnos.

No me ha hecho falta más, le digo. Y ella me dice que entiende.

Hablamos de mi hermano Eneko, que nunca me ha dicho que me quiere a la cara pero me manda un whatsapp los días que tengo competición.

Hablamos de Amaia, mi hermana pequeña. Hablamos del moño que me hago, que Roser dice que es una forma de esconder el remolino.

Yo le digo que es una forma de que no se me meta el pelo en los ojos. Ella sonríe.

Hablamos de cómo es estar en un gimnasio, solo, a las dos de la mañana, con la luz amarilla de los focos de seguridad.

De cómo es el silencio de una pared. De cómo es colgarse de un brazo veinte segundos para no pensar en Javi.

En mi padre. En el padre de Javi que me llamó «maricón cobarde» la última vez que nos vimos.

En el asunto aquel del periódico que me salpicó.

Le cuento lo del periódico. Roser me escucha. Asiente.

— Markel.

— Dime.

— Te voy a pedir una cosa.

— Pídeme.

— Pau hoy cuando llegues a casa se va a interesar por cómo ha ido la sesión. No le tienes que contar todo. Pero le cuentas lo del tobillo. Eso hoy. No mañana.

— Vale.

— No te guardas esa.

— Vale.

— Y el papel con las horas me lo mandas el domingo por la noche.

— Vale.

— Y la semana que viene volvemos. Esta vez nos vemos los tres. Pero ahora tú ya no eres acompañante.

— Vale.

— ¿Estás bien?

— Estoy jodido.

— Esto es bueno.

— ¿Jodido es bueno?

— Jodido y en voz alta, sí.

— Vale.

———

Salgo a la calle. Se ha hecho de noche. Huele a churros de la churrería de la esquina, que lleva abierta cuarenta años según la placa. Camino despacio hasta la boca del metro. Pau me espera en el coche a la vuelta, en doble fila con los intermitentes puestos. Baja la ventanilla cuando me ve.

— ¿Subes, guapo?

— Subo.

Me subo. Me quita el gorro con la mano. Me pasa la mano por el pelo. Me mira. Tiene los ojos cansados de un padre que ha bañado a dos niñas y ha leído dos cuentos antes de venir a recogerme.

— ¿Estás bien?

— Estoy jodido.

— Eso es lo mismo que me dijo Roser una vez.

— ¿Tú crees que es buena?

— Es la mejor.

— Lo es.

Arranca. Pone el intermitente.

— Pau.

— Dime.

— Tengo que contarte una cosa.

— Cuéntame.

— El segundo tobillo me lo hice a medias a propósito.

Pau frena. Lo frena del todo. Para el coche en la esquina. Pone las luces de emergencia.

Me mira.

— ¿Qué me estás diciendo?

— Que sabía que me iba a caer, Pau. No buscaba partírmelo. Pero no lo evité. Y no debería haberlo hecho. Lo hice porque yo ya no paraba. Y no sabía cómo parar.

— Markel.

— Déjame acabar.

— Vale.

— No lo vuelvo a hacer. Ni con el tobillo ni con nada. Roser me ha pedido que baje la carga. Se la bajo. Mikel me va a matar. Me mata. Pero no lo vuelvo a hacer. Eso te lo digo a ti hoy.

Pau me mira. Está quieto. Tiene las manos en el volante todavía. Le veo el nudillo blanco del índice de tanto apretar.

— Te acompaño donde te lleve, Markel. Te lo digo.

— Vale.

— Pero a otra pared, no. A otra pared, no vuelves sin mí en la grada.

— Vale.

— ¿Me lo prometes?

— Te lo prometo.

— Vale.

Me pasa la mano por detrás de la nuca. Me atrae hacia él.

Me besa en la sien con fuerza, demasiado fuerte, durante mucho tiempo.

Le oigo respirar fuerte por la nariz. Tengo la nariz suya pegada en el pelo, y huele a Pau, a Pau de hoy, que es Pau con olor a comida de niños y a cera de boulder y a champú de bebé.

— No se te ocurra.

— No.

— Me lo prometes otra vez.

— Te lo prometo otra vez.

— Vale.

Arranca. Pone el intermitente. Entra en Balmes otra vez. Conduce con las dos manos al volante. Yo miro por la ventana. Los semáforos me parecen más rojos de lo normal. Las farolas, más amarillas. Los coches del carril contrario, más rápidos.

———

En casa las niñas cenan con la abuela Montse, que hoy ha venido a cuidarlas.

Les damos un beso sin hablar mucho. Montse no pregunta.

Tiene el olfato para los ambientes domésticos de una bibliotecaria retirada que lleva sesenta años leyendo.

Recoge los platos. Se va a su casa. Nos deja el piso en calma.

Cenamos los cuatro. Tortilla de patatas, ensalada, pan con tomate.

Las niñas hablan de un niño del colegio que les ha dicho que los vascos están todos gordos y que ellas le han contestado que él está gordo.

Nos reímos. Yo les contesto una ristra de insultos dignos a la altura, todos en euskera, todos falsos, todos inventados, que las niñas repiten hasta el día siguiente.

Aina pregunta si ese niño podría venir a Vertical algún día y «caerse de la pared bonita», y Pau le dice que no se le desea eso a nadie, que se le desea que la próxima vez se calle, y Aina dice «vale, papá» con la voz de quien finge aceptar un trato pero ya está pensando otro plan B.

Luego, con las niñas acostadas, nos sentamos los dos en el sofá. Pau pone la tele con el volumen muy bajo. Un partido de fútbol que ni uno ni otro mira.

— Markel.

— Dime.

— ¿Qué has decidido en la terapia que no me has dicho todavía?

Me mira de reojo. Yo le miro.

— Pau.

— Dime.

— No te lo puedo contar ahora.

— Vale.

— No es nada malo.

— Vale.

— Te lo cuento en Seúl.

— ¿En Seúl?

— En Seúl.

— ¿Seguro?

— Seguro.

— Vale.

Me apoyo en su hombro. Él me pasa el brazo por detrás. Huele a gel de ducha y a piel de después de un día largo. Cierro los ojos. El partido de fútbol sigue sonando a volumen muy bajo. No marca nadie.

Pienso en la mancha de té de la alfombra de Roser.

Y pienso en el anillo que he visto esta tarde en el escaparate de una joyería de Gràcia al pasar, un anillo simple de plata con una línea negra, de esos que no son anillos de pedida, que son anillos de «te digo que sí».

Y pienso que no se lo voy a decir hasta Seúl, porque en Seúl se cierra un ciclo y yo quiero empezar otro bien. Con el tobillo entero. Sin trampas. Sin medallas dudosas.

Con él en la grada.

Con las niñas gritándome.

Y después.

Después.