Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
83%

Pau

La consulta de Roser está en un primero de Gràcia, en una calle estrecha con bares que se empiezan a animar a las siete y que a las seis y media todavía están en esa calma de la ciudad que trabaja.

Subimos Markel y yo por una escalera con olor a lejía y yeso viejo.

Él viene en silencio. Yo también. Habíamos decidido en el coche que no hablaríamos hasta entrar, como si ensayar nos quitara algo.

Llamo al telefonillo. Roser abre sin preguntar quién es, porque ya sabe.

— Pasad, pasad.

Nos recibe con una camisa azul oscuro, el pelo recogido en una coleta baja y las gafas que se pone solo para trabajar.

Es mi hermana, pero hoy no es exactamente mi hermana.

Hoy se ha puesto esa cara que se pone cuando deja de ser Roser y se convierte en profesional.

La conozco desde los doce años que tenía ella y los nueve que tenía yo, cuando me hacía de médico con una linterna de llavero.

Era la peor jugadora del mundo. Se tomaba todo en serio.

Me sacaba una hipotética temperatura «por la frente y por la planta del pie» y luego me hacía sacar la lengua para «ver si tenía pelo encima», porque a los nueve años Roser tenía teorías médicas que ella sola se inventaba.

— Markel, ¿no? — dice, como si no lo supiera.

— Roser.

— Pasad.

Nos sienta en un sofá de dos plazas que da a una butaca donde se sienta ella.

Entre nosotros hay una mesa baja con una caja de pañuelos y un vaso de agua.

Siempre la misma escena. He estado aquí antes, hace tres años, los primeros meses.

Vine a que ella me cogiera de la mano y me dijera que no me iba a morir yo también. Pero aquel día vine solo.

Hoy venimos dos.

— Antes de empezar — dice Roser —, os recuerdo que yo hoy no soy tu hermana, Pau. Hoy soy la terapeuta de los dos. Cosas que se digan aquí, aquí se quedan.

— Vale.

— Markel, ¿estás de acuerdo?

— Estoy de acuerdo.

— Y no se lo voy a contar a mis padres. Ni a Albert. Ni a mis hijos. Lo digo porque Pau tiene cara de hermano pequeño y tú cara de primera vez. Aquí todo queda entre estas paredes.

— Gracias — dice Markel.

— Y — añade Roser, mirándome a mí con una ceja subida —, como siempre te he dicho, Pau, como paciente tú has sido el peor que he tenido jamás. Es oficial.

Markel se gira a mirarme. Se ríe por la nariz.

— Eso ya me lo creo yo.

— Home.

— Peor que los diecisiete adolescentes que atiendo al mes — dice Roser —. Peor que el funcionario que vino en junio. Peor que la chica que vino al octubre que no paraba de recordarme que ya lo sabía.

— Roser, ya está.

— Mira que Markel ha venido hoy a conocer a la terapeuta, no al payaso del funcionario.

— Ya está.

Markel se ríe. Roser sonríe. Yo me paso la mano por la cara. Y así empieza. Sin drama, con Roser haciéndome sentir gilipollas con mucha ternura, que es una forma que tiene ella de trabajar que siempre le ha funcionado.

———

— Vamos a empezar por una pregunta fácil — dice Roser, colocándose las gafas —. ¿Qué queréis de esta terapia?

Nos miramos. Markel mira la caja de pañuelos. Yo miro a Roser.

— Yo quiero — empieza Markel —, yo quiero que Pau no se me apague.

— ¿Cómo se te apaga?

— No se me apaga con las niñas. No se apaga en el gimnasio. Se me apaga conmigo. A veces en el salón, viendo una película, yo hablo y él está mirando la tele, pero no la está viendo. Está en otro sitio. Lleva semanas así.

Roser asiente. Se gira a mí.

— Pau.

— Dime.

— ¿Te apagas?

— Me apago.

— ¿Desde cuándo?

— Desde siempre, tu dirás.

— No. Desde siempre no. ¿Cuándo fue la última vez que notaste que te apagabas?

Pienso. Pienso en el trastero. En la caja. En la noche del puré. En el sobre con la foto de Gerard dormido con las niñas encima.

— Desde que encontré una caja de Gerard que creía que estaba en otro sitio.

— ¿Y por qué te apagas?

— Porque no puedo con las dos cosas, Roser. No puedo echarle tanto de menos y seguir con Markel al mismo tiempo. Me siento un gilipollas.

— ¿Un gilipollas con Gerard o con Markel?

— Con los dos.

— Vale.

Markel se frota la rodilla con la mano. Me mira. No dice nada.

— Pau — sigue Roser —, tú y yo hemos hablado de esto hace ya tres años.

— Lo sé.

— Y me prometiste que cuando alguna vez te abrieras a alguien otra vez, volverías. Y no has vuelto.

— No he vuelto.

— ¿Por qué no?

— Porque creí que podía solo.

— Pau.

— Ya.

— ¿Cuántas veces te he repetido eso de «no hace falta que puedas solo»?

— Muchas.

— Lo sabía. Eres el peor.

Markel se ríe otra vez. Se le escapa. Luego me coge la mano, la que tengo apoyada en el sofá. Me la aprieta. Una vez, dos veces, en una secuencia que ya conozco y que es nuestra, una clave morse de las que él se inventa cuando quiere decirme cosas sin palabras.

— Pau — dice él —, yo creía que ya lo habías soltado.

— No.

— Ya veo.

— Soltarlo no es lo que se suelta, Markel. Es lo que queda. Y me queda.

— Vale.

— Yo con él tenía una vida entera, tú dirás. No era un novio de seis meses. Era un plan entero. Una adopción. Un gimnasio. Un piso. Una promesa.

— Ya.

— Y se me murió en un rappel por un nudo de ocho que se le escapó. Un minuto. Un segundo, a lo mejor.

— Ya.

— No es que yo esté con él, Markel. Es que sigo sin saber qué hacer con eso. Con el plan que no pudo ser.

Roser respira. Yo respiro. Markel respira. Suena de fondo, lejano, una sirena de ambulancia que sube por la calle de Gran de Gràcia.

— Pau — dice Roser —. ¿Qué pasa si hoy aquí le dices a Markel qué significa que tú no hayas soltado a Gerard?

— ¿Qué significa?

— Exacto.

Trago saliva. Miro a Markel.

— Significa que a veces estoy en la cama contigo y pienso en él durante cinco segundos. Y luego me odio durante media hora.

Markel asiente.

— Significa que me da miedo reír contigo demasiado fuerte, porque me siento mal.

— Pau.

— Déjame acabar.

— Vale.

— Significa que todavía le pregunto cosas, en voz baja, cuando las niñas no están. Le digo «Gerard, ¿esto lo hago bien?». Y me contesta, porque me conozco a mí mismo hablando con él desde hace tres años. Pero la respuesta la pongo yo. Y eso lo sé.

— Pau — dice Markel.

— Déjame.

— Vale.

— Y significa — digo, respirando para no romperme —, significa que tú me estás gustando mucho. Y que no sabía yo cuánto me iba a costar dejarme querer otra vez.

Silencio en la sala.

Roser no se mueve. Tiene las dos manos en el regazo. Las gafas.

Markel me aprieta la mano. Tiene los ojos llenos.

— Pau — dice.

— Dime.

— No sabía lo mucho que te estaba doliendo seguir.

— Yo tampoco.

Me mira un segundo largo. Se quita con un dedo una lágrima que todavía no le ha bajado por la mejilla.

— Yo no soy él — dice.

— Ya lo sé.

— Y no quiero serlo.

— Ya lo sé.

— Y tú quieres a las dos personas, a él y a mí. Y está bien. ¿Está bien, Roser?

Roser asiente.

— Está bien. Y es normal. El amor no es un vaso pequeño que se llena y ya.

Markel se frota la cara con la mano libre. La otra sigue agarrada a la mía.

— Pau, si tú me necesitas menos ruidoso durante un tiempo, yo puedo ser menos ruidoso. Si me necesitas con las niñas y no contigo durante una tarde, yo me voy con las niñas. Si me necesitas dormir en el sofá una noche porque no aguantas verme a tu lado, yo me voy al sofá.

— Markel.

— Déjame.

— Vale.

— Lo que no puedo es que te apagues y no me digas por qué.

— Vale.

— Vale.

———

Roser nos deja hablar durante diez minutos sin intervenir.

A veces hace una pregunta corta. A veces nos mira con esa cara que tiene ella de «seguid».

Markel me cuenta algo que no me había contado: que el primer mes conmigo se levantaba todas las noches a las cuatro a mirar el techo, porque le aterraba quererme.

Yo le cuento algo que no le había contado: que hay una tarde en concreto del verano pasado que cogí el coche, conduje dos horas, y me planté en el inicio del sendero de Fontainebleau, me quedé en el parking treinta minutos y me volví sin bajar del coche.

Markel no dice nada cuando se lo cuento.

Se lleva mi mano a los labios. Me besa los nudillos.

Tiene los ojos brillantes pero no llora.

Asimila. Yo lo veo asimilar. Lo veo pegar lo que le acabo de contar a otro montón de cosas que ya tenía colocadas dentro, como cuando cuelgan una foto nueva en una pared llena de fotos y la pared no se cae sino que aguanta.

— Pau — dice por fin, en voz muy baja —. Si alguna vez vuelves a pensar en bajar al parking ese, me llevas. No te dejo ir solo.

— Vale.

— Y si no quieres ir conmigo, llamas a Roser.

— Vale.

— O a Arnau. O a tu madre. O a quien sea. Pero ahí no se vuelve solo.

— Vale.

— Vale.

Roser respira.

— Bien — dice —. Bien. Esto es bueno, Pau.

— ¿Bueno?

— Bueno.

— ¿Cómo que bueno?

— Bueno que salga. Que hoy lo hayas dicho en voz alta. Bueno que Markel lo oiga contigo delante. Bueno que no te hayas escondido.

— Vale.

— A las malas, Pau, hemos tardado solo tres años.

— Joder, Roser.

— Te digo que eres el peor.

— Vale.

Me río. Me río con los ojos llenos. Me río con Markel al lado frotándome la mano con el pulgar. Roser me mira con esa sonrisa que es mitad hermana y mitad terapeuta y que no me había dejado ver en toda la sesión.

— Seguimos la semana que viene — dice Roser, mirando el reloj —. Hoy hemos hecho bastante.

— Vale.

— Markel — añade —, ¿tú te quedas conmigo diez minutos solos la semana que viene antes de la de pareja?

Markel me mira.

— ¿Tú qué dices?

— Digo que sí — digo yo —. Tú tienes cosas tuyas.

— Vale.

— Pero en casa hoy no — digo yo —. Hoy cenamos pizza.

— Hoy cenamos pizza, hecho.

— Bien — dice Roser —. Pizza terapéutica. Ya le pongo yo el logo a eso.

———

Salimos a la calle con las manos en los bolsillos.

Son las ocho menos cuarto. Se ha hecho de noche.

Los bares de la calle estrecha tienen ya a los primeros grupos de la tarde-noche, gente con abrigos abiertos y cervezas de quinto.

Por las ventanas de los pisos bajos se ven las primeras cenas de viernes, una mesa con espagueti, otra con un señor en camiseta interior viendo la tele, otra vacía con la luz encendida como si el mundo hubiera salido a comprar tabaco.

Markel no dice nada durante dos manzanas. Yo tampoco. En la tercera manzana, me pasa el brazo por los hombros. Me atrae hacia él. Me da un beso en la sien.

— Pau.

— Dime.

— Gracias por llevarme.

— ¿Gracias por llevarte? Hemos ido los dos.

— Ya. Pero yo hoy he venido de acompañante. Aunque he dicho cosas.

— Has dicho cosas.

— Un poco.

— Vale.

— La semana que viene hablo yo.

— Vale.

Caminamos hasta el coche, que está en doble fila porque no encontramos aparcamiento. Lleva un papel amarillo en el limpiaparabrisas.

— Hostia — digo —. Multa.

— Tengo una pregunta — dice Markel.

— Dime.

— ¿Tú qué tienes que soltar?

Lo miro por encima del capó. Tiene la cara media en sombra por la farola.

— Yo he soltado ya bastante — me contesta antes de que le conteste yo. Y se sonríe de medio lado —. Pero algo queda.

— ¿Como qué?

— Algo.

— Markel.

— La semana que viene, Pau. Con tu hermana. No quiero contarlo dos veces.

— Vale.

Entramos en el coche. Arranca él. Mete primera. Pone el intermitente.

— ¿Pizza? — pregunta.

— Pizza.

— Con las niñas.

— Con las niñas.

— Irene quiere cuatro quesos. Aina quiere barbacoa.

— Lo sé.

— Yo jamón y queso.

— Aburrido.

— Cabrón.

— Catalán pijo.

— Vasco plasta.

Se ríe. Me pone la mano en el muslo mientras conduce.

La mano me aprieta dos veces, como avisándome, y luego se queda ahí con calma, sin hacer nada más.

La calefacción del coche está al máximo y yo me quito el gorro y lo dejo en el regazo.

La radio del coche tiene un programa de tertulia política que ninguno de los dos escucha pero que tampoco apagamos.

La multa la recojo del limpiaparabrisas y la meto en la guantera sin mirarla.

En el semáforo de Balmes, Markel me dice, sin girarse:

— Pau.

— Dime.

— Yo al principio de venir a tu casa, pensaba que tú eras un tío que no iba a dejarse querer. Te digo la verdad.

— Y no me he dejado durante un tiempo.

— No.

— Ahora sí.

— Ahora sí.

— Entonces ya está.

— Entonces ya está.

Arranca. El semáforo pasa a verde. Las luces de Balmes se alargan en el parabrisas.

Pienso, mientras conduce él y yo le miro la mandíbula con el perfil dibujado contra las farolas, que tiene razón Roser en una cosa que hoy no ha dicho pero que me ha dicho muchas veces en estos tres años: que uno no deja de querer a los muertos por empezar a querer a los vivos.

Que el amor no es sustitución. Que es acumulación.

Y hoy, en el coche de Markel, con la guantera con una multa dentro y el olor a gasóleo y a cuero de los asientos, siento por primera vez en mucho tiempo que acumulo. Que no quito. Que sumo a Gerard un «kuttuna» de más que él nunca oyó y que me cabe igual.

Que se me pongan las cosas en el estante, otra vez. Que se caigan si se tienen que caer.

Pero hoy no.

Hoy pedimos pizza.