Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel
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Markel

Salimos de Barcelona el viernes por la tarde, con el maletero cargado de regalos envueltos en papel de estraza, la bolsa de la fisio en el asiento de atrás entre las dos niñas y Pau en el asiento del copiloto con un mapa abierto en el móvil que no necesita para nada porque conduzco yo y yo me sé el camino de memoria.

Llevo veinte años haciendo Bilbao-Barcelona, y otras veinte años haciendo el Oñati-Bilbao por el alto de Urkiola, así que la combinación me la sé como me sé el moño que me hago todas las mañanas.

— Me sobran seiscientos kilómetros — dice Pau —, tu dirás.

— Tú mira si quieres la tele, catalán. Yo llevo la carretera.

— La tele la pongo para las niñas.

— Las niñas están con los auriculares desde Molins.

— Bueno, pues la tele la pongo para ti.

Se ríe. Me pone la mano en la rodilla. La deja ahí un rato sin hacer nada, hasta que coge la palanca de cambios sin pedir permiso y mete una quinta cuando llegamos a la recta de Cervera.

— Que conduzco yo.

— Ya. Y yo cambio.

— Pau, eso de ser copiloto tiene un manual.

— El manual me lo paso por el forro.

— Hala, qué fino.

Irene se ríe detrás. Los auriculares son un cuento. Lo oye todo. Aina también, pero Aina se ríe por imitación de la hermana.

— Señoritas, duerman — les digo por el retrovisor.

— Aita.

Lo dice Aina. Le sale natural, sin pensarlo. Se me afloja algo en la garganta, pero tiene tanta costumbre ya de decirme cosas raras para probar que no me giro a mirarla.

— Aita no, campeona. Markel, que te lo he dicho veinte veces.

— Aita me gusta más.

— Te gusta porque es más corto.

— Sí.

Pau me mira de reojo. No dice nada. Yo tampoco.

Sigo con las dos manos en el volante hasta que se nos pasa Lleida y dejamos de hablar durante un rato largo.

Por la ventanilla pasan los rastrojos secos de los campos del Pla, alguna gasolinera de la AP-2, los carteles que anuncian la salida a Fraga.

Cuando paramos a echar gasolina a la altura de Tudela, Aina sale del coche corriendo a ver un perro atado a un poste, Irene se queda dentro porque no le gustan los perros desconocidos, y Pau y yo estiramos las piernas en el aparcamiento.

Hace un frío de raspa, de esos que no muerden pero pinchan.

— Markel — me dice Pau, con el pelo aplastado por el reposacabezas —. Lo de aita.

— No le insistas.

— ¿Te molesta?

— No me molesta. Me cuela.

— Ya.

— Pau, tu Gerard.

— Lo sé.

— Yo no quiero ser Gerard.

— Ya lo sé.

— Y a las niñas, lo de aita lo ven solas, no me lo doy yo.

— Eso está claro, Markel.

— Vale.

— Vale.

Aina vuelve corriendo. Subimos al coche.

———

Llegamos al caserío a las diez de la noche.

Nieva un poco en los últimos quince kilómetros, una nieve fina que no cuaja pero que hace que la carretera brille.

Giro en el camino de tierra. Los perros nos ladran antes de bajarnos del coche.

Mi padre abre la puerta con la boina puesta como si no la tuviera puesta desde por la mañana y como si yo no llegara de Barcelona, como si viniera del pueblo.

— Agur, aita.

— Markel.

Me da un abrazo seco. De un palmetazo. Mira a Pau por encima de mi hombro. Extiende la mano.

— Bixente — dice —. Aita de este.

— Pau — dice Pau —. Buenas noches.

Bixente le estrecha la mano. Luego mira a las niñas, que salen del coche pegadas a mis piernas.

— Y las capitanas.

— Las capitanas, sí — digo yo —. Esta es Irene. Esta es Aina.

Aina da un paso al frente, se planta delante de mi padre con las manos en los bolsillos del anorak y le dice:

— ¿Tienes ovejas?

— Tengo.

— ¿Muchas?

— Dieciocho.

— ¿Las puedo ver mañana?

— Si no os comen las botas, sí.

— Yo traigo botas.

— Pues no te las comen.

Irene no dice nada, se agarra a mi mano, mira a mi padre con las gafitas empañadas del aliento. Bixente se agacha un poco hasta su altura y le dice:

— Tú tampoco tienes que hablar si no te apetece.

— No me apetece ahora.

— Pues ya está.

Me cae bien mi padre en los picos en los que me cae bien. Este es uno de ellos.

Mi madre sale detrás con un trapo en las manos y directamente se salta a mi padre. Abraza a Pau antes que a mí.

— Pau, kaixo, kaixo, pasa, pasa, hijo, vamos dentro, que hace un frío.

— Ama.

— Markel, quita, quita, déjame primero con el catalán.

— Ama, que soy tu hijo.

— Ya lo sé que eres mi hijo. Por eso.

Me da luego un beso de los que dejan marca en la sien, se agacha con las niñas, les pregunta si tienen hambre, las niñas le dicen que no, ella les dice que claro que sí y ya se las está llevando a la cocina antes de que acaben de entrar por la puerta.

Pau me mira en el portal. Sonríe a medias.

— ¿Estás bien? — le digo.

— Estoy bien. Tu madre asusta.

— A mí también. Lleva cuarenta años asustándome.

———

La cena es sencilla y demasiado abundante, como siempre.

Sopa de pescado. Cordero. Pan casero. Una botella de txakolí.

Mi padre preside la mesa con la boina puesta todavía.

Mi madre se levanta cada tres minutos a buscar otra cosa.

Las niñas están sentadas cada una entre un adulto: Irene al lado de mi madre, Aina al lado de mi padre, porque Aina se ha colocado ahí ella sola y no había quién la moviera.

— ¿Y tú a qué te dedicas, Pau? — pregunta mi padre.

— Tengo un rocódromo en L'Hospitalet. Un gimnasio de escalada.

— El gimnasio donde está este.

— Ese.

— ¿Da dinero eso?

— Aita.

— ¿Qué?

— No se pregunta eso en la primera cena.

— Pues me lo contesta luego.

Pau se ríe por la nariz. Coge un pedazo de pan.

— Da lo justo, Bixente. Da para las niñas y para mi hipoteca. No da para Marbella.

— Ni falta.

— Ni falta.

Mi padre asiente, como si esa respuesta fuera la correcta.

Mi madre desde la cocina:

— Aroa, ¿tú eres la madre de las niñas?

— Aroa no ha venido, ama. Aroa es la madre biológica. Las niñas viven con Pau.

— Ya lo sé, hijo, que no soy tonta. Digo si Aroa es simpática.

— Es simpática, sí — dice Pau —. Mucho.

— ¿Tú la quieres?

— Mucho.

— Bien.

Mi madre vuelve con un plato de txistorra recalentada que no había pedido nadie. Lo pone en el centro. Se sienta.

Aina levanta el tenedor para pinchar un trozo, Bixente se lo tapa con la mano. Ella se enfada.

— Primero esto no se come con tenedor. Se parte con el pan.

— ¿Por qué?

— Porque se mancha mucho. Y porque es tradición.

— Vale.

Aina parte un pedazo de pan, lo unta de txistorra, se lo mete entero en la boca. Se mancha toda la mejilla. Mi padre se ríe sin quererlo. Risa mínima, pero risa.

Pau me mira debajo de la mesa. Le toco la rodilla con la mía. Me toca la mía con la suya.

———

Las niñas duermen en la habitación de Amaia, que hoy no está, que está en Vitoria con sus amigas.

Cama doble. Duermen juntas porque Irene no quiere dormir sola en un sitio que no es su cama.

Mi madre les pone edredones de plumón de los de verdad y dos botellas de agua caliente a los pies.

Les da a cada una un beso. Irene le pide un beso más. Mi madre le da diez.

— Ama.

— Calla, Markel.

— Si no he dicho nada.

— Ya sé lo que ibas a decir y calla.

———

Mi habitación es mi habitación de cuando tenía diecisiete.

La cama pequeña, el póster de Pablo Larrea despegado en una esquina, el calendario viejo de fútbol todavía colgado en enero de 2012, la estantería con los libros de escalada y un Lego a medio hacer que lleva ahí desde que tenía catorce.

Hay también un olor a madera vieja y a lana de oveja del jersey que mi madre me dejó aquí hace doce años para «cuando vinieras de visita», que sigue colgado en la silla.

Pau entra detrás de mí. Cierra la puerta. Se queda mirando la habitación con las manos en los bolsillos.

— Joder.

— No digas nada.

— Markel.

— Que no.

— Es que tengo doscientos comentarios en la punta de la lengua.

— Te los guardas.

— Empezando por el póster con Pablo Larrea enseñando bíceps.

— Ya te digo.

Se acerca. Me coge por la camiseta. Me besa despacio, en la boca, en la mandíbula, detrás de la oreja. Huele a txakolí y a jabón de cocina. Apoya la frente contra la mía.

— Markel.

— Dime.

— Estoy en casa de tus padres.

— Ya.

— En tu cuarto de adolescente.

— Ya.

— Con un póster de Pablo Larrea mirándonos.

— Ya.

— ¿Tus padres duermen lejos de aquí?

— La otra punta del caserío. Mi madre ronca. No va a oír nada.

— ¿Tu padre ronca?

— Mi padre no ronca. Pero tiene el sueño pesado. Hace falta una granada.

— Vale.

— Las niñas están en el ala de Amaia, dos puertas más allá y con una cocina de por medio.

— Vale.

— Pau.

— Dime.

— ¿Tú estás bien aquí?

— Estoy aquí contigo. Estoy bien.

— Vale.

Lo beso otra vez. Esta vez sin paciencia. Le busco la boca y le paso la mano por detrás de la nuca. El apagador está al lado de la puerta. Lo apago con la otra mano sin dejar de besarle.

Nos quitamos la ropa en silencio, no porque tengamos miedo de hacer ruido sino porque el silencio nos lo estamos buscando nosotros.

La cama de mi adolescencia cruje apenas.

La luz que entra por la ventana es la de una farola del camino que me alumbraba los catorce años y que ahora le alumbra a él los hombros.

Veo las canas en sus sienes mejor que de día. Le beso las canas.

— Kuttuna — le digo, en voz baja, pero no tan baja como otras veces.

Se aparta un segundo. Me mira.

— Lo has dicho.

— Lo he dicho.

— No bajito.

— No tan bajito, no.

— Vale.

Le beso debajo de la oreja.

— En tu cuarto — dice él —. Lo has dicho en tu cuarto.

— Tenía que ser aquí.

— Vale.

Le recorro el cuello con los dientes, despacio. Le paso la mano por el pecho, por la barriga, por la cadera. Sé dónde le gusta que le toque desde hace ya dos meses y se me ha puesto automático, pero hoy se lo hago a cámara lenta. Hoy me interesa que no se me olvide.

— Pau — susurro.

— Dime.

— Estàs bé? — le pregunto en un catalán torpe que he ido aprendiendo a piezas.

Se ríe en el hueco de mi hombro. Me muerde.

— Estic molt bé, cabró.

— Hala.

— Kuttuna no me lo traduces ni hoy.

— Hoy no.

— Vale.

— Te lo traduzco luego.

— Vale.

Nos acoplamos despacio. Él debajo, yo encima.

No hay prisa. Nos vamos acoplando como se acoplan las piezas del Lego de la estantería que hace diecisiete años no consigo acabar.

Le muerdo el hombro para no hacer ruido cuando ya no aguanto.

Él me tapa la boca con la mano, sonriendo, y me susurra «baixa, baixa, que et sento massa» y se le escapa un «kuttuna, kuttuna» imitándome que me hace reír contra su palma.

— Que no se dice así — susurro yo.

— Tú calla.

— Vale.

No somos silenciosos del todo. Pero somos silenciosos lo suficiente.

Al final me hundo en su cuello, me quedo quieto un rato largo.

Él me acaricia la columna arriba y abajo.

Le huelo el pelo. Le huelo el sudor. Le huelo a Pau, que es un olor que no estaba en mi catálogo hasta hace cuatro meses y que hoy es uno de los olores que llevo en el cuerpo aunque no esté con él.

— Pau.

— Qué.

— Kuttuna significa «cariño mío». Pero más que cariño. «El mío querido».

— Vale.

— Eso lo eres tú.

— Vale.

— ¿Vale y ya está?

— Markel, que estoy llorando.

— ¿Por qué?

— Porque sí.

— Vale.

Le beso la mejilla, la seco sin querer con los labios. Me quedo encima de él un rato más. Luego me tumbo a su lado, le paso el brazo por el pecho, pongo la cabeza en su hombro. La cama cruje un milímetro. El póster de Pablo Larrea sigue en la pared.

———

Por la mañana, muy temprano, Irene llama a la puerta.

— Markel.

— Dime, Irene.

— ¿Me puedo poner las botas tuyas para las ovejas?

— Son grandes.

— Me pongo tres pares de calcetines.

— Vale.

Pau suelta una carcajada contra mi cuello. Yo me río con él.

———

A las once salimos los cinco al prado con las ovejas.

Mi padre delante con el cayado, Aina detrás con el cayado de Amaia que mi madre le ha buscado en el trastero, Irene de mi mano con mis botas y tres pares de calcetines que le he puesto a la fuerza, mi madre con un termo de café en la otra mano y Pau con una bufanda mía que no es suya pero que le queda bien.

Las ovejas nos miran. Aina se les acerca gritando «oveeeeja, oveeeeja» y las ovejas retroceden como si hubieran visto al diablo. Mi padre le pide que se calle.

— Aina, las ovejas no gritan.

— Vale.

Irene se queda parada al lado de una oveja gris. Le pone la mano muy despacio en la lana. La oveja no se mueve.

— Aita — me dice Irene sin mirarme, bajito —. ¿Les vas a enseñar euskera a las ovejas?

— Las ovejas euskera ya saben, Irene.

— ¿Tú vas a enseñarme a mí?

— Si tú quieres.

— Quiero.

— El euskera de verdad es paciencia, Irene. Una niña de ocho años puede con ello, si se quiere.

— Puedo.

— Puedo, sí. Hala. Vamos a empezar por una fácil.

— Vale.

— Ardi.

— Ardi.

— Ardi es oveja.

— Ardi es oveja.

— Has aprendido la primera.

— Ya.

Me mira con las gafitas empañadas. Se sonríe con esa sonrisa tímida suya. Levanta la mano y me pide un choca esos cinco. Le choco los cinco.

Pau nos mira desde tres metros, con el termo entre las manos, con la bufanda que no es suya. Asiente despacio, una vez, como hace cuando algo le parece bien y no se atreve a decir nada.

Mi padre, detrás:

— Markel.

— Aita.

— Este catalán, ¿se queda?

— Se queda.

— Vale.

Y sigue caminando detrás de sus dieciocho ovejas como si no hubiera dicho nada. Pero lo ha dicho.