Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

Diciembre empieza como empiezan los diciembres en Barcelona cuando no llueve: con un frío seco que pela, un cielo azul impostado y las calles oliendo a castañas asadas y a boniato.

En el piso huele además a café, a las pastas de mantequilla que Montse nos ha traído el domingo y a ese champú de Markel que tiene un nombre vasco impronunciable y un olor a hierba mojada que no se va aunque ventiles.

Son las siete y diez. Las niñas duermen todavía.

Yo estoy en la cocina con la cafetera italiana crepitando y una lista en la mano que no sirve para nada porque la he hecho de memoria y lo que va en la lista lo sé sin la lista.

La lista es un papel arrugado con cuatro cosas: «árbol Navidad», «luces nuevas», «pilas mando», «llamar a Aroa».

Lo de Aroa lo tacho mentalmente: ya lo hice ayer.

Markel sale de la ducha descalzo, con el pelo chorreando y una camiseta gris vieja que le queda dos tallas grandes. El moño lo lleva mal hecho, con un mechón suelto en la oreja que todavía no se ha secado. Se para delante de la cafetera. Me rodea con un brazo por detrás.

— Buenos días, catalán.

— Buenos días, vasco mojado.

Me da un beso en el cuello. Huele a champú de hierba y a pasta de dientes.

— ¿Has dormido algo? — me pregunta.

— Algo.

— Eso es que no.

— He dormido lo que he dormido, tu dirás.

Se ríe por la nariz, coge una taza, se sirve café.

Lo bebe de pie, mirando al patio interior por la ventana.

No lleva calcetines. Nunca lleva calcetines en casa.

Dice que es cosa de caserío, que los vascos andan descalzos hasta en invierno, que él a mis gemelas las va a malcriar.

Aina anda descalza por el parqué desde que se mudó Markel.

Irene no, Irene tiene siempre los pies fríos y unas zapatillas de borrego con cara de oso que la abuela Montse le compró el año pasado.

Lo miro y pienso en la lista del trastero. Que es otra lista distinta a la del desayuno.

Ayer bajé a buscar el árbol de Navidad que guardamos ahí abajo desde hace tres años.

El árbol seguía donde lo dejé. Lo que no seguía donde lo dejé era la caja azul de Ikea con pegatinas de «foto» en los laterales y la letra de Gerard.

Había creído durante tres años que esa caja estaba en el armario del pasillo, encima.

No. Estaba en el trastero, detrás de una silla vieja, con polvo por encima.

No la abrí allí. La subí. La metí debajo de la cama de mi habitación. No le he dicho nada a Markel todavía.

La tengo debajo de la cama como quien tiene una bomba pequeña debajo de la cama.

— ¿Todo bien? — me dice Markel sin girarse.

— Todo bien.

— Mientes mal, Pau.

— Ya lo sé.

Se gira, se apoya en la encimera con la taza entre las manos. Tiene esa cara de las siete y diez que se le pone: menos cuidada, más joven, más él. Los ojos verdes más claros de lo normal a esa hora, las pestañas todavía pegajosas del agua. La cicatriz de la ceja se le marca cuando levanta una.

— Luego — le digo —. Cuando te hayas ido al entrenamiento y las niñas estén en el cole, si quieres.

— Quiero.

— Vale.

— ¿Es de él? — pregunta. No tiene que decir el nombre. Entre nosotros «él» sin contexto ya significa Gerard, desde hace semanas.

— Es de él.

Asiente sin soltar la taza. No pregunta más.

———

A las ocho y media las niñas ya están vestidas, desayunadas y quejándose del abrigo.

Aina lleva una bufanda azul que hemos perdido tres veces esta semana y que siempre reaparece detrás del sofá.

Irene lleva una bufanda roja que le hizo la abuela Montse el invierno pasado, con un fleco que ella se chupa cuando se aburre.

— Irene, que te vas a enfermar del fleco ese.

— No está sucio, papá.

— Está mojado. Es distinto.

— Mojado de saliva propia no es sucio.

— Home, qué argumento.

Markel se ríe en la puerta. Lleva el forro polar rojo del equipo, la mochila con las cuerdas colgada de un hombro, las llaves del piso entre los dientes mientras se cierra la cremallera.

— Venga, tropa, que os llevo al cole.

— No hace falta — digo yo.

— Hace falta porque me apetece. Dos minutos en el coche y me acerco luego al rocódromo directamente.

— Vale.

Irene sube al coche la primera. Aina discute quién va detrás y quién delante, pierde (nunca gana esa discusión porque Irene tiene un argumento invencible que es «yo he llegado primera»), se sube al asiento de detrás con una pataleta de medio minuto que se le pasa cuando Markel pone Kortatu en los altavoces.

— Cabezón — le digo yo en el portal antes de cerrar la puerta del coche.

— Eso tú — dice él.

— Ya.

— Vuelvo a las cuatro.

— Vale.

— Pau.

— Qué.

— Lo que tengas debajo de la cama, yo lo aguanto.

Lo dice sin dramatismo, como quien dice que aguanta un chaparrón. Se sube al coche. Se lleva a mis hijas al colegio escuchando Kortatu. Me quedo en el portal con una mano todavía en la puerta, la otra en el bolsillo, pensando que a lo mejor es verdad que lo aguanta.

Subo. Recojo la cocina. Cargo el lavavajillas.

Tiendo dos camisetas de Aina que ayer dejé en la lavadora a propósito para no enfrentarme con la caja todavía.

Reviso un correo del contable que dice que el tercer trimestre de Vertical ha subido un nueve por ciento respecto al mismo trimestre del año pasado.

Le contesto «gracias, Quim», sin más, y me quedo cinco segundos con el dedo encima del botón de enviar como si lo de la subida del nueve por ciento fuera una mentira que estoy enviando a un señor de cuarenta años.

———

A las once bajo al trastero otra vez. No sé qué voy a buscar. A lo mejor lo que quiero es confirmarme que lo de ayer no lo soñé, que la caja existe y está donde la dejé.

Existe. Está.

La subo otra vez al piso con las dos manos. Pesa menos de lo que recordaba. Las cosas de los muertos siempre pesan menos cuando las vuelves a coger al cabo de un tiempo, y eso no lo entendí hasta ahora.

La pongo encima de la mesa del salón, al lado de la taza del café de Markel que aún no he recogido.

Abro la caja. Dentro hay sobres de fotos reveladas, tres carpetas azules, dos cuadernos pequeños con la letra de Gerard, un CD rayado de los que ya no se pueden leer.

Y unas hojas impresas con el logo de una clínica de reproducción asistida que no abro, no sé si porque no quiero saber o porque ya sé y no quiero confirmarlo.

Cojo el primer sobre. Lo abro. Son las niñas.

Las niñas con tres meses. Las niñas con dos semanas.

Gerard en bata con Irene en brazos, los dos dormidos en la butaca que todavía tengo en el salón y que ahora usa Markel para leerle a Aina antes de que se vaya a la cama.

Yo con Aina en la trona, con una cuchara de plástico amarilla, riéndome a la cámara.

Gerard detrás de Irene, poniéndole las gafitas de bebé que ella no aguantaba.

Aroa en la cafetería de la clínica con las dos en el regazo, una semana antes de firmarnos la adopción, con la cara de niña grande que tenía entonces y todavía tiene un poco.

Hay fotos de Gerard que no recuerdo haber visto.

Hay una en concreto. Gerard tumbado en el suelo del salón con las dos niñas encima de él, una en el pecho, otra en el hombro. Las tres dormidas. La foto la sacó alguien con el móvil desde arriba, y yo no recuerdo quién. A lo mejor la sacó él mismo con el temporizador, porque eso era muy suyo.

Me pongo a llorar sin aviso. No llorar feo, llorar tranquilo, como cuando se te cae algo dentro y ya no tienes que aguantar tanto. Me siento en el sofá con el sobre entre las manos y lloro cinco minutos con el reloj del horno haciendo clic al fondo.

No me tapo la cara. No hay nadie.

———

A las cuatro y diez entra Markel por la puerta.

Yo sigo con la caja abierta encima de la mesa, ya no llorando, con un café tibio en la mano y los ojos hinchados.

Él no pregunta. Deja la mochila en el suelo, se quita el forro, se sienta al otro lado de la mesa.

— Muéstrame — me dice.

— ¿Seguro?

— Seguro.

Giro el sobre. Le paso la foto de los tres dormidos. La mira durante un tiempo largo, sin decir nada. Luego la devuelve con cuidado, como si pesara.

— Qué guapos — dice.

— Sí.

— Era muy guapo, Pau.

— Lo era.

— Y tú tenías menos canas.

— Joder, Markel.

Sonríe. Me coge la mano por encima de la mesa, entre un montón de sobres de fotos y el CD rayado. La mano de Markel ya la conozco al milímetro, las dos cicatrices del segundo dedo, el callo del pulgar, la uña del meñique siempre un punto más larga que las demás. Hoy la tiene fría todavía del coche.

— Las quiero ver todas, si tú quieres — me dice —. Pero contigo. No a solas.

— Vale.

— Algún día, no hoy.

— Vale.

— Pau.

— Dime.

— Es tu familia antes de mí. Que eso lo tengo claro. No vengo a borrar nada.

— Ya lo sé.

— Y si me necesitas a medio camino del armario otra vez, me silbas.

— Te silbaré.

Nos quedamos con las manos cogidas un rato, sin más. En el portero suena el timbre. Son las niñas con el abuelo. Meto el sobre a la caja, cierro la caja, la dejo en el suelo a mis pies. No la voy a esconder otra vez. Eso lo sé.

———

Por la noche, después de cenar puré y pescado, Aina se pone en plan ejecutiva.

— Papá, os tengo que hablar de una cosa.

— Uy — dice Markel —. Esto es gordo.

— Gordo.

— Tú dirás, hija — digo yo.

Aina se pone de pie en la silla (Markel le dice que se siente y ella se sienta pero en el borde) y se coloca un papel delante.

El papel lo ha hecho ella con un rotulador morado.

Tiene un título arriba que pone «PROYECTO» en mayúsculas y dos exclamaciones, y un dibujo de un Rey Mago con barba de lana.

— Quiero hacer una fiesta de Reyes en el rocódromo.

— ¿Cómo que una fiesta de Reyes?

— El cinco por la tarde. Para los del cole. Invitamos a mi clase entera.

— Aina, en el rocódromo no podemos hacer una fiesta de Reyes. Es un gimnasio.

— Es tu gimnasio — dice Irene desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista de la pasta que está enrollando en el tenedor —. Y ahora también un poco de Markel.

Miro a Irene. Miro a Markel. Markel abre mucho los ojos y pone cara de no haber dicho eso él, pero tampoco lo niega.

— ¿Un poco de Markel? — digo yo.

— Un poco — dice Irene —. Él también lo cuida.

— Vale — digo yo.

Markel carraspea.

— A mí me gusta la idea, eh. Tarde del cinco. Venimos con Reyes, boulders de colores, chocolate caliente. Una hora y fuera. Un Rey magos no, porque yo no me pinto de Baltasar, eh.

— Yo tampoco — digo yo.

— El abuelo — dice Aina —. El abuelo Joan se pinta siempre en mi cumple.

— El abuelo se pinta de Papá Noel, Aina. No es lo mismo.

— Pues que se pinte de Rey Mago. Mejor.

— Lo vamos a consultar — digo yo.

— Hecho — dice ella.

Aina tacha algo del papel con el rotulador morado y levanta el pulgar a Markel. Markel le devuelve el pulgar por debajo de la mesa como si acabaran de cerrar un contrato millonario.

———

A las diez y media, cuando ya las niñas duermen, estamos los dos en el sofá. Markel tiene un libro en las manos que lleva dos páginas abiertas la misma página desde que se ha sentado. Yo tengo el portátil cerrado encima de las piernas.

— Markel.

— Dime.

— Llevas tres semanas con doble sesión.

Cierra el libro. Pone el dedo por donde iba (que no iba por ninguna parte). Se gira a mirarme.

— Lo sé.

— Mikel te lo pide así.

— Mikel me lo pide así porque quedan tres meses y pico para Seúl, Pau.

— Ya. Pero lo llevas al límite.

— Puedo con ello.

— Puedes con ello ahora. No sé si vas a poder con ello en febrero.

Se pasa la mano por la coronilla, se toca el remolino. Es un gesto que tiene cuando sabe que voy a decir algo que no le apetece oír.

— ¿Qué me propones?

— Terapia de pareja. Con Roser.

— Pau.

— Escúchame.

— Roser es tu hermana.

— Roser es terapeuta. Y es la mejor que conozco. Y no nos va a cobrar.

— No es por la pasta.

— Ya lo sé. Pero por si acaso. No tienes que decir nada gordo ahí, Markel. Solo ordenar lo que llevas dentro antes del Mundial. Yo voy contigo.

Se queda callado. Me mira. Tiene esa forma de mirar de los ojos verdes que me deja sin palabras desde septiembre y que ahora a veces me hace reír y a veces me hace quererle más.

— Yo me he prometido a mí mismo que a partir de ti, iba a escuchar — dice.

— Vale.

— Aunque me cueste.

— Vale.

— Lo hacemos.

— Gracias.

— Pero Roser me tiene que prometer que no se lo cuenta a tus padres.

— Home. Eso de oficio, Markel. Es su trabajo.

— Me fío más si lo promete.

— Lo prometerá.

— Vale.

Me pasa el brazo por detrás de los hombros. Apoyo la cabeza en su cuello. Huele a entrenamiento, a sudor ya frío, a champú de hierba a medias. No hace falta que diga nada más por ahora.

———

Me ducho después, cuando él ya se ha dormido de lado en mi cama con un brazo fuera de la sábana. Salgo del baño con el pelo mojado. Paso por delante del cuarto de las niñas. Irene tiene la luz del zorro Brixton encendida, como siempre. Aina ronca.

Vuelvo al dormitorio. Me acuesto. Pongo la mano en el pecho de Markel. Él gruñe algo en sueños, en un idioma que no es ninguno, y me acerca el brazo. La grieta en forma de rayo del techo, esta noche, parece más larga que de costumbre, como si la luz amarilla de la calle la hubiera estirado.

Cierro los ojos. Pienso en la caja debajo de la mesa. En Gerard dormido con las niñas encima. En la fiesta de Reyes. En Roser. En Seúl.

Hay una frase de esas que se te forman solas en la oscuridad antes de dormir. Esta noche me sale esta.

Que se me están colocando las cosas.

Y en cuanto lo pienso, me digo que ojo, que las cosas se colocan en el momento justo antes de caerse del estante.