Markel #2
— Yo he pensado todas las noches durante tres años que si yo le hubiera obligado a no ir a Fontainebleau aquel septiembre, él hoy estaría aquí.
Pau se queda callado.
— Y que tú, cada vez que me miras, me recuerdas que mi hijo se murió escalando. Y que parte de esa tontería se la aguanté yo. Por bondad. Por creer que él era feliz. No se lo quité. Le dejé irse aquel fin de semana.
— Teresa.
— Déjame terminar.
— Vale.
— Yo he estado enfadada contigo tres años y no me he atrevido a decírtelo.
Porque no era justo. Porque tú no me dabas motivos.
Porque tú llevaste a las niñas a todos los cumpleaños, y me llamas por teléfono los domingos, y me has seguido mandando fotos de ellas como si fuéramos la misma familia.
Y yo lo he aceptado todo. Pero la rabia me estaba por dentro.
Y el otro día, cuando me dijo la Lolita lo del Mercat del Peix, se me puso la rabia arriba.
— Ya.
— No fue porque vivieras con un hombre. Ni porque ese hombre fuera Markel.
Fue porque me di cuenta de que tú ibas a seguir hacia adelante y yo no.
Que yo me quedaba en esta casa con el retrato de mi hijo en una estantería y tú ibas a hacerte otra vida con otras personas y con otros muebles, y yo no cabía en eso.
— Teresa, tú cabes.
— Espera.
— Vale.
— Esta mañana me he levantado a las seis.
He bajado a hacer el arroz. Y he pensado "Teresa, espabila".
He pensado que si yo quería seguir en la vida de mis nietas, que son el único trozo de mi hijo que me queda, yo no podía ser la mujer que les hace sentir culpables a su padre.
No podía serlo. Y he decidido esta mañana, a las siete y media de la mañana, que iba a recibirlo a él en esta mesa como le habría recibido Gerard.
Así lo he decidido. Después de tres años de no decidirlo.
— Teresa — digo yo —. Teresa, muchas gracias.
Me mira. Sus ojos se han puesto turbios.
— Markel, tú perdóname si te miro raro todavía algunos días.
— La miraré yo peor.
Me río. Se ríe ella. Pau tiene la mandíbula temblando. Respira hondo.
— Gracias — me dice Teresa —. Gracias por estar con ellas en el agua en Castelldefels el otro día. Me lo contó Aina. Me llamó el domingo.
Se me hace un nudo.
— De nada.
— Yo no sabía nadar hasta los veintiséis. Me enseñó un primo en Cullera a escondidas de mi padre. No se enseñaba a las niñas en mi casa. Tú enseñas a Irene a flotar. Eso para mí dice mucho de ti.
— Ya.
— Más de lo que me podría decir nadie. Gerard también habría hecho eso. Tú no eres Gerard. Pero en ese acto concreto, tú has sido su mano hoy.
Se me humedece el ojo derecho. Pau aprieta la palma sobre el mantel. Teresa respira dos veces, lentas. Luego se levanta. Va a la cocina. Vuelve con una fuente. Destapa.
— Flan de huevo.
— Flan de huevo.
— Lo hace ella como nadie — me dice Pau al oído —. Aguanta.
— Aguanto.
———
Por la tarde los cinco damos un paseo por el centro de Alzira.
Teresa se agarra del brazo de Pau. Irene camina conmigo, con Brixton bajo el brazo.
Aina va dando volteretas por la plaza del Ayuntamiento.
Entramos en una heladería que Teresa jura que es la mejor de la comarca aunque estemos en diciembre.
Nos zampamos tres bolas cada uno. Aina pide chocolate con lima.
Yo pido vainilla con turrón. Pau pide una de Oreo y una de limón, no sé cómo se pide algo tan incompatible. Irene pide yogur y fresa.
Volvemos a casa al atardecer. Cenamos ligero.
Tortilla francesa, pan, queso manchego, un vino blanco muy fresco.
Las niñas se quedan dormidas antes de las diez en el cuarto de invitados, en una cama doble que Teresa había preparado con sábanas de florecillas.
Teresa se retira a las once. Nos deja a Pau y a mí en el sofá del salón con una copa de vino cada uno.
Me mira desde la puerta.
— Buenas noches, chicos.
— Buenas noches, Teresa.
— Buenas noches, Teresa.
— Markel.
— Dime.
Se acerca hasta mí. Me pone la mano en el hombro. Me aprieta una vez.
— Cuídalo. No es tan fuerte como parece.
— Eso ya lo sé.
— Lo sabes, vale.
— Lo sé, Teresa.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
Sale. Oigo sus pasos en la escalera, luego una puerta que se cierra arriba. Pau se me queda mirando con media sonrisa.
— ¿Qué?
— Me ha dicho "cuídalo".
— Ya.
— Me ha dicho exactamente "no es tan fuerte como parece".
— Ya.
— Y yo le he dicho "eso ya lo sé".
Pau se ríe. Me coge la mano.
— Markel.
— Dime.
— Gracias por venir.
— Gracias por traerme.
— Gracias por no haberte rajado.
— De aquí no me rajo de nada.
— Ya.
— Pau.
— Dime.
— Estoy cansadísimo.
— Yo también.
— ¿Nos vamos?
— Nos vamos.
Terminamos el vino. Apagamos la luz del salón.
Subimos al cuarto de invitados. Nos duchamos rápido los dos con el agua que tarda en calentarse.
Nos metemos en la cama. Teresa nos ha puesto dos camas juntas formando una cama doble falsa, con sábanas blancas y una manta de lana gruesa.
Nos acostamos en un lado. Las niñas en la otra cama del cuarto, dormidas como troncos.
Le abrazo por detrás. Le beso la nuca. Él me aprieta la mano.
— Markel.
— Dime.
— Me ha ido bien hoy.
— A mí también.
— Muy bien.
— Muy, muy bien.
— Gracias por ser tú.
— Agur, Pau.
Se duerme. Me duermo. Fuera, Alzira duerme también, un pueblo valenciano con el frío de diciembre, con la luna afuera, con el limonero del patio resistiendo el invierno.
———
Al día siguiente, domingo, comemos con Teresa un fideuà ligera.
Charlamos. Las niñas ayudan a poner la mesa.
Teresa enseña a Irene a doblar las servilletas en forma de corona.
Irene se encanta. Aina le ayuda a Teresa a pelar las gambas.
Pau se pasea por el salón con una de las fotos antiguas del pasillo, le hace una foto con el móvil para enseñársela a Roser, que no viene en esta ocasión.
A las cinco, cargamos el coche. Teresa nos espera en la puerta.
Besos. Abrazos. Aina le dice a Teresa que vuelva en Reyes a casa, que le van a hacer un regalo grande.
Teresa le dice que lo pensará. Irene le da a Teresa un dibujo con los cinco en la mesa del arroz.
Cinco, tengo que decir. Yo estoy dibujado con la boina.
Teresa lo coge con las dos manos, lo mira un minuto, se lo lleva al pecho.
No dice nada. Le da un beso en la cabeza a Irene.
Cuando me toca despedirme, Teresa me besa en las dos mejillas y me dice muy bajo, solo para mí:
— Markel.
— Dime.
— Si me llamas Teresa, yo te llamo Markel. Si me llamas señora, también. Llámame como te salga mejor. Pero llámame.
— Te llamaré.
— Adéu.
— Adiós, Teresa.
Subimos al coche. Le pido yo a Pau conducir de vuelta. Me dice que vale.
Salimos de Alzira a las seis menos diez. Las niñas duermen en veinte minutos. Brixton cabeza abajo. Aina con la boca abierta. Pau a mi lado, callado, mirando al frente, con el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla, el codo, la cabeza ladeada.
A la hora, más o menos, cuando ya hemos pasado Castellón, Pau alarga la mano. Me coge la mía del volante, con delicadeza para no interrumpir. Me la aprieta. La deja sobre la palanca de cambios. Yo la dejo ahí. Conduzco con la izquierda. La derecha la tengo bajo la suya.
No hablamos. Trescientos kilómetros.
De vez en cuando Pau me aprieta la mano. Yo le aprieto la mía. Un apretón cada cuarenta kilómetros más o menos. Morse nuestro. Seguimos aquí. Seguimos aquí. Seguimos aquí.
Pasado Tarragona, él se queda dormido. Yo conduzco solo con el silencio del coche y el murmullo de las niñas atrás, que respiran rítmico. En la radio, una canción antigua de Serrat. No la quito. La pongo bajito.
Llegamos a Poblenou a las nueve y media. Dormidas. Las tres dormidas. Pau también ha cerrado los ojos. Los despierto uno a uno con cuidado. Subimos al piso con las maletas dando tumbos. Las niñas al baño, luego al pijama, luego a la cama. Pau se cae en el sofá.
— Pau.
— Mmm.
— Cama.
— No puedo.
— Te llevo.
Le tiro. Le llevo. Se desnuda a medias. Se mete en la cama. Le beso en la frente. Me meto yo. Me abraza con el brazo blando, ya casi dormido.
Antes de caer del todo, me dice al oído:
— Markel.
— Dime.
— Ha sido un fin de semana bueno.
— Sí.
— Gracias.
— A ti.
— Kutt...
Se duerme a media palabra. Se duerme. Se le queda la boca abierta con la K flotándole en el aire.
Me quedo un segundo mirándole. Sonrío en la oscuridad.
No se la digo yo todavía entera. No. Todavía no. Se la voy a dejar que la diga él primero, cuando se acuerde de cómo termina, si se acuerda.
Me duermo detrás.
Mañana es lunes. Lunes Vertical. Lunes niñas al cole. Lunes entrenamiento. Lunes vida.
Pero mañana es mañana.
Esta noche, Alzira nos ha soltado a casa. Y en casa estamos.