Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel
73%

Markel

El viaje a Alzira lo hacemos el segundo sábado de diciembre. Pau ha llamado a Teresa el lunes, han hablado cuarenta minutos, ella ha dicho que sí, que vengamos. Los cuatro.

Cuatro, me dice Pau cuando cuelga.

— ¿Cuatro?

— Sí.

— Ella ha dicho cuatro.

— Ella ha dicho "venid los cuatro".

— Hala. Qué valiente es.

— Ya ves.

Se queda mirando el móvil un segundo. Se lo guarda.

— Markel.

— Dime.

— Gracias por no decir que no.

— A Alzira no iba a decirte que no.

— A Alzira le dicen que no mucha gente, eh.

— Yo tampoco.

Hacemos la maleta el viernes por la noche.

Pau, reloaded, mete una camisa blanca en una funda para que no se arrugue.

Yo meto mi jersey menos cutre, uno azul oscuro que me trajo mi hermana el año pasado.

Me afeito la barba un milímetro de más, porque me pongo nervioso.

Pau me ve en el baño rascándome la mejilla y me dice, con la cabeza fuera:

— Déjate la barba, Markel.

— Ya está.

— No te afeites por ella.

— Si no me estoy afeitando por ella. Me estoy afeitando porque soy un idiota.

— Vale.

Aina aparece en el baño con una camiseta de algodón fino con un dinosaurio pintado.

— ¿Nos llevamos el dinosaurio?

— Aina, es diciembre — dice Pau desde el cuarto —. Hace frío.

— Pero es que es mi camiseta preferida.

— Llévala. Pero debajo de otra.

— Vale.

Irene entra con un libro muy gordo.

— Se lo voy a leer al coche.

— Vale.

— Y Brixton también viene.

— Por supuesto.

La casa parece una mudanza pequeña al final.

Tres maletas. Dos mochilas de niña. El zorro.

Un termo de infusión para el coche. Un pan tostado de Arnau envuelto en papel marrón.

Una caja de turrón de Alicante que nos hemos llevado los tres años anteriores y que yo no sé si Teresa come, pero Pau lo lleva por costumbre.

Salimos el sábado a las ocho de la mañana.

Barcelona a Alzira son 370 kilómetros. Tres horas y media si no hay tráfico.

Pau conduce hasta Tarragona. Yo cojo el volante en el área de servicio de Salou.

Las niñas dormidas atrás. La radio catalana bajito.

Pau me mira desde el asiento del copiloto cada veinte minutos y me sonríe la mitad de veces sin decir nada.

— Estás nervioso — me dice en un momento.

— Estoy nervioso.

— No te preocupes.

— Pau, tu suegra me odia.

— No te odia.

— Me va a odiar en cuanto me vea.

— No te va a odiar.

— ¿Y si no te apoya?

— Me ha apoyado toda mi vida. Lo hará esta vez también. Tarde o pronto. Pero lo hará.

— ¿Y si no le gusto?

— No tiene que gustarte. Tú tienes que sentarte, callar, sonreír, ser tú, y darle tiempo.

— Vale.

Miro al retrovisor. Irene tiene los ojos cerrados con Brixton en el regazo. Aina tiene la boca abierta con un hilo de baba contra la ventana. Son ángeles dormidos. Me dan ganas de darle la vuelta al coche y no llegar nunca.

———

Alzira. Mediodía y diez. Hay un sol blanco de diciembre que no calienta nada pero que hace que la ciudad parezca un dibujo a lápiz.

Aparcamos en la calle Hort dels Frares, delante de una casa de dos plantas con ventanas pintadas de verde oscuro.

Una puerta estrecha. Un buzón con "Puig Farreras" en una placa de cerámica.

Pau baja primero. Se estira. Se saca las gafas de sol de la cabeza y se las mete en la camisa. Respira. Abre la puerta de atrás y despierta a las niñas. Aina protesta. Irene se frota los ojos. Yo salgo, cojo las maletas del maletero.

Teresa abre la puerta de casa antes de que lleguemos al timbre.

La veo por primera vez en persona. En fotos sí, en el pasillo de casa de Pau hay una foto suya de hace unos años con Gerard y las niñas recién adoptadas.

Pero en carne hueso, no. Tiene sesenta y ocho años.

Pelo corto blanco, muy peinado, con una diadema negra de tela.

Jersey azul marino, falda gris de tweed, zapatos de tacón bajo.

Lleva dos perlas pequeñas en las orejas. Los ojos muy claros, azul gris.

Los de Gerard, intuyo. Esos ojos.

— Pau — dice.

— Teresa.

Él se adelanta. Le da dos besos. Ella se deja. Teresa no es mujer de abrazos largos, pero le aprieta el brazo un segundo con la palma. Mira hacia abajo.

— ¡Mis niñas!

— Àvia.

Las gemelas corren. Aina la abraza por la cintura, Irene se deja abrazar la cabeza. Teresa cierra los ojos un segundo. Le acaricia el pelo a Irene. A Aina le pellizca un moflete.

— Has crecido, atronadora.

— ¿Tú me has visto en octubre, àvia?

— Y has crecido desde entonces.

— No es verdad.

— Sí lo es, te lo digo yo.

Se endereza.

Me mira.

La miro.

Me acerco. Le tiendo la mano.

— Teresa. Soy Markel.

Ella me mira la mano. La estudia un segundo. Luego la coge. La aprieta. No fuerte, pero me la aprieta entera. Me da dos besos en la mejilla, con mucho cuidado, como se saluda a alguien que uno no sabe muy bien si va a volver a ver.

— Markel.

— Encantado.

— Igualmente.

— Gracias por recibirnos.

— Esta es vuestra casa, Pau, como siempre.

— Ya lo sé, Teresa.

— Bueno. Entrad. Hace frío en la calle.

Entramos. La casa huele a guiso. Olla en el fuego. Olor a cebolla pochada y azafrán. En la entrada, un perchero antiguo con tres abrigos marrones. Una cómoda de madera oscura con una virgen de cerámica encima. Un pasillo largo. Al fondo, una cocina grande con mesa al centro.

Pasamos al salón. Teresa nos sienta en un sofá tapizado en pana verde.

Las niñas ya han corrido al patio trasero, que se ve por la cristalera.

Hay un limonero, dos gatos callejeros que Teresa alimenta, unas macetas de hierbabuena.

Aina grita que el limón está cayendo del árbol. Irene se sienta a mirarla.

Teresa vuelve de la cocina con una bandeja. Hay café, leche, un bizcocho cortado en rectángulos. Deja la bandeja en la mesita. Se sienta en el sillón frente a nosotros, con las manos cruzadas en el regazo. Me mira.

— Markel, ¿quieres café?

— Sí, por favor.

— ¿Con leche?

— Solo.

— Muy bien.

Sirve. Me tiende la taza. Me tiembla a mí un poco, no a ella. Pau se da cuenta.

Se queda mirando hacia el patio. Las niñas peleándose con los limones. Teresa mira a Pau. Le mira de un modo que no me había fijado antes, un modo que no es ni amable ni hostil. Un modo que es "aquí está el hijo que me quedó cuando se murió el mío". La miro yo con los ojos bajos al café.

— ¿Vinisteis bien?

— Muy bien, Teresa.

— ¿Paraste?

— Paré en Salou.

— ¿Quién condujo de Salou a aquí?

— Markel.

— ¿Sí?

Me mira. Yo subo los ojos.

— Sí. Tengo carnet español, eh. No condujo de Oñati.

Se le escapa una media sonrisa.

— Hombre, eso faltaría.

— Conduzco bien — digo, intentando un chiste —. Aprendí en curvas buenas.

— Las curvas buenas son las de aquí. Las mejores de Europa.

— Eso dirá usted, Teresa.

— Eso digo yo, Markel.

Pau se ríe. Teresa se permite una sonrisa más grande. Me doy cuenta de que acaba de pasarnos el primer examen, o el primer medio examen, y que las dos partes hemos saltado del trampolín sin dolernos.

———

La comida es arroz al horno con costillas.

Teresa pone la mesa para cinco. Hay platos antiguos, cubiertos de plata que aprenden el nombre una a una.

Irene pregunta si puede beber agua con gas.

Teresa saca una botella de Vichy que guardaba.

Aina pregunta si puede poner sal extra al arroz.

Teresa le dice que ese arroz tiene la sal exacta y que si le pone más después se quejará.

Aina le dice "vale, àvia". Teresa suspira con cariño.

A mí me sirve una ración generosa. Pau la primera vez que le sirven también una ración generosa, Teresa le mira y le dice "Pau, has adelgazado". Pau se mira.

— ¿Te parece?

— Te lo parece a ti, ¿verdad?

— No creo, Teresa.

— Pues a mí sí. Come.

Come.

Al segundo plato, Teresa me pregunta por mi familia. Por Oñati. Por el caserío. Por mi padre. Por mi madre. Le voy contestando con cuidado. Ella escucha. Apunta mentalmente. Cuando le hablo de la sidrería de mi madre, que cerró en 2019, Teresa asiente despacio y me dice:

— Mi padre tenía una taberna en Alzira. Cerró cuando yo tenía doce. Sé lo que se siente cerrar algo que da de comer a la familia.

— Claro.

— Cuéntale eso a tu madre cuando la veas.

— Se lo contaré.

— Los bares que cierran se quedan en el alma.

— Sí.

Irene pregunta si puede ir al patio a ver los gatos con Aina. Teresa les dice que pueden, pero que vuelvan antes del postre. Las niñas se van corriendo. Nos quedamos los tres adultos en la mesa. La puerta de la cocina al patio entornada. Los gritos de las gemelas al fondo.

Pau pasa la mano por el mantel de lino. Respira.

— Teresa.

— Pau.

— Te quiero decir una cosa. Que ya lo hablamos por teléfono, pero hoy necesito decirtela en tu casa, a tu cara, sin niñas delante.

Teresa pone las manos en la mesa. Como una jueza.

— Adelante.

Pau traga saliva.

— Tu hijo era el amor de mi vida. Sigue siéndolo. Y no voy a pasarme otros treinta años de luto porque tú quieras que lo haga.

Teresa se queda muy quieta.

— Markel no te amenaza. Tú te amenazas tú.

Silencio.

— Y yo no te digo esto por echarte nada en cara.

Te lo digo porque te quiero como a una madre.

Y porque quiero seguir viniendo a Alzira con las niñas.

Y con Markel. Y quiero que tú puedas estar bien con nosotros.

Pero si tú no puedes hoy, pues hoy no puedes.

Ya podrás mañana, o dentro de un año, o no.

Pero yo voy a seguir. Voy a seguir con Markel.

Las niñas lo saben. Mi familia lo sabe. Ahora lo sabes tú. Y Gerard... Gerard lo habría entendido.

Teresa baja la vista al mantel. Respira por la nariz dos veces. Se lleva una mano a la boca.

— Pau.

— Dime.

— Tú no sabes lo que yo he pensado por las noches desde que murió Gerard.

— Algo me imagino.

— No te imaginas. Tú piensas en él como marido. Yo pienso en él como niño. Todavía le veo la cara de cuando tenía seis años y tenía una rabieta por una camiseta. Tú no tienes esa imagen en tu cabeza. Esa es mía.

— Sí.