Pau #2
— Teresa. Te respeto mucho. Sabes que te respeto.
Pero el derecho primero lo tienen las niñas, yo y Markel.
Y el segundo lo tiene mi familia directa, que ya lo sabe.
Y el tercero lo tienes tú. Esto no lo he decidido yo por jerarquía, lo ha decidido la vida.
Perdón si te ha dolido enterarte por otro camino.
— ¿Otro camino?
— Sí.
— ¿Qué camino?
— Teresa, te vas a enfadar conmigo si te pregunto quién te lo ha dicho.
— No. Te lo digo yo. Tu tía Lolita.
— ¿Mi tía Lolita de Sant Just Desvern?
— Sí.
— ¿Y mi tía cómo sabe?
— Se lo ha contado tu prima Glòria, que les vio a ti y al chico en el Mercat del Peix el domingo con las niñas.
Cierro los ojos. Mi prima Glòria vio perfectamente al hombre alto, pelo castaño, G y P tatuadas, con un vasco cojo y dos gemelas, comprando pescado a un señor que les explicaba la diferencia entre rape y congrio. Mi prima Glòria.
— Teresa, hablaré yo con la Glòria. Pero te juro que no he tenido mala fe.
— Pau.
— Dime.
— Yo no sé si estoy preparada para esto.
— Vale.
— Tú hijas de Gerard viviendo con un hombre que no es Gerard.
— Teresa. Nuestras hijas son mías y de Gerard. Siempre. Eso no se mueve. Pero yo no puedo pasarme otros treinta años de luto porque tú quieras que lo haga. Gerard no querría eso.
— Tú no sabes lo que Gerard querría. Gerard está muerto. Lo que querría se lo llevó con él.
Ya.
Ahí.
La frase le ha salido entera, ensayada o sin ensayar, pero entera. Se le ha salido. Cierro los ojos. Aprieto la mandíbula. Me muerdo el interior del carrillo.
— Teresa.
— Pau.
— Tú hijo era el amor de mi vida.
— Lo sé.
— Y sigue siéndolo.
— Pues vive como si lo fuera.
— No. Tú no me vas a decir cómo vivo yo lo que siento por él. Eso lo decido yo.
Silencio al otro lado.
— Pau.
— Teresa. Mira. Yo quiero que tú sigas siendo la abuela de mis niñas.
Yo quiero que ellas vayan a verte cada pocos meses, y que tú vengas aquí en mayo cuando florezca el patio, como siempre.
Yo quiero que tú y yo hablemos por teléfono los domingos, como hemos hecho tres años.
Yo quiero que me sigas llamando Pau. Yo no quiero perderte.
Pero eso no lo decido yo solo. Lo decides tú también.
— ¿Qué me estás pidiendo, Pau?
— No te estoy pidiendo nada. Te estoy avisando.
Que yo no voy a dejar a Markel por aguantar lo que tú no puedas aguantar.
Que te amas la vida, Teresa. Que él no te amenaza, te amenazas tú.
Te amenaza en la cabeza que alguien venga a ocupar un sitio que tú crees que es tuyo.
Pero Markel no va a ocupar a Gerard. Él ocupa un sitio nuevo.
Silencio larguísimo.
— ¿Vas a venir en diciembre?
— ¿Quieres que vaya?
— No lo sé.
— Pues piénsalo.
— Tienes que venir, Pau. Este año hubo veintidós al aniversario. Este año esperábamos que en diciembre...
— Si quieres que vaya, voy. Con las niñas. Y con Markel.
Silencio.
— ¿Con él?
— Con él.
— Pau.
— Teresa.
— No te escondo que me cuesta.
— A mí también. Pero lo prefiero así a no vernos.
— Dame tiempo.
— Todo el tiempo del mundo.
— Vale.
— Vale.
— Pau.
— Dime.
— ¿Eres feliz?
Me quedo quieto. Miro a Barcelona desde el balcón. Las luces de los edificios. Una farola parpadeando en la esquina. La ropa colgada del vecino de enfrente, que no ha recogido todavía.
— Teresa.
— Dime.
— Más que hace un año.
Se le escapa un suspiro.
— Vale — dice —. Vale. Me alegro por ti.
— ¿Sí?
— Sí, Pau. Me duele. Pero me alegro. Las dos cosas. A la vez.
— Ya.
— Cuélgame, que voy a llorar y no quiero llorar contigo al teléfono.
— Vale, Teresa.
— Buenas noches, hijo.
— Buenas noches, Teresa.
Cuelga.
Me quedo en el balcón.
Dos minutos. Tres. Miro al suelo. A la calle. Un chaval pasa en patinete eléctrico. Un perro con un señor mayor. Un taxi vacío.
Me doy cuenta de que estoy llorando yo también. No mucho. Cinco lágrimas. Me las seco con la manga de la sudadera.
Entro. Markel está en la puerta del balcón, con una manta en el brazo, me mira.
— ¿Teresa?
— Teresa.
— Ven.
— Voy.
Me tira hacia dentro. Me envuelve con la manta. Me sienta en el sofá. Se sienta detrás, me abraza por la espalda. No me pregunta nada. Me deja.
Yo le cuento despacio. Le cuento lo que Teresa me ha dicho. Lo que le he contestado. El "me alegro por ti, las dos cosas, a la vez". Markel me escucha con la oreja pegada al cuello.
— Pau.
— Dime.
— Yo en diciembre te acompaño a Alzira si tú quieres.
— Quiero.
— Aunque ella no me quiera.
— Ella dirá que sí te quiere.
— Aunque diga que sí pero no lo sienta.
— Aunque eso.
— Pues voy.
— Gracias.
— Pau.
— Dime.
— Se te han pasado los ojos otra vez.
— ¿Mucho?
— Un poco.
— No te preocupes. Es que a veces, un rato, se me van.
— Ya lo sé.
— Pero vuelvo.
— Siempre vuelves.
— Siempre vuelvo.
Nos quedamos media hora más en el sofá. La tele apagada.
La lámpara chiquita. El piso dormido. Aina y Irene durmiendo.
Teresa, en Alzira, supongo que durmiendo también, o mirando el techo, o regando una maceta a las diez y media, que son cosas que hace Teresa cuando no puede con la cabeza. Markel respirando detrás de mí.
Al rato me levanto. Me meto en la cama. Con Markel. Hoy es jueves. Perdón, viernes. Da igual. Hoy es hoy.
Antes de apagar la luz, miro la foto de la mesilla.
Gerard con las gemelas de bebés. La miro fijo.
Le digo por dentro: "kuttu". Me acabo de inventar una palabra, sí.
Pero no me importa. Le digo kuttu, mi kuttu, porque un día sí y otro no me sale la lengua torpe, pero le quiero decir cosas a este hombre que ya no está.
Le digo: "me quería decir Markel que no te sustituye, pero es una cosa nueva.
Y a ti te lo creo, porque sé que a ti te habría gustado. Kuttu. Bona nit".
Apago la luz.
Markel me rodea con el brazo.
Me duermo.