Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
68%

Pau

El jueves, cuatro días después de la escena con Enric, Markel llega al piso a las cinco y media con una cara rara.

Las niñas están en la cocina con Montse, mi madre, que ha venido a merendar y a traerme un tupper de canelones de los que a Aina le enloquecen.

Markel entra, saluda a mi madre con dos besos, les toca la coronilla a las gemelas, y me hace una señal pequeñísima con la cabeza para que lo siga al pasillo.

Me levanto del sofá. Voy.

Me cierra la puerta del dormitorio detrás. Se apoya en la pared. Saca el móvil. Me lo tiende.

— Léelo.

Lo cojo. En la pantalla, abierto, un WhatsApp de Javi Urrutia. El primero, de las cinco menos diez:

"Kaixo, Markel. Sé que hace tiempo que no te escribo. He pensado mucho en ti estos meses. He estado yendo a una terapeuta desde mayo. Estoy limpio, por cierto. Te ha costado, pero te mereces saber que lo intento. Vuelve cuando quieras. Te echo de menos. Javi".

Levanto la vista.

— ¿Limpio de qué?

— No sé. Él dice que tenía una cosa con la cocaína los últimos meses que estuvimos juntos. Yo no la vi. Yo vi muchas cosas raras, pero no vi eso, o no quise verlo. Me imagino que es eso. O a lo mejor es una frase hecha, no sé.

— Markel.

— Espera. Hay más.

Baja con el pulgar. Son tres mensajes más, de las cinco y cinco, las cinco y diez, las cinco y cuarto. Escalonados.

"Me he enterado de que estás en Barcelona. No te culpo por no contestarme. Pero tengo que decirte una cosa: el año pasado cometí una chorrada grande. Pero no la cometí porque no te quisiera. La cometí porque estaba asustado por muchas cosas que no te supe contar. Me gustaría contártelas".

Y el siguiente:

"Por favor, Markel. Una llamada. Una. Te prometo que después no te escribo más si no quieres".

Y el último:

"O un café. Cualquier cosa. Me da igual".

Le devuelvo el móvil.

— ¿Le has contestado?

— No. No le voy a contestar.

— ¿Seguro?

— Seguro.

Se queda mirando la pantalla. La apaga. Se la mete al bolsillo del pantalón.

— Pau.

— Dime.

— Te lo enseño por dos razones. Una: porque no quiero que nada de esto lo sepas por Enric, ni por él mismo, ni por nadie. Siempre por mí.

— Vale.

— Y dos: porque quiero que sepas que he leído los tres mensajes, que me han dado un tirón en la tripa durante los tres segundos en que pensaba si me daban un tirón o no, y que después no.

— Vale.

— No te estoy diciendo que sea inmune. Te estoy diciendo que me he dado cuenta de que la diferencia entre este jueves y hace seis meses es gigante.

— Ya.

Me acerco. Le pongo las dos manos en la cara, con las palmas abiertas. Le doy un beso corto en la boca.

— Gracias.

— Gracias a ti.

— ¿Qué vas a hacer?

— Nada.

— ¿Lo bloqueas?

— Todavía no. Quiero que sepa que lo he visto, que no he ido a buscarlo, que no le he contestado. Que sepa él que la pelota la he dejado en su tejado y no la voy a coger. Para que aprenda algo, si quiere. Si le sirve para su terapia, me alegro. Pero después lo bloqueo.

— Vale.

— Si escribe algo más feo, lo bloqueo ya.

— Vale.

Salimos al salón. Mi madre está jugando con Aina al parchís, con tablero de cartón y fichas de plástico rojas.

Irene dibuja. Montse me mira cuando volvemos de la habitación, me mira el tiempo exacto que hace falta para decirme con los ojos "aquí no ha pasado nada y si quieres me quedo a cenar y si no me voy", y no le digo nada, solo le pongo la mano en el hombro al pasar, y ella asiente minúscula.

Mi madre tiene sesenta y cuatro años y no necesita que le explique nada.

———

Viernes. Siete menos diez de la tarde. Aina ha cogido mi móvil para enseñarle a Montse el último vídeo de TikTok de un perro que baila el "Porompompero", cosa que no sé cómo se ha integrado en su vida. Lo mira, se ríe, me lo devuelve. Tres minutos después, mi móvil vibra en la mesa.

Número desconocido.

Abro el mensaje.

"Pau, hola. Soy Javi Urrutia, el ex de Markel.

No te asustes por el mensaje. No me lo ha dado él.

Te he conseguido el número por un contacto del Bilbao Mendi Film Festival, donde está registrado tu gimnasio.

Te escribo porque creo que mereces saber con quién estás viviendo.

Markel es un tío increíble en muchas cosas.

Pero también es un tío que cuando las cosas se ponen feas no habla, desaparece.

Que no hace terapia por orgullo vasco. Que tiene un tema con el alcohol (no lo bebe, pero no lo afronta) y un tema con la autodestrucción deportiva.

Yo estuve cinco años intentando ayudarle y él no dejó.

Si vas en serio con él, y creo que vas en serio porque he visto fotos en redes, ojo. Cuídate. Con cariño, Javi".

Leo el mensaje una vez. Dos veces. La tercera vez me entran ganas de tirar el móvil contra la pared.

Respiro. Cuento hasta diez. Me levanto. Me voy al balcón.

Cierro la puerta. La luz del salón se queda dentro con mi madre y las niñas y Markel (que hace media hora ha salido a comprar cerveza y ha vuelto justo cuando yo entraba en esto).

Me apoyo en la barandilla. Releo el mensaje por cuarta vez.

Respiro.

Contesto.

"Javi. No te conozco. No te voy a conocer nunca. No me escribas nunca más. Si te escribo algo ahora más allá de esto, te vas a llevar algo que no te va a sentar bien. Pau Vergés".

Se lo envío. Lo copio. Paso de número a contactos para poder bloquear. Lo bloqueo.

Vuelvo al salón.

Markel me mira desde el sofá.

— ¿Pasa?

— Sí.

Se levanta. Viene. Le tiendo el móvil.

— Javi.

— ¿Te ha escrito a ti?

— Me ha escrito a mí.

Lee el mensaje.

Se queda blanco.

Luego rojo.

Luego se le tensa la mandíbula.

— Pau.

— Ya le he contestado.

— ¿Qué le has dicho?

— Le he dicho que no me escriba nunca más y le he bloqueado.

— Joder.

— ¿Bien?

— Perdona. Perdona que se haya atrevido...

— No te disculpes.

— Es que...

— Markel. No te disculpes. Él es el que se ha puesto en ridículo, no tú.

— Joder.

Coge el móvil. Lo desbloquea con la huella. Entra en WhatsApp. Bloquea a Javi. Lo veo hacerlo. Se le tiemblan un poco las manos.

— Pau.

— Dime.

— Eso lo ha hecho porque sabe que no le voy a contestar. Y tú le has puesto en su sitio. Y ahora se va a rebotar.

— A mí no me importa. Que se rebote con el aire.

— ¿Seguro?

— Seguro.

Me abraza. Me aprieta fuerte. Huele a cerveza helada de la puerta del súper. Me río contra su hombro. Le paso la mano por el pelo.

— Vamos a cenar — le digo —. Mi madre lleva media hora esperando.

— Vamos.

Cenamos canelones. Aina se zampa cuatro.

Irene se come uno y medio. Mi madre se come dos y luego dice "ya no puedo más" como dice siempre.

Markel se come tres, más una de plato, sin enterarse.

Mi madre le mira con una ternura casi indecente.

Le pregunta cosas sobre su madre. Markel le cuenta que hablaron dos horas por teléfono el martes.

Mi madre aplaude. Dice "bueno, pues me toca a mí llamarla".

Markel se pone como un pimiento. Le dice "ama no habla bien en castellano, eh, ama habla regular".

Mi madre contesta: "pues me lo hablas tú en traducción simultánea".

Markel me mira con cara de "socorro". Yo le devuelvo la cara de "te aguantas".

A las diez se va mi madre. Las niñas ya están en pijama.

Las acostamos. Markel les lee el cuento hoy.

Las dos quieren. Aina le pide que lo lea en euskera.

Markel le dice que el cuento no está en euskera, pero que le traduce una frase por página si le hace ilusión.

Aina le hace ilusión. El cuento tarda media hora.

Vuelve al salón con cara de haberse divertido.

Nos sentamos en el sofá los dos. Luz chiquita. Él me coge la mano por encima del cojín.

— Pau.

— Dime.

— Te ha escrito él. A ti. Porque no se ha atrevido conmigo otra vez.

— Ya.

— Cabrón.

— Bastante cabrón.

— Y además me hace parecer peor de lo que soy.

— Para que yo te tenga miedo.

— Exacto.

— No te tengo miedo.

— Ya lo sé.

Me besa el dorso de la mano. Nos quedamos en silencio. Oigo las voces de alguien en el rellano, una pareja que vuelve de cenar y que se pelean por la reserva del restaurante. Qué horror de vida, los vecinos. Me hacen gracia.

Entonces me vibra el móvil otra vez.

Me pongo tenso. Javi, no. Javi bloqueado. Pero por si acaso.

Lo cojo.

Teresa.

Teresa Farreras. Las diez menos cinco. Teresa llamándome. No un mensaje. Una llamada.

Enseño la pantalla a Markel.

— Teresa.

Traga.

— Va, cógelo.

— Voy al balcón.

Me levanto. Voy al balcón otra vez. Cierro la puerta. Aprieto el botón verde. Me llevo el móvil a la oreja.

— Teresa.

— Pau.

— ¿Estás bien?

— Sí. Tú dime tú si estás bien.

— Estoy bien.

— Pau.

— Teresa.

Se calla. Respira. La oigo respirar fuerte. Se le nota que no quiere hablar con voz temblorosa y que le está costando. La oigo aguantarse. Oigo la televisión de fondo en Alzira, una telenovela, un diálogo rapidito, mujer gritando.

— Pau, me han dicho que vives con un hombre.

Ahí está.

— Teresa, sí.

— ¿Es verdad?

— Es verdad.

— ¿Desde cuándo?

— Dos meses y medio.

Silencio.

— ¿Por qué no me lo contaste?

— Porque no sabía cómo.

— Pau.

— Perdón, Teresa. Te lo iba a contar este fin de semana. Te había mandado un mensaje diciendo que te llamaba. Te lo prometo.

— El mensaje lo leí. No lo contesté.

— Ya lo vi.

— ¿Por qué no me lo contaste en septiembre, cuando viniste al aniversario?

— Porque todavía no era nada.

— Pero ya vivía contigo.

— Sí.

— Pero no era nada.

— No.

— Eso dices tú.

— Eso te digo yo.

Silencio.

— Pau.

— Dime.

— ¿Lo saben las niñas?

— Sí.

— ¿Desde cuándo?

— Desde el viernes pasado.

— ¿Y no se te ocurrió que yo tenía derecho a saberlo antes que ellas?

Respiro. Me trago el primer impulso, que es contestar feo. Respiro una vez. Dos.