Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel #2
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Markel #2

Cuando recupero la voz, se la pongo en el oído.

— Pau.

— Dime.

— Kuttuna.

Se queda muy quieto.

— ¿Qué es?

— Nada.

— ¿Qué es, Markel?

— Te lo diré cuando te lo merezcas de verdad.

— ¿Tengo que merecérmelo?

— Tenemos los dos que merecernos el uno al otro. Hoy yo me lo he merecido un poco, por eso te lo digo hoy. Tú, cuando te lo hayas merecido del todo, te digo qué significa.

— Tramposo.

— Agur.

— Markel.

— Dime.

— ¿No me lo dices en diez años?

— Si en diez años todavía no te lo he dicho, te lo digo antes. Pero no es cosa de un día. Es una palabra grande, tío.

— Vale.

— ¿No la buscas en Google?

— Te lo prometo que no la busco en Google.

— Eres muy Pau.

— Soy muy Pau.

Nos quedamos en silencio otros dos minutos.

Él me abraza por detrás ahora, somos cucharas, la pequeña soy yo.

Respiro contra su antebrazo. Está caliente.

La habitación tiene el olor nuestro, el del jueves, un poco amplificado.

La lámpara pequeña dando luz amarilla. Las cortinas corridas.

El piso en silencio. Ningún mensaje. Ningún móvil iluminándose.

— Pau.

— Dime.

— Gracias.

— ¿Por qué?

— Por dejarme llorar encima tuyo dos veces en un mes.

— Es un privilegio.

— Me lo has dicho con sarcasmo.

— Te lo he dicho con cariño.

— Cariño.

— Cariño.

— Ya ves.

Me duermo. Me duermo sin soltar la mano.

Me duermo con el cuerpo soltado, con el tobillo agradecido, con los ojos secos, con una palabra en el fondo de la garganta.

Kuttuna. La palabra que me daba miedo decir hasta esta noche.

Ya se la he soltado. No me arrepiento. La palabra siempre me la enseñó mi madre.

Ella se la decía a mi padre cuando mi padre no estaba en la habitación.

Se la decía al caserío cuando no había ninguno dentro.

Se la decía a sus hijos cuando los tres dormíamos y ella nos tapaba.

Kuttuna. Cariño, mi cariño, mi querido. Una palabra de bolsillo, vieja, honrada.

Esta noche se la he dicho a un catalán de L'Hospitalet.

Si mi madre se entera, me hace el pisto que le sale mejor, me pone dos pimientos verdes extra y me dice, con la espalda girada para que no le vea la cara, "mutiko, bien hecho".

———

Amanece. Son las seis y veinte. Oigo la alarma de Pau. La apaga. No se mueve. Me abraza más fuerte un segundo. Luego afloja. Luego se vuelve a apretar. Luego se gira, me besa en la espalda, se levanta. Se va al cuarto de baño. Oigo el grifo. Oigo el cepillo. Oigo la puerta.

Vuelve. Se agacha al lado de la cama. Me mira. Ya con la ropa puesta.

— Markel.

— Mmm.

— Me voy al Vertical. Hoy abro yo.

— Vale.

— ¿Todo bien?

— Todo bien.

Me besa la frente. Me mira. No dice nada más.

— Vale.

— Vale.

Se va. Oigo la puerta del piso. Me incorporo. Miro el techo. Grieta. Rayo.

Me levanto. Me visto. Me pongo los calcetines de lana gorda que me hizo mi madre. Abro la persiana. Sol. Noviembre bajando ya, y hace un sol amarillo fino. Me miro en el espejo del baño. Tengo cara de haber llorado. Tengo cara, no sé, bien. Descansado.

Me preparo café. Leo un correo de patrocinadores.

Leo un mensaje de Amaia: "kaixo, hermanito, ¿vas a venir a Oñati en Navidad?

". Le contesto: "estoy pensando en llevar a Pau y a sus niñas.

Mátame si te he dicho un disparate". Ella contesta a los treinta segundos: "no es un disparate, está ama emocionadísima.

Te lo va a confirmar hoy". Me río. Amaia va directa a la madre con todo.

Suena el móvil. Es Pau.

— ¿Sí?

— Markel.

— Dime.

— Kuttuna en catalán sería...

— No.

— Espera.

— No lo busques.

— No lo he buscado. Pero he intentado deducirlo.

— Pau.

— Digo "amorcito"? "Mi tesoro"? "Mi lo que sea"?

— Agur, Pau.

— Markel.

— Agur.

— Dímelo.

— Agur.

Cuelgo.

Me muero de risa solo en la cocina.

Dos segundos después me llega un mensaje suyo.

"Te lo sacaré. Tarde un mes, un año o diez".

Le contesto:

"Suerte".

Guardo el teléfono. Me tomo el café. Miro la persiana. El sol amarillo. Voy a ducharme.

Hoy es martes. Hoy también es un día bueno.

Estoy de más buen humor que hace cinco años. Y, lo que es peor o mejor, me da vergüenza no haberme acordado de avisarle a mi madre antes de que Amaia se lo cuente.

La llamo.

— Kaixo, ama.

— Kaixo, seme. ¿Qué me dices?

— Me dice Amaia que te ha avisado.

— Todavía no. Todavía me está escribiendo. Aún la veo escribir. Pero seguro que sí.

— Ama, ¿traigo a Pau y a las niñas en Navidad?

Silencio. Luego:

— Mutiko, cuéntame lo que tengas que contarme.

— Tengo un montón.

— Cuélgale al Amaia y llámame.

— Sí, ama.

Cuelgo. Me siento en la cocina. Me preparo otro café. Me la vuelvo a llamar. La llamada de ahora va a durar dos horas. Lo sé. Va a valer la pena.

Le voy a hablar de un catalán de L'Hospitalet que tiene dos hijas gemelas y un tatuaje en la pantorrilla con dos iniciales que no son las mías, y que me quiere, y al que yo quiero, y al que anoche le dije "kuttuna" por primera vez en voz alta y en voz baja y no me corté.

Mi madre es una caserio con ruedas. Va a absorberlo todo.

Va a darme una bronca pequeña por no haberle avisado antes.

Va a prepararnos la habitación de invitados para cuatro.

Y va a llamar a Amaia para decirle que se compre un bañador para la piscina cubierta del pueblo, porque van a venir las niñas y va a haber planes.

Le doy al botón de llamada.

Ama se pone al tercer pitido.

— Aquí estoy, seme.

— Ama, a ver, empezamos por el principio. El catalán se llama Pau.