Markel
La noche del lunes, después de la escena en la oficina, después de la hora del sofá con la luz chiquita, nos vamos a la cama juntos sin preguntárnoslo. Las niñas duermen. El piso está en silencio, ese silencio nuestro que ya no es un silencio enemigo, sino un silencio que acompaña.
Pau cierra la puerta del dormitorio. No con pestillo, porque nunca echa el pestillo por si las niñas, pero bien cerrada. Se gira. Me mira. Se apoya en la puerta con la espalda y se queda allí, con las manos a los lados, como si no supiera dónde poner el cuerpo.
— Ven — le digo.
— Voy.
Se sienta en el borde de la cama conmigo. Ya me he quitado la camiseta. Tengo los pantalones del pijama azul oscuro que me regaló mi madre. Está descalzo. Se pasa la mano por la barba.
— Markel.
— Dime.
— Tengo que decirte algo más.
— Qué miedo das, tío.
— Es en serio.
— Vale.
Respira. Se mira las rodillas. Luego me mira.
— Yo no te quiero por pena. Ni por rebote. Ni porque estoy solo. Ni porque tú me hayas caído en un momento de cansancio y me cueles.
Parpadeo. Me río un poco, sin querer.
— No me había planteado esa opción.
— Yo sí.
— ¿La tuya de mí?
— No. La mía hacia ti. Me lo planteé ayer, volviendo de Castelldefels. Me dije: "Pau, asegúrate, hostias". Y me aseguré.
— ¿Y?
— Y es que no. Que no te quiero por eso.
— Vale. Ya me lo imaginaba, pero gracias por decirlo.
— Quería que lo supieras. Porque en mi cabeza esto llevaba dando vueltas dos meses y si no te lo decía hoy, con todo lo que ha pasado, no te lo iba a decir nunca.
Se me pone una cosa en el pecho que no sé si es calor o es agua. Le miro. Las canas en las sienes le brillan un poco con la luz de la mesilla. Tiene la barbilla tiesa, aguantando no temblarme.
— Pau.
— ¿Qué?
— Gracias.
— Gracias a ti.
— Ven acá.
Se inclina. Lo abrazo por detrás de la nuca y le doy un beso. Largo. Sin prisa. Ya no es como el primer beso del salón, ya no tenemos que ponernos a prueba. Ya es un beso que sabe a lo que sabe. Le aprieto el pelo. Él me aprieta la cintura. Nos quedamos así un minuto.
— Tengo que decirte yo algo más también.
Se separa.
— Tu dirás.
— Yo llevo dos semanas queriendo contarte el resto de lo de Javi. Lo peor, lo tonto, lo que nadie sabe. Pero no me salía. Hoy, a raíz de lo de Enric, creo que sí me sale.
— Cuéntame.
— Pero no quiero llorar.
— Markel, si lloras llorabas.
— Me da rabia llorar.
— Es llorar. No pasa nada.
— Vale.
Respira hondo. Dos veces. Miro el techo. La misma grieta en forma de rayo. Esta grieta y yo nos empezamos a tener cariño.
— Cuando la tipa vino al portal, yo me senté a oírla en el bar de la esquina.
Le dije, te lo juro, que aquel bar era mi bar favorito del mundo.
Era un bar cutre con máquina tragaperras y tres viejos.
Pero era mi bar porque yo bajaba cada mañana a desayunar ahí solo y Benito el camarero me ponía la tostada sin preguntar.
Ese día me senté con ella. Benito le puso a ella un café.
Le dijo "bon día, xabala". Ella sonrió, estaba muy cansada, tenía ojeras.
El niño se estaba durmiendo en el capazo.
Ella me enseñó una foto de Javi en el hospital conociendo al niño al mes de nacer.
Cuatro meses atrás, cuatro. Yo no sabía nada, Pau.
— Ya.
— Cuatro meses viviendo en mi casa, follando conmigo, riéndose conmigo con un hijo al otro lado del Cantábrico. Desde que Hodei nacía, nada más.
— Hodei.
— Nubes. En euskera. Buen nombre, de hecho.
— Buen nombre.
— Volví a casa. No subí a casa. Me senté en el portal.
Tres horas. Mi móvil apagado. El portero me abrió el cuarto de las basuras, pensaba que me estaba escapando de alguien.
Me senté en el cuarto de las basuras tres horas.
En silencio, oliendo a plástico. Porque si subía a casa y Javi estaba ahí iba a matarlo.
Y si no estaba iba a romper cosas que luego me iban a dar pena.
— Joder.
— Cuando por fin subí, era de noche, Javi llevaba un rato preocupado, me había escrito cuarenta mensajes, yo no los había leído.
Le dejé los papeles de Elena sobre la mesa.
No me miró a la cara. No me dijo nada durante cinco minutos.
Luego me abrazó. Me abrazó diciéndome que me quería, que lo sentía, que estaba muerto de miedo.
Lo hizo muy convincentemente. Yo casi le perdono. Casi.
— ¿Qué te hizo reaccionar?
— Su padre. Cuando yo le puse los papeles, Javi llamó a su padre.
Su padre subió a casa al día siguiente. Yo estaba en la cocina preparando un marmitako que no iba a cenar nadie.
Sube su padre. Me saluda. Pasa al salón.
Habla con Javi veinte minutos. Sale el padre.
Me dice, delante de Javi, "Markel, tú no digas nada de esto.
Ni a mis amigos, ni a los vuestros, ni a la prensa, ni a nadie.
Este niño se arregla con discreción, y vosotros seguís juntos como siempre".
Me lo dijo así. Como si yo fuera el problema.
Como si yo fuera a ir a El Correo y vender la noticia a un cuñado.
— No puedo ni con eso.
— No.
Pau se muerde el interior del carrillo.
— Y lo peor, Pau, es que Javi no le dijo a su padre "un momento, papá, esto con Markel lo hablo yo". No le dijo nada. Se quedó con la cabeza baja. Me dejó a mí con la bronca de su padre. A mí, que no había hecho nada. A mí.
— Markel.
— Y me dolió más eso que la infidelidad. Más que el niño. Más que los cinco meses. Me dolió más que mi novio me hubiera metido en una reunión con su padre sin avisarme, y que en esa reunión me hubieran intentado callar como si yo fuera un empleado que había visto algo mal. Eso me partió.
Le empiezan a brillar los ojos. No me había dado cuenta de que estaba yo el que estaba llorando hasta que se me cayó la primera lágrima en el muslo y no pude disimular. Me tapo la cara con la mano. Respiro.
— Markel.
— Joder — digo.
— Markel.
— Espera.
— No tienes que esperar para nada, Markel.
— Sí.
— No.
Me pone la mano en la nuca. Me pega la frente a la suya.
Me deja llorar. Lloro despacio. Sin ruido.
No sé muy bien qué me suelta tanta agua ahora, a los catorce meses, después de todo este tiempo.
A lo mejor porque llevaba catorce meses llorándolo pero solo por dentro, por tramos, en duchas frías, en despedidas de aeropuertos.
Hoy me sale así, con público de uno. Pau me deja.
No me interrumpe. No me manda parar. Me seca con su pulgar las lágrimas que me caen por el pómulo derecho, una, dos, tres.
— Ya — le digo —. Ya.
— No pasa nada.
— Ya.
— Llora todo lo que quieras.
— Ya he llorado bastante.
— Llora más, si quieres.
— No.
Me río un poco, contra su frente. Le beso la boca. Beso con lágrimas. Saben saladas. Él me pasa la mano por la espalda, me frota despacio, como se le frota la espalda a un niño pequeño después de una pesadilla. Le digo:
— Pau.
— Dime.
— No quiero pensar más en Javi ahora.
— Vale.
— Quiero estar aquí contigo.
— Estás aquí.
— Estás aquí tú.
— Estoy aquí, Markel.
— Quiero besarte despacio un rato.
— Bésame.
Me inclino. Le tumbo hacia atrás con calma, sin empujar.
Él se deja. Se acomoda contra la almohada.
Me pongo encima, a horcajadas, con cuidado del tobillo, que esta noche va mejor que en semanas.
Le quito la camiseta por la cabeza despacio.
Le beso la clavícula. Le beso el tatuaje de la pantorrilla antes de quitarle el pantalón.
Me paso un minuto entero encima de la G y la P con la boca.
Él cierra los ojos. No me retira. No se pone tenso. Me deja.
Esto no es como el jueves.
El jueves fue nervio, ganas acumuladas, cuerpo queriendo saber algo.
Esto es otra cosa. Esto es más lento. Yo tengo todavía los ojos húmedos y no me lo oculto.
Él me mira desde la almohada con los marrones ablandados.
Me pide con el gesto que suba. Subo. Me beso todo el camino hacia su boca. Él me pasa las manos por la espalda.
— Markel.
— Dime.
— No hagas nada que no quieras.
— Quiero todo.
— Vale.
Le susurro en vasco. No todo, pequeñas cosas, "maite zaitut" en voz bajita, "gozatu", "lasai". Él no entiende nada, pero me contesta con "vale" o con "mmm" o con un "dale, dale" en catalán que se le escapa.
En un momento, mientras le beso el cuello, se me vuelve a romper una cosa. No sé por qué. Me sale un hipido sin aviso. Me paro. Escondo la cara en su cuello. Él me nota al segundo. Me coge la cabeza con las dos manos.
— Markel.
— Perdón.
— Para nada perdón.
— Es que.
— Es que qué.
— Es que no sé por qué lloro ahora.
— No importa por qué.
— Es estúpido.
— No es estúpido.
— Joder.
— Markel.
— Dime.
— ¿Paramos?
— No.
— ¿Seguimos?
— Seguimos. Pero sigue tú. Si tienes que llorar, llora. Yo te llevo.
Asiento con la cabeza en su cuello. Él sigue.
Me guía con la pelvis, con las manos. No deja de mirarme.
Me deja llorar dos veces más sin comentar.
La segunda vez me dice muy bajito "cariño" y yo me agarro a esa palabra un minuto entero sin soltarla.
Cariño. Cariño me ha dicho. No me lo había dicho nunca nadie así.
Javi me decía "cariño" al teléfono como se dice "cari", rápido, de paso.
Pau me lo dice como lo dice mi madre, grave, entero, una palabra de cuatro letras que pesa.
La escena dura más que el jueves. Pau tampoco tiene prisa. Está conmigo, no está mirando al techo pensando en nadie más. Me hace cosas que me sorprenden. Me mira a los ojos casi todo el rato. Al final está encima de mí y se para un momento, con la cara a dos centímetros de la mía, y me pregunta:
— ¿Bien?
— Mejor que bien.
— ¿Puedo?
— Puedes.
Y seguimos. Y acabamos en silencio. Yo me quedo temblando un minuto. No de placer solo, de todo un poco. Él me abraza. Me tapa con la sábana. Me pasa la mano por el pelo sudado. Me besa la frente. Me besa los ojos mojados. Me besa los pómulos. No dice nada durante un rato. No hace falta.