Pau #2
— Esa noche, cuando Javi volvió, le puse los papeles de la Elena sobre la mesa.
Se los había traído ella. Le dije: "tres cosas me vas a contar.
Una: por qué tengo que enterarme de esto por ella.
Dos: cuánto tiempo llevas sabiendo que existe un niño que es tuyo.
Tres: por qué has decidido no ser padre de tu hijo".
Se puso a llorar. Me dijo que tenía miedo.
Me dijo que con la vida que llevábamos no podía encajar un niño.
Me dijo que si me lo hubiera contado yo le habría dejado y él no quería.
— Y te quedaste.
— Me quedé tres semanas. Le obligué a hacer un reconocimiento del niño.
Le obligué a ir a juicio de filiación. Pagó una pensión.
Le obligué a ver al niño una vez al mes, y sigue yendo, eso creo.
Y al final de esas tres semanas le dije "ya.
Ya no. Te he hecho hacer lo que tenías que hacer.
Pero tú y yo no seguimos. Tú te vas". Él quería hablar.
Yo no quería hablar. Llamé al seguro para cambiar la cerradura.
Cambié la cerradura. Tiré sus cosas abajo.
— Hala.
— Hala. Sí. Y ahí empezó el insomnio. Y la escalada obsesiva. Y el primer tobillo, ya te lo contaré. Esguince grande en Vilanova del Camí, marzo. Segundo tobillo, el que ahora tengo, en septiembre aquí. ¿Te cuento por qué me rompo los tobillos?
— Cuéntamelo.
— Porque cuando escalo doce horas seguidas, sin comer, sin beber, el cuerpo me dice "para, tío". Y yo le digo "cállate, cuerpo". Y el cuerpo no puede hacer mucho más que cagarla. Y la caga. El tobillo es la parte del cuerpo que pide paz primero.
— Markel.
— Dime.
— Vamos a hablar con Roser.
— ¿Roser?
— Sí.
— ¿Roser por qué?
— Roser es terapeuta familiar. Mi hermana. Ya la conoces. Te quiere.
— Pau, no.
— Markel.
— No.
— Sí.
— Yo no voy a terapia.
— Yo tampoco iba. Llevo seis meses sin ir. Me voy a volver a inscribir. Vamos los dos. Los dos. Si tú quieres.
— No sé.
— No tienes que saberlo hoy. Solo piénsalo.
Me mira. Respira. Asiente con medio cuello.
— Vale.
— Vale.
Me siento a su lado. Le paso el brazo por los hombros.
Apoya la cabeza. No llora. Respira. Sus pestañas tocan la manga de mi sudadera.
Me quedo así tres minutos. Abajo, en el Vertical, se oye el tintineo de una puerta y la voz de Xavi llamando a alguien.
Arriba, aquí, en la oficina con la ventana y la vista al muro grande, estamos nosotros dos. Respirando al mismo ritmo. Pegados.
— Pau.
— Dime.
— Te quiero.
Lo suelta así. Sin melodrama. Como quien dice "está lloviendo".
Se me queda el aire.
— Yo también.
— ¿Tú también qué?
— Yo también te quiero.
— Ya lo sabía.
— Hala.
— Hala.
— ¿Lo ves?, ahora nos ponemos tontos.
— Nos pondremos tontos al final.
— Ya estamos tontos.
Me da un beso en la sien. Se levanta. Se estira. Se sacude como un perro. Coge la botella de agua de la mesa. Se queda mirando por la ventana.
— Pau.
— ¿Qué?
— ¿Vas a vender Vertical?
— No.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— Aunque él te ofrezca más la próxima vez.
— Aunque me ofrezca dos millones. Esto es mío. Y lo es también vuestro. Tuyo y de las niñas. Y de Arnau que se lleva desde hace diez años el alquiler de la esquina donde está Bar Pi porque abrimos los dos sitios el mismo año. Esto no se vende.
— Vale.
— Y no os voy a dejar ni a ti ni a ellas porque él me diga que tú te vas a caer en el Mundial.
— ¿Te lo ha dicho?
— Me lo ha dicho.
— ¿Te lo crees?
— No.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— Vale.
Se acerca a la puerta.
— Me voy abajo.
— Vale.
— Esta tarde salimos juntos.
— Salimos juntos.
— Hasta luego.
— Hasta luego.
Se va. Cierra la puerta. Oigo sus pasos bajando por la escalera, el cojeo ya tenue, el tobillo le está respondiendo bien.
Me quedo un minuto apoyado en la mesa. Miro por la ventana.
Abajo, Markel se pone los cascos otra vez y se sienta en el suelo a estirar.
Mikel Aranceta aparece en el borde del plano, le toca en el hombro, le dice algo.
Markel asiente. Se levanta. Caminan juntos hacia la pared de lead.
Pierdo a Markel en el borde de la cámara.
Tiro al papel en la papelera. La impresora vuelve a hacer el ruido absurdo de siempre. Marco el número del contable. Le digo tres cosas que tiene que mirar ya. Una: valor real de Vertical. Dos: deuda pendiente. Tres: opciones de socio minoritario. Me dice que me llama mañana.
Cuelgo.
Miro al techo.
Ochocientos mil. Ochocientos mil. Ochocientos mil.
Me río solo un segundo. Digo en voz alta, al techo:
— Y una mierda pa ti, Enric.
Me pongo otra vez a imprimir las facturas.
———
Por la noche en casa, ya con las niñas acostadas, Markel se sienta en el sofá con el portátil. Está contestando un correo a Mikel. Yo me siento a su lado. Le miro. Él me mira. Cierra el portátil. Lo deja.
— ¿Qué?
— Enric sabía lo de tu tobillo por la fisio. Por Celia. Antes de que ella se viniera a nuestro equipo.
— Ya.
— Mañana hablo con Celia.
— No le digas que fue ella.
— No se lo voy a decir. Pero me tiene que prometer que lo de dentro se queda dentro.
— Me parece bien.
— Gracias.
Me mira. Le cojo la mano. Me sonríe. Yo no me doy cuenta en ese momento, pero luego me acordaré: es la primera vez que Markel me sonríe sin tener miedo en el fondo de los ojos. Sin guardarse nada. La cara entera, los dientes, las arrugas de los pómulos. Todo al aire.
— Pau.
— Dime.
— Voy a ir a terapia con Roser.
— Vale.
— Contigo.
— Vale.
— Pero lo digo yo. Te lo estoy diciendo yo. Esta decisión la tomo yo. No tú.
— Vale.
— Que quede claro.
— Clarísimo.
— Vale.
Me besa la palma de la mano. Vuelve a abrir el portátil. Contesta el correo de Mikel.
Yo cojo el móvil. Le escribo a Roser:
"Roser, quiero sesiones de pareja contigo. Con Markel. Nos vienen bien las dos. Empezamos en diciembre, después de Navidad, cuando tengas hueco. Te quiero. Pau".
Envío.
Roser tarda cuarenta segundos en contestar.
"Ya era hora, hermano. Os quiero. Os hago hueco en enero".
Sonrío al techo del salón. Markel, a mi lado, levanta la cara del portátil.
— ¿Qué?
— Roser. Enero.
— Vale.
— Vale.
Nos quedamos con la tele apagada y el salón con la luz amarilla pequeñita, y yo pensando que hoy ha sido un día raro y que al mismo tiempo ha sido el día más limpio que he tenido en años.
Enric me ha intentado comprar. Yo no he querido.
Enric ha intentado meternos cizaña. Nosotros no nos la hemos comido.
Y en medio de todo eso, Markel me ha dicho "te quiero" en mi oficina, y yo se lo he contestado.
Y no me ha temblado el pulso. Y no me he sentido culpable.
Y hoy, antes de acostarme, voy a escribirle a Teresa un mensaje que esta vez sí se lo voy a mandar.
Pero eso lo hago mañana.
Hoy, sofá. Él al lado. Portátil cerrado. Tele apagada. Y la luz chiquita del salón.
Hoy, así.