Pau
Lunes. Diez y media de la mañana. Estoy en el mostrador de recepción del Vertical imprimiendo facturas porque la impresora de la oficina me hace lo de siempre, que es atascarse sin lógica ninguna. Estefanía, la encargada, me mira de reojo.
— Dime.
— En la puerta pregunta por ti un tal Enric Company.
Levanto la cabeza.
— ¿Aquí?
— Aquí.
— ¿Ahora?
— Ahora.
Miro a la puerta. Miro a Estefanía. Respiro por la nariz.
— Pásalo.
Dejo el taco de facturas medio imprimir.
Cierro el cajón de la caja con llave. Enric entra con su abrigo caro de paño, su maletín de cuero, y su cara de hombre que sabe exactamente a qué ha venido.
Pelo blanco cortado corto. Gafas sin montura.
Cincuenta y cuatro años de experiencia en empresas de ocio que han ido comprando a otros.
— Pau.
— Enric.
Le doy la mano por encima del mostrador. Firme. Se la aprieto igual de firme. Yo en Vertical no soy niño.
— Tienes un minuto, ¿verdad?
— Varios. Pasa a la oficina.
Subimos la escalera. Abro la puerta. Le invito a sentarse. Él prefiere quedarse de pie, con el maletín cerrado en la mano izquierda. Se acerca al cristal desde el que se ve el muro principal. Abajo, en la zona de lead, Markel está estirando en el suelo con los cascos puestos.
— Bonita vista.
— Lo es.
— Me he perdido esta parte cuando visité el gimnasio hace dos años. Nunca subí aquí.
— No eres el único.
Enric se gira. Deja el maletín encima de mi mesa. No me pide permiso. Tampoco se lo doy.
— Pau, voy a ir al grano.
— Por favor.
— Te hago una oferta.
— ¿Oferta de qué?
— Vertical Barcelona. La marca. El espacio. El contrato de alquiler. La lista de socios. Todo.
— No lo vendo.
— Ochocientos mil euros.
Se me va el aire del pecho. No lo enseño.
Me quedo muy quieto. Le mantengo la mirada.
Ochocientos mil. Eso son dos veces lo que vale Vertical en libros.
Eso es jubilarme a los cincuenta con Markel y las niñas sin problema.
Eso es abrir en el futuro algo más pequeño, en Poblenou por ejemplo, sin presiones.
Eso es un yate feo que yo no me compraría. Pero son ochocientos mil.
— No lo vendo.
— Pau.
— No lo vendo.
— Antes de que digas algo que no puedas deshacer, piénsalo. Tres días. Es lo único que te pido.
— Puedo pensarlo tres años, Enric, y la respuesta va a ser la misma. Vertical no es un número en un Excel. Vertical es...
— Sí lo es, Pau. Un negocio es exactamente eso. Un número en un Excel.
— Para ti.
— Y para tu contable también, si lo miras bien.
Me sostiene la mirada. Respira. Ablanda un centímetro el tono.
— Mira, Pau. Ya sé que esto no lo quieres oír, pero es mi trabajo. Tú esto no lo puedes levantar tú solo mucho más. Y sabes que no tengo mala intención. Tienes dos hijas. Estás solo con ellas...
— No estoy solo.
— Perdona. Tienes un novio lesionado que se volverá a lesionar la próxima primavera.
Tu fisio me lo dijo antes de venirse a tu gimnasio, Pau.
Esto lo sabe todo el mundillo. Markel Aristizabal está roto.
Irá al Mundial y caerá. Y caerá también la mitad del sueldo que te está pagando ahora mismo por la habitación que le alquilas.
Me levanto. Muy despacio. Me apoyo en el respaldo de mi silla.
— Enric.
— Pau.
— Te voy a pedir que salgas de mi oficina.
— Pau, tres días.
— Te voy a pedir que salgas. Lo de Markel es mío. Lo de Vertical es mío. Mis niñas son mías. Y mi opinión sobre ti ahora mismo, también.
— Estás reaccionando emocional...
— No em toquis els collons, Enric.
Se le cierra la boca un segundo. Enric entiende catalán. Perfectamente. Pero no me había oído decirlo a mí nunca. Me mira. Sonríe con media boca. Recoge el maletín.
— Vale, Pau. Te dejo unos días.
— Enric.
— Dime.
Y entonces, desde la puerta, oigo otra voz.
— Pues mi jefe te ha dicho que salgas.
Markel.
Está en el umbral, con los cascos colgando del cuello y una botella de agua en la mano. No sé cuánto tiempo lleva ahí. Debe llevar bastante, porque ha oído lo de la fisio y lo de la habitación y lo del Mundial y lo de la caída. Tiene los ojos entornados. La cara blanca. La mandíbula apretada.
Enric se gira.
— Hombre, el chico.
— El chico.
— Perdona que te mencione, pero te aseguro que no lo he hecho con mala fe. Te tengo en mucha estima.
— Y una polla — dice Markel, entrando —. Sal de la oficina del señor Vergés, por favor.
Enric levanta las cejas con humor.
— Tú eres el vasco, ¿no?
— Soy el vasco, sí.
— Marcar tu territorio desde el primer día.
— No es mi territorio. Es el suyo.
— Eso creía, sí. Hasta que me ha empezado a mirar con cara de propietario.
— Me parece que no le conoces bien si le hablas así.
Enric se queda quieto. Suelta el maletín unos milímetros. Sonríe despacio.
— A ti, en cambio, sí te conozco bien.
— Me temo que sí, porque ya no tengo muchos tópicos ocultos.
— Bilbao. Piso en San Ignacio. Javi Urrutia, El Correo. Noviembre del año pasado. Infidelidad con una redactora del departamento de política. Entrevista rota. Terminasteis por portazo, porque tú no quisiste ni una cerveza de despedida, y porque él te había mentido durante cinco meses.
Markel no dice nada.
— Cinco — repite Enric —. No es poco tiempo para una mentira sostenida. Con lo cual, perdóname, pero no me vengas a dar lecciones de conocer bien a las personas, ¿vale, chaval? A mí si me das un bar de putas también te pongo orden.
Markel se queda paralizado.
— Enric — digo yo, cortando —. Sal. Ahora.
Enric me mira. Levanta las manos.
— Salgo, Pau. Tú piénsatelo, ¿eh? Me llamas cuando quieras. Tienes mi tarjeta.
Sale. Baja las escaleras sin mirar atrás. Oímos sus pasos hasta que cruza la puerta de abajo y el tintineo del sensor.
Silencio.
Markel no se ha movido. Se queda de pie junto a mi mesa con la botella de agua en la mano. Aprieta la botella demasiado fuerte. Le sale agua por el bocal.
— Markel.
— Dime.
— Siéntate.
— No quiero sentarme.
— Siéntate.
Me hace caso. Se sienta despacio en la silla que tengo enfrente de la mesa, la que usan los proveedores. Sigue apretando la botella. Le quito la botella de la mano. La dejo en la mesa. Me arrodillo delante de él. Le pongo las dos manos en las rodillas.
— Markel.
— Yo te lo iba a contar.
— Ya lo sé.
— Yo te lo iba a contar esta semana.
— Ya lo sé.
— Pero no te lo he contado todavía porque no he encontrado el momento. Porque el viernes de la playa me saliste tú tan bonito y las niñas, y las lentejas, y el sábado el desayuno, y el domingo. Y había pensado hacerlo esta tarde. Te lo juro.
— Markel.
— Joder.
— Markel, mírame.
Me mira. Tiene los ojos muy abiertos.
— No me importa lo de Javi. Sé que tuviste una relación larga. Sé que terminó mal. Sabía que había habido una tercera persona porque lo mencionaste por encima el otro día. Me lo ibas a contar. No pasa nada.
— Pero es que no es eso.
— Pues dime qué es.
— Me importa una mierda que lo sepas, Pau. Me importa un cojón. Tenías derecho a saberlo. Tenía que habértelo contado yo. Pero no lo que me está matando es que te lo haya tenido que contar ese cabrón.
Le aprieto las rodillas.
— Ya. Lo sé.
— Te lo he querido contar y lo he ido aplazando. Y el cabrón este me ha pillado en la trampa.
— Ya.
— Y además te lo ha contado con su versión. Con las fechas suyas. Con esa forma de decirlo que suena a que yo te estoy engañando.
— No me estás engañando.
— No te estoy engañando.
— Vale.
Respira. Se pasa las dos manos por la cara. Se pasa los dedos por el pelo. El moño se le afloja. Le cuelga un mechón.
— Markel.
— Dime.
— Cuéntame lo de Javi.
— ¿Ahora?
— Ahora. Lo que te apetezca. Las líneas gruesas. Si quieres las finas, esta noche. Pero dime las líneas gruesas, y me las dices tú, no Enric.
Se sienta mejor. Me mira. Respira. Asiente.
— Conocí a Javi cuando yo tenía veinticinco. Él veinticinco también. Íbamos a Peñalba los dos a escalar y él subía un par de veces al mes con una revista catalana que ya no existe, era becario entonces. Nos liamos. Tuvimos cosa formal a los seis meses. Nos fuimos a vivir juntos a los dos años.
— Aja.
— Fuimos felices cinco años. De los que se escriben.
Viajamos, escalamos, nos reímos un montón.
Él me ayudaba con los patrocinios. Yo le leía los artículos antes de que los entregara.
Íbamos a cenar con sus padres, que me adoraban.
Bueno, su padre no. Su padre me toleraba.
Su madre me adoraba. Eran los típicos padres de clase alta de Getxo. Eran majos, eh. Me los llevo bien.
— Vale.
— A los cinco años, Javi empezó un proyecto nuevo en El Correo.
Un especial de entrevistas a mujeres del mundo del periodismo político.
Durante seis meses, se pasaba tres días en Madrid cada dos semanas.
Cuando venía, no hablaba de mí a ella. Me di cuenta solo.
Le dije "oye, ¿hay algo?". Me dijo "Markel, qué te pasa, no". Le creí.
— Aja.
— Un año y pico después, ella se presentó en el portal de nuestra casa. Con un portabebés. Con maleta y un niño. Me tocó el timbre cuando Javi no estaba. Se llamaba Elena. Me dijo: "hola, creo que Javi no te ha contado que tengo un hijo suyo".
Se calla.
— Hostia — digo.
— Sí.
— ¿Un hijo?
— Un hijo. Cuatro meses tenía el niño. Se llamaba Hodei. Javi no lo conocía. Ella había decidido tenerlo sola. Pero al año y pico de nacer el niño se arrepintió. Vino a que Javi asumiera parte.
— Joder.
— Yo bajé con ella al bar de la esquina. Le invité a un café. Le dije: "lo que tú quieras, pero yo no se lo voy a contar a Javi. Se lo cuentas tú". Ella me dijo: "ya lo sabe, Markel. Se lo dije hace seis meses. No ha querido encontrarnos".
— Hostia.