Markel #2
Al salir del agua Irene no deja de sonreír.
Le envuelvo en la toalla de su hermana, que es más grande.
Le friego la cabeza. Ella se ríe. Aina quiere salir del agua pero no quiere salir del agua y al final la pesca Pau por la cintura en una maniobra que yo no me habría atrevido a hacer.
Arena por todas partes. Irene se sienta en la toalla con Brixton en los brazos.
Brixton se mete el pelo mojado de Irene en la boina.
Aina se pone a hacer figuras raras con las piernas para demostrar que no tiene frío.
Pau nos sirve chocolate caliente de un termo que había metido en la mochila sin que yo supiera que lo tenía preparado.
— Eres un tramposo — le digo.
— Por si acaso.
— Sabías que nos íbamos a meter.
— No lo sabía. Pero por si acaso.
— ¿Y por si no nos metíamos?
— Me lo bebía yo caliente en el coche.
— Qué falso eres.
— Soy padre.
Me río. Me bebo el chocolate. Irene, envuelta como una momia, sorbe despacio.
Aina se bebe el suyo de un trago y pide más.
Se lo pide a Pau. Pau le da otra taza. Pau hace siempre lo que le pide Aina, aunque no sea lo que debería, y luego se arrepiente.
Pero es fin de semana. Es noviembre. Es Castelldefels. Todo vale hoy.
Por la tarde comemos en un chiringuito abierto de milagro a principios de noviembre.
Paella de marisco. Aina reclama una sepia para ella sola.
Irene se come media. Pau se come mucho. Yo me como poco porque el estómago me está dando vueltas.
Y no porque haya comido. Sino porque llevo toda la mañana pensando en una cosa que le tengo que decir a Pau esta noche, y no sé cómo, y me sale sin querer al tercer vino de la comida.
Le miro. Le miro bien. Está limpiando con el dedo la cáscara de una gamba roja. Canta algo bajito, un fandango mal, con la boca cerrada. Las niñas en la ventana del chiringuito mirando un barco que pasa a lo lejos. El mar gris con parches azules.
— Pau.
— ¿Qué?
— ¿Me dejas decirte una cosa?
— Claro.
— No aquí. Esta noche.
— Dímela ahora.
— No. Esta noche.
— Markel, venga ya.
— Esta noche.
— Vale. Vale.
Me mira con la ceja levantada. No insiste. Pau nunca insiste, es una de sus mejores cualidades.
———
Vuelta a Barcelona a las siete. Las niñas dormidas en el asiento de atrás a los cinco minutos.
Irene abrazada a Brixton. Aina con la cabeza descolgada.
Los dos en silencio. La radio baja. Pau me mira de reojo cada tres minutos.
Yo miro la carretera. Poblenou a las ocho.
Subo yo a Irene en brazos al piso. Pau sube a Aina.
Las metemos en la cama vestidas, solo les quitamos los zapatos. Ni ducha. Mañana duchamos.
Cerramos las puertas de los cuartos. Nos vamos al salón. Pau sirve dos vasos de agua. Se sienta en el sofá, con una pierna debajo del culo. Me mira.
— Dime.
Me siento enfrente, en el sillón.
— Pau.
— Markel.
— Si esto va a seguir, y a mí me gustaría que siguiera, tienes que saber una cosa.
Se queda quieto.
— Vale.
— Con las niñas yo no voy a medias.
— ¿Qué quieres decir?
— Yo con las niñas, o voy en serio, o me salgo ya.
— Markel...
— Déjame acabar.
— Vale.
— He visto hoy a Irene flotando conmigo en el agua.
He visto a Aina mandándote cagón. He visto a Irene dibujarme la boina txapela en un zorro de peluche.
Yo llevo en tu casa siete semanas. He venido lesionado y me voy a quedar tres meses más aunque se me cure el tobillo.
Y luego me voy a Seúl. Y luego vuelvo. Y luego me voy a entrenamientos a Francia, y a Eslovenia.
Y vuelvo. Lo que yo no puedo hacer es que estas niñas se enamoren de mí para que dentro de un año yo me quite del medio porque las cosas con su padre no van a funcionar.
Pau me mira fijamente.
— No te estoy pidiendo nada — sigo —. Te lo estoy diciendo.
Si yo me quedo, me quedo. Me quedo para ellas también.
Me quedo como pareja tuya y como lo que sea para ellas.
No seré su padre. Gerard es su padre. Pero seré algo.
Seré el vasco este que les enseña a flotar y les hace trenzas. Y me lo tomaré en serio.
Pau sigue mirándome.
— Y si tú no quieres que sea nada más que tu pareja, y que a las niñas las mantengamos fuera, entonces yo me salgo ya. Cobardemente. Antes de que se enganchen. Porque eso sí lo tengo claro: no les voy a hacer daño. Prefiero irme yo con daño a que les haga daño yo a ellas.
Silencio.
Pau se lleva la mano a la boca.
— Markel.
— Dime.
— Dame tiempo para pensar.
— Todo el tiempo del mundo.
— ¿Esta semana?
— Esta semana, o este mes, o este año. Me da igual.
— Vale.
Me levanto. Se levanta él. Me da un abrazo. Largo, sin besarme. Un abrazo de equipo.
— Markel.
— Dime.
— No te salgas.
— No me voy a salir.
— No, quiero decir... — se separa un centímetro —. No te salgas de aquí hoy. Ven a dormir conmigo.
— ¿Y las niñas?
— Las niñas saben. Ya saben.
— Vale.
Vamos al cuarto. Nos quitamos la ropa. No pasa nada. No nos tocamos más que para dormir. Nos metemos en la cama. Me pone el brazo por encima. Yo le pongo la cabeza en el pecho. Tiene el corazón del motor viejo, como siempre, fiable.
No dice nada más.
No hace falta.
Pero justo antes de que se me cierren los ojos del todo, me aprieta la mano que tiene pegada a la mía, dos veces. Dos apretones cortos. Como un morse.
Entiendo. Ya lo sé.
Me duermo sonriendo contra su esternón.
Fuera, en algún lugar de Barcelona, la ciudad sigue con lo suyo. Un bus en Carrer Almogàvers. Dos vecinos discutiendo por un ruido. Una sirena lejos. Nosotros no. Nosotros dormimos.