Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel
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Castelldefels en noviembre es una idea rarísima que ha tenido Pau a las ocho de la mañana del sábado.

Arnau le había prometido en Bar Pi una receta de ajoarriero catalán inventada por él, y Pau le ha escrito media hora después del desayuno para pedirle que se la guarde para el domingo, porque hoy nos vamos a la playa.

— Pau, hace doce grados.

— Ya.

— Está lloviznando.

— Ya.

— Y tú quieres ir a la playa.

— Ya.

Yo estoy todavía remojando el café en la cocina, con las gafas de cerca porque acababa de leer un patrocinio.

Pau entra, me coge las gafas, las dobla, me las pone en la mesa, me dice: "vamos a Castelldefels con las niñas", y sale del cuarto como si lo hubiera dicho un presentador de telediario. Le grito desde la cocina.

— ¿Hoy?

— Hoy.

— Pero si es noviembre.

— Por eso.

— ¿Por qué por eso?

— Porque así no hay nadie.

Se lo cuento yo a las niñas. Aina da tres saltos y va corriendo a su cuarto a sacar el bañador.

Irene se queda parada en el pasillo con la cara de "yo no sé, pero bueno".

Le pongo una mano en el hombro. Ella me sonríe con los dientes separados.

Le pregunto si quiere ir. Me dice que sí, que siempre que vaya Brixton.

Le digo que Brixton va donde vayamos. Se conforma.

A las diez salimos. Coche de Pau. Un Passat gris que ya tiene diez años y huele levemente a galletas María.

Aina va detrás con Brixton y con una toalla que le ha dado mi madre hace tres meses.

Irene va al otro lado, con una libreta y un rotulador.

Pau conduce. Yo voy de copiloto. El tobillo me está respondiendo bien.

Celia me ha dicho que ya puedo apoyar con cuidado pero que nada de correr. Llevo mis zapatillas viejas del pueblo.

La radio en catalán. La autopista hacia el sur.

Cuarenta minutos. En los últimos veinte empieza a salir sol, un sol disimulado, y cuando bajamos hacia Castelldefels por la salida de la 31 hay manchas azules en el cielo que parecen moratones.

Aparcamos gratis, porque es noviembre, y porque cuando algo pasa en este país a menudo pasa que la gente no está.

El paseo marítimo lo bajamos andando. Pau lleva la bolsa con las toallas.

Yo llevo a Irene de la mano sin que Pau me lo haya pedido.

Aina va dos pasos por delante con el zorro debajo del brazo.

Hay dos turistas ingleses paseando con abrigos enormes.

Un hombre con metal detector. Una señora con un perro pequeño y amarillo. Eso es todo.

— Me gusta — dice Pau.

— A mí también.

— ¿Ves? Si fuera agosto, esto sería imposible.

— Si fuera agosto, yo no vendría.

— Si fuera agosto, tú estarías escalando y las niñas con mi madre.

— Si fuera agosto, todos estaríamos en otro sitio. Pero es noviembre.

— Ya.

Llegamos a la arena. La arena fría y mojada cerca de la orilla. Lejos de la orilla, seca, dura, con patas de pájaros imprentadas. Aina suelta la toalla, se quita los zapatos, se mete corriendo en la orilla con los calcetines puestos. Pau pega un grito.

— ¡Aina!

— Es una prueba.

— ¿Qué prueba?

— Que el agua está fría.

— Eso lo sabíamos sin entrar.

— Te lo confirmo oficialmente.

Sale con los calcetines pegados a los pies. Se los quita. Los estruja. Pau se ríe sin poder.

Irene se sienta en la arena con la libreta en el regazo y empieza a dibujar.

La veo dibujar sin mirarme. Dibuja una ola con ojos.

La ola tiene un zorro dentro. El zorro lleva boina.

Sonrío por dentro y no comento. Los dibujos de Irene hay que dejarlos tranquilos, me lo dijo Pau el primer mes, no se los celebras hasta que ella te los pone bajo la nariz.

— ¿Y tú? — me dice Pau sentándose a mi lado en la arena.

— ¿Yo qué?

— ¿Qué haces?

— Miro a las niñas.

— Buen plan.

— ¿Tienen algún bañador?

— Irene lleva el de manga larga que le puse en verano. Aina lleva bañador debajo del pantalón, creo.

— Vale.

— ¿Por qué?

— Por preguntar.

Pau me mira con una media sonrisa.

— ¿Te quieres bañar tú? — le pregunto.

— No, yo qué va.

— Pero a las niñas les haría ilusión.

— No. Hace frío. Se van a constipar.

— Pau.

— Dime.

— ¿Irene sabe nadar?

Pau se queda quieto. Gira la cabeza hacia mí. Tiene los ojos un segundo fuera de foco, como si estuviera leyendo una pared.

— ¿Qué?

— Irene. ¿Sabe nadar?

— Yo... — se pasa la mano por la barba —. No, no sabe.

— ¿Aina sí?

— Aina va a natación desde los cinco. Irene no quiso.

— ¿Por qué?

— Porque... — se frota la nariz —. Gerard iba a enseñarle. Le dijo a Irene que ella no iba a natación con Aina, que ella iba a aprender con él. Cuando cumpliera seis. Iban a ir a la piscina los dos solos.

— Hostia.

— Ya.

— ¿Y no la metiste tú?

— Le pregunté. Me dijo que no. Me dijo que ella ya había aprendido con papá en su cabeza. No lo entendí del todo, pero le hice caso. Ya nadará, me dije. Ya nadará.

Miro a Irene. Está de rodillas, con la libreta torcida. Pau traga saliva.

— Joder — me dice.

— ¿Pau?

— Dime.

— Déjame intentarlo.

— ¿Intentarlo qué?

— Déjame meterme con ella a la orilla. No a nadar. A que flote. Cinco minutos. Sin presión.

Pau se queda en silencio. Me mira. Mira a Irene. Me vuelve a mirar.

— No sé.

— Si te dice que no, volvemos. Le pregunto yo. Si te preocupa, le pregunto desde lejos.

— No me preocupa que se lo pidas — dice —. Me preocupa que me vaya a doler verla aprender con otro.

— Vale.

Me quedo callado. Respeto. Pau se mira las manos. Las tiene llenas de arena. Respira.

— No — dice —. No me tiene que doler. Y ella no puede no aprender a nadar porque yo no tenga cuajo.

— Vale. ¿Le pregunto?

— Pregúntale.

Me levanto. Me acerco a Irene. Me arrodillo a su lado sobre la arena. Tiene la libreta con seis olas dibujadas.

— ¿Eh, pintora?

— ¿Qué?

— Tengo una propuesta, pero si no te mola no pasa nada.

— Dime.

— Igual podríamos meternos los dos un momento en la orilla. Con las zapatillas fuera. No a nadar. A flotar. Te levanto yo el brazo, y tú haces lo que te dé la gana con el resto del cuerpo.

Me mira con las gafas un poco empañadas de brisa.

— ¿Flotar?

— Flotar. Como los polos que están en el agua.

— Los polos no flotan.

— Los que yo conozco sí.

— Bueno.

— ¿Quieres?

— No sé.

— No hay prisa.

— El agua está fría.

— El agua está helada.

— ¿Se congela el zorro?

— El zorro se queda en la arena. Con Aina.

Se queda un segundo mirando la orilla.

— Vale.

— ¿Sí?

— Sí.

— Venga.

Le doy la mano. Se levanta. Se quita el abrigo y me lo da.

Yo también me quito mi chaqueta de lluvia y las dos zapatillas y el pantalón.

Me quedo con el bañador corto que me he puesto por si acaso, previsor yo, y una camiseta de algodón.

Ella lleva ropa interior y una camiseta larga de manga larga.

Nada más. Pau desde la arena nos mira con los ojos muy abiertos pero sin intervenir.

Aina está veinte metros más allá trepando a una roca que no debería estar trepando.

Me meto yo primero. El agua está, no exagero, a unos diez grados.

Me entra un escalofrío por los gemelos. Me acuerdo de mi tobillo un segundo.

Me digo que estoy bien, que esto es terapia, que Celia lo aprobaría, y sigo.

Hasta la cintura. Me giro. Irene está en la orilla con las dos piernas metidas hasta la rodilla. Me tiende los brazos.

— ¿Frío?

— Un poquito.

— Pensaba que iba a ser más.

— A mí también.

La cojo. La subo. Me la pongo en el antebrazo y en la espalda, como una tabla viva. Tiene ocho años y pesa como una bolsa de azúcar. Le digo:

— Te sostengo yo toda. Tú cierra los ojos y respira despacio. ¿Vale?

— Vale.

— ¿Cómoda?

— Sí.

— Respira.

Respira. Le pongo la otra mano bajo el cuello.

Le separo un poco las piernas. Noto cómo suelta los hombros.

Una ola pequeña le moja el pelo. Se ríe un poquito.

Miro a Pau en la arena. Pau me está mirando con una cara que no sé describir.

Tiene las manos juntas entre las rodillas, la barbilla temblando.

No llora. Pero le tiembla. Yo aparto los ojos para no desconcentrarme.

— Irene.

— ¿Qué?

— ¿Ves cómo te sostiene el agua sola?

— No me sostiene sola.

— Bueno, te sostiene el agua y yo. Pero yo nada más te pongo las manos. Es el agua la que hace todo.

— Yo también me estoy haciendo.

— Tú te estás haciendo mucho.

— ¿Papá me ve?

— Te ve.

— Dile hola.

— Díselo tú.

— Hola, papá.

— Hola, amor.

Pau contesta desde la arena. Tiene la voz rota. Lo disimula. Aina, veinte metros más allá, ha oído su nombre y se gira. Viene corriendo.

— ¿Qué hacéis?

— Flotamos.

— ¿Eso es nadar?

— Es el paso previo — dice Irene, muy seria.

— Yo también quiero.

— Pues métete, tía — le digo —. El agua está perfecta.

Aina se mete. Aina no pregunta nada. Aina se mete hasta el cuello, nada dos brazadas, hace un bucle bajo el agua, sale con el pelo pegado a la cara.

Las dos nos reímos. Irene sigue flotando sobre mi brazo.

Aina se pone al otro lado, le coge la mano.

Las dos niñas flotando conmigo. El agua llegándome al pecho.

Diez minutos. Puede que quince. Pau está en la orilla con los pies metidos hasta los tobillos, con los pantalones remangados.

No se mete. No se va. Se queda. Mira. Mira a las niñas.

Me mira a mí. Al final lo mira yo como si fuera un crío y le hago un gesto con el mentón para que se meta. Me niega con la cabeza.

— Nada, yo soy de arena — me grita.

— ¡Cagón! — le grita Aina.

— ¡Aina!

— Es verdad, papá. Cagón.

Pau se ríe. Me mira a mí. Me dice en voz más baja, cuando Aina se ha vuelto a sumergir:

— Markel, gracias.

— No me des las gracias.

— Te las doy.

— Pau, de verdad.

— Te las doy, y punto. Cállate y cuida.

Asiento.

———