Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

El viernes a mediodía mi madre aparca el coche en doble fila con los warnings, porque mi madre nunca ha encontrado un hueco en Poblenou en su vida y ya da por perdida la batalla.

Las gemelas bajan con las mochilas de la excursión llenas de papelitos, castañas y sándwich sin comer.

Irene trae una chapa redonda con una montaña pegada en el abrigo.

Aina trae media castaña pelada en el bolsillo.

Mi madre me besa. Me mira. No me pregunta nada. Pero me mira.

— Mare.

— Te veo mejor cara.

— Dormí bien esta noche.

— Ya veo.

Me sonríe con esa sonrisa suya de bibliotecaria jubilada que ha leído demasiadas novelas.

— Van todas cansadas. Hoy mejor siesta obligatoria.

— Vale. Gracias, mare.

— De res. Adéu, nenes.

— Adéu, àvia.

Se va. Subimos al piso. Markel está en la cocina con el delantal de Gerard que yo me he olvidado esta mañana de quitarle. Lo pilla Aina antes que yo.

— ¡Ese delantal!

Markel se mira.

— ¿Qué pasa?

— Ese delantal era del papá.

Markel se pone rojo. Mira el delantal. Mira a Aina. Mira a mí. Yo me encojo de hombros sin saber qué gesto poner.

— Ostras, disculpa, no sabía.

— No pasa nada — le digo a Markel —. Es un delantal. Era suyo. Pero también es un delantal.

— ¿Me lo quito?

— No hace falta. A mí no me molesta.

— A mí no me molesta — dice Aina, muy solemne —. A mí me hace gracia.

— ¿Sí?

— Ajá. Porque tú eres grande y el papá era pequeño. Y el delantal te aprieta.

Markel se ríe. Se lo desata y se lo vuelve a atar más flojo con un gesto exagerado. Aina aplaude. Irene se sienta en la silla y se queda mirando a Markel fijamente durante diez segundos. Sin decir nada. Markel se hace el que no se da cuenta. Yo pongo los platos.

Comemos lentejas. Markel ha acabado la olla esta mañana, con todas mis sobras del fin de semana.

Le han quedado bien. Tiene más sal de la que yo le habría puesto, pero le han quedado bien.

Aina repite. Irene no repite. Se queda media plato.

Pide permiso para salir y se va al cuarto. Oigo la puerta cerrándose despacio.

Miro a Markel.

Markel me mira.

— Mm — digo —. Voy.

— ¿Quieres que baje yo en lugar?

— No. Esto tengo que hacerlo yo.

— Vale.

Me levanto. Paso por delante de Aina, que está dando vueltas con el tenedor en el plato vacío, inventando una historia de princesas para sí misma. Le pongo la mano en la coronilla. Me voy al cuarto de Irene.

Llamo con los nudillos.

— ¿Sí?

— Soy yo.

— Pasa.

Abro. Irene está sentada en la cama con Brixton en el regazo. Le está arreglando la boina, que se le tuerce siempre al lado. Levanta la cara. Me mira con las gafas redondas. Pupilas de niña que acaba de verlo todo.

— ¿Quieres hablar conmigo?

— Quizás.

— ¿Quizás?

— No sé.

Me siento en el borde de la cama. Cojo a Brixton. Le enderezo la boina yo. Se la vuelvo a poner mal aposta. Ella se ríe un poco. Me la quita. Se la pone bien otra vez.

— Irene.

— ¿Qué?

— ¿El martes por la noche pasaste por el salón?

Se le queda la cara muy seria.

Asiente.

— ¿Nos viste?

— Os vi.

— Nos tapaste con la manta.

— Os tapé con la manta.

Respiro.

— ¿Me preguntas algo?

— No.

— ¿Estás bien?

Asiente. Mira a Brixton. Le toca la oreja.

— Es que no sabía si te iba a tener que contar — le digo —. Y quería contártelo yo.

— Vale.

— ¿Me escuchas?

— Te escucho.

Me aclaro la voz. Ensayé esto ayer en la ducha. Se me ha olvidado entero lo que tenía ensayado.

— Markel y yo nos queremos.

Se queda un segundo procesando.

— ¿Como novios?

— Como novios, sí.

Se queda otro segundo.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿Te importa?

— ¿A mí?

— Sí.

— No. Pero a Aina sí, a lo mejor.

— Me lo imagino.

— Hay que contárselo.

— Hay que contárselo.

— Se lo contamos ahora.

— Ahora. ¿Quieres tú decírselo conmigo?

— No. Díselo tú. Yo escucho.

— Vale.

Le doy un beso en la coronilla. Huele a colegio, a pizarra, a castaña asada. Le paso la mano por la espalda. Me levanta la cara y me dice, muy seria, una cosa que me duele y me alegra a partes iguales.

— Papá.

— Dime.

— Markel no sustituye al papá, ¿no?

— No. Markel no sustituye al papá. Markel es otra cosa.

— Vale.

— El papá era el papá. Siempre.

— Siempre.

— Y ahora Markel.

— Ahora Markel.

Asiente. Le da un beso a Brixton en el hocico. Me mira.

— Podemos ir.

— Ven.

Salimos del cuarto cogidos de la mano. Aina sigue en la cocina, ahora con un vaso de agua, haciéndole bigotes a Markel en una servilleta con un rotulador. Markel se deja. Tiene tres bigotes en el papel. Cuando nos ve entrar, Aina levanta la cabeza.

— Aina — digo.

— ¿Qué?

— Nena, ven, que te cuento una cosa.

— ¿Me riñes?

— No. No te riño.

— Vale.

Se sienta con nosotros. Markel se queda a dos sillas, medio retirado, con la espalda tensa. Aina está en la silla a mi lado, con las dos manos sobre la mesa y los pies colgando porque no llegan al suelo.

— Aina.

— Dime.

— Papá quiere decirte una cosa importante. Y quiero que me escuches. Y después me preguntas lo que quieras. Todo. ¿Vale?

— Vale.

Irene se sienta enfrente. Me hace un gesto con la mano de "venga".

— Aina. Markel y yo somos amigos especiales ahora.

Aina frunce el ceño.

— ¿Amigos especiales?

— Como novios — dice Irene, para ayudarme.

— Como novios, sí.

Aina mira a Markel. Mira a Irene. Me mira a mí.

— ¿Pero tú no eres del papá?

Me trago algo grande. Me lo trago muy despacio.

— Yo sigo siendo del papá.

— Ah.

— Gerard era y sigue siendo papá.

— Vale.

— Markel es otra cosa.

— ¿Qué cosa?

— Markel es...

Me atasco.

Markel levanta la cabeza. Desde su silla, muy despacio, dice:

— Markel es alguien que ha llegado después del papá. Y que no es el papá. Y que no quiere ser el papá. Y que os quiere a vosotras mucho. Y a papá también.

Aina le mira. Se le queda pensando.

— ¿Tú nos quieres mucho? — le pregunta Aina.

— Mucho.

— ¿Desde cuándo?

— Desde hace dos meses.

— Es poco.

— Es lo que hay.

Aina se ríe un poco, sin querer.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

Se queda mirando la mesa. Luego me mira a mí otra vez.

— ¿Puedo preguntar una cosa?

— Todo.

— ¿Los novios se hacen trenzas?

Lo digo en serio: se me escapan dos carcajadas secas. A Markel también.

— Los novios se hacen... lo que quieran hacerse — le digo.

— Pero Markel no me hace trenzas. Markel no sabe hacer trenzas.

— No, Aina, es verdad, yo no sé hacer trenzas — dice Markel, con muchísima seriedad —. Todavía.

— Pues entonces tú solo eres novio de papá, no eres novio nuestro.

— Vale.

— Cuando aprendas a hacer trenzas a lo mejor sí.

— Me pongo con ello.

— Tienes que empezar con la trenza de tres.

— Empezaré con la trenza de tres.

— Yo te enseño.

— Gracias.

Irene se ríe. Yo me río. Markel me mira con cara de alivio enorme. Aina se queda mirando el vaso de agua un segundo, pensando, pensando, y de pronto se levanta.

— ¿Ya?

— Ya.

— ¿No preguntas más?

— No. Ahora no.

— Cuando quieras, preguntas.

— Vale.

Se va al cuarto dando saltos de pata coja. Irene me mira desde el otro lado de la mesa. Hace un gesto con las cejas que significa "lo has hecho bien, papá". Se levanta ella también. Me besa en la cabeza al pasar. Se va detrás de Aina.

Markel y yo nos quedamos solos en la cocina.

Él deja caer la espalda contra el respaldo de la silla. Suelta el aire como si llevara tres meses aguantándolo.

— Joder — dice.

— Ya.

— Joder.

— Ha ido bien.

— Ha ido mejor que bien. Esa niña de ocho años me acaba de ofrecer un contrato.

— Aprende trenzas.

— Ya me he apuntado un tutorial mentalmente.

— Estás mal.

— Estoy bien.

Se levanta. Rodea la mesa. Me abraza por detrás.

Me pone la barba en el cuello. Me suelta un "gracias" al oído que no me esperaba.

Yo le cojo de las manos, que las tiene cruzadas por delante de mí.

Me quedo quieto un minuto. La tele del salón apagada.

El pasillo con las niñas cuchicheando. El frigorífico zumbando.

— Pau.

— ¿Qué?

— Ha dicho "es poco. Es lo que hay".

— Lo sé.

— Me ha gustado.

— Es lista.

— Es de la familia.

— Sí.

———

La tarde se nos pasa en nada. Markel le enseña a Aina a hacer un nudo de escalador con una cuerda vieja que le traje del Vertical hace dos años.

Aina se emociona. El nudo le sale. Irene dibuja en la mesa del comedor, sin levantar la cabeza, una viñeta nueva.

La veo por encima del hombro cuando paso a buscar un bolígrafo.

En la viñeta salimos los cuatro. Cuatro.

Yo, Markel, Irene, Aina. Estamos sentados en una mesa parecida a la nuestra.

Markel lleva el delantal. Es una viñeta corta, sin palabras.

Pero en la última casilla hay un corazoncito en la esquina inferior derecha, y ese corazoncito tiene dos colores: uno rojo y uno amarillo.

Rojo como el corazoncito de siempre. Amarillo, nuevo.

Me detengo medio segundo. Me sigo hacia la cocina sin decir nada.

Cuando llego a la cocina cierro los ojos.

A las seis Roser me llama. Se lo cojo. Me pregunta si puedo hablar. Le digo que sí. Me voy al balcón a hablar, me pongo el abrigo por encima.

— Pau.

— Roser.

— Dime que todo bien.

— Todo bien.

— Me lo dicen las niñas. Bueno, me lo dijo mamá.

— Mamá ha estado.

— Mamá siempre está.

— Roser.

— ¿Qué?

— Les he contado lo de Markel a las niñas.

Silencio al otro lado.

— Pau.

— Dime.

— ¿Cómo ha ido?

— Bien.

— ¿Bien bien?

— Bien bien.

— ¿Y cómo estás tú?

Cuelgo la vista en los tomates de la terraza. Los tomates de noviembre están medio muertos. Los dejaremos morir esta semana.

— Estoy bien. Estoy raro. Estoy con el pecho ancho.

— Con el pecho ancho.

— Así.

— Pau.

— Dime.

— Estoy muy orgullosa de ti.

— No me hagas llorar, Roser, que llevo la semana llorando ya demasiado.

— Vale.

— Luego te llamo.

— Vale.

Cuelgo. Me quedo mirando los tomates medio muertos.

Dentro, Markel está explicando a Irene por qué la boina txapela tiene un rabito en el centro, y oigo a Irene contestarle "a mí me parece un chichón".

Markel le dice "es que es un chichón, un poco".

Los dos se ríen. Aina grita desde el cuarto que tiene hambre.

Vuelvo dentro. Me quito el abrigo. Meto la cabeza en la cocina.

— Aina, acabas de comer.

— Hace una hora.

— Has comido mucho.

— Pero es que es viernes.

— Los viernes no dan hambre antes.

— Pues ya ves.

— Cómete una manzana.

— Puaj.

— Una manzana.

— Ya lo saco yo — dice Markel —. Ven, Aina, ven acá que te hago la manzana en cuadritos.

— ¿Con canela?

— ¿Con canela podemos?

— Mira en el armario pequeño de al lado de la sal.

Markel abre el armario pequeño de al lado de la sal.

Coge la canela. Saca la manzana. Coge el cuchillo que siempre usa Aina que tiene el mango rojo.

Se la hace en cuadritos. Le echa canela por encima.

Se la pone a Aina delante. Aina se la come con un tenedor.

Markel se apoya en la encimera con las dos manos y me mira desde el otro lado.

Me mira como si esta escena no estuviera pasando en una cocina de 7 metros cuadrados sino en algo mucho más grande.

Me gusta que me mire así.

Me gusta que me mire así y que no me dé miedo.

———

Esa noche, cuando las niñas ya están dormidas, Roser me escribe un mensaje corto:

"Pau, no te olvides de Teresa".

Me quedo mirando el mensaje diez segundos. Teresa. Teresa. Teresa todavía no. Teresa llega en trece días. Trece de septiembre. Perdón, trece de...

No, trece de septiembre no. Ya pasó trece de septiembre.

Eso fue el mes pasado. Aquel fin de semana fuimos.

Fuimos las niñas y yo a Alzira. Yo no le conté a Teresa que en casa ya vivía Markel desde hacía tres semanas.

Le mentí por omisión. Le dije que tenía un compañero del gimnasio que estaba pasando unos días por el tobillo.

Le dije una verdad a medias. Teresa vio que yo estaba tenso, que no comía bien, que me dormía delante del café.

Me dijo "Pau, ¿estás bien?". Yo le dije "bien, Teresa, bien".

Ella me miró. Yo le bajé los ojos. Teresa es muchas cosas pero tonta no es.

Por eso ahora me escribe mensajes como "me he enterado de que vives con un hombre". Porque ya lo sabe por otro lado. Porque alguien se lo ha contado. Porque una familia de pueblo valenciano siempre se entera al final.

Apago el móvil sin contestar a Roser. Me meto en la cama.

Markel está en la suya esta noche. Hemos acordado, sin hablarlo mucho, que las noches de viernes con las niñas en casa dormimos separados por ahora.

Para que ellas se acostumbren. Para que sea él quien pida cuando ellas estén preparadas. Despacio.

Pero a las dos y cuarto me despierto mirando el techo. La grieta en forma de rayo.

Pienso en Teresa.

Le escribo un mensaje de vuelta. Tardo siete minutos en darle a enviar.

"Teresa, este fin de semana te llamo. Te cuento todo. Tengo que contarte algo. Cuídate. Pau".

Lo envío.

Me quedo veinte minutos mirando el techo. No viene respuesta. Me imagino a Teresa viendo la pantallita iluminarse en la mesilla de Alzira y no abriendo el mensaje. Dejándolo en "entregado". Teresa es capaz. Teresa sabe hacer eso mejor que nadie.

Duermo mal.

A las seis y pico me levanto. Hago café. Me llevo una taza a la habitación de Markel. Llamo suave con los nudillos. Abro. Markel tiene una almohada encima de la cara.

— Markel.

— Mmmm.

— Café.

— ¿Qué hora es?

— Las seis y veinte.

— Vete a la mierda, Pau.

— Café — repito.

Saca la cara de debajo de la almohada. Tiene el pelo como si se hubiera peleado con él toda la noche. Me mira. Me coge la taza. Le da un sorbo. Se incorpora.

— ¿Pasa algo?

— Nada. He escrito a Teresa.

— ¿Sí?

— Sí.

— ¿Te ha contestado?

— Todavía no.

— Va a contestar.

— Va a contestar.

— Ven.

Me tira del brazo. Me siento en el borde de la cama. Me pone la mano abierta en la nuca. Me deja la frente en la frente. Estamos así treinta segundos. Huele a sudor seco, a almohada, a pelo sin lavar. No me importa. Al contrario.

— Pau.

— Di.

— Lo que tenga que pasar, pasa. Y lo aguantamos.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

Me quedo un minuto más sentado en su cama.

Luego me levanto. Me voy a la cocina. Abro el portátil.

Miro el calendario. Diciembre ya asomando.

Teresa respondiendo o no. Y en medio de todo, un viaje inevitable a Alzira que no sé cuándo voy a hacer pero que me está esperando como una cita con el dentista que llevo dos meses aplazando.

Cierro el portátil. Voy a despertar a las niñas.

Hoy es sábado. Desayuno en Bar Pi. Arnau nos espera con huevos rotos.

Lo demás, después.