Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel #2
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Markel #2

Él aprende rápido. Yo le enseño lo mínimo.

El resto lo adivina. Tiene intuición de manos.

Tiene ritmo. Tiene, y esto es lo que más me sorprende, sentido del humor en la cama.

Se ríe cuando se nos enreda un brazo. Se disculpa cuando me aplasta sin querer el tobillo.

Me hace repetirle una palabra en euskera tres veces porque dice que le suena a instrucción de montaje de IKEA y lo flipo, y me río yo también, y se me olvida en ese minuto que estoy en una cama en la que antes ha habido otro.

A él no se le olvida.

Lo sé porque en un momento, cuando está encima mío, con la cara hundida en mi cuello, él respira muy profundo. Profundo como se respira cuando estás luchando con algo grande por dentro. Yo le cojo la cara con las dos manos. Le hago subir. Le miro.

— Eh.

— Eh.

— ¿Estás aquí?

— Estoy aquí. Te lo juro que estoy aquí.

— Si te vas, dímelo.

— No me voy. Pero...

— Dime.

— No, nada.

— Dime.

— Me siento culpable. Y al mismo tiempo me siento bien. Y me siento culpable por sentirme bien.

— Vale — le digo —. Eso es normal. Es de libro, hostia. ¿Tú me quieres contigo ahora mismo?

— Muchísimo.

— Pues respira. Y hazme caso. Y si te va saliendo algo del pecho, me lo dices.

— Vale.

Le beso la frente. Le beso los ojos cerrados.

Le beso la mandíbula. Él baja. Él me sigue.

Sigue conmigo. Se mete del todo en lo que estamos haciendo.

Y ya, a partir de ahí, no hay mucho más que pueda contar con palabras ordenadas.

Hay manos. Hay bocas. Hay unos cuantos "joder, Markel" en serie que me dice con la cara en mi pelo.

Hay un momento en el que yo le pido, porque ya no puedo más, que por favor.

Hay otro momento en el que él se inclina sobre la mesilla y saca de un cajón una cosa que le he visto esconder el lunes y ha tardado tres días en atreverse a sacar.

Hay risas cortadas. Hay un tobillo mío que manda callar dos veces. Hay mucho silencio.

Y hay un final de los dos, como Dios manda, sin trampas, con Pau mordiendo mi hombro otra vez sin querer y yo llamándole dos veces por su nombre, pausado, quieto, sin performance.

Nos quedamos. No nos separamos. Me tapa con la sábana, la levanta y nos cubre a los dos. Yo me doy la vuelta, me apoyo de espaldas contra él, él me pasa el brazo por encima. Sudados. Cansadísimos. Él me besa el pelo. Yo le cojo la mano y me la pongo en el pecho.

— Pau.

— Dime.

— ¿Estás bien?

— Estoy bien.

— ¿Seguro?

— Seguro.

Pero tarda tres segundos en contestarlo.

———

Se duerme antes que yo. Yo me quedo un rato despierto.

La respiración suya pasa de rápida a lenta en cosa de quince minutos.

Cuando empieza a respirar despacio, yo me giro un poquito y le miro la cara.

La veo con la luz ámbar. Tiene el ceño relajado por primera vez desde hace tres semanas.

Tiene la mandíbula suelta. Tiene una manchita de sudor todavía en la sien.

Le paso el dedo. La seco. No se despierta.

Me vuelvo. Él en sueños me rodea otra vez. Me coge con el brazo, me aprieta, suspira. Yo me dejo.

Y entonces, porque yo estoy boca arriba mirando el techo y él está boca abajo respirándome en el hombro, le oigo algo que él no sabe que estoy oyendo. No es un ronquido. No es un suspiro. Es un hipido corto. Uno. Dos. Tres.

Está llorando.

Dormido. O despierto. Llorando en silencio. Sin moverse. Sin querer que me dé cuenta.

Yo me quedo completamente quieto. No le miro.

No me giro. No le pregunto. Porque sé, sin que nadie me lo explique, que si le pregunto ahora se le va a romper la cosa que se le acaba de recolocar.

Le dejo. Le dejo llorar en silencio dos minutos.

Tres. Luego el hipido se le para. Luego la respiración se le vuelve a regular.

Luego se le suelta la mano que tenía en mi pecho un poco. Duerme del todo.

Yo me quedo despierto otra media hora. Tengo el corazón en sitio raro.

Pienso tantas cosas a la vez que al final no pienso ninguna.

Pienso en mi madre. En Javi. En una caída en Urdax cuando tenía diecinueve años y me rompí un dedo, y en mi padre yendo a buscarme al hospital sin decirme nada durante todo el trayecto, y en cómo al bajar del coche delante del caserío me abrió la puerta sin mirarme y me dijo "anda, entra que está haciendo tu madre una sopa".

Pienso en Gerard, al que no conozco. Pienso en las gemelas, que mañana vuelven a mediodía.

Pienso que esto que acabo de hacer acaba de cambiar un montón de cosas, y que al mismo tiempo no ha cambiado nada de lo importante, porque si Pau no estuviera llorando en silencio después yo no estaría aquí, y si no estuviera yo aquí él no estaría llorando en silencio tampoco, o estaría llorando de otra manera, más rota.

Me duermo pensando eso.

———

Amanezco yo primero. A las siete y media.

Hay una luz tímida entrando por la ranura de la persiana.

El brazo de Pau sigue en mi cintura. Me ha salido el pelo por todos lados.

Tengo un pie fuera de la sábana y noto el frío de noviembre.

Recojo el pie. Me giro despacio. Él está de lado, hacia mí.

Se le ha caído un mechón en la frente. Tiene una cara de niño que no se gasta en adulto, no se le ha visto en dos meses.

Le paso el dorso del dedo por el pómulo.

Abre los ojos.

No se asusta. Me mira. Tarda un segundo en ubicarse. Luego se acuerda. Le veo acordarse. Le veo decidir, en medio segundo, si lo que pasó anoche lo vamos a pactar o lo vamos a culpar.

Me inclino. Le beso en la nuca.

— Buenos días — le digo.

Se le afloja la mandíbula.

— Buenos días.

Me pone la mano encima de la mía. Me la aprieta.

— ¿Dormiste bien? — me pregunta.

— Dormí mejor que en cinco años.

— Hala.

— ¿Tú?

— Bien.

— ¿Lloraste anoche?

Se queda quieto. Mira la sábana. Luego me mira a mí. Luego asiente, pequeñísimo.

— No sabía si te habías dado cuenta.

— Me di cuenta. Pero no me importaba. Te lo digo ahora porque no quiero que lo lleves tú solo en secreto hoy.

Se le humedecen los ojos otra vez. Pero no llora. Me aprieta la mano.

— No estoy arrepentido — me dice.

— Yo tampoco.

— Vale.

— Tienes una olla pendiente en la cocina. Y café sin hacer. Y un vasco en albornoz.

— Qué desastre de casa.

— Lo sé.

— Ven acá.

Me tira de la mano. Me vuelve contra él. Me abraza tres minutos enteros. Sin besarnos. Sin hablar. Le huelo el cuello de la mañana. Él me huele la coronilla. El sol sube un grado y entra por la ranura un poco más. En la pared, la sombra de la persiana dibuja rayas. Me río bajito.

— ¿Qué?

— Nada. Que estamos rayados.

— Nos hemos rayado, sí.

— Pues venga.

— Café.

— Café.

Me levanto. Le dejo en la cama. Me pongo el albornoz. Me voy a la cocina. Pongo la cafetera. Abro la persiana grande. Entra el sol. En la mesa, la nota de ayer del super sigue ahí. Tacho la del super. Pongo otra nota para mí, a lápiz, en el reverso de un recibo de farmacia:

"No te arrepientas. Él tampoco se arrepiente".

La meto en el bolsillo del albornoz. Por si mañana me hiciera falta volver a leerla.