Markel
Jueves. Las niñas duermen en casa de los abuelos Vergés porque mañana viernes tienen excursión del colegio y salen tempranísimo de L'Hospitalet, y Montse ha dicho que no pasa nada, que se quedan las dos y que se las trae de vuelta el viernes a mediodía.
Pau ha aceptado demasiado rápido. Pau nunca acepta así de rápido.
A la hora de comer me ha mirado, ha mirado el móvil, ha mirado la nevera, y ha dicho "perfecto, entonces tengo una olla que hacer con lo que me sobró de la semana pasada, gracias mamá" y se ha metido en la cocina a hacer ruido sin necesidad con los cacharros.
Yo le llevo la mañana haciéndolo sufrir.
Lo he hecho sin premeditación. O sí. Bueno, con premeditación, pero con esa premeditación que es más bien un deseo que se va haciendo plan.
Esta mañana, cuando ha entrado en la cocina a desayunar, yo estaba solo, con el albornoz de hilo que me prestó él la semana pasada porque se me olvidó el mío en Bilbao.
Se lo ha quedado mirando sin decir nada.
Albornoz, barba de cuatro días, pelo revuelto.
Luego ha dicho, con voz de no darse cuenta del todo:
— Te queda grande.
— Me queda grande porque es tuyo.
— Ya.
Le he dado la espalda para servirme café.
Sabía que me estaba mirando. Me he movido un poco más lento de lo necesario.
No lo he hecho porque sea un cabrón. Bueno, un poco sí.
Pero sobre todo lo he hecho porque llevo desde el lunes preguntándome cómo será este hombre cuando pierda las formas, y hoy es jueves y no hay niñas esta noche, y ya está bien de hacernos los mudos.
A mediodía hemos ido a comprar el pan. Los dos.
Le he dicho "tengo la pierna mejor, me va bien andar un poco".
Él ha aceptado. Hemos andado hasta el horno del Marquès de l'Argentera sin hablar.
Al volver, al pasar por el portal, nos hemos cruzado con la vecina del quinto, la señora Anna, que me ha saludado con un "bon dia, nen" con toda la confianza del mundo, como si yo hubiera vivido ahí desde siempre.
Yo he pensado que vivo ahí desde siempre, y que quizás esa señora lo tiene clarísimo antes que yo.
A media tarde, cuando Pau ha vuelto del Vertical, yo le he puesto un café. Me ha mirado el albornoz otra vez. Yo llevo el albornoz porque acabo de ducharme, legítimamente. Pero también porque estoy siendo un gilipollas, francamente. Se lo pongo fácil.
— ¿Te ayudo con algo con la cena?
— No te preocupes. Ya está casi.
— Qué bien hueles cuando cocinas.
Me ha mirado la boca.
Me ha mirado la boca un segundo entero. Yo he bebido café por no sonreírle.
A las ocho ha entrado el sol raro por la ventana del salón, un sol de noviembre bajo que se mete hasta la cocina y te pinta la mesa de amarillo.
Pau ha estado media hora removiendo una olla de alubias.
Yo he estado en el taburete de la isla, descalzo, con el pelo secándoseme, hablándole de ninguna cosa.
Las entrevistas del domingo. Un mensaje de Amaia desde Vitoria.
Un vídeo absurdo de mi sobrino Oier cagándose en un jardín.
— Este niño es una bestia.
— Es vasco — me dice Pau sin girarse —. Vais a vuestra bola.
— Oye.
— Es broma.
— Ya lo sé, tío.
Me levanto. Me voy por detrás de él. Cojo una cuchara.
Meto la cuchara en la olla y pruebo. Caliente.
Me quemo la lengua. Me retiro haciendo ruido de víbora.
Él suelta una carcajada sin mirarme. Me quedo dos segundos más cerca de su espalda de lo que necesito estar.
Le huelo el cuello. Me separo. Me vuelvo al taburete. Pau suelta el aire por la nariz.
— Markel.
— Di.
— Si tú me sigues rondando la olla así, te voy a echar en ella y te voy a dar de comer a las niñas mañana.
— A ver esta. Me echas.
— Me has oído.
— Me has oído tú a mí.
— Cena.
— Cena.
Cenamos. Hablamos de cosas que ya no me acuerdo.
Medio sueño. Yo sin gafas, porque estoy comiendo y no leyendo.
Pau con la camiseta blanca de manga larga que le queda fina.
Nos bebemos una copa cada uno de vino blanco frío.
Yo me río tonto. Él levanta una ceja cada dos frases.
El reloj de la cocina dando las nueve. Ninguno de los dos con prisa para levantarse a recoger.
Al final recojo yo. Pau se deja recoger. Se queda en la silla, con el codo en la mesa, viendo cómo le lavo yo los platos. Le miro por encima del hombro.
— Tú hoy señorito.
— Tú hoy asistenta.
— Con delantal y todo.
— Veo que te lo has pensado tan bien.
Le tiro unas gotas con los dedos. Se ríe. Se levanta. Se acerca a la isla, se apoya en ella de espaldas a mí, con los brazos cruzados y la cabeza un poco ladeada. Me mira. Yo lavo el último vaso. Lo seco. Lo dejo. Me giro.
Él está ahí, a dos pasos. Con la lámpara buena encendida otra vez. Con la cara de un hombre que lleva todo el día en modo avión y ya le ha entrado la señal.
— Ven — me dice.
Voy.
Me planta la boca en la mía sin preguntar.
No se la había pedido. Bueno, sí, todo el día, pero sin palabras.
La besa como si llevara desde el lunes guardando esa intención.
Me coge de la cintura con las dos manos y me aprieta contra él.
El albornoz se me abre un poco. Él me mete la mano por debajo, me toca la espalda desnuda, suelta un sonido bajo que no es ni una palabra ni un jadeo, algo así como un "ya". Ya. Como una decisión.
— Pau — digo yo entre beso y beso.
— Dime.
— ¿Estás seguro?
Se separa un centímetro. Tiene los ojos muy abiertos. Muy marrones. La pupila no le cabe.
— No — me dice —. Pero lo voy a estar.
— Vale.
— ¿Tú?
— Yo sí.
— Pues vamos.
No me lleva al sofá. No me lleva a la encimera.
Me lleva de la mano por el pasillo, con el tobillo mío cojeando un poco y él tirando de mí sin darse cuenta, hacia su habitación.
La habitación que antes fue de otro. La habitación que nunca he pisado de día con la puerta cerrada.
La habitación en la que hemos dormido tres noches desde el lunes, pero todavía no esto.
Entra primero. Me mete dentro. Cierra la puerta.
Y aquí se para un segundo. Se para. Respira hondo.
— Markel.
— ¿Qué?
— Necesito un minuto.
Se sienta en el borde de la cama. Se pasa las manos por la cara.
Yo me quedo en el medio de la habitación sin moverme.
No le meto prisa. Se le nota todo. Se le nota que está luchando por no mirar a su izquierda, donde está la foto, porque ya ha tomado una decisión con la foto, pero todavía le está costando.
Me acerco. Me pongo delante de él, de pie. Le pongo las manos en los hombros.
— ¿Quieres que bajemos el ritmo?
— No.
— ¿Quieres que me vaya?
— No.
— ¿Quieres que apague la luz?
— Sí.
Me vuelvo. Apago la luz grande. Dejo solo la pequeña. La habitación se pone ámbar. Vuelvo a él. Me pongo de rodillas delante, entre sus piernas. Le cojo las manos.
— Pau — digo muy bajo —. Esto no va a ser como con él. Esto no va a ser como con nadie. Esto va a ser conmigo. Con un vasco lesionado en albornoz. Y ya.
Se ríe. Se le caen los hombros. Respira mejor.
— Ya.
— ¿Mejor?
— Mejor.
— Vale.
Me sube. Me sube a él con las dos manos en la cintura.
Me siento encima de él, a horcajadas, el tobillo me lo cuido un segundo y acabo acomodado.
El albornoz se me cae de los hombros. Me lo deja caer del todo, despacio, lo tira al suelo.
Me mira. Me mira como se mira una pared de roca que se te ha abierto delante después de tres horas de buscarle la vía.
Sin miedo pero con respeto. Con muchísimo respeto.
— Joder.
— ¿Joder bien o joder mal?
— Bien — dice, y me pasa la mano abierta por la costilla, por el tatuaje, por la clavícula, por el cuello —. Bien. Muy bien.
Me besa otra vez. Me besa el cuello, la oreja, el lóbulo con el pendiente grueso, el cartílago del otro lado.
Yo le saco la camiseta por la cabeza. Le beso el pecho, las canas del esternón, la tripa blanda que le avergüenza y que a mí me parece lo más honesto que tiene.
Él se ríe cuando le beso la tripa. Una risa de hacer cosquillas.
— Markel, para.
— No paro.
— Que tengo cosquillas.
— Pues aguántate, cabrón.
— Hala, cabrón me dice.
— Te lo dices tú, que te escondes.
— Me escondo yo, sí.
Le paso la boca por la cicatriz de la tibia cuando le quito el pantalón.
Seis centímetros blancos. Me la aprendo de memoria con un beso.
Le desabrocho la camiseta interior con los dientes.
No pasa nada si no me salen las cosas finas: suelto una risa, él suelta otra, me ayuda con las manos.
Se ríe contra mi oreja. Me coge por el pelo despacio.
Me tumba. Ahora estoy yo boca arriba y él encima.
Se para. Se apoya en los codos. Me mira la cara muy de cerca.
No dice nada. Tiene las pestañas largas y yo no me había fijado.
Se las veo con la luz ámbar. Se le cae una pestaña encima de la mejilla.
Yo se la quito con el dedo. Él me la pide, como si fuera una reliquia, y se la quita del dedo y la apaga en la mesilla como si fuera un fósforo.
Y aquí es donde empezamos de verdad. Y aquí es donde pierdo las palabras ordenadas.
Porque Pau no es elegante. Pau es preciso.
Es un hombre que ha escalado en roca veinte años y sabe dónde van las manos antes que la cabeza.
Me coge como coge una presa pequeña: con suavidad, sin apretar, con el pulgar en un sitio exacto que no había pensado antes que fuera un sitio exacto.
Yo me arqueo. Él suelta un sonido bajo. Me muerde el hombro.
Me muerde con dientes, sin sangre. Le cojo de la nuca.
Tiene la nuca caliente. Le clavó los dedos despacio.
Dos pendientes de aro tiemblan en su oreja.
— Joder, Pau.
— Dime cómo.
— Así.
— ¿Así?
— Así. Despacio. Así.
— Vale.