Pau #2
No, están normales. Pero me miran más. Me miran como te miran los niños cuando saben algo que tú no les has dicho.
Irene sobre todo. Irene tiene un radar. Lleva ese radar desde los cuatro, Gerard le decía que era su detector de bobadas portátil.
Esta noche lleva el radar encendido. Me mira dos veces mientras cenamos, se aguanta las preguntas, me vuelve a mirar.
Aina está a lo suyo, contándonos el examen de mates, del que sacó un siete y se ha puesto a sí misma el mote de genio. Irene, callada, masticando tortellini.
— Irene.
— ¿Qué?
— ¿Estás bien?
— Sí. Solo pienso.
— ¿En qué?
— En cosas.
Tiene ocho años. Ya tiene respuestas de los 25. Me preocupo y me enorgullezco a partes iguales.
— Vale.
Markel me mira desde el otro lado de la mesa. Me sonríe con los ojos. Me dice con el gesto que no me preocupe. Yo le creo.
Después de cenar les leo el cuento que están leyendo.
Un cuento sobre una niña que tiene una bola de vidrio dentro de la que vive un caballo.
No se sabe si el caballo es triste o es libre porque la niña mueve la bola todo el rato.
Es un cuento extrañísimo. A ellas les encanta.
Pedimos continuar mañana. Aina se duerme antes de que acabemos el capítulo.
Irene se queda con los ojos abiertos hasta el final.
— Buenas noches, papá.
— Buenas noches, cariño.
— Dile buenas noches a Markel.
— Markel no está aquí, amor. Está en el salón.
— Pero dile.
— Vale.
Salgo. Cierro la puerta. En el salón, Markel está sentado en el sofá con el portátil en las piernas, contestando correos del patrocinador. Levanta la cara. Le digo, desde la puerta:
— Irene te manda buenas noches.
— Bona nit, Irene — dice alto, para que se oiga desde el cuarto.
Un silencio.
Desde el cuarto, bajito: — Gabon, Markel.
Markel se queda con el gesto congelado. Se le humedecen los ojos. Me mira.
— Se la ha aprendido.
— Ya ves.
— Hostia, Pau.
— Lo sé.
Me siento en el sofá a su lado. Él cierra el portátil. Lo deja en la mesita. Me mira. Sin ponerse dramático. Con ese gesto suyo de preguntar sin palabras.
— Ven — le digo, y bajo la voz —. Pasamos una peli. La que sea. Tú tranquilo.
Ponemos una peli. De Buster Keaton, una cosa antigua que heredé de mi padre y que siempre acaba en suspiros de paz.
Markel estira la pierna buena a lo largo del sofá.
Yo me apoyo en el respaldo, se me queda la cabeza un poco torcida.
Él me pone una mano en el pelo. Yo le pongo una mano en el muslo.
No nos besamos porque las niñas están a dos puertas.
No hablamos porque Buster Keaton no necesita que hablemos.
Se ríe él, me río yo, en algún momento de la película me quedo medio dormido, con la cabeza en su hombro, y en otro momento él se queda dormido él, con la cabeza en mi pelo.
Somos dos bolsas de pan tierno en un sofá de IKEA de hace doce años.
No nos damos cuenta. El Buster Keaton llega al final. La tele se queda con la pantalla azul del "¿sigues ahí?". Ninguno de los dos sigue ahí. Dormidos. Los dos. Con los zapatos puestos, la manta mal colocada, el portátil cerrado en la mesita, las tazas vacías.
———
Lo que yo no veo es lo que veo más tarde, porque no estoy despierto todavía. Lo veo luego, cuando Irene me lo cuenta al mes siguiente.
A la una menos cuarto, Irene se despierta con pis.
Va al baño. Vuelve al pasillo. Ve la luz azulada de la tele encendida saliendo del salón.
Piensa que papá se ha quedado dormido otra vez viendo cosas.
Va a apagarle la tele, como le apaga a veces, muy seria, desde que tiene ocho años. Entra en el salón. Mira al sofá.
Somos dos.
Markel y yo, abrazados, dormidos, vestidos, con los pies cruzados, con la manta medio caída.
Irene se queda de pie en el umbral.
No grita. No se asusta. No llora. Se queda dos minutos enteros mirándonos.
Luego se acerca. Sin hacer ruido. Coge la manta del respaldo del sillón, la extiende sobre los dos, nos cubre los pies. Con los dedos pequeños. Con paciencia.
Luego apaga la tele con el mando.
Luego nos deja la lámpara pequeña encendida porque sabe que papá se asusta si se despierta y no ve luz.
Luego se va de puntillas a su cuarto.
No despierta a Aina. No despierta a nadie. Se mete en la cama con Brixton. Se abraza a Brixton muy fuerte.
Y antes de dormirse piensa, al parecer me lo diría un mes después con todas las palabras, una cosa exacta:
"Papá tiene una cara rara. Pero es rara de bien".
———
Lo que yo veo en ese momento es la tele apagada, la manta sobre los pies, la luz chiquita del salón.
Lo veo a las tres y cuarto cuando me despierto medio desorientado con el cuello doliéndome y Markel pegado.
Me fijo. Al principio me hago un lío. Luego miro la tele.
Ya apagada. Luego la manta. Puesta encima. Luego la lámpara. Encendida.
Miro a Markel. Dormido.
Luego miro hacia el pasillo.
La puerta del cuarto de Irene está entornada. Antes estaba cerrada. Ahora, entornada.
Se me sube el corazón por la garganta. Me levanto despacio.
No despierto a Markel. Voy al pasillo en calcetines.
Me asomo al cuarto de las niñas. Aina duerme a su manera, como un muñeco tirado, boca arriba, piernas abiertas, un brazo fuera de la cama.
Irene duerme del otro lado, hecha un ovillo, abrazada al zorro.
Le toco la frente con dos dedos. Caliente. Está perfectamente.
Miro el zorro.
Brixton lleva una boina txapela.
No tenía boina hace un mes. Tiene una boina desde hace tres semanas. Se la hizo Markel con fieltro comprado en una mercería de Poblenou una tarde, con aguja e hilo, sin decírselo a nadie, y se la dejó encima de la cama. Lo sabe ella, lo sé yo, lo sabe él. Aina no lo sabe.
Me salen dos lágrimas sin querer. Me las seco con la manga.
Le doy un beso en la coronilla a Irene sin despertarla. Le pongo la manta mejor. Cierro la puerta de su cuarto otra vez, esta vez del todo.
Voy al salón. Markel sigue dormido. Le zarandeo suave el hombro.
— Markel.
— Mmm.
— Vámonos a la cama.
— Mmm.
Se incorpora despacio. Tiene los ojos a medio abrir.
— ¿Dónde?
— Mi cama. La tuya está lejos.
— Tu cama.
— Sí.
Se levanta. Cojea los dos metros del pasillo.
Entra conmigo en la habitación. Se quita el pantalón, la camiseta.
Me quita la ropa también a mí como si fuera una tarea pendiente de un día cualquiera.
Nos metemos en la cama. Le pongo un brazo por debajo.
Le beso en la frente. Él me besa en la boca un segundo, dormido, sin fuerza, como se besa a alguien con el que llevas viviendo seis años. Nos dormimos.
Antes de dormirme del todo, pienso una cosa que mañana por la mañana no voy a saber si fue un pensamiento o un sueño.
Pienso que Irene ya lo sabe.
Que Irene nos tapó con la manta.
Que Irene tiene ocho años y ya entiende más que nosotros.
Y que mañana, o pasado, o esta semana, o esta otra, va a haber que contárselo a las dos. Pero que no va a ser Irene la que se asuste de nada. Que quien me tiene que dar miedo en todo esto no es mi hija.
Soy yo.
Siempre soy yo.
Markel se remueve. Me busca la mano por debajo de la sábana. Me la coge. Se la aprieto.
Se duerme del todo. Me duermo yo detrás.