Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

El lunes lo gestionamos como dos espías mediocres.

En el piso, desayuno con las niñas, rutina normal: cereales, zumo de naranja exprimido sin pulpa para Irene y con pulpa para Aina, la pelea semanal sobre quién ha usado la última cucharilla limpia, los bocadillos de la merienda en la nevera porque si los hago por la mañana se ponen blandos para el patio.

Markel se levanta a las ocho y aparece en la cocina con el pelo mojado de la ducha, el pantalón de chándal gris y una camiseta vieja del Alavés.

— Egun on — les dice a las niñas.

— Egun on — le contestan las dos a la vez, como si ya llevaran seis meses aprendiendo.

Las niñas llevan tres semanas aprendiendo. Aprenden deprisa, cuando quieren. Cuando no quieren, no aprenden las tablas de multiplicar ni con un cacho de chocolate por respuesta correcta.

— Aina, el tenedor se coge con la mano, no con los dientes — le digo sin mirar, porque sé lo que está haciendo.

— Jolín, papá, ni siquiera me estás mirando.

— Pues sí te estoy mirando. Te he mirado hace dos segundos y ya sabía que ibas a hacer eso.

— Él es adivino — le explica Aina a Markel con orgullo —. En el cole la profesora dice que eso es mentira, que los adivinos no existen. Pero mi padre es de verdad.

— ¿De verdad? — dice Markel con cara de asombro.

— De verdad. Y el papá también era.

Se me para una cucharadita en el aire. Se me para muy poco. Lo suficiente para que yo lo note y Aina no. Pero Markel lo nota. Markel nota todo. Me mira un cuarto de segundo, con la cafetera en la mano, y le pone un poco más de café a su taza como si no hubiera pasado nada.

— Qué familia.

— Una familia de brujas, sí — dice Irene.

— Yo también soy bruja — dice Aina.

— Tú eres un brujo pero con carrera corta — digo yo.

Les firmo las agendas. Les pongo los abrigos.

Irene me pide que le haga la coleta con el elástico morado y no el negro porque el negro ya lo lleva Aina.

Aina me informa, con la solemnidad de una ministra, que hoy tienen examen de mates y que ha estudiado poco.

Markel le desea suerte. Irene, que no tiene examen de mates, pide suerte también por si acaso.

Las bajo en el ascensor, les planto un beso en la coronilla a cada una, se van andando en zigzag hasta el cole.

Me quedo viéndolas desde la acera hasta que cruzan el semáforo.

Siempre. No dejo nunca de verlas cruzar.

Cuando vuelvo al piso, Markel está en la puerta, con la bolsa del fisio a los pies. Ha pedido Bolt. Me mira. Sonríe a medias.

— ¿Nos vamos juntos al Vertical?

— No.

Se le cae la sonrisa un centímetro. La pillo a tiempo.

— No porque no quiera, Markel, sino porque si entramos juntos a las nueve, para las diez sabe todo el rocódromo.

— Ya.

— Tú te vas primero. Yo llego en quince.

— Vale.

Le cojo de la muñeca un segundo en el rellano. Se la aprieto. No tenemos tiempo para más. El conductor de Bolt ya está abajo. Baja solo.

Me quedo yo en el piso cinco minutos más.

Me miro en el espejo del pasillo. Tengo la misma cara que ayer.

Tengo exactamente la misma cara que ayer.

Eso me parece una injusticia pequeña. Tendría que habérseme notado algo.

Tendría que haberme salido algo en la cara, un resplandor, un grano, una cicatriz rara.

No. La misma cara. El mismo padre de siempre.

Las mismas canas de siempre. Incluso, juro que incluso, la misma camisa de ayer.

Pero por dentro me ha cambiado algo, y lo sé porque bajo al ascensor y me descubro silbando una cosa tonta. Yo no silbo. Yo no he silbado en tres años.

———

Vertical a las nueve y veinte. Lunes no es un día fuerte.

Tenemos a un grupo de universitarios que vienen a enganchar boulder antes de clase, un par de abueletes del equipo de veteranos, tres empresarias que cogen la hora que cogen porque luego se van a trabajar.

Xavi está abriendo la sala. Markel ya está en el ala de lead, con Mikel Aranceta, haciendo trabajo de mesa, cuaderno y boli, revisando una pared de plástico con la pierna estirada y los pantalones subidos hasta la rodilla.

No me mira. Le digo "buenos días" genéricos desde la puerta y él me contesta un "egun on" colectivo como el de las niñas.

Estoy dos horas en la oficina con la lista de albaranes.

El de las bebidas se ha equivocado con las latas de Aquarius, me ha mandado veinte en lugar de cuarenta y ocho.

Llamo. Discuto. La señora del otro lado discute mejor que yo.

Quedamos en que me las manda el miércoles.

Me tomo un café. Miro la pantalla de las cámaras.

En el ala de lead veo a Markel estirando despacio, veo a Mikel apuntándole algo.

A Markel le veo por el plano de la cámara.

Se gira hacia la cámara un momento y se pasa dos dedos por la nuca, un gesto que no le he visto hacer nunca.

Se gira hacia la cámara. Sube la mano al objetivo.

Me saluda con la palma abierta, despacio.

No lo puede ver nadie porque nadie mira esas cámaras a esta hora. Solo yo.

Me entra una risa tonta.

Le devuelvo el saludo, aunque él no puede verme, dándole a la pantalla con el dedo índice.

Luego vienen cosas. Vienen reuniones. Me llama el contable por lo del IRPF de Xavi.

Me pasa un mail Imma Roca, la directora del cole, para informarme de que Aina se está pasando tres pueblos con un niño de su clase que se llama Àlex, que hay que hablar con ella, que no pasa nada grave, que le queda una semana larga de insistir en el tema.

Le contesto. Le digo que a las siete le paso por el despacho.

Luego un monitor llama al timbre de la oficina.

Luego Celia Fos sube a saludar y me pide un café y me cuenta que a Markel le queda poco para apoyar.

Luego, sin avisar, sobre las doce, Iago Noguera aparece en la puerta con Jaume detrás.

— Iago.

— Hola, jefe.

— ¿Hoy venís a escalar?

— Venimos a escalar de nuevo por lo que queda de otoño. Jaume ha dejado media clientela y yo me he cansado de la pared del Masnou.

— Qué mal suena eso.

— Suena peor de lo que es.

Jaume entra, me da un abrazo de esos suyos que te aplastan la caja torácica.

Tiene el olor de siempre, de madera nueva y tabaco que ya no fuma pero que se le quedó incrustado.

Me pregunta por las niñas. Le digo que bien.

Me dice que Iago les quiere enseñar a escalar en dos semanas.

Iago levanta las cejas. Dice que nunca ha dicho eso pero que no le importaría.

Las cosas con estos dos son así. Nunca sabes quién ha tenido qué idea originalmente.

Cuando salen de la oficina, Iago se queda un segundo atrás, en el umbral. Cierra la puerta con la espalda. Me mira de arriba abajo. Se cruza de brazos.

— ¿Qué?

— ¿Qué de qué?

— Has dormido bien, jefe.

— He dormido como siempre.

— Tienes cara de haber dormido con compañía.

— Iago, por favor.

— Vale — levanta las manos —. Vale. Me callo.

Pero no se calla. Iago no se calla nunca. Se queda otro medio minuto en el umbral, me estudia, me señala con el índice con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.

— Te lo dije, ¿eh? Avisado ibas.

— Iago, de verdad que no sé de qué me hablas.

— No.

— No.

— Vale.

Se va. Cierra la puerta al salir, pero antes, ya en el pasillo, asoma la cabeza otra vez y me guiña un ojo. Literalmente. Con la pestaña y todo.

Me quedo diez segundos mirando la puerta. Luego me pongo a trabajar. Luego me río solo delante del ordenador. Luego Markel me escribe por WhatsApp:

"Iago acaba de hacerme la misma mirada rara que te ha hecho a ti".

"Ya".

"¿Cómo lo sabe?".

"Es Iago".

"Joder".

"Ya".

Cierro el chat. Me llevo la mano a la boca para no sonreír más de la cuenta. Por la pantalla de la cámara, Markel se pasa la mano otra vez por la nuca. Está conteniéndose la risa desde el ala de lead.

———

Tres de la tarde. Cierro el despacho. Bajo.

Paso por el mostrador. Estefanía, la encargada de mañana, me da el saldo de la caja.

Me voy al coche. Sube Markel. Comemos en el piso los dos: tortilla francesa con pimientos verdes que queda media de ayer, pan tostado, queso manchego, una ensalada que no me apetecía pero que he montado porque necesito vitaminas y porque delante de Markel me da corte vivir de tortilla francesa.

Markel come en silencio. Yo como en silencio.

De vez en cuando nos miramos. De vez en cuando él me estira la pierna por debajo de la mesa y me golpea suave la espinilla.

Yo se la devuelvo. Somos dos tíos de quince años comiendo en el patio del instituto, excepto que tenemos treinta y dos y treinta y cinco y ya no dormimos con la puerta abierta por si acaso.

— ¿A qué hora vuelven las niñas?

— Mi madre las recoge a las cinco. Cena aquí con nosotros a las siete. Eran tortellinis. Ya los tengo.

— ¿Te echo mano con algo?

— Sí. Pon la mesa en una hora.

— Hecho.

A las cinco y media llegan las niñas con mi madre.

Mi madre besa a Markel en las dos mejillas como si fuera mi cuñado de toda la vida.

Mi madre lleva tres semanas adoptando a Markel con la cara de alguien que no se ha dado cuenta todavía de que está adoptando a alguien.

Me besa a mí, me pregunta si he dormido bien, le digo que sí, no me cree pero no insiste.

Se va a las seis. Se lleva mi tupper de sopa de galets que me dejó la semana pasada.

Dice que mañana me lo devuelve. Nunca me lo devuelve. Da igual.

Las niñas están raras.