Markel
Son las once y media de la noche y Pau ha apagado la lámpara grande del salón sin avisar.
Ha dejado la pequeña, la de la esquina del sillón, la que echa una luz amarilla de bar viejo.
Ha venido de la cocina con dos tés de manzanilla que yo no le he pedido y él tampoco se ha molestado en preguntarme si me apetecían.
Pone uno en la mesita, delante del sofá, y el otro lo deja para él en la repisa del sillón.
Se sienta. Se sienta con los codos en las rodillas. Se pasa las manos por la barba.
— ¿Cómo tienes el tobillo?
— Hinchado de mal humor. Pero bien.
— Tú hoy de todo bien.
— Hoy de todo bien, sí.
Estoy medio estirado en el sofá, con el tobillo en alto sobre dos cojines, en la posición ridícula que me ha prescrito Celia.
La camiseta de entrenamiento del Athletic que no debería llevarme a Cataluña pero que uso para dormir.
Un pantalón corto, aunque hace fresco. Pau me mira el pantalón corto un segundo y se aparta los ojos como se aparta la mano del fuego.
Me hace gracia y me da miedo en el mismo segundo.
— Pau.
— Di.
— Tengo que decirte una cosa.
Levanta la cara. Entra en modo bombero. Pau tiene un modo bombero muy identificable que le sale en cuanto cree que algo se va a quemar.
— ¿Mala?
— No. Qué va. Es que si no te la digo ahora, no te la voy a decir nunca.
Se sienta más hacia delante. Ya no se apoya en el respaldo del sillón. Tiene las manos entrelazadas entre las rodillas. Me mira.
— Tu dirás.
La frase suya favorita. Se le escapa cuando no sabe qué cara poner.
— Yo no puedo empezar algo contigo si tú todavía estás con él.
Se queda quieto. Tres segundos. Cuatro. No se defiende.
No me contradice. No ensaya ninguna frase de las que tiene ensayadas para cuando alguien le habla de Gerard.
Se mira las manos un momento y vuelve a subir los ojos.
Los tiene mucho más cansados ahora que hace seis horas.
El mensaje de su suegra le ha dejado ojeras nuevas.
— No estoy con él, Markel.
— Vale.
— Pero le quiero todavía.
— Eso está bien.
Lo he dicho deprisa, sin pensar. Y lo que he dicho es verdad.
Me repito la frase por dentro para no olvidarla.
Eso está bien. Eso es lo mínimo, eso es lo sano, eso es por lo que no me voy a ir.
Si alguien que quiso de verdad a alguien se despierta un año, tres, veinte años después, sin quererle un poco, es que nunca le quiso.
Yo no me la jugaría por un hombre al que se le cierra el amor como un grifo.
— No sabía por dónde iba a contestarme.
— No te iba a contestar otra cosa.
Nos quedamos en silencio. En la calle un coche pita, alguien grita algo en catalán que no entiendo del todo, una puerta se cierra dos pisos arriba.
Este salón huele a té y a madera y al jersey de Pau, que tiene un olor raro que no había olido antes en nadie, como ropa lavada y algo pequeño de menta.
— Pau.
— Di.
— Sube.
Frunce el ceño. No se ha esperado la orden. Yo me sorprendo a mí mismo dándola.
— Ven al sofá.
Se levanta del sillón. Cruza los tres metros que nos separan con la mandíbula apretada.
Se sienta en el borde del sofá, a mi lado, con el culo en la mitad del cojín y los pies separados como alguien que espera un discurso.
Yo me incorporo un poco, saco el tobillo con cuidado de la torre de cojines, y le pongo la mano en la mejilla.
No le beso.
Le sostengo la cara media mano. Él cierra los ojos. No le he tocado la cara nunca. La barba le pincha las yemas de los dedos como si fuera papel de lija fino. Le noto el calor de la mandíbula. Le noto un pulso en el cuello que va deprisa.
— Si no quieres, me lo dices — le digo bajo.
— Quiero.
— Si quieres decir algo antes, dímelo.
— No quiero decir nada más.
Me inclino. No hago ningún drama. No hay música suave, no hay planos de cine.
Me inclino y le pongo los labios encima de los labios despacio, sin abrir la boca, simplemente.
Él suelta el aire por la nariz. Está temblando un poquito.
No sé si yo también. Su mano me sube por la espalda como alguien que busca un interruptor en una habitación a oscuras, sin saber dónde está, sin querer pegar un manotazo torpe.
La encuentra, me coge de la nuca sin aprieto, sin exigir.
Me besa él. Abre un poco la boca. Me saboreo su té.
Paro.
Él también para. Dos centímetros. Las narices tocándose.
— Esto es una locura — me dice en voz baja, con los ojos cerrados.
— Tal vez.
— Las niñas no se pueden enterar todavía.
— De acuerdo.
Asiente con la frente pegada a la mía. Me besa otra vez. Este beso es más largo. No es más técnico, no somos adolescentes, no hay aquí nadie intentando demostrar nada. Es un beso de dos hombres que han dudado mucho y que ahora dudan menos durante exactamente dos minutos.
Se separa. Mira la mesita. Mira la manzanilla, que ya se ha quedado tibia. Mira el reloj.
— Son casi las doce.
— Aja.
— Yo tengo que abrir a las seis mañana, Markel, tengo clase de domingo madrugador.
— Va, descansa.
Se levanta. Yo también. Cojo las dos tazas, las llevo a la cocina. Voy despacio por el tobillo. Pau viene detrás con la manta que estaba en el respaldo, doblándola al vuelo. En la cocina dejo las tazas en el fregadero y me apoyo en la encimera. Él se queda a dos pasos, con la manta en la mano.
— Me voy a mi cuarto — le digo.
— Vale.
— ¿Estás bien?
— Hala. Que si estoy yo bien me preguntas. Qué me dices, tío.
Sonríe. Se le relaja la mandíbula.
— ¿Y tú?
— Yo estoy arriba, estoy abajo, estoy lateralmente. Estoy.
— Eso sí es estar.
— Agur, Pau.
— Hasta mañana.
Me voy a mi cuarto por el pasillo. Cierro la puerta sin pestillo. Me quito la camiseta del Athletic. Me pongo la camiseta vieja de algodón que uso para dormir. Apago la luz grande, enciendo la lámpara de mesilla. Me siento en el borde de la cama. Me pongo las manos en la cara y respiro.
Entonces me doy cuenta de que no me ha temblado ni una vez el tobillo en todo el beso.
De que el tobillo tiene una memoria de músculo loca, que cuando estoy concentrado en otra cosa se hace el dormido.
De que tengo 32 años y he besado a docenas de hombres en mi vida y con ninguno me ha pasado lo de hoy, que es un beso que no parece un beso sino el primer párrafo de un libro.
Me tumbo. Miro el techo. Este techo tiene una grieta pequeña en la esquina, forma un rayo, Pau me dijo hace tres semanas que se la iba a arreglar algún día. No la ha arreglado. La grieta está bien. La grieta se queda donde está.
———
Paso diez minutos así. Luego quince. Me incorporo. Me levanto. Doy tres pasos hasta la puerta. Vuelvo atrás. Me siento en la cama. Me levanto otra vez. Abro la puerta. La cierro. La vuelvo a abrir. Cojo el aire por la nariz como se coge el aire antes de una vía larga.
Salgo al pasillo. La luz del cuarto de Pau está apagada, pero por la rendija de la puerta se ve el azul de la pantalla del móvil. Está despierto. Está leyendo algo en la cama. Probablemente el mensaje de Teresa. Probablemente releyéndolo por quinta vez. Probablemente sin contestarlo.
Me acerco. Toco la puerta con los nudillos dos veces suave. La voz de Pau desde dentro, un segundo de retraso:
— ¿Sí?
— Soy yo.
— Pasa.
Abro. Está en la cama, con la lámpara chiquitita del lado izquierdo encendida. En el lado derecho hay una foto en marco de Gerard con las gemelas de bebés, la foto hace mucho que la he visto. Gerard ríe. Las niñas tienen nueve meses y una de las dos, Irene, creo, le está tirando del pelo.
Pau deja el móvil en la mesilla bocabajo. Se incorpora un poco sobre el codo. Lleva una camiseta negra. La clavícula se le dibuja bajo la tela.
— ¿Pasa algo?
Me quedo en el marco de la puerta, con una mano en el quicio.
— ¿Puedo dormir aquí?
No se lo esperaba. Se le abre la cara un segundo, como si alguien le hubiera apagado la luz y la hubiera encendido enseguida. Luego se pone en modo bombero otra vez, prevenido.
— No para follar — le digo antes de que conteste —. No vengo a eso. Vengo a dormir.
— No.
— No quiero estar solo esta noche. Y no quiero dejarte solo a ti esta noche.
Se me queda mirando medio segundo más.
— Pues ven.
Cierro la puerta detrás de mí. El tobillo me duele un puntito al dar el primer paso en la moqueta.
Me acerco al lado derecho de la cama, el lado de la foto, el lado que antes fue de alguien y que esta noche voy a ocupar yo con muchísimo cuidado de no tocar la foto.
Levanto la sábana. Me meto dentro. Pau se pone bocarriba, me deja el brazo abierto como se le deja el brazo abierto a alguien que sabes que va a caber.
Yo me acerco, le apoyo la cabeza en el hombro, le paso el brazo por encima del pecho. Él me pone la mano en la espalda.
No nos besamos. No nos manoseamos. No hay nada más que la postura de dos hombres vestidos en una cama.
— ¿Estás bien? — me pregunta en susurro.
— Perfectamente. ¿Y tú?
— Asustado.
— Yo también.
— Vale.
— Duerme, Pau.
— Duermo.
Se queda callado. Yo me quedo callado. La respiración suya tarda un buen rato en regularse.
Noto el corazón debajo de mi oreja. Me gusta ese sonido.
Nunca he tenido un corazón debajo de la oreja con esa textura.
Javi tenía el corazón rápido y delgado, como un metrónomo de pianista nervioso.
Pau tiene uno que parece un motor de gasolina viejo, sin aspavientos, fiable.
Me pregunto si me acordaré de eso dentro de treinta años. Me digo que sí.
Tardo en dormir. A ratos pienso en su suegra, que me cae mal sin conocerla.
A ratos pienso en mi madre. A ratos me acuerdo del olor a magdalenas de limón y romero y me sonríe la boca solo.
A ratos pienso en Javi y no siento nada, lo cual me alivia y me preocupa al mismo tiempo.
A ratos miro la foto de la mesilla. Gerard tiene cara de buen tío.
Pienso que es una pena no haberle conocido, y pienso al mismo tiempo que no sé cómo se piensa eso sin sentirse un poco canalla.
Pau respira hondo, casi dormido. Su mano en mi espalda está caliente.
En algún momento de la madrugada, tres y pico, me despierto yo primero.
Me he girado en sueños. Ahora estoy de lado, con la espalda hacia Pau, y él me ha seguido en la rotación sin darse cuenta, y me está abrazando por detrás.
La mejilla en mi nuca. La mano abierta encima de mi pecho. Respira profundo. Está dormido.
Me quedo quieto. No me atrevo a moverme por si se despierta. Pero tampoco me quiero volver a dormir. Tengo el resto de la noche por delante. Miro la rendija de luz de la persiana, que tiene una juntura mal puesta y deja entrar la farola de la calle. Cuento respiraciones.
Llego a cincuenta respiraciones de Pau y me doy cuenta de una cosa.
Me doy cuenta de que hace catorce meses que no duermo así, sin pensar en si me estoy quedando en la postura correcta, sin sentir que tengo que vigilar la puerta por si alguien entra por la puerta y se ha olvidado de avisar que iba a entrar por la puerta.
En el piso de Bilbao, cuando Javi ya se había ido pero mi cuerpo no se había enterado, yo me quedaba dormido en el lado izquierdo de la cama siempre, el lado del pasillo, para oír si Javi volvía.
No volvía. Lo oí no volver durante ochenta noches. Luego me mudé.
Respiro hondo sin moverme. Pau se agita una milésima de segundo en el sueño, aprieta un poco la mano en mi pecho y vuelve a aflojarla. Cojo su mano. Me la pongo encima del corazón. Me vuelvo a dormir.
A las seis menos cuarto suena el despertador de Pau. Lo apaga al primer pitido. Se queda quieto un segundo más. Nota que tiene un cuerpo entre los brazos. Nota que ese cuerpo soy yo. Me aprieta un segundo. Se separa un centímetro. Me besa en el pelo. Se incorpora. Se sienta en el borde. Suspira.
— Qué pronto es, hostia — dice en voz baja.
Me hago el dormido. Pero le sonrío contra la almohada.
— ¿Sigues aquí?
— Sigo.
— Vale.
Se levanta. Se pone unos pantalones, unos calcetines. Se va al cuarto de baño. Oigo el agua. Oigo el cepillo de dientes. Vuelve. Cierra el armario. Se pone una camiseta de manga larga, una sudadera. Se inclina sobre la cama, me besa en la frente y me dice casi sin voz:
— No te levantes, que hace frío. Vuelvo a las dos y comemos.
— Agur, Pau.
— Agur.
Lo he oído pronunciar agur tres veces desde que me conoce y todas tres mal, con la erre blanda. Hoy le sale igual. No le corrijo. No le voy a corregir nunca, a lo mejor.
Se va. La puerta del piso se cierra con el golpe suave de siempre.
Me quedo en la cama. En el lado que probablemente sea el de Gerard, pero donde yo he dormido esta noche sin que nadie me lo haya reprochado, ni él ni Pau ni yo mismo.
Giro la cabeza. Miro la foto. Gerard me mira sin verme.
Las niñas tienen nueve meses. Todo eso ha pasado.
— Hola, tío — le digo a la foto, muy bajito.
No me contesta, lógicamente.
— Cuidaré de esto.
Me vuelvo a tumbar. El tobillo palpita agradecido. Cierro los ojos y me duermo otra hora, y es una hora entera buena, entera seguida, y cuando me despierto son las siete y diez y me huele el piso vacío a café recién hecho que Pau me ha dejado en la cafetera antes de irse, para cuando me levantara.
En la mesa de la cocina, al lado del termo, hay una nota escrita a lápiz en el reverso de un tíquet:
"Magdalenas de Aroa en la fiambrera azul. Vuelvo pronto. P."
Pongo el dedo encima de la P. La levanto. Voy a la ventana. Abro la persiana. Hace sol. Por primera vez en un mes de noviembre, hace un sol de los que te invitan a salir sin abrigo.
Me siento a la mesa. Mojo una magdalena en el café. Masticar despacio. La cocina en silencio. Alguien arranca un coche abajo.
Esto es una locura. Tal vez.
Pero si es una locura, que lo sea. Ya me cansé de las cuerdas.