Pau #2
— No contesta nadie a eso, Pau. Me busca todos los jueves, más o menos. Todos los jueves desde hace catorce meses. Siempre son jueves. Qué tontería, ¿no?
— Los jueves dicen que son los días peores.
— Eso dicen.
— ¿Y tú?
— Yo lo bloqueo el viernes y lo desbloqueo el lunes sin saber muy bien por qué. El martes miro si ha escrito. El miércoles me enfado conmigo mismo. El jueves otra vez. Y así.
Se queda mirando la copa. Yo me quedo mirándolo a él.
— ¿Por qué me cuentas esto?
— Porque me lo has preguntado.
— Ya. Pero no me lo has escondido.
— Es que no lo quiero esconder.
Traga saliva. Se corrige.
— Perdóname. Me has dicho lo que me has dicho de Gerard. Pagar con pagar.
— No funciona así.
— Ya lo sé. Pero he querido.
Nos quedamos callados. La botella está por la mitad. Markel se levanta del taburete para estirarse y el tobillo le protesta un momento, se agarra a la encimera y suelta un "joder que no" bajito. Me levanto yo también. Le pongo la mano en la lumbar, me asusta lo natural que me sale, y le digo:
— Ven, te siento en el sofá un rato.
— No me hace falta.
— Me hace falta a mí que te sientes en el sofá.
— Hala, mira tú.
Se deja llevar. Le siento en el sofá. Le pongo el cojín bajo el pie. Le traigo la copa. Me quedo de pie delante de él un segundo, con las manos a los lados, sin saber qué hacer. Él me mira desde abajo.
— Pau, siéntate.
Me siento. No me siento al otro extremo del sofá. Me siento a media distancia, más cerca de lo que me habría sentado hace una semana, más lejos de lo que me apetece ahora mismo. Él no mueve un músculo. Bebe un sorbo. Deja la copa en el suelo con cuidado. Me mira de reojo.
— Eres muy de mirar — le digo sin planearlo.
— Tú eres muy de no mirar.
— Estoy aprendiendo.
— Pues sigue, que te pega.
Suelto una carcajada corta. Él también. Nos quedamos así, sonriendo al techo, con el vino calentándonos el pecho como una mano amiga.
Y justo entonces, justo cuando llevaba cinco segundos pensando por primera vez en meses que iba a darme cuenta de algo de verdad, se me ilumina el móvil encima de la mesa baja.
Mira sin querer. Los dos miramos sin querer.
Teresa.
Le doy la vuelta al móvil en la mesa. Markel no comenta. Pero nota. Lo noto yo notando.
— ¿Te importa si voy un momento al baño? — me pregunta.
— Ve.
Se levanta con el tobillo cansado y desaparece por el pasillo. En cuanto oigo la puerta, cojo el móvil como si quemara.
Teresa Farreras, 18:47.
"Pau, se acerca diciembre y queremos hacer comida en casa con todos, con los Torralba también, y con los primos que pudieron venir el año pasado al aniversario. Os esperamos a las niñas y a ti. Sería bueno que durmierais aquí el viernes. Llámame cuando puedas, que llevo dos días dándole vueltas".
Leo el mensaje tres veces. La primera se me queda el corazón en un sitio raro, como si alguien hubiera puesto una mano en mi hombro desde atrás sin avisar.
La segunda empiezo a respirar por la nariz, despacio, contando.
La tercera pienso que el trece de septiembre cayó este año en domingo, como cayó aquel martes, como cae siempre el trece de septiembre de mi vida desde hace tres años, y que Teresa ha escrito "aniversario" con la seguridad de quien sabe que es una palabra que a mí me corta más que a ella, y que eso lo sabe porque me quiere, a su manera, pero también porque a ratos le sale usarlo.
Dejo el móvil. Me paso la mano por la cara.
Markel vuelve. Se sienta donde estaba. No pregunta. Mira sus pies. Luego mira los míos. Luego mira la botella y le queda el último dedo.
— ¿La apuramos?
— Apurémosla.
Me sirve. No dice nada más. Entiende sin que yo le explique nada que acaba de pasar algo. Se sienta un poco más cerca sin aspaviento. No me toca. No me coge la mano. No me ofrece ningún consuelo ortopédico. Se sienta cerca. Eso es lo que hace. Eso es todo lo que hace.
Y yo, que pensaba que aguantaba el día perfectamente, me doy cuenta de que llevo dos horas respirando bien por primera vez desde el jueves, desde antes del jueves, desde hace semanas.
Me doy cuenta al mismo tiempo de que el mensaje de Teresa me acaba de empujar otra vez contra la pared en la que tan bien aprendí a apoyarme.
Y me doy cuenta del vaivén de todo eso, de la vergüenza.
Empiezo a respirar de otro modo. Markel no se gira pero tiene la oreja puesta.
Se hunde en el sofá dos dedos más, como si quisiera ponerme el hombro al lado sin pedir permiso.
Yo le apoyo la cabeza sin mirarle. La apoyo.
No me atrevo a hablar. Si hablo, se me va a romper la voz y no quiero que se me rompa la voz esta noche.
Él tampoco habla. Se queda. Se queda simplemente. El reloj de la cocina hace ese tic tac que no se oye nunca y que hoy se oye como un bombo. El móvil, bocabajo, sigue ahí.
Trago saliva. Respiro. Él sube la mano despacio, me roza el pelo con las yemas de los dedos, la retira enseguida, como si hubiera ido demasiado lejos sin permiso. Yo le cojo la muñeca y se la pongo otra vez en mi pelo. Se queda quieto.
— Gracias — le digo.
— No me las des.
— Te las doy.
— Agur.
Me río en el hombro suyo sin ganas, pero me río.
Y pienso una cosa que no le voy a decir, al menos no hoy.
Pienso que este hombre no va a arreglar nada, no va a sustituir nada, no va a llenar ningún hueco que se hizo hace tres años, pero que esta noche, este preciso instante en el sofá con la botella casi vacía y un mensaje de Teresa que todavía no he contestado, este hombre ha sido la diferencia entre que yo me hundiera y que yo, en lugar de hundirme, me apoye un segundo en un tobillo malo, en una boina, en un olor de pelo limpio, y vuelva a levantar la cabeza.
No vuelvo a levantar la cabeza. Todavía no.
Me quedo unos minutos más así. Él me quema un poco con lo callado que está.
Y cuando por fin me separo y respiro hondo, él me busca los ojos y no dice nada, y yo no digo nada, y el móvil sigue bocabajo en la mesa esperando una respuesta que hoy no va a recibir.
— Mañana te contesto, Teresa — le digo al aire.
Markel se muerde el labio para no preguntar. Yo se lo agradezco con los ojos.
Fuera es noche cerrada. El piso tiene ese silencio raro de los sábados sin niñas, ese silencio que asusta y que también enseña.
En otros sábados este silencio me ha dejado tirado en el sofá tres horas con una cerveza tibia.
Este sábado, por primera vez desde hace mucho, no.
Este sábado el silencio está acompañado.
Y no sé qué hacer con eso. No sé todavía qué voy a hacer con eso.
Pero mañana. Mañana Teresa. Mañana.