Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Pau

Aroa llega a las doce y diez con una caja de cartón que huele a azúcar caliente desde el rellano. Abro la puerta y antes de poder decirle hola ya me ha plantado la caja en el pecho y me está abrazando con un brazo, el otro aguantando un tote bag enorme que tintinea con algo de vidrio.

— Magdalenas recién hechas, te he tenido que dejar la cocina de mi madre hecha un desastre. Son de limón y romero, a ver si gustan.

— Tu dirás si van a gustar. Pasa, mujer, que aquí te vas a congelar.

Lleva el pelo más corto que la última visita, un corte serio a la altura de las orejas, el flequillo recto.

Una cazadora vaquera con borrego. Aroa tiene veintinueve años y una cara de quince que la pondrá en mil charlas raras en barras de bar toda su vida.

Deja la caja encima del aparador, se agacha y apenas ha dicho "estoy en casa" cuando oigo el vendaval.

— ¡Aroa!

Aina llega primero, claro. Aina llega siempre primero porque va por la vida como si la vida fuera un boulder y ella tuviera que hacer top antes que nadie. La abraza por la cintura y le da tres golpes en la espalda con la palma abierta como si fuera un colega de equipo. Aroa se ríe.

— Hala, qué fuerte estás ya. Esto es otra, eh.

— Es que escalo.

— Yo también escalaba a tu edad. Bueno, yo me caía del olivo de mi abuela, que es parecido.

Detrás sale Irene, más despacio. Se queda a dos pasos, con las manos dentro de las mangas del jersey. Aroa hace lo que siempre hace con Irene, que es no forzar. Se arrodilla a la altura de mi hija y le enseña el flequillo nuevo.

— Mira qué pinta me han dejado. Parezco un Playmobil.

Irene suelta una sonrisa pequeña.

— Te queda bien.

— Gracias, cariño.

Aroa le tiende la mano sin imponerla, y es Irene la que da el último paso y le hace un abrazo corto, de tres segundos, en el que mete la cara en el borrego de la cazadora.

Aroa cierra los ojos. Lo he visto cuatro veces en ocho años y cada vez se me pasa por la cabeza la misma tontería, que es dar las gracias al aire.

— ¿Y tú? ¿Tú cómo estás? — me pregunta poniéndose de pie.

— Tirando. Tengo un huésped, por cierto.

— Me lo dijiste por mensaje. El vasco del gimnasio.

— Ese.

Se me queda mirando un segundo de más. Aroa tiene un radar que no explica, que viene de haber criado a dos gemelas dentro de un cuerpo de veintiún años sin ayuda durante siete meses antes de firmar la adopción abierta con Gerard y conmigo.

Cuando digo "tengo un huésped", Aroa oye lo que yo todavía no estoy diciendo.

— Vale — dice, y me sonríe como se sonríe a alguien que no se ha enterado de que va con la camisa por fuera —. Ayúdame con esto, va.

———

Markel sale del pasillo cinco minutos después, con el tobillo ya casi de su tamaño, cojeando menos y con la boina txapela sobre el remolino de la coronilla. Se ha peinado. Se ha peinado a conciencia, el cabrón. No le he visto peinarse para mí ni una vez.

— Markel, Aroa. Aroa, Markel.

— Hola, encantado.

— Igualmente.

Le tiende la mano. Aroa se la aprieta fuerte, con los ojos arriba mirándole la cara, y le dice:

— Bienvenido a la familia de los chivatos, entonces.

Markel arquea una ceja. Aina aplaude.

— Somos chivatos. Te chivamos de todo.

— Ya lo sé — dice él, y le da un toque en la cabeza a Aina como si llevara tocándole la cabeza desde siempre.

Comemos en el salón porque en la cocina no cabemos.

He hecho una fideuá sencilla, de las que se hacen solas si llevas veinte años haciéndolas.

Aroa se sirve dos platos. Aina pregunta si las magdalenas se pueden comer durante la comida y Aroa le dice que sí, que cuando le apetezca.

Irene le saca un dibujo que ha hecho esta mañana, una viñeta con cuatro cuadros donde una niña con gafas le explica a una chica con flequillo recto cómo se dibuja un zorro.

Aroa se emociona. Se emociona mal, con la nariz.

— Joder, cariño, tengo cero poker face — le dice a Irene, y se seca con la servilleta.

— Joder — dice Aina.

— Aina.

— Es que lo ha dicho ella.

— Y yo soy mayor.

— Qué tontería.

Markel se ríe sin hacer ruido detrás de su vaso.

Llevo el día entero con un ojo puesto en cómo Markel mira a Aroa.

No es una mirada de curiosidad rara, ni es la mirada cauta del que se sabe frente a una figura delicada.

Es una mirada de alguien que está aprendiendo el mapa de mi familia con calma, sin levantar la libreta. Aroa lo pesca al minuto uno.

— Markel, ¿tú de dónde eres?

— Oñati. Gipuzkoa.

— Ah, conozco una amiga de Oñati.

— Somos cinco mil.

— Ya me sé la fórmula. Se llama Nerea, enfermera.

— A ver esta, tú, Nerea — dice Markel, y se concentra como si estuviera en un telecupón —. Ezkurra. ¿Nerea Ezkurra?

Aroa se queda con la cuchara a medio camino.

— Esa.

— Fue al instituto conmigo.

— No me jodas.

— En serio.

— Joder — vuelve a decir Aroa, y esta vez no protesto porque ha sido gratis.

Se pasan veinte minutos cotilleando de gente de Oñati que yo no conozco.

Aroa le cuenta que Nerea trabaja en Arnau de Vilanova y que se casó el año pasado con un chico de Gandia.

Markel se acuerda de la madre de Nerea, que era la panadera del barrio.

Aina se aburre y se va con Irene al sofá a ver una cosa rarísima de tiburones.

Yo sigo pelando una naranja con cuchillo y miro de reojo a los dos adultos que más quiero en esa mesa y que no tienen nada en común excepto yo.

Aroa se queda hasta las cinco. Pasea con las niñas al parque del Centre Cívic.

Hace frío, noviembre catalán que no se decide.

Vuelven con las mejillas rojas y un caballo de globo que le han hecho a Irene.

Irene intenta explicarme cómo se hace el caballo y me hace un nudo que queda más parecido a una rana, y nadie le dice nada porque en esta casa las metamorfosis se respetan.

Cuando Aroa se va, me la llevo al rellano. Markel se queda dentro con las niñas, fingiendo leer el periódico que ya nadie lee pero al que él, por lo que sea, le tiene cariño. Aroa cierra el portal del pasillo con las dos manos, se me queda mirando y me baja la voz.

— Pau.

— Di.

Se acerca. Me pone la palma en el pecho un segundo.

— Este me gusta. No la cagues.

Se me escapa una media sonrisa. Me noto las mejillas calientes como si tuviera doce años.

— ¿Tan obvio es?

— Para las niñas, todavía no. Para mí sí.

— Ya.

— Y para él, Pau, completamente. Por si eso no lo tenías claro.

— Ya.

Aroa me da un beso en la mejilla y se va escaleras abajo porque no se fía del ascensor, nunca se ha fiado de ningún ascensor de este edificio. La veo bajar tres escalones de espaldas, saludar con la mano sin girarse, y desaparecer.

Me quedo parado en el rellano medio minuto. La puerta está entornada. Desde dentro oigo a Aina protestando porque Irene está cambiando de canal. Markel dice algo con su voz tranquila de árbitro reconvertido. Dejo escapar aire despacio.

———

Los abuelos se llevan a las niñas a las seis para dormir en L'Hospitalet.

Es sábado y les toca. Mi padre toca el timbre, no sube, las recoge en el portal con dos abrigos y dos mochilas y un plan complicadísimo que implica pizza para cenar y una peli que vio él cuando tenía cuarenta años.

Aina le informa de que Aroa ha traído magdalenas y que se ha guardado dos en la mochila por si acaso.

Mi padre pone cara de abuelo satisfecho.

— ¿Y el vasco arriba? — me pregunta ya subido al coche, bajando un poco la ventanilla.

— El vasco arriba, sí. Trabajando en el tobillo.

— Dile que el domingo hay berenjenas rellenas si se apunta.

— Se lo digo.

Vuelvo al piso. Son las seis y media y tengo el resto del sábado por delante, vacío como un folio en blanco, sin niñas, con un hombre lesionado en mi salón y una botella de vino que me regaló Arnau la semana pasada y que no he abierto porque no sabía con quién abrirla.

Markel está en la cocina lavando los platos de la fideuá. Tiene las mangas subidas hasta el codo. El tatuaje de la boina asomando. No le he mirado el antebrazo así, con luz de tarde de noviembre, hasta hoy. Parpadeo dos veces y me digo que me centre.

— Dame, venga.

— Siéntate, hombre. Tú has cocinado.

— Que te sientes tú.

— Estoy sentado con la pierna mala. Es un engaño, pero bueno.

Me acerco. Le quito el estropajo de la mano con un gesto de médico. Él me cede el espacio con una sonrisa y se sienta en el taburete de la isla.

— ¿Abrimos vino?

— Son las seis y media.

— ¿Y qué?

— Nada — digo, y lo abro.

Son dos horas. Dos horas en la cocina, con el vino que Arnau me trajo de un pueblo de la Rioja Alavesa, con la luz amarilla del fluorescente bajito porque en esta cocina hay una lámpara oficial y otra de las buenas, y Markel ha encendido la de las buenas sin preguntar.

Hablamos de cosas que no nos hemos contado.

Le cuento el día que Gerard y yo nos casamos, una ceremonia de diez minutos en el ayuntamiento de Alzira con dos testigos y las gemelas recién adoptadas chillando porque no querían llevar lacitos.

Le cuento que mi madre se pasó la noche antes haciéndome una camisa a medida que al final no usé porque me entró el pánico y me puse una de algodón negra que tenía Gerard.

Le cuento que Gerard se rió, que Gerard se rió mucho ese día.

Markel me escucha sin intentar añadir nada.

Cuando se me ocurre una anécdota graciosa él sonríe, y cuando se me ocurre una anécdota que no es graciosa él no finge que lo sea, no rellena con un "ya" de compromiso.

Se calla. Cuenta despacio hasta tres y pasa a la siguiente pregunta.

— ¿Y Fontainebleau? — me dice en un momento.

— No. Eso no hoy.

— Vale.

— Algún día.

— Cuando quieras.

Se sirve media copa más. No me mira con pena. Me mira como mira a una pared cuando está estudiándola desde abajo, sin prisa, buscando la secuencia.

Yo le pregunto por Javi. Le pregunto mal, sin rodeos, y me arrepiento a la vez de hacerlo.

— ¿Sigue en El Correo?

— Sigue. Ya no le leo. Pero sí.

— ¿Te busca?