Markel
Sábado. Bar Pi. Poblenou. Diez y media de la mañana.
Pau aparca en segunda fila, con las luces de emergencia, frente a un local con las paredes de azulejo antiguo y un letrero pintado a mano que pone «Bar Pi - desayunos, bocadillos, vermuts» en letra torcida con cariño.
Las niñas bajan del coche con el pelo todavía sin peinar y las zapatillas sin atar.
Irene lleva el cuaderno. Aina lleva el hambre.
Aina lleva siempre el hambre, los sábados especialmente, porque sabe que en Bar Pi le ponen tortilla con extra de queso si Arnau está detrás de la plancha.
— Vamos. — Pau me tiende el bastón, que ya uso en lugar de la muleta desde hace tres días porque apoyo el pie con el botín adaptado —. Arnau tiene la mesa reservada en la ventana.
Entramos.
El bar tiene ocho mesas, un mostrador lleno de tortillas y una pared entera con fotos de clientes.
Hay una de Pau con las niñas pequeñas, cinco años cada una, en una mesa de la esquina, las dos con bigotes de Cola Cao.
Hay otra de Arnau con un señor mayor que reconozco vagamente como un cantante catalán de los noventa.
Hay un mapa de Cataluña y otro mapa más pequeño de Córdoba (de Argentina, no la otra), con un alfiler rojo en el pueblo donde nació el padre de Arnau.
Arnau está detrás del mostrador, con delantal, moviendo una plancha.
Cuando nos ve, suelta la plancha, pasa al otro lado del mostrador con dos pasos.
— ¡Señoras y señores! — Grita —. La familia del vasquito.
— Oye, Arnau, vasquito ya no tiene gracia. — Yo.
— Me la pago yo. — Arnau me da la mano. Abraza a Pau. Da dos besos a Aina, la levanta en el aire, la baja. Se agacha a la altura de Irene y le ofrece un caramelo pequeño en la mano cerrada. Irene lo abre, coge el caramelo, se lo guarda en el bolsillo. Arnau le guiña un ojo.
Nos sienta en la mesa junto a la ventana.
Trae un zumo para las niñas, un café para Pau, un cortado para mí y un plato grande de tortilla con pan con tomate.
El pan con tomate es lo que más me cuesta entender de Cataluña, pero lleva siete semanas creciéndome el respeto.
Luego se trae él una silla y se sienta al revés, con los brazos cruzados encima del respaldo.
— Hoy tengo a Marga en la cocina, así que puedo estar. — Dice —. Markel.
— Dime.
— Cuéntame tu vida.
— Joder, directo.
— Tú no tienes tiempo. Te mudas en dos semanas.
— En cinco.
— En cinco. — Se rasca la barbilla —. Bueno. Empezamos por Oñati.
Empieza. Arnau pregunta con cariño pero sin dejarme ni una esquina.
Me pregunta por mis padres, por mi hermano Eneko, por mi hermana Amaia, por el Mundial, por el tobillo, por lo que voy a hacer cuando se me termine la recuperación.
Me pregunta por Javi, eso sí, sin nombrarlo, con el «el anterior» y una ceja levantada, y yo le cuento lo justo.
Aina escucha con la boca llena de tortilla.
Irene dibuja en el cuaderno y va diciendo cosas sin levantar la vista.
— Vasco con gemelas, dos puntos. — Dice Irene a nadie en particular.
— Dos puntos. — Repite Arnau.
Pau, a mi lado, bebe café. No habla mucho.
Pero me nota el codo cada vez que Arnau aprieta, como apretando un pedal de clutch suave para decirme «estoy aquí».
Lleva un jersey gris fino que es el mismo de la primera bronca, el mismo del primer beso que no fue.
Los pendientes plateados le brillan al lado de la oreja con la luz del bar.
Al cabo de media hora, Arnau se levanta, se sacude el delantal, y le dice a Pau:
— Aprobado.
— ¿Sí?
— Sí. Nota: seis y medio provisional. Hacerte ir al bar un sábado a medir amigo a familia del ex compañero de piso ya le sube a un siete directo. Pero le tengo aún que ver dos o tres sábados más.
— Vale. — Yo.
— Y Markel.
— Dime.
— Si a ese le haces daño. — Señala a Pau con la barbilla, sin drama —. Pasas antes por aquí a darme explicaciones.
Me río.
— Pasaré.
— Entonces somos amigos.
Me estrecha la mano. Una mano de cocinero callosa, más callosa incluso que las mías. Se va a la cocina.
Pau sacude la cabeza con la sonrisa torcida.
— Ya está. — Dice —. Ya eres de casa.
— Menos mal.
— Estaba nervioso tú, a Arnau le tengo en los intestinos.
— Ya me he dado cuenta.
Irene levanta el cuaderno. Me muestra la viñeta.
En esta viñeta estamos todos: Arnau detrás del mostrador con delantal, Pau con el café, yo con el cortado, Aina metiendo la cabeza en el plato de tortilla, ella misma a un lado dibujando.
El zorro Brixton está a los pies de mi silla, mirando con la boina.
— Brixton hoy es camarero. — Dice —. Y tiene delantal.
— ¿Y la boina?
— La boina la pone detrás del cuello como un pañuelo, porque dentro del bar no se lleva boina.
— Pues claro.
———
Volvemos al piso a la una. Aina va delante, con Pau.
Irene va detrás conmigo. El bastón va más lento que ellos, y yo también.
La calle huele a panadería y a domingo, aunque sea sábado.
Cuando llegamos al portal, Aina ya ha subido con Pau y ha abierto la puerta del piso.
Irene me espera en el ascensor. Subimos los dos.
— ¿Markel?
— Dime.
— ¿A ti te gusta estar aquí?
— Mucho.
— Vale.
No dice más. Abre el cuaderno y se pone a dibujar dentro del ascensor. La luz blanca del techo le saca los reflejos de las gafas. Tiene un trozo de tomate atascado en el filo del jersey, justo en el cuello. Lo dejo estar.
Entramos al piso. Pau ha colgado el abrigo. Aina está en la cocina bebiendo agua directamente del grifo, lo que está prohibido, lo que hace igual.
— Aina, al vaso. — Pau.
— Tengo sed.
— Al vaso.
Aina refunfuña. Se sirve al vaso. Me mira con ojos de «me han pillado». Levanto el vaso mentalmente y brindo con ella.
Me voy al balcón a sentarme un rato. La pierna me pide.
El balcón tiene una silla pequeña y un cajón con tomates en jardinera que están dando sus últimas tandas del año.
Me siento. Pongo la pierna en alto sobre la jardinera vacía de al lado.
El cielo de Poblenou en octubre está gris claro con sol detrás.
Me quedo mirando. Al otro lado de la calle, en el balcón del segundo, hay un hombre tendiendo ropa interior negra al sol.
La ropa interior se balancea como una guirnalda triste. Me río solo.
Cinco minutos después, Aina sale al balcón.
— Markel.
— Dime.
— Quiero sacar el sofá al balcón para tomar el sol.
— El sofá no cabe.
— Cabe.
— Aina, el sofá pesa.
— Cabe.
Me asomo adentro. Aina está empujando el sofá. El sofá no se mueve, pero ella empuja con toda su determinación, con las piernas dobladas, la cara roja.
— Aina. — Me levanto —. No.
— ¡Sí!
— Te vas a hacer daño.
— ¡No!
— ¡Pau! — Grito.
Pau viene corriendo desde el pasillo. Ve la escena. Respira.
— Aina Vergés-Puig.
Aina, al nombre completo, suelta el sofá.
— Jope, papa.
— Deja el sofá en su sitio. Y vete a tu cuarto. Y cuando vuelvas, me pides perdón a Markel, que te ha avisado bien.
— Perdón, Markel.
— Perdonada.
Aina se va refunfuñando. Pau me mira con cara de «esta niña está viva hoy». Le hago un gesto de paz. Irene, desde la puerta, dibuja otra vez.
A Pau se le suaviza la mandíbula cuando se gira a Irene.
— Amor.
— ¿Sí?
— Luego me enseñas el dibujo, ¿vale?
— Vale.
Irene vuelve al salón.
———
A media tarde, Pau se lleva a Aina a Vertical con él, porque Aina le ha pedido escalar un rato y porque hay que dejar enfriar la pelea del sofá con actividad física. Irene se queda con la abuela Montse, que ha venido a merendar. Yo me quedo en el piso con el tobillo en alto.
Tengo tiempo para pensar. Demasiado tiempo para pensar.
Llevo veintisiete días aquí. Faltan cuatro semanas o así para poder volver a entrenar con seriedad.
Mikel ha estado hablando con la federación y, entre los dos, han sugerido que, cuando me recupere, pueda volver a Bilbao a pasar una semana con los míos antes de retomar la concentración en Vertical.
Al principio lo agradecí. Esta mañana, en el Bar Pi, cuando Arnau me preguntaba por mi vida futura, me he dado cuenta de que no me apetece.
No me apetece irme. No ahora.
Lo pienso. Lo sé. Lo tengo en el cuerpo.
La federación paga el piso compartido de Poblenou otros cuatro meses y medio. En teoría, cuando me recupere del tobillo, vuelvo al piso compartido y le libero a Pau el cuarto del despacho. Es el trato. Es lo que acordamos.
Decido, en el sofá, que voy a hablar con Pau. Que voy a pedirle quedarme más tiempo, si él quiere y si puedo pagarle, aunque sea menos. Que no me apetece irme al piso del canario. Que aquí tengo sitio y, me parece, también hogar.
Decido no decírselo hoy.
Hoy no es el día.
Pero algo se me ordena por dentro. Mi madre siempre decía «cuando una cosa se te ordena por dentro, ya solo hay que esperar a que el afuera se acomode».
Es una frase muy vasca, es del caserío, es de las que mi madre suelta por la mañana con el café y por la noche con el queso.
Mi madre habla, además, con esa cadencia que tienen las mujeres del caserío cuando van enumerando las cosas del día como quien recoge huevos: una a una, sin prisa, sin perder ninguno.
———
A las nueve, Pau vuelve con Aina. Aina llega agotada, contenta, con el pelo todo hecho una pena. Cena puré y se queda dormida delante del plato. Irene cena sopa. Yo ceno lo que quede. Pau cena cualquier cosa.
A las once, las niñas ya están en la cama. Pau se mete en el baño. Yo me siento en el sofá a terminar el libro.
No puedo leer. Llevo diez minutos en la misma página.
Cuando Pau sale del baño, lo oigo meterse en su cuarto, oigo la luz de su mesilla encenderse, oigo el crujido de la cama.
Me levanto. Bastón. Paso por el pasillo.
Las tablas del parqué crujen como siempre.
La de delante del baño es la peor. La de delante del cuarto de Pau es la segunda peor.
Las gemelas las conocen al milímetro y pasan por encima de las dos sin tocarlas, son sus minas en la guerra de los que vienen a sus cuartos a darles las buenas noches.
La puerta de Pau está entornada.
Llamo con los nudillos, suavecito.
— ¿Pau?
— Pasa.
Abro. Él está sentado en el borde de la cama, con el pantalón de pijama puesto y la camiseta vieja, esa de color verde oliva con las letras del gimnasio medio borradas. La Leica en la mesilla. La lámpara en amarillo bajo.
Me apoyo en el marco de la puerta. No entro del todo.
— He estado pensando. — Le digo.
Pau levanta los ojos. Me mira. Se queda quieto. Respira. Parece que, por un segundo, le cruza la cara entera una expectativa y un susto y un «no todavía» al mismo tiempo.
— Yo también. — Dice.
Pau se levanta. Da dos pasos hacia mí. Yo me separo del marco. Entro un centímetro. No es mucho. No es nada. Es suficiente.
Estamos los dos cerca. A dos palmos. Yo con el bastón en la mano derecha, él con las manos a los costados. Huele a champú de bebé otra vez. Huele al jabón de cara de toda la vida. Huele al interior de este dormitorio que yo conocía solo por el umbral.
Me mira a la boca un segundo y sube los ojos. Le miro yo la boca también y subo los ojos. Los dos bajamos los hombros al mismo tiempo, como dos escaladores que saben que van a caer pero que aún no quieren.
— Pero todavía no. — Digo.
Pau se toma un segundo.
— Vale. — Dice. Sin drama. Sin prisa. Sin ofensa.
— No es que no quiera.
— Ya lo sé.
— Es que si lo hacemos hoy, mañana me va a pesar. Y no quiero que me pese.
— Ya lo sé.
— Y tú también te lo tienes que pensar otro rato.
— Me lo estoy pensando desde hace veinticinco días.
— Veintisiete.
— Veintisiete.
Nos reímos los dos en voz baja. Yo bajo la cabeza. Él baja la cabeza. Nos acercamos un milímetro más y luego nos separamos el mismo milímetro. No hay beso. No hay intento de beso. Hay un cruce de frentes, casi. Hay el aire caliente de su respiración un segundo contra mi cuello.
— Vale. — Me dice —. Vale.
— Buenas noches, Pau.
— Buenas noches, Markel.
Me salgo. Cierro la puerta detrás. Me apoyo en la pared del pasillo un segundo. Respiro. No me sale. Respiro otra vez. Sí me sale.
Voy a mi cuarto. Me meto en la cama. Apago la luz. Me quedo con los ojos abiertos en la oscuridad.
El pulso me tarda veinte minutos en bajar.
Cuando baja, me quedo dormido con una sonrisa en la cara que no sé muy bien a quién se la estoy poniendo.
———
Al día siguiente es domingo. Aina se sube a la cama entre Pau y yo, bueno, no, Aina se sube a la cama de Pau como todos los domingos, y ese momento lo oigo desde mi cuarto. Luego oigo a Irene ir. Luego oigo reír a las dos. Luego oigo a Pau decir «domingo de gofres, va, a la cocina».
Salgo al salón con el bastón, todavía en pijama. Pau ya está con el mandil puesto, preparando la masa. Las niñas sentadas en la isla. Me siento en el taburete al lado de Irene. Pau me pone un café delante sin preguntarme. Me guiña un ojo sin mirarme del todo.
Aina le mira a él. Me mira a mí.
— Papá.
— Dime, Aina.
— ¿Por qué estáis los dos tan raros?
Pau se para un segundo con el cazo en la mano, levanta la vista y me mira por encima del hombro de Aina. Me sonríe. Una sonrisa cómplice, pequeña, rápida, con las pestañas un punto bajadas. Luego se gira a Aina con cara de padre.
— Hoy no, Aina.
— Pero.
— Hoy no.
Aina se cruza de brazos. Se gira a Irene.
— ¿Tú sabes algo?
Irene termina de dibujar en el cuaderno sin levantar los ojos. Muestra la viñeta.
Es una cocina. Dos hombres con dos tazas de café. Dos niñas sentadas en una isla. Un zorro sentado en el suelo con una boina. En el techo, un globo con palabras dentro. Las palabras son «hoy no, Aina».
Me río. Pau se ríe. Irene sonríe para el cuaderno. Aina frunce el ceño, pero se ríe al final.
Domingo de gofres. Bastón apoyado en la encimera. Tobillo izquierdo en alto. Un café en la isla. Dos niñas. Un Pau. Una viñeta.
Mañana a las ocho tengo sesión con Celia.
Pasado mañana, revisión con el médico. El tobillo va bien.
Voy a preguntarle al médico si podría volver a Oñati una semana en dos, y luego preguntarle a Pau si me deja volver al cuarto después de esa semana, y quedarme los cinco meses enteros de concentración.
Si me dice que sí, empieza todo lo que sé que viene.
Si me dice que no, lo voy a entender, y le voy a dar el cuarto al siguiente vasco lesionado que llegue a Vertical.
Pero esta mañana no es de preguntar.
Esta mañana es de gofres.
Hala.