Pau
Día veinticinco.
Lo sé porque Markel lleva una tabla Excel con los días y me lo dice esta mañana mientras desayunamos, como un vecino al que se le nota que echa cuentas.
— Hoy hace veinticinco. — Dice, cortando una naranja —. Queda una semana para caminar con pie oficial.
— Acumulas.
— Soy como mi padre. Todo lo apunto.
— Me gusta la gente que apunta.
— Pues te gusto un pelín. — Lo dice con la naranja entre los dientes. Lo dice sin levantar la vista. Lo dice como una broma de desayuno, pero es una broma con tres capas.
Desayunamos. Las niñas se han ido con Joan.
Hoy el cole de Irene es hora más tarde porque tienen actividad de no sé qué del barrio.
Aina está pasándolo bomba con el abuelo en una cafetería cerca del cole que tiene tostadas como a ella le gustan: pan blanco, mantequilla, mucha mermelada de fresa, un vaso de Cola Cao tibio.
Joan me ha mandado una foto con las dos niñas riéndose y un pulgar arriba.
A las ocho y media me voy a Vertical. Markel se queda en el piso.
Le queda media semana hasta que pueda apoyar el pie poco a poco.
Ya ha empezado las sesiones de movilidad en seco con Celia dos tardes por semana.
El tobillo va bien, mejor de lo previsto.
El médico, en la revisión del jueves, ha dicho «Markel, te estás recuperando como si tuvieras veinte y no treinta y dos, suerte tienes».
Markel ha contestado «no tengo suerte, tengo novia fisio». Celia se ha reído.
Hoy vuelvo del gimnasio antes, a las dos. He dejado la tarde a los monitores. Quiero cocinar bien, y quiero estar en casa cuando lleguen las niñas del cole, porque me toca hoy cena con su amiga Marta y la madre.
Subo al piso. Abro la puerta. Huele a café y a libro abierto.
Markel está en la mesa del salón con un libro en una mano y, en la otra, una cámara de fotos.
Paro en el umbral de la cocina.
Es la Leica.
Mi Leica. La de Gerard. Negra, marcada por los años, con la correa de cuero raído al cuello. Markel la tiene entre las manos, mirándola a contraluz, abriendo la tapa posterior, observando el carrete con la curiosidad profesional del que sabe lo que tiene entre los dedos.
Me sube la sangre a la cabeza tan rápido que me tiembla la mano en el pomo de la puerta.
— Es de Gerard, déjala. — Digo. No soy dueño de mi voz. La voz me sale seca, alta, más fuerte de lo que quiero.
Markel levanta la cabeza como si le hubiera dado una bofetada de aire. Deja la Leica sobre el sofá con una delicadeza exagerada, con las dos manos, con el cuidado de quien devuelve una criatura. Luego pone las dos manos planas sobre el libro, sin moverlas, mirándome.
— Perdona. — Dice —. No lo sabía. Estaba en el estante del pasillo y pensé que era la tuya, Pau. Lo siento mucho. Lo siento muchísimo.
Estoy en el umbral. Respiro. Mis manos se abren y se cierran. Noto la vena de la sien.
Cuento hasta cinco.
— Vale. — Digo. Bajo el tono —. Vale.
Entro. Voy a la mesa. Cojo la Leica. La sostengo un segundo.
La miro. No tiene nada. No se ha roto. No ha pasado nada.
Está intacta. La llevo al dormitorio. La pongo en la mesilla, en su sitio, girada hacia la cama, tal como la tenía Gerard.
Vuelvo al salón. Markel sigue con las manos planas sobre el libro. No se ha movido.
Me siento en el brazo del sillón, enfrente de él. Respiro.
— Perdona tú a mí. — Le digo —. Te he levantado la voz.
— Me la tendrías que levantar. Me he equivocado. No la debería haber cogido.
— Estaba en el pasillo.
— Pero es de Gerard.
— Tú no lo sabías.
— Pau.
— Dime.
Markel se toma su tiempo. Me mira. No baja la vista.
— ¿Quieres hablar de él?
Respiro.
Yo no hablo de Gerard con nadie. Hablo con Roser cuando toca, y muy poco.
Hablo con las niñas cuando lo preguntan, y medido.
Con la madre de Gerard, con Teresa, hablo por teléfono una vez al mes y nunca hablo de él: hablo de las niñas, del tiempo en Alzira, de la salud de la suegra. De Gerard, entre nosotros, es mejor no.
Con Arnau hablo a veces, pero Arnau era su amigo también y los dos nos paramos cuando se pone feo.
Con Markel, que no lo conoció, que no tiene fantasmas mezclados con él, que no sabe cómo se reía ni cómo respiraba.
— Sí. — Digo. Me sorprende el «sí» a mí mismo —. Sí.
— Vale.
— ¿De verdad te vale?
— Me vale todo lo que quieras contar.
— ¿Y si me sale mal?
— Pues sale mal.
Me quedo un rato mirando la cocina desde el sillón.
La nevera. Los botes de hierbas. El paño doblado.
Me abrocho el cuello de la camisa porque, de pronto, el cuello de la camisa me aprieta.
La taza de Markel, junto a su libro, tiene un poso de café frío.
La luz que entra por la ventana cae oblicua sobre la mesa de roble y le saca a la madera una tonalidad que parece miel.
— Gerard murió en Fontainebleau el 13 de septiembre de 2022. — Digo. Lo digo así, con la fecha como quien pega un carnet en la mesa.
— Lo había oído.
— Era bloque. Tenía amigos allí. Un fotógrafo francés al que había conocido en Desnivel y un par de escaladores parisinos.
Cuatro días en bosque. Él escalaba bien, pero no era su nivel Fontainebleau, es que no lo era el nivel de nadie, es un jardín de piedra que te puede con cualquier nivel.
Subieron a un bloque más alto de lo habitual, uno de los de Apremont.
Estaban instalando una cuerda para un rappel de bajada porque hacia el oeste el bloque cae seco doce metros.
Él estaba haciendo el ocho en la reunión.
Se le escapó una punta. Cayó hacia atrás.
Doce metros. Golpe en la roca. Seis horas en coma en el hospital de Fontainebleau. No salió.
Trago saliva.
— Yo estaba aquí. En Vertical. Las niñas en el cole.
Era martes. Él se iba el jueves. Me llamó el fotógrafo francés a las tres y veinte de la tarde, y yo cogí el móvil entre dos llamadas de un proveedor y un ruido de fondo de la sala de boulder.
No entendía el francés que me hablaba. Le pasé el teléfono a Xavi, que chapurrea.
Xavi se quedó pálido. Me dijo «Pau, es grave».
Cogí un taxi al aeropuerto. Roser me acompañó.
Cogimos un vuelo a París a las siete. Llegamos al hospital a las doce de la noche. Llevaba muerto dos horas.
Cierro los ojos.
— Lo enterramos en Alzira. Con los Puig.
Ellos quisieron. Yo no opiné. En esos días yo no era yo.
Las niñas, cinco años. Cinco y medio. No entendieron del todo.
Cada una a su manera. Irene se calló dos semanas.
Aina pidió dormir conmigo tres meses. Yo no lloré delante de ellas.
Me escondía. Lloraba en la ducha. Me lo prometí: no se van a quedar sin padres.
Si se me ve hundido, la siguiente pared las voy a hundir a ellas.
Markel asiente.
— Y Fontainebleau. — Sigo —. La cabeza me ha dado vueltas tres años con la misma pregunta.
¿Por qué no fui yo? Podría haber ido. Era una semana, era septiembre, había socorro en el gimnasio.
Podría haber dejado a las niñas con Roser.
Pero no fui porque tenía que revisar balances y porque se me hacía pesado un viaje de tres días.
No fui porque no me apetecía. Y si hubiese ido, le habría asegurado yo, y no se le habría escapado la punta del ocho.
Yo aseguraba mejor que él. Él lo sabía. Me llamó la noche anterior y me dijo «si estuvieras aquí no me daría tanta pereza la bajada».
Y yo le dije «porque eres un pereza, Puig».
Le dije eso. Y me acosté. Y al día siguiente estaba muerto.
Tengo la cara mojada. No me he dado cuenta. Me paso la manga de la camisa por la cara. Markel no se mueve. No habla. Las manos planas sobre el libro, una sin mover y otra con los dedos ligeramente abiertos, como si me dijera «si me necesitas, aquí».
— Llevo tres años pagando. — Digo —. La mitad del piso lo pago a los Puig, porque era suyo también, pero la casa es mía con las niñas, y no pienso irme.
El gimnasio es mío y de Gerard a partes iguales en los papeles, pero en el funcionamiento lo llevo yo desde hace tres años.
Teresa, mi suegra, no me lo perdona del todo.
No por el gimnasio. Por Gerard. Todavía piensa que es culpa nuestra haber escogido la escalada como vida.
Que si Gerard no hubiera hecho escalada no se habría muerto.
Y tiene razón, y también no la tiene, y eso es lo jodido.
— Ya. — Dice Markel, bajito.
Silencio largo. Mi respiración y su respiración. La nevera haciendo su ruidito. Un autobús pasa por Almogàvers y hace temblar el vaso de agua sobre la encimera, dos centímetros de oleaje.
— Yo también perdí a alguien. — Dice Markel, después de un minuto —.
No al mismo nivel, Pau, quiero dejarlo claro.
Era el padre de un amigo de mi pueblo. Se llamaba Iñaki.
Tenía un taller de bicis en Oñati. Era el que me llevaba a escalar de pequeño, con diez años, cuando mi padre no quería saber nada de rocas.
Me ataba yo al cinturón suyo con un cordón del zapato, porque no teníamos arnés, y subíamos.
Me enseñó el ocho a los once años. Le debo todo lo que soy.
Murió de un ictus en el taller, un miércoles, a los cincuenta y tantos.
Su hijo me llamó. Yo tenía diecisiete. Cogí el Alsa y fui.
Enterré a Iñaki un sábado. Su hijo vive ahora en Zarautz, nos vemos poco.
Pero cada vez que le veo me cuenta una cosa de su padre que yo no conocía, y me la llevo.
No es tu Gerard, Pau. Pero algo de perder a alguien que te cambió sé.
— Gracias. — Le digo.
— De nada.
Nos quedamos callados un rato. Miro el reloj: las dos y media.
Las niñas llegan a las tres y cuarto. Suspiro.
Me levanto del brazo del sillón. Voy a la cocina.
Me sirvo agua. Le pongo un vaso a él. Se lo llevo.
Pongo la mano en su hombro un segundo, al dejarlo.
Le aprieto. Me suelto. Es la primera vez, desde que llegó al piso, que le toco así, con intención.
No tiembla. No me esquiva. Acepta el peso de mi mano y respira.
Vuelvo a la mesa. Me siento. Como delante de un plato lleno del que no voy a comer.
— Markel.
— Dime.
— Una cosa más y paro.
— Tranquilo.
— Antes de que te ofreciera el cuarto, yo hablé con Gerard.
— ¿Cómo?
— Le hablé en voz alta. Con la Leica en las rodillas. Como un tonto.
— No es ser tonto.
— Sí lo es. Pero lo hice. Le dije que me estaba portando como un capullo con un escalador nuevo que había venido del Norte, y que me estaba pasando algo, y que no sabía qué. Y le pedí perdón por mirarte.
Markel respira por la nariz. Me mira.
— ¿Y te contestó?
— No. Pero creí oír una risa suya. De las suyas, de oreja a oreja. Y el subtítulo era «para de pensar tanto, pesao».
Markel se ríe. Suave. Luego se queda serio otra vez.
— Me gusta tu Gerard. — Dice —. Por la frase.
— Era así.
— ¿Me enseñas alguna foto suya?
— Ahora no.
— Cuando quieras.
— Vale.
Miro el reloj.
— Tengo que ponerme con la cena. Vienen Marta y su madre.
— ¿Te ayudo con algo?
— Ponte a pelar patatas si te ves.
— Me veo sentado.
— Pues pela sentado.
Me levanto. Pongo agua a hervir. Le llevo una tabla, un cuchillo pequeño y un bol.
Markel se acomoda en el sofá, con la pierna en alto, la tabla en las rodillas, y se pone a pelar.
La cocina recupera los ruidos de otros días.
La olla a presión silba un segundo y la apago.
La radio del vecino de arriba pone un programa de tarde con risas grabadas.
Markel pela patatas a su ritmo, sin prisa.
Mira de reojo la grieta de pintura en forma de rayo del techo.
Yo le miro a él pelar. La mano izquierda con el cuchillo, la derecha rotando la patata.
Le sale una espiral fina, larga, casi entera.
Se ve que ha pelado patatas en el caserío durante dieciocho años con su madre detrás corrigiéndole.
No hablamos más de Gerard esta tarde. No hace falta.
———
Cuando las niñas llegan, la cena está medio lista y el salón huele a cebolla, a ajo, a laurel.
Marta y su madre llegan a las ocho. La madre se llama, creo, Carmen, o Carme, o Carolina, una de esas, pero Aina se la presenta como «la mamá de Marta» y queda zanjado.
Cenan, se van a las diez. Las niñas se duermen a las once, reventadas de tanta historia.
A las once y cuarto, Markel se va a su cuarto. «Hoy cierro pronto, buenas noches.» Cierra la puerta.
Me quedo yo solo en el salón.
Entro al dormitorio. Me pongo el pantalón de pijama. Me siento en el borde de la cama. Miro la Leica en la mesilla.
— Gerard. — Digo bajito.
Me quedo esperando.
— He hablado de ti hoy con él. — Sigo —. Le he contado todo. Lo del ocho, lo de Fontainebleau, lo de Teresa, lo mío. Le he dicho que te hablé aquel día con la Leica en las rodillas. Le he dicho que oí tu risa, la de oreja a oreja. Se ha reído.
La Leica me devuelve el silencio.
— Si me estás oyendo, dime algo. — Sigo —. O no me lo digas, a ver.
Silencio.
Me tumbo. Me pongo el brazo sobre los ojos.
Pienso en Markel pelando patatas con la pierna en alto.
Pienso en Markel recibiendo el dibujo del zorro.
Pienso en Markel esta mañana cortando la naranja y diciendo «pues te gusto un pelín».
Pienso en Markel dejándome un centímetro de mesa entre los dos hace una semana.
No sé si Gerard me dice algo.
Creo que sí.
Creo que dice, con la voz de despertarse con resaca, «para de pensar tanto, pesao. Y dale las buenas noches a ese, que se le va a notar».
Me río solo. Apago la lámpara. Me doy la vuelta. Me duermo más rápido que en meses.
Mañana pregunto a Aroa cuándo puede venir a ver a las niñas.
Hace cuatro meses que no las ve. Y hoy, no sé por qué, tengo ganas de que las vea.
Quiero que vea cómo Aina pone la mesa con las servilletas dobladas mal, cómo Irene termina los deberes con las gafas resbalándole por la nariz, cómo a las dos se les ilumina la cara cuando entra Markel por la puerta.
Las niñas, y todo lo demás.