Markel
Lunes por la tarde. Pau está en Vertical.
Las niñas vuelven del cole con Montse, que las deja en la puerta del piso, me besa en la mejilla, me pregunta «¿cómo va el tobillo, fill meu?
» y se va, porque hoy Montse tiene médico.
Las niñas entran, sueltan las mochilas como sueltan las mochilas los niños que están en su casa, y se pelean por el sofá.
La mochila de Aina es enorme, le pesa la mitad del cuerpo y lleva un llavero de un balón de fútbol de colorines que tintinea cada vez que se mueve.
La de Irene es más pequeña, tiene un parche de un panda y una pegatina del Barça que ella no ha pegado porque no le interesa el fútbol pero que ha dejado a Aina pegarle.
— Merienda. — Les digo —. Después de la merienda, el que gane, al sofá.
— ¿Qué hay?
— Leche y galletas.
— Sandwich también. — Aina.
— Si te haces el sandwich sola, vale.
— Me lo hago.
Aina se va a la cocina a montar un sandwich.
Irene se sienta en el taburete alto y dibuja.
Yo estoy en el sofá con la pierna en alto y el portátil sobre el regazo, repasando con Mikel unas métricas de un entrenamiento nuevo de core que me ha mandado por la tarde para que avancemos aunque no pueda escalar.
La pantalla es una sucesión de filas de Excel con porcentajes de carga y mi nombre repetido.
Sé que las miraré tres minutos y después volveré al libro de papel, que tengo apoyado boca abajo en el brazo del sofá.
Aina viene con su sandwich de jamón, queso, tomate y mostaza, que es su combinación fija desde que aprendió a hacerlo. Se sube al brazo del sofá como se sube a una presa difícil. Come con la boca medio abierta, de esa forma que Irene le corrige seis veces al día.
— Markel.
— Dime.
— Te voy a hacer una pregunta de mayor.
— Adelante.
— ¿Por qué no tienes novio?
Me río. Cierro el portátil. Dejo de mirar a la pantalla.
— Porque la vida es complicada.
— Eso lo dice papá también.
— Es que somos señores los dos.
— ¿Has tenido novio antes?
— Sí.
— ¿Cuántos?
— Uno de verdad. Otros de mentira.
— ¿De mentira?
— De los que no eran novio pero se portaban como si lo fueran.
Aina se lo piensa. Mastica. Da un sorbo de leche. Se le ha quedado un trozo de tomate pegado en la mejilla. Yo no se lo digo porque me hace gracia. Irene levanta los ojos del cuaderno tres centímetros, lo ve, lo deja.
— ¿Y por qué el novio de verdad ya no es novio?
— Porque dejamos de querernos como antes.
— ¿Por qué?
— Porque pasaron cosas que no le conté bien.
— ¿Y se enfadó?
— Sí. Y yo también.
— Pero si tú no le contaste mal, el culpable eres tú.
— En parte sí. Y en parte no. Él hizo algo con otra persona que a mí me hizo daño, y entonces lo dejamos. Eso es de mayores.
Aina mastica. Se queda pensando.
— Mi papá tampoco tiene novio.
Irene levanta los ojos del cuaderno, me mira un segundo, vuelve al cuaderno.
— Ya. — Digo, con cuidado.
— Desde hace tres años.
— Ya.
— Por papá.
Respiro hondo. No respondo.
— Papá era mi otro papa. — Aina me mira con los ojos muy claros. Con los ojos heredados de Aroa, que todavía no he conocido pero me han enseñado en una foto. No tiene lágrimas, no tiene drama. Tiene información —. Se murió en Francia en una pared. Yo tenía cinco.
— Ya lo sabía. Me lo ha contado Pau.
— Ah, vale.
Se hace un silencio. Irene se ha puesto a dibujar de manera muy concentrada, sin levantar los ojos. Sé que está escuchando cada palabra. Las puntas del flequillo le caen sobre las gafas. Sigue dibujando.
— Papá llora a veces. — Sigue Aina, bajando la voz sin querer —. Pero no quiere que lo sepamos.
Se me cierra algo en el pecho. Me adelanto para que no siga y me arrepiento a medias.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque una noche me levanté y él estaba en la cocina. Yo me escondí detrás de la puerta. No me vio. Tenía una foto en la mano y lloraba. Yo volví a la cama y no le dije nada.
— Hiciste bien.
— ¿Sí?
— A los papás, cuando lloran y no quieren que se sepa, a veces les ayuda más que no lo sepamos. Para que no se les haga más grande por fuera.
Aina asiente muy seria.
— Markel.
— Dime.
— ¿Tú no le vas a decir a papá que te lo he dicho?
— No se lo voy a decir.
— ¿Me lo prometes?
— Te lo prometo. Pero si algún día él te pregunta, tú tienes que poder contárselo. No es un secreto de guardar, es un secreto de no chivarse.
— Vale.
Termina el sandwich. Da otro sorbo de leche. Se limpia la boca con la manga del jersey, que es una cosa que su padre le ha pedido cien veces que no haga.
— Markel.
— Dime.
— ¿Tú eres amigo especial de papá?
Me atraganto con nada.
— Somos amigos de casa. — Digo, después de un segundo —. Y él me está ayudando a recuperarme. Y yo le estoy ayudando a él con lo que pueda. Como los compañeros de piso.
— Ah.
— ¿Te vale esa respuesta?
— De momento.
Baja del brazo del sofá. Se va al salón a tirarse en la alfombra con un cómic. Yo me quedo mirando a Irene, que sigue dibujando. Irene, sin levantar los ojos, dice en voz bajísima:
— Lagun.
— ¿Qué?
— Me has enseñado la palabra. Me gusta.
Sonríe para el cuaderno. No me mira. Sigue dibujando. Me quedo un minuto en silencio, con el portátil cerrado, y respiro despacio como se respira cuando uno descubre que le acaban de hacer una entrega a domicilio muy pesada.
———
A las nueve, Pau vuelve de Vertical. Ha habido una reunión con un patrocinador a última hora.
Llega más cansado que otros lunes. Cena con las niñas, sopa y tortilla.
Les cuenta un cuento a cada una antes de acostarse, porque Irene pide cuentos viejos y Aina pide cuentos inventados.
El de hoy va de una niña que escala una pared de chocolate y se la come al llegar arriba.
Aina se ríe con la boca llena de pasta de dientes.
Cuando cierra la puerta del cuarto de las niñas, pasan de las diez.
Viene al salón. Yo llevo un rato leyendo. El portátil cerrado. El libro en el regazo. Una manta en los pies. Pau trae dos tazas.
— Tila. — Me dice —. ¿Tomas?
— Tomo.
Me deja la taza en la mesa. Se sienta en el sillón de enfrente.
Se echa hacia atrás. Apoya la cabeza en el respaldo.
Cierra los ojos un segundo. La lámpara de pie nos ilumina en amarillo suave.
La luz dibuja el contorno de su pelo y le saca las canas plateadas en las sienes.
Las dos pendientes de aro le tintinean cuando deja la cabeza caer.
— Día largo. — Dice.
— Se te nota.
— Se nota.
— Pau.
— Dime.
Dudo medio segundo. Después lo digo.
— Creo que tu hija me ha traicionado por ti.
Abre un ojo. Levanta la cabeza del respaldo. Me mira.
— ¿Cuál de las dos?
— Aina.
— Normal.
— Sí.
— ¿Qué te ha dicho?
Respiro hondo. Elijo la versión corta.
— Que no quieres llorar delante de ellas. O que tú no quieres que ellas te vean llorar. No tengo claro cuál de las dos cosas.
Pau se queda quieto. Se sienta recto. Pone la taza en la mesa. Se pasa la mano por la barba. La mano le tiembla un milímetro y él lo nota y la apoya en la rodilla para disimularlo.
— Es lo segundo.
— Vale.
— ¿Cuándo te lo ha dicho?
— Esta tarde. Merendando. Después de preguntarme por qué no tengo novio y de contarme el lado A de tu matrimonio.
— Aina.
— Aina, sí.
— Irene estaba delante.
— Irene escuchaba.
Pau se toma un segundo. Luego se ríe. Bajo. Un poco mordiéndose el labio.
— Qué hijas tengo.
— Me caen bien.
— Ya. A mí también, mira tú.
Coge la taza. Da un sorbo. Se queda mirando la mesa.
— Markel.
— Dime.
— No quiero que me veas como el tío viudo que llora a escondidas en la cocina a las tres de la madrugada.
— No te veo así.
— Es lo que Aina te ha pintado.
— Aina me ha pintado a un padre que cuida a sus hijas sin soltarles encima una tristeza que no les toca. No es lo mismo.
Pau levanta los ojos. Me mira con una intensidad que noto en el esternón. No dice nada durante un rato largo. Solo me mira. Yo sostengo la mirada porque me da vergüenza no sostenerla más que sostenerla.
— Gracias. — Dice por fin.
— De nada.
Otro silencio. Pau baja la vista a la taza.
— Yo nunca he sabido hacer lo del luto bien.
— Dice —. Hay gente que llora en público y le sirve.
Yo no puedo. No es que me lo prohíba, es que no me sale.
Lo único que me sale es cerrar la puerta y apretarme los ojos y esperar a que se me pase.
A Roser la he tenido hasta hace seis meses en terapia porque me la puso a la fuerza.
Llevo seis meses sin ir. Hasta hoy creía que iba bien.
— ¿Y por qué dejaste?
— Porque me convencí de que ya estaba. Que era cuestión de gestionar. Que a mí lo de remover no me iba a hacer mejor. Que las niñas necesitaban un padre entero, no un padre llorando los lunes a las siete de la tarde con una caja de pañuelos en el regazo.
— Eso lo decide tu hermana, supongo.
— Eso lo decidía yo. Y por eso lo dejé.
— Y hoy ya no tanto.
— Hoy ya no tanto.
— Porque una niña de ocho años te ha visto.
— Porque una niña de ocho años te lo ha contado a ti.
Asiento.
— Pau.
— Dime.
— No pasa nada por no llorar delante de ellas. Pasa si te lo escondes a ti. Y no te lo voy a decir yo, porque yo no soy nadie. Pero tu hermana te lo dice. Por algo.
— Ya.
Se queda mirando la mesa.
— Markel.
— Dime.
— Pronto voy a tener que hablar contigo de muchas cosas. Pero esta noche no. ¿Te vale?
— Me vale.
— Vale.
Se incorpora. Coge las dos tazas. Las lleva a la cocina. Las pone en el fregadero. Vuelve con una mandarina pelada en la mano. Me la ofrece. Cojo gajos. Él coge gajos. Comemos mandarina en silencio. Huele a mandarina y a tila y a piso de invierno empezando, aunque todavía no es invierno.
Después de un rato, deja la cáscara en la mesa y pone la mano plana sobre la madera, cerca de la mía. No me toca. La pone a cinco dedos. La mía la tengo abierta, con el pulgar apoyado en el canto de la mesa y el resto descansando.
Me quedo mirando la mesa. La mano de Pau tiene pecas en los nudillos. Dos pendientes de aro pequeños le tintinean cuando gira la cabeza, en la oreja derecha. La cicatriz de la tibia, que tiene cruzada la mesa en su campo, saluda desde abajo. No me mira. Yo tampoco le miro.
Muevo la mano un centímetro. Un centímetro solo. La pongo un centímetro más cerca de la suya.
Nos quedamos así. Cuatro dedos entre una mano y otra.
No se acerca más. No se aleja. Respira. Respiro.
— Es una gilipollez. — Digo.
— Sí.
— ¿Lo dejamos ahí?
— Lo dejamos ahí.
Bien. Volvemos cada uno a poner la mano en el regazo. Pau se levanta. Me tiende la mandarina.
— Termínala tú. — Me dice —. Yo me voy a la cama.
— Gracias.
— Markel.
— Dime.
— No me pidas perdón.
— No pensaba.
— Vale.
— Pau.
— Dime.
— Tampoco lo hagas tú.
— Trato hecho.
Se va. Oigo la puerta de su cuarto cerrarse con cuidado. Oigo el grifo del baño. Oigo el grifo parar. Oigo la lámpara de su mesilla encenderse y apagarse dos veces antes de quedar apagada. Oigo el piso hacer los ruidos que hacen los pisos cuando la gente duerme.
Me quedo un rato en el sofá, con la mandarina a medio comer y el libro cerrado.
Doy vueltas a lo que acabo de oír. Pau y la cocina a las tres de la madrugada.
Pau y la foto en la mano. Aina detrás de la puerta sin atreverse a entrar.
Yo no he estado nunca, pero me parece que he estado siempre, porque también yo me quedé detrás de muchas puertas con el padre de Javi al otro lado y con un teléfono mudo. Apago la lámpara. Me voy a mi cuarto.
Por el pasillo, al pasar por la puerta de Irene, oigo un movimiento. No me asomo. Aina ronca suave, la oigo desde aquí. Irene sigue despierta. Siempre tarda más en dormirse.
Me meto en la cama. Apago la luz. Miro al techo. La grieta en forma de rayo está justo encima de mi almohada y, cuando entra el faro de un coche por la calle, se ilumina una décima de segundo.
La mano de Pau a cinco dedos de la mía. Luego a cuatro. Luego a cuatro otra vez. Luego otra vez lejos. Me doy cuenta de que no he hecho nada, y ese «no haber hecho nada» me late más fuerte que cualquier cosa que sí haya hecho en los últimos catorce meses.
Me giro de lado. Abrazo la almohada. No voy a dormir bien. No porque esté mal. Porque estoy otra cosa.
Oigo, a lo lejos, el tráfico de la Diagonal. El claxon de un camión. Una sirena. Poblenou de madrugada.
Cierro los ojos.
Qué me dices, tío. Hala.
———
A las cuatro, el tobillo me despierta. Lo tengo hinchado. Me levanto a coger un ibuprofeno. Vuelvo del baño con el vaso de agua en la mano, paso por delante de la puerta de Pau.
La puerta está entreabierta.
Antes de llegar a mi cuarto freno un segundo.
No voy a mirar. No miro. Pero el trozo de cuarto que alcanzo a ver sin querer, en el triángulo de luz que deja el pasillo, me enseña la cama de Pau.
Está dormido de lado. De cara a la puerta.
Con el pelo oscuro despeinado. Un brazo fuera de la sábana.
En la mesilla, de refilón, la Leica negra.
La cámara en su sitio, girada hacia él como Gerard la tendría.
No me paro más. Sigo.
Entro a mi cuarto. Cierro. Respiro.
Me meto en la cama. Me pongo el brazo sobre los ojos.
— Joder. — Me digo a mí mismo, en voz muy baja. No como broma. Como diagnóstico.
Y luego me arrepiento de haberlo dicho, y luego me arrepiento de haberme arrepentido, y luego me duermo, por fin, como se queda dormida una persona que ha caído en algo que no sabía cómo se llamaba hasta esta noche.