Pau
Viernes. Primera semana completa con Markel en casa. Primera cena con Roser.
Roser ha avisado ayer. Me ha llamado al móvil mientras yo revisaba pedidos de magnesia con el proveedor de Tarragona y me ha soltado, con su voz profesional de terapeuta puesta aposta para fastidiar:
— Albert está fuera.
— Albert está en Madrid con la obra. Por eso vengo yo sin niños. Vengo sola. Quiero conocer al vasco.
— Roser.
— Pau, no me vas a decir que no a la única noche que tengo libre en mes y medio.
Y no se lo he dicho, claro.
Roser es la persona más difícil de manejar que conozco y la única a la que le dejo verme por dentro.
Es tres años mayor. Profesional hasta el tuétano.
Madre de tres críos que se llaman Martí, Ariadna y el más pequeño, de tres años, al que pusimos Gerard en 2022, lo cual fue una decisión que me hizo llorar dos semanas y que sigo agradeciendo a diario.
He cocinado arroz caldoso con sepia. El tipo de comida que Roser siempre pide.
He puesto mantel, servilletas de tela, dos velas en la mesa que Aina ha elegido con gran esfuerzo (azules, porque las rojas «son de muertos», según ella).
Irene ha hecho un centro de mesa con un geranio de la terraza.
Las dos niñas están en pijama, con dos trenzas cada una, esperando a la tía como si viniera la reina.
A Roser la adoran. Roser les regala libros de cómic, magdalenas y tiempo, que es la moneda que mejor pagan los padres y las tías que saben.
Markel lleva puesto un jersey verde oscuro que le saca los ojos más que cualquier foto que le haya hecho nadie en el Bocsport o en la portada de Desnivel.
Le he dicho «ponte algo cómodo» y me ha contestado «esto ya es lo cómodo, Pau, no tengo galas».
Va con unos vaqueros viejos. La boina no la lleva esta noche, por primera vez desde que llegó.
Se ha soltado el pelo y le cae sobre los hombros con un desorden suave de final de día.
El remolino de la coronilla, que normalmente disimula el moño, le sobresale ahora como una rebelión pequeña.
Me alegro de que no lleve boina porque llevo toda la semana mirándole la boina. Y me enfado conmigo mismo de alegrarme, porque ahora le estoy mirando el pelo.
———
Roser llega a las nueve y dos. Trae un vino blanco de l'Empordà y un ramo de margaritas para Irene, porque sabe que a Irene le gustan las margaritas. Aina protesta.
— ¿Y lo mío?
— Lo tuyo es la cena, Aina.
— Jope.
Roser entra, abraza a las niñas, las hace girar, les mira las dos trenzas, aprueba. Luego se gira a Markel.
— Markel. — Le da dos besos —. Pau me ha hablado mucho de ti.
— Pau no ha podido hablarte mucho de mí, llevo dos semanas aquí.
— Se le hace largo.
Roser me mira de reojo. Me lanza una media sonrisa que tiene, dentro, por lo menos cuatro diagnósticos. Markel se ríe. Me da un guantazo con la sonrisa de Markel, fugaz, en diagonal, como si no se hubiera dado cuenta.
Cenamos. Roser domina la mesa, que es lo suyo, y hace las preguntas justas para que Markel no se sienta interrogado y las niñas no se sientan ignoradas.
Que si Oñati, que si el caserío, que si escalada.
Markel responde relajado. Cuenta la historia de las dieciocho ovejas, le pone nombre a una («Trini, en honor a una vecina del pueblo, no te imaginas la mala leche»), enumera los txakolís de la zona, explica la diferencia entre boulder y lead a Aina con tres frases que la dejan satisfecha.
— ¿Y por qué tú haces lead y no boulder? — Aina, masticando.
— Porque a mí me va el aguante. El boulder es explosión. Yo soy más lento.
— Lento como una oveja.
— Como una oveja, sí.
Aina interviene cada tres frases. Irene mastica despacio y mira a los adultos con la atención de una arqueóloga.
Cuando termina su plato, se levanta, va a la cocina, vuelve con una galletita maría que se mete entera en la boca, y se sienta otra vez como si nadie la hubiera visto.
Markel sí la ha visto. No dice nada. Le guiña un ojo. Irene se le pone roja como un tomate.
Cuando el arroz se ha acabado y las niñas se levantan a buscar galletas para el postre, Roser me mira por encima de la copa.
— Está muy bueno el arroz, Pau.
— Gracias.
— Y tienes buena cara.
— Ya.
— No digo cansada. Digo buena cara.
— Ya, Roser.
Markel se da cuenta del subtexto y se levanta a ayudar a las niñas con las galletas. Roser baja la voz.
— ¿Va bien?
— Va.
— ¿Las niñas?
— Felices.
— ¿Y tú?
— Yo también. — Lo digo sin pensar.
Roser levanta la copa.
— Muy bien.
Markel vuelve con las galletas. Aina pide jugar a un juego de mesa.
Irene pide una historia. Roser pide café.
Acabamos tomando el café en el sofá, con las niñas en el suelo jugando al Dobble contra Markel.
Markel es pésimo al Dobble. Aina gana todas.
Roser me observa. Yo friego los platos y finjo no notar que Roser me observa, pero Roser me observa de las que me observan, y yo lo noto en la nuca.
———
A las once y cuarto las niñas se van a la cama. Roser se levanta, coge el abrigo, me pide que la acompañe al coche. Besos. Markel se despide con los dos besos y un «encantado, Roser» sincero que Roser me deja registrado en la factura.
Bajamos a la calle. La noche es fresca. Almogàvers a estas horas está tranquila, un bar al final abierto, un tío paseando un perro pequeño, luces naranjas de farolas antiguas. Roser tiene el coche aparcado a doscientos metros, y caminamos sin prisa.
— Pau.
— Dime.
— Está viviendo en tu casa y te gusta. Punto.
Me detengo. Roser da un paso más, se gira, me mira con las manos en los bolsillos del abrigo.
— No me gusta. — Le digo.
— Vale.
— No me gusta así, Roser.
— Vale, hermanito.
— Joder.
— Pau, te estoy escuchando. No te estoy juzgando. Te estoy diciendo lo que veo. Si lo que ves tú no es lo que veo yo, vale, mañana será otro día. Yo no he venido a pelear.
— Gerard.
Lo digo con el nombre en la boca, y me mete un pinchazo en el pecho.
— Gerard no está, Pau. — Dice Roser con la voz muy baja —. Tú sí. Y él, si te ve desde donde esté viéndote, está contento. Y si no está en ninguna parte, que también cabe pensarlo, da igual. Lo que importa es que tú sigas estando en alguna. Y tú llevas tres años estando a medio estar.
Trago saliva.
— No es poco lo que has hecho, Pau. Cuidar a las niñas, llevar Vertical, mantener las formas. Pero no es lo mismo que vivir.
— Yo vivo.
— Vale.
— Roser.
— Ya.
Me abraza. Fuerte. Huele al colonia de siempre, a la que usa desde los dieciocho, la de un jabón de lavanda de un pueblo de la Garrotxa.
La abrazo yo también. Le aprieto la espalda como cuando teníamos once y catorce y me había caído de la bici, las dos veces que se acordó de no decírselo a mi madre. Me suelta. Se sube al coche.
— Pau. — Me dice desde la ventanilla bajada —. Yo no te pido que hagas nada ni que decidas nada. Solo te pido que no mientas a tu hermana terapeuta, que lo hace fatal. Un par de días, y cuando quieras hablamos.
— Vale.
— Un beso, capullo.
— Un beso, maja.
Arranca. Se va. Las luces traseras del coche se pierden por Almogàvers en dirección a la Diagonal.
Me quedo en la acera, a oscuras, con las manos en los bolsillos del pantalón.
El aire huele a otoño y a humo de chimeneas de los pisos viejos de Poblenou.
Miro al suelo. Luego miro al cielo. Luego miro hacia la ventana del tercero, donde está encendida la lámpara del salón.
La amarilla. La que Gerard compró en un Bricomart de Castelldefels en 2018 y que dijo que duraría seis meses y que dura siete años.
Subo.
———
En el salón, Markel está en el sofá con la pierna en alto, leyendo un libro. Libro de papel. Un libro viejo, pasta negra, de un autor en euskera que no conozco. Levanta la vista cuando llego. La baja al libro. La vuelve a subir, con una sonrisa mitigada.
— Roser es maja. — Dice.
— Mucho.
— Me ha aprobado, creo.
— Aprobado estás.
Me siento en el sillón de enfrente. Me sirvo un dedo de vino que me queda en la botella. Markel tiene una Estrella Galicia en la mano, al cuello de la botella. Su cerveza por noche.
Hablamos un rato de nada. De la cena. De que Aina siempre gana al Dobble.
De Roser. Le cuento cuatro cosas de cuando éramos niños, lo justo para que no se sienta solo en este salón con un padre viudo y dos gemelas y un libro en euskera.
Markel escucha. A veces se ríe por la nariz. A veces solo asiente.
Markel bosteza. Se frota los ojos.
— Voy a caer. — Dice —. Hoy Celia me ha machacado en la sesión de recuperación y estoy hecho polvo.
— Dale.
Se levanta con la muleta. Se va al pasillo. Oigo la puerta de su cuarto cerrarse. Luego la luz de su cuarto apagarse. Silencio.
Me quedo un rato en el salón. Bebo el vino. Apago la lámpara. Voy a mi cuarto.
Me desvisto. Me meto en la cama. Me duermo.
———
Me despierta un grito.
No es exactamente un grito. Es algo más seco. Un ruido corto y apretado, como el crujido de un nudo.
Miro el reloj. Las tres menos cuarto de la madrugada. La casa está en silencio otra vez. Me siento en la cama. Me concentro.
Otra vez el ruido. Del cuarto de Markel.
Me levanto. Me pongo la sudadera de andar por casa. Salgo al pasillo descalzo. El parqué cruje en la tabla floja de delante del cuarto de baño, esa que Gerard iba a arreglar y que yo he heredado entera. La puerta de Markel está cerrada. Pongo la oreja.
Oigo la respiración agitada. Respiración de persona a la que le late el corazón demasiado rápido. Y otra vez ese ruido, seco, un «no» medio dicho, la garganta cerrada.
Llamo suave con los nudillos.
— Markel.
Silencio. Luego su voz, rota:
— Pasa.
Abro. Cierro detrás. El cuarto está a oscuras.
Lo ilumino un segundo con la luz del pasillo antes de cerrar la puerta.
Markel está sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared, la mano en el pecho.
Le brilla la frente. Tiene la camiseta pegada al cuello por el sudor.
Respira como quien ha subido tres tramos de escalera a pulso.
— Pesadilla. — Dice.
— Ya.
Me siento en el borde de la cama. No enciendo la luz.
— La caída. — Dice, bajito —. La del miércoles. La oigo otra vez.
— Ya.
— Joder.
Pongo la mano en la sábana. No lo toco todavía. Le doy a escoger.
Markel me mira en la penumbra. Tiene los ojos muy brillantes. Me alcanza con la mano. Me coge la mía. No sé cómo describirlo, no es un «coger» de los que cruzan el umbral, es un «coger» de quien busca sujetar algo firme, como se busca una presa. Me aprieta los dedos.
No digo nada. Se lo aprieto de vuelta. Cinco minutos.
Diez minutos. No cuento. El silencio es espeso y casi más íntimo que cualquier cosa que hayamos hablado de día.
En el techo, justo encima de la cama, hay una grieta finita en forma de rayo, una grieta de pintura mal hecha que ahora veo por primera vez. La voy a recordar.
Su respiración se va calmando. Noto el pulso suyo en su muñeca, porque mi pulgar, sin querer, le ha quedado sobre la vena del pulso. Lo siento latir. Lo siento frenar.
— Gracias. — Dice.
— De nada.
— Perdona.
— No hay que perdonar.
Se queda un rato mirando al techo. Yo miro la pared.
— ¿Vas a dormir?
— Voy a intentar.
— Vale.
Me suelta la mano despacio. No del todo. Como si me la quisiera prestar un poco más. Al final la suelta. Me levanto. Llego a la puerta.
— Pau.
— Dime.
— Gracias de verdad.
— De nada, Markel.
Salgo. Cierro la puerta suave.
Me giro. En el pasillo, detrás de mí, está Irene.
Camisón de noche, Brixton bajo el brazo, gafas puestas encima del pelo porque a Irene le gusta ponerse las gafas cuando no las necesita para sentirse mayor. Me mira con una cara de seriedad que le nace del pecho.
— Papa.
— Bebe, ¿qué haces levantada?
— He oído.
— Ya.
— ¿Markel está bien?
— Está bien, amor.
— ¿Seguro?
— Seguro. Ha tenido una pesadilla. Le pasa a veces.
— A mí también me pasa.
— Lo sé.
— ¿Le has dado la mano?
— Le he dado la mano.
— Vale.
Se abraza a mi pierna un segundo. Luego suelta. Se va hacia su cuarto.
Antes de entrar se gira.
— Papa.
— Dime.
— Eres bueno.
Cierra la puerta.
Me quedo en el pasillo. Apoyo la espalda en la pared fría.
Me aprieto los ojos con el dorso de la mano.
El piso huele a bonito que hemos cenado, y a ese jabón de lavanda que Roser dejó en el abrigo, y a la madera vieja del pasillo, y a Markel al final, de refilón.
No me arrepiento de haber entrado. No me arrepiento de haberle apretado la mano.
Me arrepiento tres segundos de cuánto no me arrepiento, y el cuarto segundo decido dejar de arrepentirme.
Vuelvo a mi cuarto. Me meto en la cama. Me quedo boca arriba, mirando la lámpara del techo apagada. La Leica, en la mesilla, me mira a mí sin mirarme.
— Gerard. — Digo bajito, sin girar la cabeza —. Hoy he hecho algo que tú entenderías mejor que yo.
La Leica no contesta. Lo que creo oír es una risa suya lejana, de las que soltaba cuando le hacía alguna tontería, de las que se le rompían entre el bigote y las muelas. Pero es mi cabeza. Ya lo sé.
Me doy la vuelta. Duermo como puedo. El pulso de Markel en el pulgar, la mano de Irene en mi pierna, los ojos de Roser en mi espejo. Y, en la boca de mi hermana, la frase que no quiero aceptar pero ya no puedo devolver sin pagar aduana: está viviendo en tu casa y te gusta. Punto.
Punto.
Entrará mañana por el gimnasio con la muleta y yo haré como que no. Haré como que soy jefe y que él es inquilino y que somos dos hombres adultos cuadrados. Hoy lo he hecho todo el día y ha salido regular. A ver mañana.
Me duermo, por fin, con esa frase pegada al ojo, como si alguien me la hubiera escrito en el párpado.