Markel
Lunes. Primer día oficial como inquilino.
Me despierto con un dolor sordo en el tobillo que me recuerda que no estoy en el piso compartido y que, si intento levantarme del tirón, me voy a caer de lado sobre una cama que todavía no me conozco.
Abro los ojos. El techo tiene una lámpara de IKEA con un cable blanco que cuelga dos centímetros torcido.
La ventana da a un patio interior, la luz entra por encima del armario como filtrada.
Miro al lado, al despertador de la mesilla: las siete y cuarto.
Pau ya no está en el piso, lo oí salir a las seis veinte con la llave moviéndose como una pandereta torpe.
Las niñas tampoco, han ido al cole con Montse, la abuela, que pasa a por ellas los lunes.
Tengo el piso para mí hasta las dos.
Me siento. Me pongo el botín. Me pongo la muleta.
Salgo del cuarto despacio. El piso es de parqué oscuro, con tres dormitorios, un salón con una mesa de comedor al fondo y un sofá gris grande, cocina abierta con isla, terraza pequeña con tomates en una jardinera.
El cuarto de las niñas está pasillo abajo.
Puertas con dibujos pegados. La de Aina tiene unas pegatinas en alemán de un estirar de cerdos que no sé qué hace allí.
La de Irene tiene un dibujo de un oso de peluche.
Yo avanzo despacio, con el ruido de la muleta apagado con una gomita que me ha puesto Pau anoche.
En la cocina hay una nota.
"Markel, café en la cafetera, pan en el cajón, tortilla en la nevera. Si te aburres, el control de la tele es el gris pequeño. Vuelvo a las tres. Pau."
Abajo, en tinta diferente, dos renglones con peor letra: "Markel tú me kaes bien. Aina." Debajo, con letra más pequeña y más limpia: "Bon dia. Brixton también. Irene."
Leo las tres notas dos veces. Me quedo de pie apoyado en la isla, con la muleta en el codo, y respiro hondo.
Pongo café. Me hago una tostada con tomate, que en casa de mi madre se llama "tomate y pan" al revés, y me la como de pie mirando por la ventana de la cocina. Abajo, Poblenou a las ocho de la mañana es una calle por la que pasa gente con casco de obra y gente con portátil. Me gusta la mezcla.
A las ocho y media me pongo a ordenar cosas.
Cuelgo las camisetas del equipo en el armario.
Coloco los pies de gato debajo de la cama en una caja.
Saco de la mochila el cuaderno técnico y lo pongo sobre la mesa.
Guardo los calzoncillos, los calcetines, la pasta de dientes.
Me lavo los dientes. Cojo el móvil. Veinte mensajes en el grupo del equipo, que ignoro.
Un mensaje de Celia preguntándome cómo voy con el tobillo.
Le contesto. Un mensaje de mi hermana Amaia con una foto del perro al que le ha operado una pata.
Le contesto con corazón. Un mensaje de Eneko, mi hermano, con foto de Oier disfrazado de bombero. Le contesto.
Un mensaje de Javi. Lo borro sin leer.
Javi vuelve a aparecer cada tres semanas.
No me da motivos. No me pide explicaciones.
Pone "hola" o "pienso en ti" o "cuando quieras".
Y yo llevo catorce meses borrando cada mensaje como un acto de voluntad.
Si los leo, les doy una puerta. Si no los leo, son solo ruido.
La psicóloga deportiva que me hizo el equipo vasco el año pasado me dijo "prohibido leerle".
Obedezco a las psicólogas como obedecía a mi madre cuando era niño: a regañadientes y a rajatabla.
A las diez me canso del silencio. Enciendo la tele. Pongo una serie que no me importa. Me quedo mirando. El sofá es cómodo. Hay una manta de cuadros al fondo que seguramente fue de Gerard.
Gerard.
Se me atraganta el pensamiento un segundo.
Este piso lo montó Pau con él. Esta manta.
Ese cuadro de montaña en blanco y negro del pasillo que no lo quise mirar el sábado y hoy lo miro: lleva una firma pequeña en la esquina, "GPF 2018".
Gerard Puig Farreras. Foto suya. Es Aneto de amanecer, con unos escaladores diminutos en la base, casi invisibles.
Me acerco con la muleta. La firma está a tinta china, fina, precisa.
No estoy escalando aquí el espacio de Pau.
Estoy escalando también algo que fue de otro.
Y esa idea me pesa cinco segundos, pero no más, porque decido que no me va a pesar más de cinco segundos al día. Si no, no aguanto.
Me apunto en la libreta técnica: "hoy no pesa más de cinco segundos".
———
A la una tengo hambre. Decido cocinar.
No puedo cocinar. Pau me ha dicho esta mañana al irse, medio dormido, "no cocines, que te conozco, ayer me lo dejaste caer lo del marmitako".
Pero yo soy cabezota, y Pau me ha dicho que los vascos somos cabezotas, y eso es lo que hay.
Abro la nevera. Hay bonito congelado. Hay cebolla, patata, pimiento choricero en un bote de cristal, tomate triturado. Todo lo que hace falta.
Apoyo la muleta en la isla. Saco las patatas. Las pelo de pie, a la pata coja. Me caigo un poco sobre la isla, me recupero. Las corto en trozos no muy regulares. Me pongo una sartén grande al fuego. Tiro aceite. Echo la cebolla picada. Tiene buena pinta.
Voy a por el pimiento choricero en el armario. Me doy la vuelta.
La sartén hace fuuuuum.
El aceite se ha pasado. Humo blanco. La cebolla se ha quedado al fondo y el fuego es demasiado alto.
Intento bajar el fuego con la mano libre y con la muleta me enredo.
Me apoyo mal. Me duele el tobillo. Digo "joder", digo "joder" más fuerte, digo "me cago en", saco la sartén del fuego, la dejo en la zona fría, y todo el pimiento choricero que había metido se me ha quedado en un lado de la sartén con la cebolla ennegrecida.
Huele a chamusquina. A chamusquina seria.
La alarma de humo del techo arranca. Bip bip bip. Aguda.
— No. — Digo en voz alta —. No, no, no.
Saco un paño. Agito. La alarma sigue. Abro la ventana de la cocina con dificultad. La de la terraza. Abro la puerta de entrada. El humo empieza a dispersarse.
Oigo pasos en el rellano. Ay, no.
Se abre la puerta de enfrente del descansillo. Una vecina mayor, en bata, me mira con la cara que pondría una vecina mayor encontrándose con un invitado del vecino en muletas ahumando el edificio entero.
— Perdone, perdone, todo bien. — Le digo —. Un accidente.
— ¿Es usted el nuevo? — Me dice, sin perder la compostura.
— Sí, señora.
— Ay, por Dios. — Se santigua —. Un vasco ha dicho Pau. Los vascos cocinan bien, no me dejen quedar mal.
— Voy a intentarlo mejor la próxima vez.
Se mete en su piso con la cara de mis ochenta años al llegar a ser mis ochenta años.
Cierro la puerta. La alarma sigue.
Bip bip bip.
Oigo algo detrás de mí.
Me giro.
Irene.
Irene está de pie en la entrada del pasillo, con el chándal del cole puesto, mochila al hombro, Brixton bajo el brazo, una mascarilla mal puesta colgando de una oreja, y en la otra mano lleva un extintor de juguete rojo que tiene dibujada una pegatina amarilla de rayo.
Me mira con los ojos como platos a través de las gafas.
— ¡Extintor! — Grita.
Aprieta el gatillo del extintor de juguete. Sale un chorro de agua del tamaño de un gato escupiendo, dirigido perfectamente a la sartén.
Me río.
Me río con una risa que me sale del estómago, me sale del miedo de que se me queme la casa de Pau, me sale del ridículo, me sale de esta niña de ocho años con Brixton bajo el brazo poniéndose en la entrada de la cocina como si fuera una bombera en miniatura.
— Irene, ¡ven a ayudarme!
— ¡Ya voy!
Viene. Con el extintor. Dispara otra vez. Se ríe ella también, una risa contenida detrás de la mano, como si le diera vergüenza hacer ruido. Tiro la sartén debajo del grifo. Silbido. Se apaga. La alarma sigue. Irene deja el extintor en el suelo. Agarra el paño. Agita. La alarma se calla de golpe.
Silencio.
Nos miramos.
— ¿Qué haces tú aquí a estas horas? — Le pregunto —. ¿No tienes cole?
— Se ha caído la luz. — Dice —. Nos han mandado a casa. Me ha traído una madre del cole. Aina se ha quedado con la yaya.
— Ya.
— Estabas haciendo marmitako.
— Lo estaba intentando.
— Papá dijo que no cocinaras.
— Ya.
Irene se sube al taburete de la isla. Se queda mirando el desastre. Tiene los codos apoyados en la isla y las gafas resbaladas en la nariz. Saca el cuaderno de la mochila. Lo abre en una página en blanco. Coge un rotulador del bote que hay en la isla.
— Te estoy haciendo otra viñeta. — Me dice sin levantar los ojos del papel.
— Vale.
Yo me apoyo en la muleta. Empiezo a limpiar con una mano.
El pimiento choricero ennegrecido se queda pegado a la sartén como un castigo divino.
Mientras restriego, miro a Irene. Dibuja con la lengua asomando un poco entre los dientes.
Se ríe sola de algo que está dibujando. Me muestra la viñeta a medio hacer.
Es un zorro con boina en la cocina, delante de una sartén con humo. Al lado, una niña con extintor. Al fondo, alguien con barba y gafas mirando todo con cara de no entender nada. La niña pone, en un bocadillo, "¡extintor!". El zorro pone "joder".
Me río otra vez.
— Irene, el zorro no dice joder.
— Es que está enfadado.
— Ya.
— Tú has dicho joder antes.
— Lo he dicho.
— Aina lo ha oído desde la escalera.
— Aina está en casa de los abuelos.
— ¿Ah? — Se tapa la boca —. Entonces lo he dicho yo.
Me río otra vez. Irene sonríe. No abre la boca, pero sonríe, y es la primera sonrisa completa que le veo. Me quedo mirándola medio segundo de más. Ella se pone a dibujar otra vez.
———
Pau llega a las tres. Entra con el manojo de llaves en una mano y el abrigo al brazo. Huele a gimnasio, a calle y a un poco de colonia. Se quita los zapatos en la entrada. Avanza por el pasillo. Llega al salón. Se queda en el umbral mirando la escena.
Irene, en la isla, con el cuaderno. Yo, en el sofá con la pierna en alto, con el segundo intento de marmitako ya en marcha a fuego medio, que ahora sí va bien.
El olor a cebolla pochada se ha ganado al olor a quemado.
Las ventanas siguen abiertas. La vecina de enfrente se ha encerrado en su piso con la dignidad intacta.
Pau me mira. Mira a Irene. Mira la sartén. Mira la alarma de humo, que tiene un papel pegado para que no vuelva a saltar.
— ¿Qué ha pasado aquí?
— Lo cuento en cinco palabras. — Le digo —. Accidente. Extintor. Niña. Marmitako. Intento dos.
— Seis palabras.
— "Intento dos" cuenta como una.
Pau se acerca a la isla. Mira el cuaderno de Irene. Se ríe.
— ¿Esto has hecho?
— Sí. — Irene se pone muy seria —. El zorro es Markel. La niña soy yo. Y el de atrás eres tú, papa.
— Ah, sí, claro.
— No tienes barba del todo.
— Tengo barba del todo, amor.
— Es una barba distinta a la del zorro.
— Vale.
Pau viene a la cocina. Mira la sartén. Levanta la tapa. Respira el vapor.
— Huele a marmitako. — Dice.
— Huele a marmitako. — Yo.
— ¿Lo vas a dejar cuajar?
— Lo dejo veinte minutos.
— Vale. — Pau se apoya en la isla. Me mira —. ¿Cómo llevas el tobillo?
— Me duele.
— Has cocinado de pie.
— Ya.
— Markel.
— Sí.
— La próxima vez que tengas hambre, me llamas. Te subo yo algo. ¿Me estás oyendo?
— Te estoy oyendo.
— Vale.
No dice nada más. Se va al cuarto a cambiarse. Cuando vuelve, con chándal, se pone a pelar ajos para una ensalada. Irene dibuja. Yo remuevo. Marmitako a fuego lento.
En la cocina de Poblenou, a las tres y media de un lunes, mi tobillo duele, mi vida está patas arriba, mi Mundial está en cuestión, mi corazón es una bolsa de escombros de catorce meses, y, sin embargo, por algún motivo oscuro y absurdo, me río.
Me río otra vez. Pau me mira desde el fregadero.
Me pregunta "¿qué?" y yo contesto "nada".
Nada.
———
Esa noche, cuando las niñas ya duermen, Pau se mete en el baño a ducharse.
El baño está al final del pasillo. Yo leo en el sofá con la pierna en alto.
Oigo el agua caer. Oigo el silencio entre chorro y chorro.
Oigo, al cabo de unos minutos, la puerta abrirse.
Pau pasa por delante del salón con una toalla a la cintura y otra al hombro.
Pelo mojado. Gotas en los hombros. Barba recortada, reciente.
Huele a champú de bebé, del que usan las niñas, que imagino que usa él también.
Pasa. No me mira. Cierra la puerta del cuarto. Yo me quedo mirando el libro durante tres minutos sin leer una línea.
El pelo de Pau huele a champú de bebé y eso me altera más de lo que debería.
Me altera porque no me estaba fijando en cómo olía Pau, y ahora ya me he fijado.
Me altera porque he pasado catorce meses sin fijarme en cómo huele nadie y pensaba que se me había roto el radar, y resulta que no, que el radar estaba descansando.
Me odio un poco. Un segundo. Cinco. No más.
Dejo el libro en la mesa. Me voy a mi cuarto.
Me tumbo en la cama. Arriba, en la pared sobre la cabeza, cuelga el cartel de Aina y, al lado, el dibujo del zorro con boina escalando el Anie que Irene me dejó el sábado debajo de la puerta.
El dibujo de hoy lo tengo en la mesilla, a medio hacer. Irene ha decidido terminarlo mañana.
Cierro los ojos.
Pau. Champú de bebé. Pelo mojado.
Me odio otros cinco segundos. Luego me duermo.
Mañana es martes. Hala.