Pau
Sábado. Diez de la mañana. Estoy en el piso vaciando el despacho.
Llevo desde las siete. He sacado la bici a la terraza, he enrollado la alfombra, he metido las cajas de papeles en el armario del pasillo y he pasado la aspiradora por un suelo que llevaba tres años acumulando un polvo suave y triste.
La mesa la he empujado a un rincón y encima he puesto una lámpara de pie que se llevaba el color del dormitorio.
La cama nueva me la trajo el de IKEA a las nueve, ciento cuarenta euros con montaje, y es cama de noventa, porque el cuarto no da para más y porque tampoco voy a ponerle al chaval una cama de matrimonio en un cuarto de invitado. Tendría gracia.
Abro la ventana. Entra aire de Almogàvers con olor a carrer peatonal y algo de panadería.
El despacho lo tenía Gerard para editar fotos.
Había dos pantallas de dieciocho pulgadas en las que revelaba los carretes y escribía los pies de foto.
Los dos cargos de las dos pantallas los quité hace dos años.
Los tornillos que sujetaban el brazo a la mesa me los dejé, y hoy los desatornillo de una vez.
Aina y Irene están desayunando en la cocina.
Aina ha insistido en hacerles un cartel de bienvenida a Markel.
Irene ha dicho que no, que eso es de parvulario, y Aina ha contestado que no, que eso es de familia, así que Irene ha cedido con la dignidad de la hermana cansada y las dos llevan desde las ocho con cartulinas y rotuladores.
El cartel pone "Bienvenido Markel" en letras torcidas.
Aina ha añadido una bandera vasca pintada con rotulador rojo, blanco y verde, solo que el verde se ha acabado y lo ha sustituido por azul, así que la bandera parece más bien una pancarta de un club de fútbol que no existe.
— ¿Lo ponemos en la puerta o en su cuarto? — Aina pregunta desde el pasillo.
— En su cuarto, para que lo vea él solo.
— Pero entonces no lo ve nadie.
— Aina, el cartel es para él.
Aina reflexiona. Lo pega con cinta de carrocero en la pared encima de la cama nueva.
Irene pasa detrás, con Brixton bajo el brazo, y me mira.
— Papa.
— Dime, amor.
— ¿Markel se queda mucho tiempo?
— Unas semanas.
— ¿Cuántas semanas?
— Cuatro o cinco.
Asiente.
— ¿Puede cenar con nosotros?
— Puede si él quiere.
— ¿Y si no quiere?
— Entonces cenará en su cuarto o cuando le apetezca.
Se lo piensa. Sube las gafas por la nariz con el dedo.
— Vale.
Se va al pasillo y, desde ahí, oigo cómo le informa a Brixton de las novedades en catalán bajito.
———
A las once llega Markel con Arnau.
Les oigo antes de verles, porque Arnau nunca llega a ningún sitio en silencio.
Es el mejor amigo que tengo, el que tenía desde el instituto, dueño del Bar Pi de Poblenou, argentino por parte de padre y catalán por parte de madre, un hombre que mide 1,92, pesa lo que pesan dos Pau Vergés juntos, y habla con un castellano canchero salpicado de "tranqui" y "vamos".
Le pedí ayuda ayer con la mudanza porque Markel va con muletas y, aunque la federación nos ha mandado una furgoneta pequeña con las cosas, alguien tenía que subir los cajas por las escaleras del portal cuando el ascensor se cansara.
— ¡Pau! — Arnau golpea la puerta con el codo, porque lleva dos bolsas en cada mano —. Ábrenos, maestro, que el vasquito este ya me tiene el codo muerto.
Abro. Arnau entra primero, deja las bolsas en el suelo, se seca el sudor con la camiseta.
Detrás viene Markel, con la muleta en la mano izquierda, una mochila a la espalda, una bolsa colgada al hombro bueno.
Lleva un chándal negro, una camiseta gris del equipo nacional, el pelo recogido en el moño de siempre, la boina puesta.
La cara más cansada que guapa, pero las dos cosas, sin que ninguna le tape la otra.
— Agur. — Me saluda con la barbilla.
— Hola.
Arnau nos mira a los dos.
— Dos palabras en total. — Dice —. Esto va a ser un maratón.
Les bajo a Arnau y a él la última caja de la furgoneta. Subimos. En el piso, Aina ya está en modo comité de recepción.
— ¡Markel! — Va a abrazarle las piernas antes de que él pueda dejar la mochila en el suelo —. ¡Te he hecho un cartel!
Markel se apoya la muleta en la pared. Le pone la mano a Aina en la cabeza.
— Me han dicho que sí. Ya lo he visto, está en el cuarto. Gracias, niña.
— Es una pancarta de Euskadi.
— Se ve.
Irene está en la puerta de la cocina. Hoy lleva una camiseta vieja de Gerard que le queda grande y una coleta torcida que se ha hecho ella sola. Brixton bajo el brazo, cuaderno en la mano. Markel la mira de reojo, baja los ojos enseguida, respeta la regla de los zorros.
— Hola, Irene.
— Hola. — Dice bajito.
— ¿Me enseñas tu cuarto cuando deje las cosas?
Irene asiente con la cabeza. Se gira y se va a su cuarto. Markel se queda quieto un segundo. Arnau, detrás, me mira con una ceja arriba.
———
Una hora después, las cajas están dentro.
Markel ha ordenado su ropa en el armario con la paciencia de un hombre que ha hecho ese gesto en hoteles de media Europa.
Arnau se ha ido a abrir el bar y me ha prometido cena el domingo.
Las niñas están en casa de los abuelos a comer, porque así me dejan lo que quede de mañana para terminar de instalar al vasco sin que nadie interrumpa.
Markel y yo vamos a Vertical a por unas cosas que él tiene en la taquilla.
Tres camisetas, dos pares de pies de gato, la mochila de entrenamiento, el arnés.
Aparcamos enfrente. Le ayudo a bajar del coche. Va aprendiendo el uso de la muleta.
— Dame un día y ya te hago yo la revolución con esto. — Dice —. Llevo desde ayer y ya me cago en la muleta, en la silla y en el tobillo.
— Te va a tocar quererlos un rato.
— Ya. Qué remedio.
Entramos en la nave. Sábado a mediodía hay bastante movimiento, socios que vienen a escalar el fin de semana. Vamos hacia el vestuario y, al pasar por la sala de lead, los veo.
Iago Noguera y Jaume Muro.
No tendrían que estar hoy aquí, porque la concentración del equipo de boulder terminó en junio y ellos se han ido a Chamonix a entrenar roca.
Pero a Jaume le gusta volver a Barcelona cada tres semanas a ver a sus padres en Terrassa y de paso a escalar en Vertical, que es donde se conocieron con Iago.
Hoy están juntos, pasándose una vía de 7b+ con esa complicidad que se nota desde veinte metros.
Jaume asegura desde abajo, mirando hacia arriba con la boca abierta en una sonrisa mal contenida.
Iago está a mitad de pared, con su moño bajo de siempre, y baja rápido cuando me ve.
— ¡Pau! — Me grita desde el aire.
Baja. Se quita el arnés a medias, viene hacia nosotros con la magnesia aún en las manos. Jaume detrás, más lento, porque Jaume es así: Iago llega a saludar, Jaume llega con la segunda ronda de besos.
— ¿Qué hay, Pau? — Me abraza con los dos brazos —. ¿Y este?
— Markel Aristizabal. — Se presenta él solo —. Fichaje nuevo de lead.
— Ay, el vasco. — Jaume llega, estrecha la mano —. Jaume Muro. Boulder. Este es Iago, también boulder, Ansó.
— Markel. — Iago choca la mano —. Me sonaba la cara de los campeonatos.
— Innsbruck.
— Sí, Innsbruck.
Markel se apoya en la muleta. Iago mira el botín.
— Hostia. — Dice —. Eso es reciente.
— Miércoles.
— Me cago en la puta. ¿Cuánto?
— Cuatro semanas.
— Joder. — Iago tuerce la cara —. ¿Y ya te han pillado aquí en Vertical?
— Me ha pillado Pau. — Markel sonríe a medias —. Soy inquilino suyo desde esta mañana.
Iago y Jaume se miran. Iago tiene la cara de un póker roto, pero Jaume no sabe jugar al póker. Jaume levanta las cejas. Iago le da un codazo a Jaume. Jaume se ríe y no disimula.
— Pau, Markel es de los míos. — Dice Jaume —. Tened cuidado. — Lo dice con el tono de broma puesta sobre algo que él nota y yo no entiendo —. Y el vasco, encima. Ay. Y la muleta le pega. No jodas. Pau.
— Jaume, no jodas tú. — Le digo.
Iago se acerca a mí, con la muleta nuestra por medio, y se inclina un segundo a mi oreja como se inclina un pastor a susurrarle algo a un perro sensato.
— Pau, el tío es majo. — Me dice —. Pero trae tormenta, te lo digo en serio. Avisado vas.
Se aparta. Me mira fijo. Jaume, sin haber oído, hace una mueca a Markel. Markel está mirándome con una cara en la que intenta no saber qué le acaban de decir a su casero dos escaladores que se lo conocen.
— Gracias, Iago. — Le digo —. Apuntado.
— De nada. — Me da una palmada —. Por cierto, hoy cenamos en Gràcia con mi padre, que ha bajado. A ver si caes la semana que viene, que te tengo a ver.
— Va.
Jaume y Iago siguen con lo suyo. Yo le llevo a Markel al vestuario, saca sus cosas de la taquilla, cerramos. Al salir, Iago se despide con la mano. Jaume, con todo el cariño mal disimulado del mundo, me guiña un ojo. Le muestro el dedo corazón como una broma privada y me gano una carcajada de él.
Markel, en el coche, me pregunta.
— ¿De qué conoces a esos dos?
— De aquí. El año pasado hicieron el stage conjunto del equipo de boulder en Vertical.
Cuatro meses. Iago se mudó al piso de Jaume en Gràcia.
Historia larga. Acabaron juntos. Salió en la prensa, salió feo, salió bien.
Ahora viven en Gràcia y se escapan a Vertical siempre que Jaume viene a ver a los padres.
— Ah.
— ¿Te suenan?
— Conozco a Jaume de ir a ver los clasificatorios. A Iago le había visto de lejos. Pero no sabía que fueran pareja.
— Pues ya sabes.
Markel se queda pensando. Mira por la ventanilla.
— Me dijo algo Iago.
— Sí.
— Sobre mí.
— Te dijo que eras majo.
— Ah.
— Y yo le dije gracias.
Markel vuelve la cara hacia mí. Sonríe tres segundos, mirándome, sin decir nada. Luego mira al frente. Yo arranco.
No volvemos a hablar hasta el piso.
———
Por la tarde, las niñas vuelven a las seis y media.
Mi padre las deja en la puerta. Les besa, me besa, se va.
Aina entra corriendo y Markel está en el sofá del salón con la pierna en alto, leyendo algo en el móvil.
Irene entra detrás, va al cuarto a dejar la mochila y vuelve con Brixton y el cuaderno.
— Markel, ¿tú sabes cocinar? — Aina se planta delante del sofá.
— Sé cocinar. Pero no con una muleta.
— Ah. — Aina se sienta en el brazo del sofá —. ¿Y qué cocinas?
— Marmitako.
— ¿Eso qué es?
— Un guiso vasco. De bonito, patata, pimiento choricero.
— Asqueroso.
— Es riquísimo, Aina.
— Qué va.
— Te lo enseñaré cuando pueda apoyar el pie.
Aina asiente con la seriedad de un juez.
— ¿Y euskera?
— Sé euskera.
— ¿Y me puedes enseñar una palabra?
— La que tú quieras.
Aina se lo piensa con el dedo en la barbilla.
— Una palabrota.
— No.
— Jope. — Aina frunce el ceño —. Pues una bonita.
— Lagun.
— ¿Qué quiere decir?
— Amigo. Amiga. La gente que te importa.
Aina rueda la palabra en la boca.
— Lagun.
— Perfecto.
Aina sale corriendo a decirle a Irene la palabra nueva. Irene, que estaba en el pasillo, baja la mirada y sonríe. No apunta nada en el cuaderno.
———
Cenamos los cuatro. Arroz a la cubana, porque lo he hecho rápido, y porque a las niñas les gusta.
Markel come con una mano la mayor parte del tiempo y se defiende bien.
Aina le interroga sobre Euskadi, sobre ovejas, sobre si ha visto nevadas de verdad, sobre si en Oñati hay lobos.
Markel le contesta a todo sin perder la paciencia. Irene, en silencio, escucha.
Después de cenar, Markel se levanta con cuidado y se va a su cuarto.
— Buenas noches, chicas. Gracias por la pancarta.
— Lagun. — Grita Aina.
Markel se ríe suave desde el pasillo.
Irene va al cuarto de él, se queda un segundo en la puerta, mete la mano por debajo, la saca. Luego vuelve corriendo a su cuarto y cierra.
Yo friego. Secando los platos, le oigo a Markel abrir la puerta de su cuarto, agacharse con la muleta (oigo el roce), recoger algo del suelo.
Oigo una risa. Corta. De sorpresa.
Me acerco por el pasillo con un trapo en la mano. Me asomo a la puerta del cuarto. Markel está sentado en la cama con un papel en la mano. Es otro dibujo. Lo veo desde aquí. Es Brixton con una boina txapela, y esta vez está escalando una montaña que no es Montserrat, que es más afilada, pico vasco.
Markel lo levanta para que me llegue la luz.
— Mira. — Me dice, sin decirme nada más.
— Brixton al Anie.
— Al Anie o al Txindoki, con esa línea puede ser cualquiera.
Se ríe bajito. Una risa que nunca le había oído, una risa que le sale de adentro. Mira al dibujo como si nunca hubiera recibido un regalo así. Respira y se le afloja la mandíbula.
Yo me quedo ahí, en el umbral, con el trapo en la mano, sin decir nada.
Él no me mira. Le miro yo. Le miro el perfil, la barba, las pestañas, la forma en que le brilla el ojo, el moño que se ha aflojado un pelín con el día.
Le miro y no pienso nada. Luego pienso que no he sido capaz de hacer reír así a Irene desde que murió Gerard.
No se lo digo.
— Que descanses. — Le suelto, desde el umbral.
— Que descanses. — Dice él, sin despegar los ojos del dibujo.
Cierro la puerta suave. Voy al cuarto de Irene. Sigue despierta, leyendo con la linterna. Le pongo la mano en la frente.
— Papá.
— Dime.
— ¿Le ha gustado?
— Mucho.
Irene asiente, apaga la linterna y se da la vuelta.
— Bona nit, papa.
— Bona nit, amor.
Salgo al pasillo y me quedo ahí parado. Oigo desde la puerta entreabierta del cuarto de Markel una carcajada corta, contenida, y luego silencio. Me apoyo en la pared. Cierro los ojos un segundo.
Voy al salón. Me sirvo un vaso de vino que no me bebo. Me quedo en el sofá mirando el techo.
Esta noche el piso no está tan vacío como las otras. Y no sé si eso es bueno o es peligroso, pero sé que esta noche, por primera vez en mucho tiempo, me voy a dormir pensando algo que no es Gerard.