Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel
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Markel

Día catorce. Lo sé porque lo estoy contando.

Llevo una tabla Excel en el móvil con las sesiones, las cargas, los saltos, el ritmo cardiaco, los intentos, los on-sight, los redpoint, y una casilla roja cuando algo duele más de lo que debería.

Desde el lunes llevo tres casillas rojas.

Tobillo izquierdo, todas. Se lo he dicho a Celia por encima.

Celia no es tonta. Celia me ha masajeado el tobillo dos veces esta semana y ha dicho «te estás pasando, maño».

Celia es valenciana y a veces se le escapa el «maño» de la concentración anterior, que le duró demasiado.

Es bajita, fuerte, con el pelo siempre recogido en un moño práctico, y tiene una manera de tocar el tendón con los dos pulgares que te deja la pierna como un trozo de masa de pan: rendida.

Mikel quiere volumen. Yo quiero volumen. Queremos los dos lo mismo y eso es lo que va a salir mal, porque a veces el entrenador y el deportista tienen que quererse cosas distintas para que haya equilibrio, y en este caso el equilibrio se le ha pedido prestado a otro.

Subo la primera. La clavo hasta el crux. En el crux, cambio mal el pie. Me caigo. Celia me baja despacio. Reviso cinta, reviso dedos, dos minutos.

Subo la segunda. Llego al crux mejor. Cambio el pie bien. Siguiente presa. Me queda el dinámico. Tiro. No lo doy. Me caigo. Mikel me mira desde abajo con esa cara suya de paciencia mal escondida.

— Markel.

— Dame un minuto.

— Te doy dos.

Descanso tres. Me siento en el banco. Bebo agua.

Me miro las manos: las palmas blancas de magnesio, los nudillos con dos pequeños cortes que llevan ahí dos semanas, el callo del segundo dedo de la mano derecha que necesita una lima.

Me pongo otra vez los pies de gato. Apretó el cordón hasta que me duele un poco, que es como me gusta.

Subo la tercera. En el crux, el tobillo izquierdo no me levanta el cuerpo como me lo debería levantar.

Me lo fuerzo. Tengo la pierna buena, la derecha, ajustada en una presa pequeña.

Cargo toda la fuerza sobre ella. Y, en el dinámico, pasa lo siguiente: mi mano izquierda va a la presa de arriba, la toca, me resbalo en el medio segundo en que el cuerpo no ha terminado de subir, y yo, instintivamente, intento volver a la presa inferior con el pie izquierdo.

Como el tobillo no me responde, piso mal.

Piso la base inclinada de la propia presa, el pie me patina, y caigo no hacia la colchoneta sino de lado, arrastrando el pie por el panel.

Un panel de madera. Madera con pintura epoxi.

Mi tobillo izquierdo queda atrapado medio segundo entre el panel y mi propio peso.

Crac.

Luego estoy en la colchoneta de lead.

— Mierda. Mierda. Mierda. — Yo.

— Markel, no te muevas. — Celia ya está encima. Mikel detrás —. Donde te duele.

— Tobillo izquierdo.

— ¿Solo?

— Solo.

Celia me baja el calcetín. Miro el techo. No quiero ver. Sé lo que hay. Sé el sonido que ha hecho, lo tengo grabado en los huesos. Veinte años escalando te dan ese oído.

— Hinchazón moderada, deformidad no se nota, pero hay laxitud. — Celia habla en voz baja, técnica, para mí y para Mikel —. Markel, ¿notas los dedos?

— Los noto.

— ¿Pulso de tibial?

— Pulsa bien. — Se contesta a sí misma —. Esguince. Grado II casi seguro. Grado III no creo. Vamos al médico a confirmar.

— Joder. — Yo.

— Markel. — Mikel se agacha. Me pone la mano en el hombro —. Primero al centro médico. Luego hablamos.

No hablo. No por dureza de vasco, sino porque, si abro la boca ahora mismo, voy a decir exactamente lo que no quiero que nadie oiga.

Celia me ayuda a incorporarme. Me pasa el brazo por el hombro.

Me sacan de la sala de lead delante de todos mis compañeros, que me miran como miran los futbolistas al portero lesionado: con lástima camuflada de solidaridad.

Sofía Ríos me toca el hombro al pasar. Nacho Vidal me dice «ánimo, vasco» con el puño cerrado. Yo asiento. No abro la boca.

No miro a la oficina. No miro a la oficina. No miro.

En urgencias de Bellvitge me hacen radiografía.

No hay fractura. Esguince grado II del ligamento peroneo astragalino anterior.

Cuatro semanas sin apoyar el pie. Dos de férula, dos de botín con cinco días más de rehabilitación.

Indicación del médico, textual, sin que yo haya preguntado: «esquiva esto del Mundial si te toca, amigo, porque a la tercera no hay palabra vasca que valga».

El médico es de Granollers, cincuenta años, gafas de leer al borde de la nariz, manos grandes y una alianza muy fina.

Me lo dice sin mirar el papel, mirándome a la cara.

Le digo «gracias, doctor». Él me dice «no me las des».

Cuatro semanas sin apoyar. Cuatro semanas.

Mundial en marzo. Queda lo justo. Si respeto las cuatro semanas y luego rehabilito dos semanas más, me recupero a principios de noviembre.

Son seis semanas fuera de la pared. Seis semanas sin lead.

Con suerte, llego al Mundial con el cuerpo, pero sin el nivel.

Celia me lleva en su coche de vuelta a Vertical. Le he pedido que no me deje en el piso. Le he dicho que tengo que hablar con Mikel.

— No vas a hablar con Mikel, Markel.

— Sí que voy.

— Vas a echarte a llorar en el vestuario.

La miro.

— Vale. — Digo —. Voy a echarme a llorar en el vestuario.

— Ya. — Celia pone las luces en Sants —. Por eso te lo he dicho.

Llegamos a Vertical a las doce y cuarto. El equipo está en la sesión del mediodía. Celia me ayuda a bajar. Entro por la puerta trasera, la que da al almacén, para no tener que atravesar la sala de lead con la muleta y el botín. Celia me deja en el pasillo.

— ¿Te acompaño al vestuario?

— No.

— ¿Te mando a alguien?

— No.

— Markel.

— No, Celia.

Asiente. Se va. Yo empujo la puerta del vestuario con la muleta.

Está vacío. Huele a desodorante y a pared acolchada y a pies de gato que alguien no ha guardado bien. Me siento en el banco del fondo, con la espalda apoyada contra las taquillas. Suelto la muleta. Me miro el botín. Me miro las manos. Se me saltan las lágrimas como a un chaval de dieciséis años.

Lloro. De rabia. De miedo. De cansancio.

De esa cosa honda que llevo acumulando desde que Javi me dejó hace catorce meses, que la he ido escalando, escalando, escalando para que no me toque ni me alcance, y cada vez que le sacaba ventaja me tocaba un pie o un dedo o un hombro, y al final el suelo me reclama.

Lloro sin hacer ruido. No es drama. Es rabia seca. Me froto los ojos con el dorso de la mano y me río un segundo de mí mismo, porque la imagen es patética, y aprovecho para llorar un poco más con permiso.

Oigo la puerta del vestuario.

Intento recomponerme. No me da tiempo.

Pau entra. Lleva el móvil en la mano y una carpeta debajo del brazo. Viene a buscar algo. No me ve de entrada, viene mirando hacia las taquillas del otro lado. Cuando me ve, se para.

No sale. No se gira. No me pregunta si estoy bien, que habría sido lo fácil y lo estúpido.

Se queda ahí un segundo. Respira por la nariz. Deja la carpeta en la grada de abajo del banco. Deja el móvil encima de la carpeta. Viene. Se sienta al lado.

No me toca. No me habla.

Se queda.

Yo no le miro. Le miro la rodilla de reojo. Los vaqueros oscuros, la rodilla vieja de Pau Vergés, la cicatriz de Montserrat en la tibia justo al lado. Esa rodilla lleva años haciendo funcionar un rocódromo mientras las suyas propias se le caen a pedazos.

Me llega su respiración. Respira lento, como se respira a propósito para bajarle las revoluciones a alguien que tiene las revoluciones altas.

Me apoyo en él. Sin pensarlo. Dejo caer el hombro contra su hombro, y luego la cabeza contra su hombro, y luego cierro los ojos. No es abrazo, no es ternura, es gravedad.

Pau no se mueve. Pau, que es el tío más inquieto del gimnasio, que nunca deja quietas las manos, no se mueve ni un centímetro.

Noto el latido suyo a través del jersey gris.

Noto el olor a café y a jabón de Lidl y a ropa lavada con detergente Skip.

Noto el cuero del brazo del sofá del hogar de uno.

No sé por qué me lleva a un hogar. No tengo ese hogar.

No lo he tenido desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo tuve.

El piso compartido con Javi, ¿hogar? Hogar a medias, hogar con una mentira de pelo rubio en la almohada.

El caserío, ¿hogar? Hogar de hijo, no hogar de hombre.

Me quedo ahí treinta segundos.

Cuarenta segundos.

Me separo. Me paso la mano por los ojos.

— Perdona. — Le digo.

— De nada. — Es lo primero que dice. Su voz suena más grave de lo habitual, como si también le hubiera costado sacarla —. ¿Cuatro semanas?

— Cuatro.

— Vale.

Silencio otra vez. Él mira al suelo. Yo miro al suelo.

— Gracias. — Le digo —. No hacía falta.

— Hacía.

Pau se levanta. Recoge el móvil y la carpeta. Me mira. No hay pena en los ojos. Hay algo parecido, pero no es pena. Es reconocimiento.

— Markel.

— Dime.

— ¿Dónde vives?

Le contesto. Le cuento del piso compartido.

Del canario con la música a las tres. Del vecino del desayuno.

De que Mikel me buscó esto porque la federación no puede pagarme cinco meses de hotel.

De que el ascensor se atasca en el segundo, de que el portero del edificio se pasa el día con la radio puesta a todo volumen, de que el baño tiene un escalón en la entrada que los días buenos no es problema y los malos sí.

Pau asiente despacio.

— Dos cosas. — Dice —. Primero, ese piso con una férula y un par de muletas va a ser el infierno. No tenéis ascensor en condiciones, y por lo que me cuentas tiene un escalón en el baño que te vas a romper la cara dos veces al día. Segundo.

— Segundo.

— En mi casa hay una habitación libre. Era el despacho.

Le saco los papeles y la bici en una tarde.

Está en Poblenou, a diez minutos andando de aquí, planta tercera, ascensor que funciona, baño accesible.

Cama nueva de IKEA, escritorio, armario.

Si quieres, te mudas el fin de semana. Cuatro semanas.

O cinco. O las que hagan falta. Me pagas el alquiler que te paga la federación por el tuyo y santas pascuas.

Le miro a los ojos por primera vez. Me estoy esperando encontrar en sus ojos un motivo. Cualquier motivo. Lástima. Culpa. Obligación. Algo que me permita decir que no.

No encuentro ningún motivo claro. Lo que encuentro es una mirada honesta de un tío que está haciendo algo que no había pensado hacer esta mañana y que le parece, por primera vez en mucho tiempo, la cosa sensata.

— Pau. — Le digo —. Tienes dos hijas.

— Lo sé. Son parte del precio. Aina te va a preguntar cosas.

Irene te va a dibujar. Vas a dormir en un cuarto al lado del suyo.

Tendrás que ser limpio, porque yo soy maniático y no pienso fingir que no lo soy.

Tendrás que adaptarte a horarios que no son los tuyos.

Y tendrás que aguantarme a mí, que ya has visto cómo soy cuando algo me toca las narices.

— Algo me toca las narices yo también.

— Ya lo hemos cruzado, sí.

Sonríe un segundo. Un milímetro. Lo suficiente.

— Lo pienso. — Le digo.

— Piénsalo.

— Pau.

— Dime.

— ¿Por qué?

Pau se toma un segundo. Mira a las taquillas. Mira al suelo. Mira la mano en la que tiene la carpeta.

— Porque anteayer te eché la bronca en la oficina y me porté como un capullo, y luego has estado tres días impecable, y yo tres días comportándome peor que tú. Me debo algo a mí mismo. Y a ti. Y lo pago así.

— Vale.

— Y porque este gimnasio es también el tuyo mientras estés aquí. Y no puede ser que tu tobillo se recupere peor porque el piso que te ha tocado es un piso de mierda. Eso es lo segundo.

Asiento. Se me aflojan los hombros.

— Sábado te llamo. — Digo.

— Sábado me llamas.

Pau se va al vestuario de fuera, coge lo que había venido a buscar y se va. No mira atrás. No me deja mirar atrás.

———

Me siento en el banco solo un rato más. Ya no lloro.

Se me ha ido algo del pecho. Me pongo de pie apoyado en la muleta.

Salgo por la puerta trasera, sin cruzar la sala de lead, sin ver a nadie del equipo.

Pido un taxi con la aplicación. El taxista es un señor mayor que escucha la radio en catalán y que me pregunta si quiero que la baje.

Le digo que la deje. La voz del locutor habla de presupuestos municipales y de un partido de fútbol del fin de semana.

No entiendo todo, pero el sonido me calma.

Al llegar al piso compartido, el canario no está.

Me tumbo en la cama vestido. Miro al techo.

Luego giro la cabeza y miro al espejo donde sigue pegado el zorro de Irene con su boina.

Cojo el móvil. Marco a mi madre.

— Ama.

— ¿Qué pasa, seme?

No se lo digo. No le digo lo del tobillo todavía, porque si se lo digo sube a Barcelona en el primer Alsa. Le digo lo del piso.

— El dueño del rocódromo me ha ofrecido una habitación en su casa durante unas semanas. — Le digo en euskera —. Es separado. Tiene dos niñas. Ocho años. Gemelas.

— ¿Te cae bien?

— Hoy sí.

— ¿Ayer?

— Ayer no tanto.

— Markel.

— ¿Qué?

— Cuando alguien te cae bien hoy después de no caerte bien ayer, préstale atención.

— Ama.

— Que sí, seme, que sí. Ya hablamos. Come. Que no te saltes la fruta.

Cuelgo. Me quedo con el móvil sobre el pecho. Mi madre no me ha preguntado por qué me ofrecen un cuarto. Mi madre no pregunta cosas así. Mi madre escucha y suelta las frases que tocan. Y yo, hoy, escucho la suya.

Me quedo un rato mirando el techo. La luz blanca del fluorescente del descansillo entra por debajo de la puerta. La nevera del salón hace un ruido como un avión pequeño tomando tierra cada cinco minutos. Se oye al italiano de abajo discutir con alguien por teléfono en su idioma. Cierro los ojos.

Me duermo con la ropa puesta, con el tobillo en alto sobre un cojín y la palabra «sábado» dándole vueltas al techo del piso como una mosca torpe.

Hala.