Pau #2
Me sirvo un vaso de agua. Paso por delante del cuarto de las niñas.
El de Irene tiene la puerta entornada, con Brixton sobre la almohada.
El de Aina está peor hecho que el mío. El despacho es el único que sigue cerrado, con sus cajas de papeles y la bici colgada de la pared y la alfombra enrollada.
Paso por delante sin entrar. No me gusta entrar en el despacho solo, porque el despacho lo montamos Gerard y yo en 2017, cuando nos mudamos aquí, y todavía huele a él.
A su colonia, una marca italiana barata que él compraba en las gasolineras de la N-340 cuando bajábamos a Alzira en agosto.
A los carretes vacíos de sus Leicas, que olían a metal y a polvo.
A la chaqueta de plumas vieja que sigue colgada detrás de la puerta porque no he podido descolgarla.
Voy al dormitorio. Me siento en el borde de la cama. Me quito los zapatos. Me quedo ahí un rato.
En la mesilla hay una Leica M6 negra de segunda mano que Gerard compró en el Encants por cuatrocientos cincuenta euros y con la que hizo la mitad de las mejores fotos de su vida.
La Leica todavía tiene medio carrete dentro que nunca me he atrevido a revelar.
Lleva tres años ahí. La cojo de vez en cuando, la pongo a contraluz, miro por el visor.
Miro la pared del dormitorio a través de ella, el perchero, la puerta.
Luego la dejo otra vez en la mesilla y respiro.
Hoy la cojo. La pongo en las rodillas.
— Gerard. — Digo en voz alta. Me siento tonto. Me siento peor si me callo —. ¿Cómo te lo digo?
Espero respuesta. No hay. Se oye un coche en la calle. Una sirena lejana, de las del hospital del Mar.
— Me he portado como un capullo con un tío que no se lo merecía. Un escalador de Oñati que se llama Markel y que va al Mundial. Y me he puesto en plan jefe gilipollas, y Roser me ha dicho hoy que a mí me pasa algo con él, y yo le he dicho que no, pero tú sabes cuándo digo mentiras.
Me rasco la nuca. La Leica pesa en las rodillas.
— Tú siempre decías que cuando yo me pongo quisquilloso con alguien es que alguien me ha puesto a mí quisquilloso por dentro. Y lo voy a reconocer solo delante de ti, porque delante de nadie más, Gerard, ni hablar, ni hablar, mira que te lo digo.
Aprieto la cámara.
— Me ha mirado dos veces y he sentido una cosa.
No sé qué cosa. Una cosa que no había sentido desde que apareciste tú en el refugio de Benasque en 2012 con la cámara colgada al cuello y dijiste que habías venido a retratarme porque yo era el guía más gallito del valle.
Y tampoco estoy diciendo que sea lo mismo, no, no me mires así, joder, es que no sé ni cómo decirlo.
Me río solo un segundo. Luego se me cae la risa y me cae algo más. Me aprieto los ojos con el dorso de la mano.
— Perdóname. Perdóname por mirarle a un tío mientras sigo hablándote a ti. No sé si puedo. No sé si quiero. No sé si debo. No sé si tú me perdonas. Dime que sí, aunque no me oigas.
Nada.
Me quedo así un rato, en la penumbra del dormitorio, con la Leica en las rodillas y la mano tapándome los ojos.
Por primera vez en tres años no me nace el «lo siento, ya no lo miro más» automático.
Por primera vez me nace otra cosa, más cobarde, y por eso me duele más: «¿y si le sigo mirando, qué me dirías? ».
Pongo la Leica otra vez en la mesilla, despacio, como si fuera una criatura dormida.
— Que descanses, maño.
Me levanto. Voy al salón. Abro el frigorífico.
No tengo nada que me apetezca. Cierro. Me quedo de pie en la cocina a oscuras, con la luz naranja de la farola entrando por la ventana y la nevera zumbando suave, y me doy cuenta de que no quiero irme a la cama todavía.
El piso vacío esta noche pesa distinto. Pesa como pesaba el primer mes después de Gerard, solo que ahora el peso no me asfixia, me empuja a otro sitio que no sé identificar.
Cojo el móvil. Busco en contactos. Markel Aristizabal. Está guardado desde anteayer por temas de federación. Tengo su número desde hace cuarenta y ocho horas y aún no lo he usado.
Le escribo un mensaje. Lo borro. Lo vuelvo a escribir. Lo borro. Lo vuelvo a escribir. Cuatro intentos y sigo en el mismo sitio, con la luz naranja en la cara y el pulgar dudando como si fuera el de un adolescente.
«Perdona por lo de la gorra de ayer. Lo de la pared sigue en pie. Pero lo de la gorra fue una cabronada gratuita.»
Le doy a enviar antes de pensármelo.
Contesta a los dos minutos.
«Tranquilo. Ya estaba entrenando con gorra en casa para no pillarte el detalle. Buenas noches.»
Me río solo en la cocina. Me río de verdad, con el móvil en la mano y la luz naranja en la cara.
Me río por primera vez en tres días. Me río por primera vez en muchos más días, ahora que lo pienso.
La risa me sale del estómago, no de la cara.
Me sale rara. Hace que me dé cuenta de que el cuerpo había olvidado cómo se hacía.
— Capullo. — Digo en voz alta, al móvil, al piso vacío, al cielo.
Me voy a la cama.
Mañana es miércoles. Mañana Markel lleva cuatro días. Mañana me toca ser un jefe mejor y un hombre más honesto conmigo. Duermo mal, pero duermo. Y antes de cerrar los ojos pienso, sin querer pensarlo, que el mensaje de Markel sigue en la pantalla del móvil y que yo no lo he borrado.
Mañana.