Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
10%

Pau

Tercer día. Llego a Vertical a las seis menos diez.

El sol todavía no ha salido por detrás del barrio de La Florida, y el cielo, desde el aparcamiento, tiene ese color lechoso de los septiembres tardíos de Barcelona.

Abro la nave. Enciendo las luces por sectores, como siempre.

Cuando llego a la sala de lead, pongo la mano en el interruptor y me detengo un instante con la luz apagada.

Me acuerdo de la figura de Markel anteanoche, pegado a la pared, descalzo, iluminado por la luz de emergencia.

Aprieto el interruptor. La sala se enciende a pleno.

Ya no hay nadie. Hay treinta metros de panel inclinado con presas de colores y un silencio bueno.

Huele a pintura epoxi y a magnesio, y al fondo, al café que ya he dejado puesto en la oficina antes de bajar a abrir.

Subo a la oficina. Abro el portátil. Respondo correos.

Hay uno de un proveedor de Tarragona pidiéndome cifras del último trimestre.

Hay otro de la AMPA del cole de las niñas, que me piden donar dos sesiones de boulder para una rifa.

A todo digo que sí, todo a la vez, sin leer del todo.

A las seis y cincuenta oigo el ascensor y los pasos de Mikel.

Markel llega dos minutos antes que el resto.

Lo miro desde la oficina por el cristal.

No se para en el mostrador a charlar con nadie.

Va directo al vestuario. Sale en mallas negras y con una sudadera gris sin capucha.

Se pone a estirar solo en el centro de la colchoneta.

No mira al muro, no mira a Mikel, no mira a los compañeros que van llegando. Mira sus propias rodillas.

Lleva tres días impecable. Llega puntual. Cumple horarios. Pide por favor cuando necesita una presa o un cambio. Se calla. Yo, en cambio, llevo tres días sintiéndome como un gilipollas.

Cierro el portátil. Cojo el móvil y llamo a mi hermana.

— Pau, son las siete de la mañana.

— Tú estás despierta desde las seis y media, Roser, no me jodas.

— Pero no estoy de humor para hablar con mi hermano el gruñón.

— Pues hoy te toca.

Oigo a Roser suspirar. Por el ruido de fondo sé que está en la cocina, que se está haciendo un té y que el marido duerme, porque todavía no hay ruido de niños.

Oigo la cafetera de cápsulas con su chasquido tonto, el grifo, el clic del calientacomidas, los ruidos de una vida adulta que va con cierta paz hacia la mañana de un martes.

— Tu dirás.

— Me estoy comportando como un capullo.

— Contexto.

Le cuento lo de Markel. La bronca. Las cámaras de anteanoche.

Lo de ayer, cuando en medio de una pausa entre series yo le corté delante de todos y le dije que se quitara la gorra de la sala de lead porque no era reglamentario, y en realidad no pasa nada porque lleve gorra, pero yo quería decírselo.

Y cuando me giré vi que Mikel me miraba con una cara de «¿y ahora qué te pasa a ti?

» que me hundió el orgullo. Y ayer por la noche, cuando cerré, vi a Markel bajar por la escalera con el abrigo puesto y quise decirle algo, cualquier cosa, un «descansa», un «mañana hablamos», y no me salió. Me miró, yo no le miré, se fue.

Roser escucha. Roser tiene la capacidad profesional de escuchar sin interrumpir durante cinco minutos enteros, lo cual es el truco por el que sus pacientes pagan ciento veinte euros la sesión.

— Pau.

— Qué.

— A ti te pasa algo con ese chico.

— No.

— Vale.

— De verdad.

— Vale, hermanito.

— Roser, que no. Que estoy cabreado porque saltó mis normas y lo que pasa es que no sé gestionar el cabreo.

— Pau, a ti no te gusta ser cabronazo. Tú eres cabronazo cuando estás asustado. Llevas siendo cabronazo con él tres días seguidos. Entonces algo te asusta.

— Que se me escale descalzo y me cierren el gimnasio.

— Vale.

— Roser.

Un silencio al otro lado. Oigo el click de la cafetera. Oigo a Roser servirse el té, ese gesto suyo de echar primero un dedo de leche fría al fondo y encima el agua hirviendo.

— Pau, cuando quieras hablamos. De verdad. Aquí estoy.

— Ya.

— Te quiero, capullo.

— Y yo, maja.

Cuelgo. Me quedo con el móvil en la mano y el corazón en un sitio raro.

Miro al muro de lead a través del cristal.

Markel está subiendo. Va sexto en la tirada de Mikel y, cuando le toca, sube con una precisión que corta.

No hay nada sobrante en él escalando. Lo que ayer me parecía una cabezonería hoy me parece otra cosa.

Me lo reconozco a mí mismo: es bueno de verdad.

No es el vasco soberbio que yo quería pintar.

Es el vasco bueno que hace el trabajo que toca.

Mierda.

———

A las once, las niñas vienen con el yayo.

Martes, día de abuelos. Joan les tiene preparada la excursión de la tarde al acuario, y han venido a merendar antes al gimnasio y, de paso, a dejarme la bolsa del violín de Irene que luego se llevan al piso.

Aina entra corriendo como si fuera suya la nave, y de alguna manera lo es.

Irene camina detrás con el cuaderno de dibujo pegado al pecho y una camiseta rosa que me puso la abuela Montse, porque la madre Montse Farga tiene una relación particular con las camisetas rosas y con las nietas.

La camiseta tiene un unicornio bordado y unas letras que dicen «Princess».

Irene la lleva con la dignidad de una niña que sabe que no eligió la camiseta y que la lleva porque la abuela ha llorado al ponérsela.

— Papa. — Aina me abraza la pierna —. ¿Puedo escalar un rato?

— Tiene pie abierto. — Joan levanta las manos, como quien ha librado batallas —. Ha tenido todo el camino el tema.

— Un rato. — Le digo —. Te la pone Xavi.

Xavi, el monitor de boulder, está limpiando presas en la sala pequeña.

Le hago un gesto. Xavi es majo, un chaval de veintiocho, delgado, flequillo raro, ojos muy grandes.

A las niñas las quiere como si fueran sobrinas, y Aina lo obedece solo un poco más que a mí.

Irene va detrás sin decir nada, con el cuaderno y las gafas.

Me quedo en la cafetería con mi padre un cuarto de hora, hablando de la huerta y de mi madre y del próximo viaje a Alzira que me toca en octubre.

Mi padre tiene la delicadeza de no mencionar a Gerard ni a los Puig hasta que los menciono yo.

Le cuento cuatro cosas sin fondo. Me quita la servilleta arrugada de la mesa y la dobla él.

Mi padre es un maniático, sigue siendo una maravilla.

Pide el cortado largo de leche y me lo paga con monedas contadas, aunque sabe que la cafetería es mía y que no tiene que pagarse el café.

Es una cosa que le dije una vez y a la que no me hace ni caso.

Me da rabia y al mismo tiempo me consuela.

— Pau, yo bajo con las niñas. — Se levanta —. Tú trabaja.

— Gracias, papa.

Bajo con él a la sala. Aina está en la pared de boulder fácil, subiendo con seriedad, mandíbula apretada. Irene, en un banco al lado, dibuja. Xavi está asegurando otra presa al lado. Todo bien.

Markel sale del vestuario con una botella de agua en la mano.

Va hacia el muro de lead, pero antes de llegar, Aina, que está a tres metros del suelo, pisa mal, se escurre.

Grita. Cae hacia atrás con el cuerpo abierto.

Joan da dos pasos, Xavi abre los brazos y, un segundo antes de que ninguno de los dos llegue, Markel está allí.

No sé cómo ha llegado. La coge al vuelo con las dos manos, la frena, la pone de pie en el suelo con la suavidad con que se baja un gato.

— Vale, vale. — Le dice —. Estás bien. No ha pasado nada. ¿Dónde te has hecho pupa?

— En ningún sitio. — Aina le mira con los ojos muy abiertos —. Nada.

— Pues a ver la cara.

La agacha y le mira la frente, la mejilla. No hay nada. Aina, que en otro momento estaría partiéndose la cara en dos de orgullo herido, se deja mirar. Markel le pasa la mano por la frente como si le quitara polvo.

— Niña valiente. — Le dice —. Se te ha ido el pie en la chapa. Le pasa a cualquiera. A mí me pasó ayer.

Aina levanta la barbilla.

— ¿A ti?

— Pregúntaselo a Mikel.

— ¿Quién es Mikel?

— El jefe del jefe.

— Ah. — Aina se queda pensando —. Entonces es más jefe que mi padre.

— En mi mundo sí. En el tuyo tu padre, porque es tu padre.

Aina asiente con la seriedad de un juez. Irene, desde el banco, lo mira todo. Joan, a mi lado, tiene una sonrisa pequeña que se me clava por dentro.

Markel levanta a Aina con las dos manos, le baja los pies a la presa del principio de la vía.

— Subes otra vez despacio. — Le dice —. Cuando te canses, bajas. ¿Vale?

— Vale.

Aina sube. Markel no la toca. Se queda un metro por detrás, con las manos en las caderas, mirándola, preparado para atraparla pero sin mirar con cara de estar preparado.

Aina sube. Llega al top. Baja. Markel le choca los cinco.

La risa de Aina rebota en la pared de cemento del lateral y suena el doble de fuerte de lo que la niña pesa.

Lo he visto todo desde la oficina. Bajo las escaleras.

— Gracias. — Le digo a Markel cuando pasa por delante. La voz me sale un punto más ronca de lo que esperaba.

Me mira. No me sostiene la mirada más de un segundo. Asiente.

— De nada. — Dice, y sigue camino.

Joan me da un codazo.

— Ese chico.

— Papa.

— Nada, nada.

Se lleva a las niñas a merendar. Irene me mira un segundo de más antes de salir, con una sonrisa pequeña, y me hace un gesto casi imperceptible con la mano libre, como se hace adiós a alguien que se va de viaje.

———

A las diez cierro. Cierro las luces, cierro la caja, cierro la nave.

El trayecto a casa en coche, diez minutos por la Gran Via hasta Poblenou, lo hago sin radio.

Aparco en el parking del edificio. Subo al tercero.

Abro. El piso está en silencio. Las niñas todavía no han vuelto, duermen en casa de los abuelos esta noche.