Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Markel #2
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Markel #2

Pongo la palma contra la pared, respiro, bajo el hombro, giro la cadera, vuelvo a subir.

Clavo la siguiente presa y el dedo anular me da un pinchazo que ignoro como llevo ignorando pinchazos del anular derecho desde abril.

La piedra de plástico me huele a goma quemada cuando se me acerca a la nariz.

La cinta del arnés me roza la cintura justo por debajo del ombligo, en la franja de piel donde Javi solía pasarme la mano cuando salíamos de la ducha.

Aparto el pensamiento como se aparta una mosca.

— Otra. — Mikel no me deja respirar —. Queremos volumen este mes, Markel. Volumen, no proezas. Lo tuyo del on-sight lo dejamos para enero.

— Hala, jefe.

— Calla y sube.

Subo. Vuelvo a bajar. Subo otra vez. A las nueve acabamos. El hombro me pide paz. El tobillo izquierdo me pide que le deje en el sofá todo el fin de semana. No se lo voy a dar.

Bajo al vestuario. Me ducho. Cuando salgo con la toalla puesta, el vestuario huele a alcanfor y a sudor y a un perfume de mujer que no sé por qué está ahí. Doy la vuelta a la esquina y casi choco con una niña.

Irene.

Gafas redondas con montura azul, todavía torcidas, pero menos que ayer.

Pelo rubio oscuro recogido en una coleta que le ha hecho alguien que no es su padre, porque sale muy torcida.

Lleva un cuaderno de dibujo apretado contra el pecho como si fuera un escudo.

Y me mira con los dos ojos enteros esta vez. Sin esconderse.

Me quedo quieto. Recuerdo la norma de los zorros.

— Hola. — Le digo sin mirarla directamente.

— Hola. — Responde bajito, en castellano para mí, aunque me llega el catalán de fondo como esperando a ver qué idioma elijo.

Me agacho a recoger la bolsa del suelo para ponerme a su altura sin ponerme a su altura.

— ¿Qué haces por aquí?

— Espero al yayo. — Mira al suelo. Luego me mira de reojo —. El papá está enfadado.

— Ya veo.

— Es que él es el jefe.

Me lo dice con la precisión de una niña de ocho años que ha estado escuchando a los adultos decirlo durante meses. No hay rabia en su voz. Tampoco defensa. Hay explicación de manual. Tiene una pegatina de un panda en la solapa del cuaderno, ya despegada por una esquina, pegada otra vez con celo.

— Sí. — Le digo —. Es el jefe. Y yo me he portado un poco mal y él me ha echado la bronca. Perdóname tú también, que le he puesto de mal humor.

Irene sopesa la disculpa. Tuerce la boca como si estuviera decidiendo si aceptarla. Es una boca de niña pequeña que va a aceptar la disculpa pero quiere pensárselo, porque no se aceptan las disculpas a la primera, eso lo enseñan en algún colegio.

— Vale. — Dice por fin.

— Gracias.

Saca una cosa del cuaderno y me la tiende sin mirarme. Es un pequeño dibujo hecho a boli azul en un trozo de papel cuadriculado: un zorro subido a una pared con una cuerda. El zorro tiene una boina.

Me lo quedo mirando un segundo. Por un momento siento el frío del suelo del vestuario en las plantas de los pies, el peso de la bolsa apoyada en la rodilla, el zumbido del fluorescente del techo, todo a la vez.

— ¿Es tuyo?

— Lo acabo de hacer. — Levanta la vista un milímetro —. Es Brixton.

— ¿Y quién es Brixton?

— Mi zorro. Duerme conmigo. Tengo siete años de dormir con él.

— Entonces es un zorro serio.

Irene me sonríe sin sonreír del todo. Lo justo para que se le mueva el labio de abajo. Y yo, que llevo veinticuatro horas sin sonreír en ningún sitio, le devuelvo media sonrisa sin querer.

— ¡Pau! — La voz del abuelo suena al fondo del pasillo —. Joan al habla, vamos tarde al cole.

Irene se gira.

— Me voy.

— Gracias por el zorro.

— De nada. — Dice, y se va corriendo con la coleta torcida bailándole en la nuca como un péndulo.

Me quedo con el papel en la mano, arrodillado delante de la bolsa, vestido solo con la toalla y un calcetín puesto, y no sé por qué se me ha cerrado la garganta.

Un dibujo de un zorro con boina. Un zorro con boina en el rocódromo del jefe que acaba de echarme una bronca impecable.

Y la hermana cabezota que me ha dicho que los vascos lo somos.

Doblo el papel en cuatro con cuidado y lo guardo en el bolsillo de la mochila, junto al carnet de la federación. Me pongo la ropa. Salgo del vestuario.

En la sala de lead, Mikel está hablando con Celia, la fisio.

Me ven, asienten, sigo mi camino. Paso por delante de la oficina.

No miro hacia arriba. No miro hacia arriba aposta, pero en el reflejo del cristal de la cafetería, como si el gimnasio quisiera joderme, veo la silueta de Pau Vergés ahí arriba.

Está apoyado en la barandilla. Está mirando el muro.

O está mirándome a mí. O está mirando su propio fantasma.

Me voy a casa.

Agur, Pau Vergés. Me debes una disculpa por estar como estás, y yo te debo una por haberte puesto así. Ya iremos cuadrando, tú y yo. Hala.

En el portal, antes de subir a casa, le mando un mensaje a mi madre.

«Ama, hoy he echado de menos el caserío.

» Mi madre me contesta a los dos minutos.

«Vente cuando puedas, seme.» Le contesto «el lunes».

No es verdad, pero es lo que se contesta a la madre cuando una niña de gafas redondas te ha dado un dibujo de un zorro con boina y tú no quieres reconocer todavía que eso te ha tocado.

En el piso compartido, el canario ya se ha ido. Me tumbo en la cama con la bolsa sin deshacer y saco el papel del zorro. Lo pego con cinta al canto del espejo. Me duermo veinte minutos. Cuando me despierto, el zorro de la boina sigue ahí mirándome.

Sonrío sin querer.

Qué me dices, tío.