Markel
Me despierto a las seis menos cinco. Dos minutos antes del despertador, como siempre.
En el piso compartido de Poblenou, que la federación me ha buscado a tiro de metro de Vertical, el ruido de fondo es un vecino arrastrando una silla sobre baldosas.
Arriba hay una cocina que amanece antes que Dios, con olor a pan tostado y a café de máquina mala.
Bajo hay un italiano que entrena en el Urban Climb y se va a las seis y media con una bolsa igual a la mía.
Vengo a desayunar, me asomo a la cocina y el compañero de piso, un chaval canario que estudia ingeniería, está en calzoncillos hirviendo café.
Tiene un grano en la espalda y unas rastas a medias que parecen un sombrero hecho a mano.
Huele a tabaco viejo y a colonia de farmacia.
— Agur. — Le saludo. Cojo el plátano, el bote de avena y el yogur griego —. Madrugador.
— Tengo examen.
— Suerte.
No me cae mal el canario. No me cae bien tampoco.
Lleva dos noches con música a las tres y media de la mañana.
Es un tema de reggaetón con el bajo distorsionado al que él añade su propia voz como si nadie le oyera.
Le oye todo el bloque. No es el piso donde yo quiero pasar cinco meses, pero es el que hay.
Desayuno de pie mirando por la ventana el bloque de enfrente.
Una mujer sale al balcón en bata, enciende un cigarro, me mira, no me conoce, vuelve a meterse dentro.
Poblenou a las seis es un barrio de obreros y adictos al deporte.
Me gusta. No es Bilbao, pero se parece en algo.
La luz tiene esa misma calidad lechosa de los amaneceres del Cantábrico cuando el cielo está cerrado, solo que aquí, al rato, sale el sol y se acaba el parecido.
A las seis y veinte salgo del portal con la bolsa al hombro.
La calle huele a panadería y a basura recién recogida, mezcla rara que solo se da en Barcelona a esas horas.
Pongo los auriculares. Berri Txarrak. Bajo el volumen un click cuando paso por delante de una mujer con un perro pequeño.
Saludo con la cabeza. Ella no me devuelve el saludo.
Catalanes, pienso, y me río solo, porque no es justo, y porque me gusta cuando algo no es justo y me lo digo igual.
Anoche volví a Vertical. Sé que no debía.
Sé que Pau Vergés había cerrado, sé que había dicho que no, sé que yo tenía la llave de coordinación provisional en el llavero solo porque Mikel me la dejó para que pudiera ir a recoger unas cintas que me olvidé al mediodía.
Pasé por delante de la sala de lead, vi la pared principal, llevaba dos semanas encerrado en el caserío sin apenas escalar y me subió al pecho un cosquilleo que a mí ya solo me calma una cosa.
Me quité los pies de gato. Me quité los calcetines.
Me subí a la primera presa. No la segunda.
No la tercera. Lo hice descalzo porque llevaba seis días sin sentir una presa con el pie y necesitaba que mi cuerpo se acordara de lo que es la piedra.
Estuve tres minutos arriba. Me bajé. Limpié la presa con el propio calcetín.
Cerré con la llave, la devolví al mueble de coordinación y me fui.
Pensé que no pasaba nada. Pensé que nadie lo iba a ver.
Pensé que Pau Vergés tenía cosas mejores que hacer a las diez de la noche de un martes que revisar las cámaras de su rocódromo como un portero obsesivo.
Pues mira.
A las seis veintinueve entro en Vertical. En el mostrador hay un chaval de unos veintisiete años, rubio, con un sello en el lóbulo y la camiseta del gimnasio dos tallas grande, que me mira sin mucho interés mientras pasa la bayeta por el cristal. Huele a desinfectante y a magnesio recién abierto.
— Soy Markel Aristizabal.
— Ah, el vasco. — Levanta la cabeza —. Dice el jefe que subas a la oficina antes de vestirte.
El jefe.
Lo llama así como si fuera una cosa natural. El jefe. Subo por la escalera de metal, que rechina en el tercer peldaño como una vieja conocida mía desde ayer, y pongo la mano en el pomo de la oficina. Doy dos golpes. No espero respuesta. Entro.
Pau Vergés está de pie detrás de la mesa, con los brazos cruzados.
Lleva un jersey gris fino, de cuello redondo, y vaqueros oscuros.
Tiene las mangas remangadas hasta los codos.
Los antebrazos son de escalador que deja de competir pero no deja de escalar: venosos, marcados, uno con un arañazo reciente que aún no cicatriza del todo.
Barba recortada, mitad canosa. Las canas de las sienes le dan una edad que en cara no tiene.
Ojos marrones con pestañas largas. Y una cicatriz en la tibia derecha que ayer no vi, pero hoy la veo porque lleva los pantalones un poco subidos al sentarse.
Tiene la cara de quien ya ha tomado una decisión y está haciéndote la cortesía de explicártela.
— Siéntate. — Señala la silla.
Me siento. Dejo la bolsa en el suelo. La silla de plástico cruje un poco.
La oficina huele a café frío y a papel de impresora.
Hay un calendario del Banc de Sabadell con días tachados a boli rojo, una taza con la cara de una niña pintada y la palabra «papa» en pegamento brillante, y, en la estantería, un casco de escalada antiguo lleno de polvo.
— Ayer volviste. — No es pregunta.
— Ayer volví.
— Descalzo.
— Descalzo.
— En el muro que te dije que no.
— En el muro que me dijiste que no.
Pau respira por la nariz. Aprieta la mandíbula. Se sienta. Pone las manos abiertas sobre la mesa como el que está a punto de tachar algo en un folio que todavía no existe.
— Markel. — Dice mi nombre por primera vez, y me llega distinto al cerebro del que yo esperaba —.
Yo no sé cómo hacéis las cosas en Bilbao.
Allí tú tienes rocódromos municipales, escaladeras de paja, amigos que te guardan la espalda y un entrenador que te mira para otro lado porque sabe que como te saque del equipo le cae el ayuntamiento encima. Aquí no.
— Vale.
— No, no es vale así, de perro apaleado, porque tampoco soy imbécil.
Mírame cuando hablo. — Le miro. Tiene los ojos más cansados que enfadados, y eso es peor —.
Aquí, en Vertical, yo he tardado ocho años en convencer a las aseguradoras de que las primas me salgan decentes.
¿Sabes por qué me han salido decentes este año por primera vez?
Porque no he tenido ni un accidente grave en dos años.
Cero. Tú vienes aquí a hacer tu Mundial, yo te abro la puerta cinco meses, te doy el muro, te doy los horarios, y tú me devuelves el favor entrando a las diez de la noche solo, descalzo, sin arnés, a escalar la pared alta.
— No fue sin arnés.
— Fue sin arnés.
— Había cuerda colgada.
— Sin nadie que te asegurara, que para el caso es lo mismo.
Si te caes, te mueres, y el juez a mí. Markel, escucha, que esto no es bronca, es explicación.
— Se pasa la mano por la nuca —. Si tú te matas en mi gimnasio un martes a las diez de la noche, a mí me cierran el gimnasio tres meses en lo que se aclara.
Y yo tengo dos hijas y una hipoteca y una plantilla.
Y la plantilla come de que yo cumpla mis propias normas las primeras.
— Lo entiendo.
— Y entonces, ¿por qué?
Porque me pedía el cuerpo, pienso. Porque llevo dos semanas sin sentir piedra.
Porque el tobillo me pide prueba. Porque dormir es difícil desde hace un año.
Porque, si no subo, me subo por la pared de otro modo y no sé hacia dónde.
Porque hace catorce meses que el bar de Benito en Bilbao me arrincona y yo solo me suelto cuando estoy a cinco metros del suelo con los dedos en una presa de un centímetro.
— Porque soy un cabezota.
Pau deja salir el aire. Se le descomprime el cuello un centímetro.
— Me lo dijo Aina.
— Ya.
— Mira, yo no voy a ser el entrenador de tu moral, ni te voy a dar discursos.
Voy a hacer lo que yo hago siempre que alguien me toca las narices: voy a aplicarte mis normas al pie de la letra.
Hasta que demuestres que confío en ti, pies de gato siempre, arnés siempre, horario oficial siempre, y si te veo en una pared sin asegurar una sola vez más te vas al Urban Climb a entrenar el Mundial con Enric Company, que le encantará. ¿Queda claro?
— Queda clarísimo.
— Bien.
— Pau. — Le digo. Se para —. Lo siento de verdad.
Me mira. Sostiene la mirada dos segundos de más. No sé qué lee, pero sea lo que sea no parece del todo bronca, y me alegro un segundo antes de recordarme que no debería alegrarme de cómo me mira este tío.
— Vale. — Asiente —. Vete a cambiar. A las siete empieza Mikel contigo.
Me levanto. Recojo la bolsa. Llego a la puerta y, con la mano en el pomo, me giro.
— ¿Puedo preguntarte una cosa?
— Dime.
— ¿Cómo te diste cuenta? ¿Te quedaste aquí hasta tarde?
Pau me mira un instante de más. No contesta. Coge un bolígrafo. Lo deja otra vez. La taza con la cara de la niña tiembla un milímetro.
— Revisé las cámaras desde casa. — Miente mal. Lo sé, y él sabe que lo sé.
— Ah. Vale.
Salgo. Cierro la puerta suave. En el pasillo me quedo un segundo con la mano en la pared, respirando.
Revisó las cámaras. Ya. Revisó las cámaras a las diez y media de la noche.
Bueno. Estábamos dos tíos trabajando tarde en nuestras cosas, él en su oficina y yo en la pared que no tenía que estar pisando. A saber. Joder que no.
———
La sesión con Mikel empieza fuerte. Mikel es duro, siempre lo ha sido, pero conmigo es además personal porque me fichó él, y eso es lo peor.
Es duro porque me quiere bien. Me pone una tabla de resistencia en el muro de lead, que consiste en una vía larga de 7a, la subo, la bajo, la subo, la bajo, y después vienen veinte intentos encadenados hasta que me tiemblan los antebrazos como si me los estuviera exprimiendo una mano invisible.
— Más abajo, Markel. Si se te sube el hombro al oído, pierdes energía. — Mikel me grita desde la colchoneta —. A ver esta.
— Estoy.
— No estás.