Punto de inflexión (Equipo Nacional 2) Pau
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Punto de inflexión (Equipo Nacional 2)

Punto de inflexión (Equipo Nacional 2)

Por Leo Santos

© inepub.com

Pau

A las seis y cuarto de la mañana, Vertical Barcelona huele a goma, a magnesia vieja y al café quemado que anoche nadie se molestó en tirar.

Es mi olor favorito del mundo, aunque no lo reconozco en voz alta porque quedaría raro.

Enciendo las luces de la nave por sectores, como siempre: primero la sala de boulder pequeña, luego la grande, luego el muro de lead de catorce metros, y por último la cafetería de arriba.

La rutina me ordena el cuerpo antes de que el cuerpo me ordene el día.

Subo a la oficina con el café en la mano y abro el correo.

Una queja de un socio que se ha dejado el bono caducado, una factura, un mensaje de Mikel Aranceta confirmando que llegan a las siete.

Hoy empieza la concentración del equipo nacional de lead en Vertical, y eso significa que voy a tener a seis escaladores profesionales metidos en mis salas durante cinco meses.

Bien. Es dinero. Es también un quebradero de cabeza, pero es dinero y se nota en el banco.

A las siete menos diez oigo el ascensor.

Detrás de Mikel viene un tío alto, aunque menos que yo.

Más flaco que yo también. Pelo negro con un remolino asesino en la coronilla, recogido en un moño bajo; barba densa, de esas que dejan ver la forma de la mandíbula solo cuando giran la cara.

Lleva una boina vasca encima del moño, lo cual me parece una decisión estética valiente.

Gafas Ray-Ban en la frente. Una bolsa de deporte enorme al hombro.

Antebrazos que parecen dos rollos de cuerda anudada.

Ojos verdes muy claros, casi de gato, que me escanean el gimnasio en tres segundos como si estuviera decidiendo qué pondría de otro color.

— Markel Aristizabal. — Me tiende la mano. Acento de Gipuzkoa entero, no tiene nada que perder —. Encantado.

— Pau Vergés. Igualmente. — Le aprieto la mano. Dura, seca, llena de callos. Un segundo de más del que corresponde, y no sé quién de los dos ha decidido alargarlo.

Le enseño el sitio. La sala de lead, que es donde más va a vivir.

La sala de boulder. El gimnasio auxiliar con peso libre y colchoneta de movilidad.

La cafetería con vistas. Le explico horarios: de seis a nueve es uso exclusivo del equipo; de nueve a once, abierto a socios con reserva; de once a cuatro, equipo otra vez; de cuatro a diez, abierto.

A las diez cerramos. Asiente. Asiente bien, como quien sabe escuchar antes de hablar. Me tranquiliza un pelo.

Cuando subimos al muro de lead y levanta la cabeza para mirar el techo, dice:

— Oye, Pau, una pregunta. ¿Aquí se puede escalar descalzo?

Parpadeo.

— ¿Descalzo?

— Me gusta calentar los dedos del pie antes de ponerme los pies de gato. En Bilbao lo hago.

— En mi gimnasio no. — Lo digo sin pensar, con la tranquilidad del que ha puesto él las normas.

Marco con la barbilla la sala —. En la colchoneta sí, calienta todo lo que quieras.

En el muro, pies de gato y magnesia. Si pisas presa con el pie descalzo y se te queda la grasa, el siguiente escalador se resbala.

Y si te resbalas tú y te matas, me toca a mí explicar al juez por qué no hice cumplir mi propio reglamento. Así que no.

Markel me mira con los ojos entornados. No lo encaja mal, no se ofende. Encaja como si estuviera archivando una nota mental: este tío es de los que dicen que no.

— Vale. Entendido.

Mikel, al margen, sonríe. Mikel conoce a los dos lo suficiente como para saber que acaba de oír el primer disparo de una guerra que no le va a tocar ganar a él.

— Venga, pues empezamos. — Mikel le da una palmada en el hombro a Markel —. Cambio, calentamiento y sesión de contacto con el muro. A las nueve acabamos y te instalo en el piso compartido.

Markel asiente y se va al vestuario con la bolsa.

Mikel se queda conmigo en la sala, mirando al vasco alejarse.

— Pau, no me lo pongas complicado. Este chaval me tiene que llevar al Mundial.

— No le pongo nada complicado. Le pongo las normas.

— Ya, ya, pero sabes cómo es la gente. — Mikel me guiña un ojo —. Tú menos palo y más zanahoria, que luego sale mejor. Las zanahorias aquí las tengo yo y no os tiréis los trastos el primer día, te lo pido por favor.

— No me tiro ningún trasto. — Suspiro —. Es solo que ayer tuvimos incidente con un socio que escaló sin pies de gato y se le fue el pie. Y no tengo ganas.

— Pues ya está. Lo entenderá.

Mikel baja al muro y yo me quedo arriba, apoyado en la barandilla, como un jefe de catedral.

Desde aquí se ve toda la sala de lead. Markel sale del vestuario con mallas negras y una camiseta de tirantes gris.

El tatuaje del antebrazo izquierdo es una boina vasca con una montaña debajo.

Se sienta en el suelo a estirar, con las piernas abiertas, y no sé por qué me quedo mirándole el cuello.

La manera en que se lo agarra con la mano mientras gira la cabeza hacia un lado. La nuca.

Me despego de la barandilla como si el metal quemara y me vuelvo a la oficina. Tengo cosas que hacer.

———

A las nueve y media viene mi padre con las niñas.

Joan Vergés, el hombre más puntual de Cataluña, me abraza con una mano, y con la otra suelta a Irene, que lleva la mochila del zorro Brixton colgada del hombro, como si fueran dos camaradas de carretera.

Aina llega corriendo por detrás, con el pelo despeinado del viaje y la camiseta del rocódromo que Gerard le compró en una feria en Olot a los tres años, y que sigue usándole de pijama porque ya le queda grande para andar por la calle.

Irene lleva las gafas redondas de montura azul torcidas sobre la nariz. Se las arreglo en un gesto automático.

— Papá. — Aina me tira de la manga —. ¿Ha llegado ya el vasco?

Mi padre resopla.

— Llevo desde Plaça Espanya escuchando la pregunta.

— Sí, ha llegado. — Me agacho y beso a las dos en la frente. Irene me da un beso de vuelta y me susurra al oído "bon dia, papa" en catalán. Aina me ignora y mira alrededor como si estuviera en una cumbre diplomática —. Pero está entrenando, chicas. No se le molesta. Hoy es su primer día.

— Yo no molesto. — Aina es contundente —. Yo solo le miro.

— Aina, te conozco.

— Pues por eso.

Bajo con ellas a la sala. Las niñas saben moverse por Vertical como por su propia cocina.

Saludan a Xavi, el monitor de boulder, que les choca los cinco.

Saludan a Núria de la cafetería. Mi padre se queda hablando con Montse, que le pregunta por el huerto.

Irene se pega a mi pierna. Aina va directa al muro de lead, como si esta fuera su responsabilidad, no la mía.

Markel está en la tercera vía, subiendo con un compañero asegurando.

Baja justo cuando Aina se planta a dos metros de él, con las manos en la cintura.

Mi padre, detrás, tiene la misma cara que pone en los funerales.

A mi padre le enamoró Gerard, y desde entonces cualquier hombre que se acerca a este gimnasio pasa por la ITV de una mirada suya de doce segundos.

— Hola. — Aina es la única que se atreve a ser la primera voz siempre.

Markel se deshace del arnés y se gira. Ve a la niña. Le baja la cara a su nivel, como haría cualquier persona que sabe estar con niños sin hacerlo raro. Tiene una media sonrisa que le nace de la mejilla más que de la boca.

— Hola, guapa. ¿Tú quién eres?

— Aina. — Se señala el pecho —. Y tú eres el vasco nuevo.

— Yo soy el vasco nuevo. — Markel me busca con la vista de reojo, pero no me mira del todo. Vuelve a Aina —. ¿Y quién te lo ha dicho?

— Mi padre. — Aina se cruza de brazos —. Mi padre dice que los vascos sois cabezotas.

Quiero que el suelo se abra. Que venga un terremoto. Que venga Gerard desde donde esté y me saque de esta sala por la oreja.

Markel se ríe. Una carcajada corta, pillada por sorpresa. Se echa la boina hacia atrás. Mi padre, por primera vez en tres años, mira a un hombre que no es su yerno muerto con una pizca de sorpresa. Irene, detrás de mi pierna, se aferra más fuerte a mi vaquero. Oigo cómo aguanta la respiración.

— Pues tu padre tiene razón. — Markel se pone en cuclillas delante de Aina con una naturalidad que me desarma —. Los vascos somos cabezotas. ¿Sabes qué pasa? Que es que la tierra nuestra tiene muchas cuestas y, cuando subes cuestas todo el rato, se te pone la cabeza dura. No nos queda otra.

Aina se lo queda mirando un rato, con la boca entreabierta.

— Tiene sentido.

— Lo ves. — Markel le tiende un puño. Aina le choca el puño sin pensarlo —. Y tú, ¿cómo te llamas?

— Aina Vergés-Puig. — Le da la mano como una ejecutiva de Banco Sabadell —. Y esta es mi hermana Irene. Pero es tímida.

Markel gira la cabeza despacio. Irene, desde detrás de mi pierna, asoma medio ojo. Markel no le mira directamente, lista. Mira al suelo y luego al techo y luego al arnés, como si estuviera hablándose a sí mismo.

— A las hermanas tímidas mejor no mirarlas a los ojos el primer día. — Dice, en voz baja, como si me lo dijera a mí —. En Euskadi tenemos la misma norma con los zorros.

Irene aprieta un poco más la mano de Brixton dentro de la mochila. Pero asoma los dos ojos. Y no dice nada, pero no se esconde del todo.

Mi padre carraspea detrás de mí.

— Aina, Irene, venga, que dejamos trabajar al señor y nos vamos a desayunar. — Joan agarra a Aina por el hombro con suavidad y la gira hacia la puerta —. Pau, el Gordo tiene listos unos cruasanes.

— Ya voy. — Me despego a Irene de la pierna con cuidado —. Markel, perdona. Las niñas a veces entran sin avisar.

— No te preocupes. — Markel se levanta. Me mira por primera vez sin máscara —. Son un regalo. De verdad. Las dos.

Lo dice sin cachondeo, sin paternalismo, con la sencillez del que lo dice porque lo piensa.

Se me atraganta un segundo la respuesta.

Asiento. Digo "gracias" y me voy con mi padre y las niñas a la cafetería, y no me giro, y juro por los cojones de mi padre que no me giro, pero lo siento en la nuca, igual que cuando se enciende un foco y te quemas sin verlo.

En la cafetería, Aina se come un cruasán en tres mordiscos y anuncia, con la boca llena:

— Papá, el vasco me cae bien.

— Mejor. — Me bebo el café de un trago —. Va a estar aquí cinco meses, así que vamos a llevarnos bien todos.

Irene, a mi lado, levanta los ojos del zumo y me susurra, muy bajito, en catalán:

— A mí también.

No digo nada. Le acaricio el pelo. Pero el estómago me da un vuelco que no sé si es orgullo de padre o de otra cosa que no quiero nombrar.

———

A las nueve de la noche cierro. Los monitores se van.

El último socio me saluda al pasar por el mostrador y se marcha con el casco en la mano.

Apago la cafetería, apago la sala de boulder pequeña, dejo la luz de emergencia en la grande.

Subo a la oficina para cerrar caja y me quedo un rato en la silla, mirando el muro a través del cristal oscuro.

A veces me quedo aquí más tiempo del que hace falta.

No tengo prisa por llegar al piso vacío.

Las niñas esta noche duermen con los abuelos, porque mañana mi padre las lleva a una granja escuela antes del cole.

Abro el programa de cámaras para revisar las últimas horas, más por costumbre que por otra cosa. Paso el día entero en seis cuadrantes. En el cuadrante dos, el de la sala de lead, veo algo.

Son las diez menos diez. El gimnasio está cerrado desde hace cuarenta minutos.

Hay alguien en la pared.

Me inclino hacia el monitor. La imagen es mala, en blanco y negro, con grano.

Pero lo reconozco enseguida, por la forma de moverse más que por el pelo.

Markel Aristizabal está en el muro principal, cinco metros de alto, seis, siete, agarrándose a una vía larga de lead que tiene colgada una cuerda de práctica.

Está subiendo sin arnés, pegado a la roca como una lagartija.

Y está descalzo. Sin pies de gato. Sin magnesia. Pie desnudo sobre la presa.

Me cago en la puta.

Me levanto de la silla tan rápido que golpeo la mesa con la cadera. Salgo de la oficina hecho una furia, bajo las escaleras de dos en dos, y ya abro la boca con la bronca armada entre los dientes.

No em toquis els collons, vasco.

Antes de llegar a la sala de lead me paro un segundo.

Desde la puerta veo la pared entera. Él.

De espaldas a mí. La línea de la espalda, el moño bajo con el remolino, las pantorrillas marcadas, la planta del pie blanca sobre la presa rugosa.

Está mirando hacia arriba, no hacia mí, no me ha oído.

Está en silencio, como si rezara. En su rezo no hay gimnasio, no hay horarios, no hay jefe.

Es la imagen más infractora que he visto en mi gimnasio en ocho años.

Y me pesa decir esto, pero es también la más bonita.

Respiro hondo. Aprieto los puños. Elijo, en ese instante, no gritar.

Elijo volver a la oficina, coger el móvil y mandarle un mensaje seco para mañana.

Mañana a las siete, en mi oficina, hablamos.

Punto. Si grito ahora mismo se va a caer, y no quiero tener que explicarle a Mikel Aranceta por qué su fichaje estrella está en el Hospital de Bellvitge con la cadera rota por mi culpa.

Vuelvo arriba de puntillas. Cierro el programa de cámaras. Apago la luz de la oficina. Me quedo un segundo de pie en la oscuridad, con las manos planas sobre la mesa, respirando.

Mañana a las siete.

En mi gimnasio, cuando yo digo que no, es que no.

Me voy a casa con el estómago cerrado y una frase dando vueltas que tampoco quiero nombrar.