Punto de fuga Capítulo 29
97%

Capítulo 29

Han pasado cuatro días y todavía me despierto buscando la placa en la mesilla.

Ya no está. La entregué yo mismo, sobre la mesa de un despacho que no era el de Sabino porque el de Sabino está precintado, delante de un instructor con cara de no haber dormido y una lista de cargos contra mí que el hombre leía sin gusto: actuar fuera de servicio, no dar cuenta a la cadena, uso irregular del arma, entrar por mar en una operación que no existía en ningún papel.

Todo cierto. No negué una coma. Cuando me preguntaron por qué, dije la verdad, que suena fatal en un acta: porque la cadena de mando estaba podrida de arriba abajo y obedecerla habría matado a un hombre.

Lo anotaron. Ya veremos qué hacen con ello.

La fiscal Senra, que habla despacio y firma despacio, me ha dicho que colabore y calle, que lo mío es un lío pero que hay líos que la ley acaba entendiendo.

No me prometió nada. Me cae bien por eso.

He perdido la placa. He perdido el trabajo, seguramente.

Y he perdido algo que no sabía que se pudiera perder por separado: he perdido ser el hijo de Xoán Deza que Sabino formó.

Ese hombre, el recto, el que no se desvía, el que llega a viejo por obedecer, ese ya no existe.

Lo tiré por la boca de la furna con el norte de latón.

Y lo raro, lo que no me esperaba, es que debajo no había vacío.

Había otro hombre. Uno que respira mejor.

Vuelvo a Arnela un martes de niebla. Cómo no.

El pueblo huele a lo de siempre, a marea baja y a humo de leña, y la casa de la abuela Sabela sigue siendo la última de la fila, pegada al muelle, con la parra seca colgando del alero.

Solo que ya no está cerrada. Sale humo de la chimenea.

Hay una ventana abierta a pesar del frío, y en el alféizar, una libreta y un vaso con dos lápices.

Adrián ha abierto la casa. Ha vuelto a la que dijo que no volvería.

Se me hace un nudo antes de llamar, porque abrir esa casa, para él, es más que abrir una casa.

Llamo. Tardo en llamar, pero llamo.

Abre con un jersey que le queda grande y las ojeras un poco menos hondas y esa cicatriz que le parte la ceja izquierda, la que me sé de memoria como una costa.

Nos miramos. Cuatro días sin vernos, desde la cala de guijarros, desde que se lo llevaron a él por un lado y a mí por otro a firmar declaraciones distintas de la misma noche.

— Agente Deza — dice, y ya no hay burla en el mote, hay tiento — . Ya no eres agente, me han dicho.

— No. — Me quedo en el umbral, con la niebla en la espalda — . Ya no.

— ¿Y qué eres ahora?

Buena pregunta. Es de periodista.

— No lo sé todavía — digo — . Es la primera vez en la vida que no lo sé. Y no me da tanto miedo como creía.

Adrián se aparta de la puerta. No es un abrazo.

Pero es dejarme pasar, y en él, que lleva la vida entera midiendo por dónde escapar, dejar entrar a alguien es casi lo mismo.

La cocina de la abuela está caldeada, con una olla al fuego que huele a caldo, a grelo tardío, y me acuerdo de Sabino sirviéndome el suyo hace seis días para sentarme, y pienso que un caldo puede ser una trampa o puede ser una casa, según quién lo ponga, y este es de los otros.

Nos sentamos a la mesa de madera gastada. Fuera, el muelle, las barcas fondeadas, la niebla. No sé por dónde empezar, así que empiezo por lo que cuesta, que es lo que aprendí esta semana.

— No he venido a pedirte perdón — digo.

Adrián levanta las cejas, y la cicatriz se le tuerce.

— Vaya. Empiezas fuerte.

— Pedir perdón sería fácil. Sería pedirte a ti que cargaras con soltarme el peso.

— Apoyo las manos en la mesa, esas manos de cabos que no saben estar quietas cuando digo algo importante — .

Te mentí. Mantuve el canal con Sabino cuatro días creyéndome más listo que él y que tú.

Llevé la caza hasta Uxía. Y cuando lo supe, en vez de contártelo y dejar que decidieras con todas las cartas, me lo callé y decidí por ti, como decidí por ti hace nueve años cuando te dejé subir a aquel autobús sin correr detrás.

No fue un malentendido, Adrián. Lo hice.

Tuvo un coste, y lo pagaste tú, y no hay manera de contarlo que me deje bien.

Así que no te lo cuento para quedar bien. Te lo cuento para que sepas que lo sé.

Silencio. Adrián no dice nada, que en él es la alarma, y por primera vez la dejo sonar sin taparla con más palabras. Espero. Aguanto el silencio como se aguanta un temporal, sin buscar puerto, sin llenarlo, dejándole todo el sitio del mundo para que diga o no diga.

— Hace nueve años — digo, cuando el silencio ya ha durado lo que tenía que durar — no te dejé marchar porque no te quisiera.

Te dejé marchar porque me daba más miedo desviarme que perderte.

Sabino me había dicho que no tirara la carrera por un chaval, y yo, que acababa de enterrar a mi padre y me agarraba a su voz como a un flotador, obedecí.

Me quedé en el muelle con las manos en los bolsillos viendo subir el autobús, y me dije que hacía lo correcto, lo recto, lo de fiar.

Tardé nueve años en entender que no fue lo recto.

Fue lo cobarde con nombre de virtud. — Trago — .

Y esta semana casi lo repito entero. Casi te dejo ir otra vez, callado, por tu bien, decidiendo por ti.

La diferencia es que esta vez, cuando te fuiste, fui detrás. Por mar. Tarde, pero fui.

— Toda mi vida — sigo — he navegado por un norte que me marcó otro.

Mi padre, o el hombre que se disfrazó de mi padre.

La línea recta, la cadena, obedecer. Creí que eso era ser de fiar.

Y resulta que era justo lo contrario: era no navegar.

Era dejar que otro llevara el timón de mi vida y llamarlo lealtad.

Y esa lealtad casi te mata. La noche de la furna tiré ese norte al agua.

Bueno. Casi. No fui capaz de tirarlo del todo.

Meto la mano en el bolsillo del pecho. Saco la brújula. El latón gastado, las iniciales rascadas, X. D., el rumbo que grabó mi padre una noche que no llegamos a puerto y llegamos igual. La dejo sobre la mesa, entre los dos, y la empujo despacio hasta que queda delante de él.

Adrián la mira. No la toca. Sabe lo que es. Se lo conté en el faro, hace una vida de tres días.

— No — dice, bajo — . Es de tu padre. Es lo único que...

— Es lo único que me quedaba de la vida de antes — digo — .

Por eso te la doy. No para que la guardes.

Para que sepas que ya no navego por ella.

Llevo treinta y siete años preguntándole a esta aguja hacia dónde tirar.

Y esta semana he entendido que el norte no estaba en el latón.

— Lo miro, y me cuesta, me cuesta más que entrar en la furna por mar, porque en la furna solo me jugaba la vida — .

Estaba en un crío de Arnela que se abrió la ceja en unas rocas y al que dejé marchar por obedecer.

Tú eres el norte, Adrián. No la aguja. Tú.

Adrián respira raro. Baja la vista a la brújula, a mis manos, otra vez a la brújula.

— No sé fiarme — dice, y le tiembla la voz, y por una vez no la tapa con ironía — .

Lo sabes. Todo el que se me acerca lo paga o me deja.

Me lo enseñaron pronto y me lo he creído toda la vida.

Fito lo pagó. Tú me dejaste una vez. ¿Cómo sé que esto no es la aguja apuntando a otro sitio unos meses hasta que vuelvas a obedecer a alguien?

— No lo sabes — digo — . Yo tampoco sé si tú no vas a coger la libreta un día y subirte a un autobús para no deberme nada.

Nadie lo sabe. Fiarse es eso, creo. Remar sin ver la otra orilla.

— Empujo un poco más la brújula hacia él — .

No te pido que me perdones. No te pido que me digas que sí ahora.

Te pido una cosa sola, la única que sé pedir después de esta semana.

— Cojo aire, y me quedo sin coraza, del todo, desnudo como no he estado nunca delante de nadie, ni de crío — .

No rememos solos. Ni tú ni yo. Ninguno de los dos sabe, los dos lo hacemos fatal, mira cómo hemos acabado cada uno por nuestra cuenta.

Pero esa noche, en la boca de la furna, con dos remos a la vez, salimos.

Solo así salimos. — Dejo la mano abierta junto a la brújula, sobre la mesa, y no la muevo más — .

Quédate conmigo. O déjame quedarme yo. Como lo quieras decir.

Pero no me mandes remar solo otra vez, Adrián, porque esta vez sí que no sé volver.

Y ya está. Lo he dicho todo. He puesto sobre la mesa de la abuela Sabela la brújula de mi padre, el nombre que me quitaron, el trabajo que perdí y las manos vacías de un hombre que se ha quedado sin norte a propósito, y ahora estoy aquí, expuesto entero, sin placa, sin coartada, sin nada que ofrecer que no sea yo, esperando a que un periodista que aprendió de crío que fiarse mata decida si merece la pena arriesgarse conmigo.

Fuera, la niebla. Dentro, el caldo hirviendo y una brújula de latón sobre la madera y mi mano abierta al lado.

Adrián me mira. Y no dice nada todavía.