Punto de fuga Capítulo 30
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Capítulo 30

No le contesto con palabras. Las palabras son mías, son mi oficio, y llevo toda la vida usándolas para poner distancia, para tener la última, para no deber nada. Por una vez, las dejo quietas.

Me levanto de la mesa de la abuela, con la brújula de latón ahí, entre los dos, y voy hasta el aparador donde tengo el portátil abierto.

Lo traigo, lo pongo delante de Mauro, y le enseño la pantalla.

Es el reportaje. El grande. El que Rita ha publicado esta mañana, ya sin peros, el que ha reventado Grupo Bruma de arriba abajo y ha metido al comandante Grela y a media comandancia en manos de la fiscal Senra.

La pieza de mi vida. La que vine a Arnela a escribir solo, con una copia parcial y un cadáver a cuestas.

— Lee la firma — digo.

Mauro baja los ojos a la pantalla. Y ahí, debajo del titular, donde durante quince años solo ha ido un nombre, el mío, Adrián Refojo, y nada más, porque yo trabajo solo, porque compartir la firma es deberle a otro la mitad de lo que eres, ahí pone hoy otra cosa.

Por Adrián Refojo. Con la voz de Fito Randán, que no bebía.

— Es lo más cerca que puedo dejarle — digo, y me tiembla la voz y la dejo temblar — .

No pude protegerlo. Lo metí en esto y apareció en el fondo de la ría con una etiqueta que no era suya.

Lo único que sé hacer es escribir, y lo único que puedo darle ya es su nombre en un sitio donde no se pueda borrar.

He compartido la firma, Mauro. Yo. Por primera vez en la vida.

Con un muerto, sí, porque empezar por un muerto me sale menos difícil.

— Levanto la vista — . Pero es un empiezo.

Mauro mira la pantalla, y luego me mira a mí, y no dice nada, pero le veo entender lo que le estoy diciendo por debajo, que es lo que no le digo directo porque directo todavía no me sale.

— No me voy a subir a ningún autobús — digo, por fin, y suena ronco, y suena verdad — .

Llevo cuatro días con la libreta al lado de la puerta, calculando por dónde huir, que es lo que hago siempre, y esta mañana he abierto la casa de mi abuela en vez de cerrar la maleta.

He encendido el fuego. He puesto un caldo.

Y sé que abrir esta casa es lo más parecido a quedarme que he hecho nunca, porque esta es la casa a la que juré no volver.

— Empujo la brújula despacio, de vuelta, hasta el centro exacto de la mesa, ni tuya ni mía, de los dos — .

No la quiero para guardarla. La quiero encima del timón, cuando salgamos.

Que marque el norte que le dé la gana. Nosotros ya sabemos hacia dónde vamos.

Y entonces sí. Mauro se levanta, rodea la mesa de la abuela Sabela, y me coge la cara con esas dos manos ásperas de cabos y de remo, y me besa, despacio, sin prisa de fuga por primera vez desde que lo vi salir de la niebla en el muelle hace seis días y una vida, y yo dejo de calcular salidas.

Subimos al cuarto de arriba, el que fue mío de crío, con la cama estrecha bajo el alero y la ventana que da al muelle y a la niebla.

No hay adrenalina esta vez. No hay foco que nos peine al alba, no hay barco que zarpe, no hay marea que cuente.

Solo el frío de la casa cediendo al calor de la chimenea de abajo, y la luz gris de la ría entrando por los cristales, y Mauro desvistiéndome despacio, mirándome, aprendiéndome sin prisa, como se lee una carta de marear que ya no hace falta descifrar corriendo.

Me tumba y se tumba conmigo, piel con piel, y por una vez no hay cuchillo en esto, no hay despedida, no me estoy yendo mientras me quedo.

Estoy entero, aquí, en una cama de mi infancia con el hombre al que dejé marchar y que no dejó marcharme a mí.

Sus manos me recorren sin buscar arrancarme nada, dándome, y cuando su boca baja por mi cuello y su mano me rodea y empieza a moverse, lo que se me escapa no es un jadeo de urgencia, es un suspiro largo, de alguien que suelta un peso que llevaba nueve años cargando.

Mauro se detiene sobre mí, apoyado en un codo, y me aparta el pelo de la frente, y con el pulgar me roza la cicatriz que me parte la ceja izquierda.

La que me hice de crío, en las rocas de aquí abajo, el mismo día que nos besamos por primera vez y él me la curó con agua de mar y con su camiseta.

Me la conoce de memoria. Me la recorre entera, despacio, de una punta a otra, como quien vuelve a un sitio conocido.

— Esta me la sé mejor que ninguna costa — dice, bajísimo — . Llevo nueve años dibujándola con los ojos cerrados.

— Y ni una vez viniste a verla — digo, sin rencor ya, solo constatándolo.

— Vine. — Me mira — . Tarde. Por mar. Por lo torcido. Pero vine.

Y cuando por fin nos unimos, despacio, con su frente contra la mía y mi nombre entero, sin partir, entre sus dientes, no es el sexo que corta.

Es el que junta. Nos movemos como remamos en la furna, a la vez, al mismo golpe, sin uno tirando por los dos, y esta vez no salimos de ninguna cueva: entramos en algo.

Me dejo tener sin sentir que pierdo la voz.

Le dejo llevar sin sentir que me borra. Y cuando acabamos, temblando los dos, enredados en la cama estrecha de mi niñez, con la niebla en los cristales y el caldo oliendo abajo, me quedo quieto, por primera vez en la vida, sin calcular por dónde se sale.

Porque no quiero salir.

Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, que en mí es una novedad y en Mauro es su idioma.

Le oigo el corazón bajo la oreja, lento, y fuera el mar de fondo con la misma cadencia, y por una vez los dos ritmos no me dan miedo, no me cuentan un reloj, no me marcan una marea viva ni una fecha límite.

Solo son un hombre y una ría respirando.

Pienso que me he pasado la vida creyendo que quedarse era rendirse, encallar, dejar de navegar.

Y aquí estoy, quieto, en la casa a la que juré no volver, y no me siento encallado.

Me siento en puerto, que no es lo mismo. Que es justo lo contrario.

Pasan días. La fiscal llama, y el abogado llama, y Rita llama para decir que la pieza es la más leída del año y que cuándo le mando la siguiente, y sin peros.

A Mauro le abren un expediente que va para largo y que Senra dice que se puede ganar, y él ha dejado de dormir buscando una placa que ya no está y ha empezado a dormir de otra manera, más hondo, pegado a mi espalda.

Uxía viene a comer los domingos y trae marisco y no perdona a casi nadie pero a nosotros dos sí.

La casa de la abuela Sabela huele a fuego y a tinta y a dos hombres que aprenden a no remar solos, que se les da fatal, que lo intentan igual.

No es fácil. No voy a mentir, ni a mí ni al que lea esto algún día en una libreta que no pienso enseñarle a nadie.

Hay noches en que me despierto con el reflejo viejo de calcular por dónde se sale, y tengo que quedarme quieto y oírle respirar hasta que el reflejo se apaga.

Hay mañanas en que a él se le escapa una orden corta de policía, de las de antes, y luego se calla, avergonzado, aprendiendo también él a soltar lo que fue.

Somos dos hombres rotos por sitios distintos que intentan encajar sin cortarse.

A veces nos cortamos. Y nos quedamos igual, que es la novedad, que es lo que ninguno de los dos había hecho nunca: quedarse después de cortarse.

Una mañana de esas, con la marea llena y el sueste flojo, Mauro me despierta temprano, como despierta él, con el cuerpo que a las seis cree que hay que largar amarras.

— Ven — dice — . Va a abrir. Hoy abre. Te lo enseño.

Bajamos al muelle. El pueblo huele a marea baja y a humo de leña, y una vecina que barre su tramo nos da los buenos días como si tal cosa, como si no fuéramos los dos hombres que salieron en directo hace una semana, y esa normalidad tan de aquí, tan de pueblo pequeño donde todo el mundo sabe y nadie dice, es lo más parecido a que te dejen en paz que voy a conocer.

Hay una barca amarrada, no la del primo de Uxía, una de verdad, vieja, de madera, que Mauro ha empezado a arreglar con las manos porque un hombre sin placa necesita las manos ocupadas.

Le ha rascado la pintura vieja, le ha cambiado dos tablas, huele a brea nueva y a barniz.

La brújula de su padre está encajada en la bitácora, sobre el timón, marcando su norte de latón que ya no manda sobre nadie.

Soltamos amarras. Mauro empuja con el bichero, salta a bordo con esa facilidad de quien en tierra parece que anda sobre cubierta y en un barco se le pasa, y salimos a la ría, hacia la boca, entre la bruma que todavía no se ha ido.

Y a media mañana, como él dijo, abre. La niebla se levanta de golpe, en cinco minutos, igual que baja, y de pronto está toda la ría de Corveira delante, verde y plata bajo un sol lavado, el cabo Toural con su faro, os Farallóns, y al fondo, muy dentro, los tejados de Arnela pegados al agua.

Mauro lleva el timón. Yo llevo la libreta, aunque hoy no escribo. Hoy miro.

—Con niebla no se navega solo —dijo Mauro. Se lo había oído mil veces y siempre había sonado a orden. Esta vez sonó a promesa. Le cogí la mano sobre el timón y dejé que la ría nos llevara hacia dentro, hacia Arnela, sin soltarlo.