Capítulo 28
El agua me llega a la cintura y sube, y Mauro dice poco, muy poco, y en su voz de marinero que no sabe pedir nada oigo por fin el miedo, y lo raro es que su miedo me calma, porque significa que es humano, que no es Sabino, que le importa salir vivo ahora que hay un motivo.
— La barca — dice, tirando de mí en la oscuridad — . La amarré ahí, en la sombra, cuando entré. Está. Vamos.
Nadamos hacia la pared por donde salió del agua hace una eternidad de diez minutos.
Y ahí está, cabeceando, subida por la marea hasta casi tocar el techo, la barca de plástico del primo de Uxía, con sus dos remos cruzados dentro.
Nos subimos como podemos, chorreando, temblando de frío, y el mundo se reduce a cuatro metros de plástico en una cueva a oscuras que se llena de mar.
— La boca está tapada — digo, y me oigo la voz aguda, de crío — . Mauro, la boca está debajo del agua, no se puede...
— Se puede. — Me pone un remo en las manos, se sienta a mi lado en la bancada, coge el otro — .
Una vez. Con la resaca. Escúchame, Adrián, y hazme caso aunque no te fíes de mí, que sé que no te fías: la mar entra en series.
Sube con la ola y baja con la resaca. Cuando baja, el nivel de la boca cae un palmo, medio metro, lo justo para que quepamos si vamos rasos y rápidos.
Ese hueco dura tres segundos. Ni uno más.
Y no lo saca un hombre remando solo. La barca no gira con una pala.
Hacen falta dos remos a la vez, tú a babor, yo a estribor, al mismo golpe, o nos estrellamos contra el techo o nos traga la que viene detrás.
Lo miro en lo oscuro. No le veo la cara.
Le veo la forma, los hombros, la mano tendiéndome un remo, pidiéndome, él, que nunca pide, que rememos juntos.
Y entiendo, con una claridad que me llega tarde y a tiempo, que esto es exactamente lo que llevo huyendo toda la vida.
Depender. Remar a la vez que otro. Poner mi golpe en manos de que él dé el suyo.
Todo el que se me acerca lo paga, me dije siempre; mejor solo, rápido, sin deberle a nadie.
Y aquí, en una cueva que se ahoga, la única forma de vivir es dejar de trabajar solo.
— ¿Y si fallo el golpe? — digo.
— No vas a fallar. — Mauro me busca la mano un segundo en la oscuridad, me la aprieta sobre el remo — . Te conozco remando desde los doce años. Confía. No en mí. En los dos.
La ola entra. Sube la barca hasta que el techo me roza el pelo.
Mauro no se mueve, cuenta, lo oigo contar por lo bajo, uno, dos, y noto la succión honda de cuando el mar se recoge, y la barca baja de golpe con la resaca, y la boca aparece delante, un semicírculo un poco menos negro en la negrura, la noche de fuera contra la noche de dentro.
— ¡Ahora! ¡A la vez! ¡Bogaaa!
Remo. Remamos. Meto el remo y tiro con todo lo que me queda, y noto a mi lado a Mauro meter el suyo en el mismo instante, el mismo golpe, dos brazos, cuatro, un solo animal de dos cabezas empujando cuatro metros de plástico hacia un agujero que se cierra.
La barca salta hacia delante. El techo de roca pasa a un palmo de mi cara, viscoso, mojado, la muerte a un dedo, y luego el frío distinto del aire libre, y luego la barca sube por el otro lado montada en la mar de fondo, fuera, en mar abierto, y detrás, dentro de la furna, la ola grande revienta contra el techo por donde acabábamos de pasar con un trueno hueco que nos habría hecho papilla.
Estamos fuera. Vivos. En la niebla, en mar abierto, meciéndonos, empapados, sin aire, con los remos colgando, y no sé cuál de los dos empieza primero, pero nos reímos, una risa rota, histérica, de dos hombres que no deberían estar respirando y respiran.
Y me doy cuenta, ahí, con los pulmones ardiendo y las manos en carne viva del remo, de que lo he hecho.
He remado a la vez que otro. He puesto mi golpe en manos de que él diera el suyo, y él ha puesto el suyo en manos del mío, y por eso estamos fuera y no aplastados contra un techo de roca.
Toda la vida me dije que depender era la puerta por la que entra el abandono.
Y resulta que era al revés. Resulta que ir solo era lo que me tenía atrapado, y que la única forma de salir de la cueva era dejar de trabajar solo.
No lo pienso con esas palabras, todavía no.
Lo siento en los brazos, que es donde de verdad se aprenden las cosas.
Arriba, en el cabo, la niebla se llena de luces. Azules. Muchas. Girando en la bruma como faros locos.
Han llegado.
Bordeamos la punta a remo, despacio, agotados, y según doblamos el cabo la furna escupe su verdad por la boca de tierra: la Santa Xoana, embarrancada de través en la garganta, sin gobierno, con la carga de lona flotando alrededor; hombres de Bruma trepando por las rocas hacia arriba, hacia la carretera, directos a los brazos de una fila de agentes que esta noche sí llevan las manos donde se deben; y en lo alto, entre las luces, una figura menuda con una escopeta cruzada y una cesta en la mano que baja corriendo por el pinar hacia el agua.
Uxía.
— ¡Están vivos! — grita hacia arriba, hacia los azules, con una voz que se le rompe — . ¡Los dos! ¡Están vivos!
Nos arrastran a tierra en una cala de guijarros.
Alguien nos echa mantas por encima. Y entre las luces y las voces se acerca una mujer que no corre, que elige cada paso como si fuera a firmarlo, con una gabardina cerrada hasta el cuello y una calma de plazo cumplido.
La fiscal. Amparo Senra. Habla despacio, mirándonos a los dos, midiendo cada palabra.
— Señor Refojo — me dice — . Llevo tres semanas con una denuncia sobre la muerte de Fito Randán que no me dejaban archivar y no me dejaban abrir.
Esta madrugada, un medio ha emitido en directo un material que, si es lo que parece, me abre las dos cosas de golpe.
— Mira a Mauro, largo, y hay algo en su cara que no es reproche pero tampoco es indulto — .
Y usted, agente Deza, tiene mucho que contarme.
Empezando por qué hace un policía entrando en una cueva por mar a las cinco de la mañana sin una sola orden que lo ampare.
— Nada me ampara — dice Mauro, tranquilo, con la manta por los hombros, mirándola de frente — . Lo he hecho fuera de todo. Lo sé. Y volvería a hacerlo.
Senra lo mira un segundo más. Asiente, despacio, y se lo lleva un agente a un lado a tomarle declaración, y ver cómo se lo llevan, empapado, sin placa, sin nombre, me deja un vacío que no esperaba.
Uxía se sienta a mi lado en los guijarros. Me pone la cesta en el regazo, la abre, y ahí está el trapo encerado con el disco y el cuaderno de su hermano, seco, intacto, a salvo.
— Ya está fuera, rapaz — dice, y por primera vez desde que la conozco le tiembla la voz — .
Todo. La voz de Fito, sus números, la del comandante cobrando.
Lo está viendo media España mientras hablamos.
Mi hermano no bebía. Lo ahogaron. Y ya no lo dice solo su hermana loca.
Lo dice el mundo entero, en directo, sin que puedan taparlo con la marea.
— Me agarra la mano con sus dedos rajados de agua fría — .
Gracias. Y perdona por lo que te va a caer encima ahora, que va a ser mucho.
Saco mi móvil de las costillas, el segundo, el que grabó a Sabino entero, y se lo doy a Senra por encima del hombro de Uxía. Una prueba más. La que faltaba. Mi oficio, que fue siempre mi escudo y mi arma, esta vez sirviendo para algo que no soy yo solo.
La cala se llena de gente según sube la mañana.
Agentes que hoy sí llevan las manos donde se deben.
Un equipo con trajes de agua sacando bultos de lona del agua de la furna y fotografiándolos con números al lado.
Un funcionario contando a los hombres de Bruma esposados contra una furgoneta, y entre ellos, sentado en una piedra con una manta y sin gafas que limpiar, viejo de golpe, el comandante Sabino Grela, que ya no le sirve el lema a nadie, porque el que obedeció un norte podrido esta noche se ha perdido del todo, delante de la costa entera, en directo.
No lo miro mucho. No merece que le mire mucho.
Amanece sin amanecer, como lleva amaneciendo seis días, con esa claridad de leche cortada.
Pero por primera vez la niebla no me da miedo.
Estoy vivo. Estoy limpio. Mi nombre, que hace unas horas era el de un prófugo peligroso responsable de una muerte, sale ahora en cien mil pantallas como el del periodista que destapó Grupo Bruma.
Fito, vindicado. Sabino, en un coche con los cristales tintados camino de donde van los que se creyeron dueños de una costa.
Bras, en una ambulancia. La Santa Xoana, embarrancada, sin zarpar. Todo lo que vine a hacer, hecho.
Y sin embargo.
Miro hacia el coche donde Mauro declara, envuelto en una manta, un hombre que esta noche ha tirado al mar la única identidad que tenía por sacarme a mí de una cueva.
Ha perdido la placa. Ha perdido el nombre de su padre bien obedecido.
Lo ha perdido todo, y por mí, y yo se lo agradezco con un nudo en la garganta, y aun así, entre nosotros dos, sigue en pie lo del quinto día.
Sigue en pie que me mintió, que me manejó, que decidió por mí.
Sigue en pie que me fui de una capilla sin despedirme.
Ganamos la guerra y no hemos hablado del único frente que importa.
Estoy vivo. Estoy limpio. Y no tengo ni idea de si Mauro Deza es mío.