Capítulo 27
Obedece y párate, o lo pierdes.
Diecisiete años entrenándome para este segundo.
Toda una vida de mano en el hombro, de caldo caliente, de la línea recta llega a puerto, de el que obedece nunca se pierde.
Sabino me apunta a Adrián al pecho y me pide lo mismo que me pidió hace nueve años en otras palabras: no te desvíes, hijo, quédate quieto, deja que se lo lleve la corriente y sigue siendo mío.
Y por primera vez sé exactamente lo que habría hecho mi padre.
Mi padre no habría bajado el arma. Pero tampoco la habría subido. Mi padre habría mirado el agua.
Miro el agua. La marea ha cubierto la barra hace tres minutos.
Detrás de Sabino, en la garganta de la furna, la lengua del mar entra ahora a bocanadas, y yo llevo desde que salí del agua contando la mar de fondo, uno, dos, tres entre serie y serie, y sé, con la certeza que solo da haberse criado en esta cueva, que la grande viene ahora.
La séptima. La que llena la furna de golpe y descoloca la piedra que creías firme.
No le contesto a Sabino. Le disparo al foco.
El estampido revienta la bóveda, el foco grande estalla en una lluvia de chispas, y disparo al segundo antes de que nadie reaccione, y la furna se cae dentro de sí misma, a oscuras, la oscuridad total y húmeda de una cueva de mar de noche, la oscuridad que Adrián y yo conocemos desde los quince años con los ojos cerrados y que los de Bruma no conocen de nada.
— ¡A la izquierda, la repisa, al suelo! — grito, y sé que Adrián se tira antes de que termine, porque su cuerpo se acuerda de esta cueva igual que el mío.
El disparo de Sabino va a donde estaba Adrián y encuentra roca. La bala canta contra la piedra y se pierde en el agua.
Ahora estamos en nuestra casa. Ocho hombres armados y dos que se saben la cueva a ciegas, y de golpe los ocho no valen nada, porque en la oscuridad un arma solo sirve si sabes dónde disparar, y ellos no lo saben, y disparan a los fogonazos, a los ruidos, unos contra otros casi, y yo me muevo pegado a la pared por el resalte que lleva al embarcadero, tres pasos, cuatro, con la mano leyendo la roca mojada que me sé de memoria.
Una linterna se enciende arriba, a la desesperada, y barre la bóveda buscándome, y le disparo a la linterna, y vuelve la negrura.
Alguien grita órdenes que ya no manda nadie.
Otro resbala en la roca mojada y cae al agua con un chapoteo y una maldición.
La furna se ha vuelto lo que fue siempre para ellos y no supieron: un sitio hecho para los que la conocen y una trampa para los que no.
Sesín entera es así, pienso mientras avanzo.
Estos hombres llevan años creyéndose los dueños de una costa que no saben leer, y esta noche la costa les pasa la factura en su propia moneda.
Y llega la grande.
La siento subir por las plantas de los pies antes de oírla, esa succión honda de cuando el mar se recoge para golpear. Cojo aire.
— ¡Agua! — grito hacia la repisa, hacia Adrián, y la ola entra en la furna.
Entra por la garganta como un puño, sube medio metro de golpe, barre el embarcadero de fortuna, arranca cajas de lona y las hace flotar, tira a dos hombres que gritan, y la Santa Xoana, amarrada corto con la proa ya suelta, da un bandazo brutal contra la roca, el casco chirría, el cabo de popa se tensa y revienta, y el barco queda suelto, girando sobre sí mismo en la boca de la cueva, dos mil kilos de hierro sin gobierno en la oscuridad.
Uso la ola. La ola es mía porque la vi venir. Me impulso con ella en vez de contra ella, dejo que me suba y me lleve hacia el embarcadero, y en el segundo en que el agua tira a Sabino y le hace buscar la roca con las dos manos —las dos, la del arma también—, estoy encima de él.
No disparo. Podría. Está a un palmo, desarmándose solo por agarrarse a vivir, y podría meterle un tiro y decirme que fue en el forcejeo, y nadie en esta furna a oscuras diría lo contrario.
La vieja tentación de resolver por la vía rápida, que es la vía de él.
Y durante medio segundo la siento entera, el peso del arma en mi mano, la cara del hombre que ahogó a Fito y que me mandó de cebo con la mano en mi hombro y la voz de mi padre en la boca. Sería tan fácil. Sería tan suyo.
Pero esa es su costa, no la mía. Le agarro la muñeca del arma y se la doblo contra la roca hasta que la pistola cae al agua, y le paso el otro brazo por el pecho desde atrás, y lo sujeto, y cuando la resaca de la ola tira de los dos hacia la garganta, hacia el mar, hacia el sitio por donde Sabino ha mandado a más de un hombre a un accidente, no lo suelto.
Clavo los pies en un saliente que conozco, aguanto, y lo saco.
Lo subo a la repisa alta, tosiendo agua salada, medio ahogado, vivo.
— No te desvíes, rapaz — escupe, entre arcadas, agarrándose todavía a su guion como un náufrago a un pecio — . Tu padre nunca...
— Mi padre navegaba — digo, y me sale sin rabia, con una calma que no sabía que tenía, la calma que llevaba treinta y siete años buscando en la brújula equivocada — .
No obedecía, Sabino. Navegaba. Salía con sueste cerrado a buscar al que no volvía, se metía por bocas que no venían en carta, y cuando la línea recta mataba, torcía el rumbo.
Le hacía caso al mar, no a la aguja. Tú cogiste a mi padre y le robaste el lema para hacerme perro.
Pero yo esta noche he tirado tu norte al agua.
— Le aprieto una última vez contra la roca, sin hacerle daño, solo para que lo oiga entero — .
El que obedece un norte podrido no es que no se pierda: es que ya está perdido y no lo sabe.
Quédate ahí. La fiscal viene por ti. Y esta vez hay informe.
Lo dejo en la repisa alta, fuera del alcance del agua, tiritando, viejo, pequeño, sin gafas que limpiar, con la costa entera saliendo en directo en cien mil pantallas mientras él escupe mar en una cueva a oscuras. No lo mato. No me convierto en él. Esa es la única victoria que de verdad me importa.
Bras es otra cosa.
Lo oigo antes de verlo, esa mole que no tiene prisa moviéndose por el agua hacia la voz de Adrián, porque un cazador herido va siempre a por la presa más blanda.
Pero Bras no lee el mar. Bras es de tierra adentro, de los que Sabino retiró y colocó, y en esta cueva a oscuras y con marea es un turista.
La Santa Xoana suelta gira otra vez, empujada por la resaca, y su casco negro barre la oscuridad justo donde Bras cruza, y el golpe es sordo, de hierro contra hombre, y un chapoteo, y luego el hierro atrapando algo contra la pared con un crujido, y luego un quejido largo, sin prisa, atrapado entre el barco y la roca, con el agua subiéndole.
No hay prisa, decía. No la hay. Nado hasta él en lo oscuro, palpo, encuentro un brazo, lo engancho, y con la siguiente ola aparto la proa lo justo para sacarlo y dejarlo también en una repisa, medio consciente, sin ir a ningún sitio.
A este tampoco lo dejo ahogarse. No por él. Por mí.
— ¡Mauro! — La voz de Adrián, en la oscuridad, cerca, con un filo de pánico que le sube la boca — . ¡La boca! ¡Mira la boca!
Miro la boca. Y se me hiela lo que me quedaba de sangre caliente.
La boca baja, el tajo por el que entré, por el que teníamos que salir, ya no está.
El agua la ha cubierto. La marea, la misma marea viva que usé de puerta, ha subido el palmo de más, y la ventana de veinte minutos se ha cerrado, y ahora entre nosotros y el mar abierto hay una bóveda de roca y dos metros de agua negra subiendo, y sube, la noto subir por las piernas, un dedo cada pocos minutos, implacable, viva, del equinoccio, la más alta del otoño.
Arriba, por la garganta de tierra, empieza a haber otra clase de luces.
Azules. Lejanas todavía, colándose por la niebla, girando.
La fiscal. Uxía ha llamado, y la fiscal lenta por fin se mueve, y en la carretera del cabo aparecen faros y voces y hombres que gritan el alto que esta noche nadie había gritado.
Los de Bruma que aún se tienen en pie sueltan lo que llevan y trepan hacia arriba a entregarse o a huir, que a estas alturas es lo mismo, porque su costa ya no los quiere y lo saben.
Encuentro a Adrián en lo oscuro, le agarro el brazo, lo pego a mí.
Está entero. Está vivo. Los dos estamos vivos y hemos ganado y no sirve de nada, porque la furna que nos escondió de críos se está llenando de mar, y la única salida por la que se sale sin subir a esas luces azules se ha hundido, y el agua no entiende de directos ni de fiscales ni de nombres limpios. El agua solo sube.
— Sube el agua — digo, y por primera vez en la noche mi propia voz me suena a lo que es: a miedo.
— ¿Cuánto tenemos? — pregunta Adrián, pegado a mi cara, mojado, temblando.
Leo la cueva. Leo la marea. Leo el techo de roca, cuánto baja, cuánto sube el agua, y hago el cálculo que no quiero hacer.
— Poco — digo — . Muy poco.