Capítulo 26
El motor de la Santa Xoana tose, arranca, y con él arranca el final de todo.
Desde el ventanuco de la caseta veo cómo el pesquero se separa un palmo del embarcadero, cómo un hombre suelta el cabo de proa, cómo el agua negra hierve bajo la popa.
En cuanto cruce la barra sumergida, sale a mar abierto y con él sale el cargamento, mi historia, la última prueba física de que nada de esto fue un accidente.
Y yo aquí, atado a una tubería por las muñecas, mordiéndome la rabia, contando los segundos que le quedan a Fito de justicia.
Tiro de las bridas hasta que me sangran las muñecas. No ceden. Nunca ceden. Eso también lo aprendí tarde.
Y entonces, en el agua, en la sombra de la bóveda por donde nadie mira porque nadie entra por ahí, algo se mueve que no es agua.
Una cabeza. Unos hombros de remero saliendo del mar helado como si el mar los pariera.
Se me para la respiración. Lo conozco antes de verle la cara, lo conozco por cómo se mueve incluso dentro del agua, midiendo, leyendo, y una parte de mí que tiene doce años y una ceja recién rota quiere gritar y llorar a la vez, porque ha venido.
Por el agua. Por lo torcido. No me ha obedecido.
Mauro.
Sale del agua pegado a la roca, chorreando, en la sombra, y sube por un resalte hacia la caseta sin que los focos lo pillen, porque los focos apuntan al barco y la gente mira el barco, y él siempre supo estar donde no miran.
Llega al ventanuco. Nuestros ojos se encuentran a un palmo, a través del cristal sucio, y no dice nada, y no hace falta, y en esos ojos gris niebla hay una cosa que no le había visto en cinco días ni en nueve años: no hay obediencia.
No ha venido a cumplir una orden ni a hacer lo correcto ni a seguir un norte.
Ha venido a por mí y punto, y le da igual la placa, y le da igual Sabino, y le da igual el mundo. Está entero. Está libre. Y da miedo.
Rodea la caseta hasta la puerta. La abre.
En dos zancadas está a mi lado, saca la navaja de mi propia mochila tirada en un rincón y corta las bridas.
Sus manos, esas manos ásperas de cabos, me sostienen las muñecas un segundo cuando quedan libres, y las aprieta, fuerte, una vez, y en ese apretón está todo lo que le ha costado llegar hasta aquí: entrar por mar en una cueva que mata, solo, a oscuras, contra una orden que le pedía lo contrario en una nota que escribí yo.
— Me pediste que no viniera — dice, bajísimo, mientras me libera.
— Y por una vez me alegro de que no obedezcas — digo, y me tiembla todo, la voz, las manos, todo — . Estás loco. La marea. La única salida...
— Lo sé. Tenemos doce minutos antes de que se cierre la boca. — Me pone de pie, me sostiene, me mira la cara entera, rápido, como quien comprueba que un barco no hace agua — . Ni uno más. Vamos.
No llegamos a la puerta.
— Sabía que vendrías, rapaz.
La voz de Sabino, tranquila, cae desde arriba, desde los focos, y nos clava a los dos en el sitio.
Está en la boca de la caseta, alto y seco contra la luz, con las gafas empañadas y una pistola en la mano que sostiene sin ganas, casi con pereza, como quien no espera tener que usarla.
Detrás, Bras, la mole paciente, y dos hombres más, y las armas ya no colgando sino apuntando.
— No por la carretera — sigue Sabino, y hay algo casi de orgullo herido en su voz — .
Por el agua. Por la boca baja. — Niega despacio con la cabeza — .
Xoán te enseñó bien. Yo creía haberte reeducado, pero mira, en el fondo eres de tu padre.
Qué pena. Suelta lo que lleves, Mauro. Aparta al chico. Todavía puedo arreglar esto.
Mauro me pone medio cuerpo por delante, sin dejar de mirar a Sabino, y saca su propia arma, y por un segundo la furna entera se queda en ese equilibrio horrible de cañones y agua subiendo y motor rugiendo.
Y en ese segundo, el teléfono de Sabino suena.
No lo coge. Pero suena otro, en el bolsillo de Bras. Y otro, abajo, en el embarcadero. Uno de los hombres del barco grita algo que no entiendo, y luego lo entiendo, porque grita más fuerte, con pánico, una palabra que en esta cueva suena a fin del mundo.
— ¡Está en directo! ¡Jefe, estamos en las noticias, en directo, ahora mismo, sale todo!
Uxía. El pinar. La llamada. Rita.
En algún sitio a cien kilómetros, mi editora acaba de apretar la tecla, y en este mismo instante, en los móviles de media Galicia, en las redacciones, en los cuarteles honrados que todavía queden, está sonando la voz raspada de Fito Randán leyendo el libro de cargas, están saliendo los manifiestos falseados, están apareciendo las coordenadas de esta furna, está sonando la voz de Sabino Grela aceptando el pago, y está saliendo mi nombre, Adrián Refojo, no como prófugo peligroso, no como el que mató a nadie, sino como el que lo destapó.
En directo. Mientras pasa. Donde ya no se puede enterrar con la marea.
Y pienso en Fito. No puedo evitarlo, con la voz de mi amigo saliendo ahora mismo de un teléfono en la mano de un matón, en esta cueva donde a los dos nos abrieron la cabeza y nos la curaron con agua de mar.
Fito confió en mí y acabó en el fondo. Y aquí está su voz, dos semanas después, más viva que la de todos los que lo ahogaron, contándolo entero, sin poder ya callarlo nadie.
No es justicia. La justicia sería que estuviera aquí tomándonos el pelo.
Pero es lo más parecido que voy a poder darle, y por primera vez en dos semanas dejo de cargar su muerte como una losa y la cargo como una deuda pagada.
Veo el momento exacto en que Sabino lo entiende.
No se le descompone la cara. Los hombres como él no se descomponen.
Pero algo se le apaga detrás de las gafas, una luz de patrón que llevaba cuarenta años encendida, la certeza de ser el único adulto en un pueblo de niños.
Acaba de ver, en directo, que su costa no lo quiere de salvador.
Que va a caer. Y que va a caer mirándolo todo el mundo.
— Se acabó, comandante — dice Mauro, y su voz no tiene rabia, tiene una tristeza honda que me rompe más que cualquier grito — .
Está fuera. Ya no hay barco que zarpe a tiempo, ni informe que falsear, ni marea que te limpie.
Lo ha visto la fiscal. Lo ha visto todo el mundo.
Baja el arma. Que no se sume otra muerte a tu cuenta esta noche.
Y Sabino hace lo que hacen los hombres que confunden la lealtad con la propiedad cuando se les cae el imperio: se agarra a lo único que le queda, que es la persona que formó.
— Tu padre no habría bajado el arma — dice, bajo, y da un paso hacia nosotros, y limpia el cañón contra el chaquetón como quien limpia unas gafas — .
Tu padre obedecía hasta el final. No se desviaba ni un grado.
Le enseñé a la costa lo que era un hombre recto y te lo enseñé a ti, y ahora vas a tirarlo todo, la placa, el nombre de Xoán, tu vida entera, por un periodista que va a dejarte en cuanto tenga su historia, porque los de su clase siempre se van.
Se subió a un autobús una vez, ¿te acuerdas?
Y tú, recto, obediente, lo dejaste ir. Ese día hiciste lo correcto, rapaz.
Hazlo otra vez. Baja el arma, apártate del chico, y todavía eres el hijo de tu padre.
Y noto que a Mauro le tiembla la mano. Un temblor mínimo, de nada, el temblor de diecisiete años de correa tirando de golpe.
Porque Sabino ha metido la palanca donde siempre la mete: en el padre muerto, en la memoria, en la única identidad que Mauro se supo construir.
Y por un instante horrible pienso que va a funcionar, que va a bajar el arma, que la costumbre de obedecer va a poder más que cinco días y nueve años.
Quiero gritarle que no lo escuche. Quiero decirle que su padre no era esa foto que Sabino tiene en la mesa, que un hombre no es el uso que otro le da a su memoria.
Pero me callo, porque sé, con una certeza que me sale de muy dentro, que esto lo tiene que decidir él solo, que si le doy yo la respuesta no vale, que la única manera de que Mauro deje de obedecer voces ajenas es que esta no la obedezca tampoco, ni la de Sabino ni la mía.
Me quedo quieto, con el cañón en el pecho, y le sostengo la mirada a Mauro, y no le pido nada.
Le doy la única cosa que nunca le dio Sabino: sitio para elegir.
Sabino lo nota también. Los cazadores huelen la duda. Y hace lo que hace un hombre acorralado que ha decidido que si cae, cae arrastrando: mueve el cañón, despacio, con esa calma suya que es lo peor, y deja de apuntar a Mauro.
Me apunta a mí.
— Última orden, rapaz — dice Sabino, mirando a Mauro por encima de las gafas, con el arma firme sobre mi pecho — .
La más fácil de tu vida. Quieto. Suelta el hierro y párate, o le meto al chico lo que Xoán le habría metido sin pestañear a un enemigo de la costa.
Tú eliges. Obedece y párate. O desobedece, y lo pierdes delante de ti, esta vez de verdad, para que aprendas de una santa vez lo que cuesta desviarse del rumbo.
El agua sube. El motor ruge. En algún móvil, mi nombre limpio. Y entre Sabino y yo, Mauro, con el arma en la mano temblándole, eligiendo, por fin, delante de todos, qué clase de hombre es.