Capítulo 25
La marea manda esta noche, y por primera vez en mi vida eso me consuela.
Bajamos a la cala de Loureda con la última luz sucia del día, Uxía y yo, y la barca de su primo espera donde la dejé, una embarcación de plástico de cuatro metros con un fueraborda viejo que no pienso arrancar.
Esta noche no hay motor. El motor se oye a media milla en agua quieta, y donde vamos, oírnos es morir.
Vamos a remo. Como se hacía. Como me enseñó mi padre a entrar en la furna cuando yo tenía la edad que tenía Adrián al subirse a aquel autobús.
Antes de largar, hago la llamada. Con el móvil del primo de Uxía, en la playa, con la niebla tragándose las palabras.
— Rita Bonome — dice una voz de trinchera al segundo tono, despierta a las seis de la tarde de un hombre muerto, porque las editoras de raza no duermen cuando huele a historia.
— Soy Mauro Deza. El de la costa. Adrián le habló de mí.
Una calada. Oigo la calada por el teléfono.
— El policía. — Otra calada — . ¿Dónde está Refojo? Lleva un día sin dar señal y eso, en él, o es que está muerto o es que va a hacer una idiotez.
— Va a hacer una idiotez — digo — . Ya la está haciendo. Escúcheme, que no tengo minutos. Lo de Fito Randán, el disco entero y el cuaderno con las coordenadas, lo tiene usted desde esta tarde. Su hermana se lo mandó copiado. ¿Aguanta?
— Aguanta ante un juez, ante su santa madre y ante el fin del mundo — dice Rita — . Es lo más limpio que ha pasado por mi mesa en veinte años. Pero no emito una coma hasta saber que el que sale ahí no acaba flotando por mi culpa. Ya tengo uno.
— Por eso llamo. — Miro el agua, la marea que empieza a llenar, calculo por dentro el reloj que llevo tatuado — .
Esta noche, sobre las cinco de la madrugada, la marea cubre la barra de la furna del cabo Toural y sale un barco, la Santa Xoana, con el cargamento.
En esa cueva va a estar todo: la carga, la gente de Bruma, el comandante Grela y un periodista al que han marcado como prófugo peligroso y al que quieren ahogar con la marea.
Cuando yo le dé el aviso, y solo cuando yo se lo dé, usted emite.
En directo. Todo de golpe. El disco, el audio de Grela, las coordenadas, la cara del muerto y la del vivo. Sin cortes.
Silencio al otro lado. Una calada larga.
— ¿Y si no me da el aviso? — dice Rita, y no hay miedo en la pregunta, hay oficio.
— Si a las cinco y media no le he llamado, emítalo igual. Con lo que tiene. Aunque nosotros no salgamos. Prefiero que salga la historia a que salga yo.
Otra calada. Y luego, bajo, con una aspereza que en Rita Bonome debe de ser lo más parecido al cariño:
— Ese chaval me cae fatal y es el mejor que tengo. Tráemelo, Deza. Y sin peros.
Cuelgo. Le doy el teléfono a Uxía, que ha oído la mitad y ha entendido el todo.
— Tú te quedas arriba — le digo — . En el pinar del cabo, sobre la boca de tierra de la furna, donde llega la cobertura.
Ves quién entra, ves quién sale, y a las cinco menos cuarto llamas a la fiscal Senra al número que te dio Rita y le dices dónde estamos y qué va a pasar.
La fiscal es lenta, así que hay que darle ventaja.
Y cuando yo grite, o cuando oigas tiros, o cuando esto se tuerza, llamas a Rita y le dices que emita.
Esa llamada es el disparo de verdad. La que hunde la costa entera de arriba abajo.
Uxía coge el teléfono, se lo guarda en el pecho, junto a la cesta con el original de su hermano.
— Yo quería bajar contigo — dice — . A por el que ahogó a Fito.
— Lo sé. Por eso te quedas arriba. Porque tú sí lo matarías, y esta noche no matamos a nadie. — La miro — . Esta noche los hundimos con la verdad, que es peor. A Fito lo vengas emitiendo, no disparando. Hazme caso una vez.
Uxía me sostiene la mirada, mide, pesa, y asiente. Sube hacia el pinar con la escopeta al hombro y la cesta en la mano, y la niebla se la traga en diez pasos.
Yo empujo la barca al agua.
Remar en niebla cerrada, de noche, sin luces, hacia una costa que mata, es una cosa que no se aprende: se hereda.
Voy de espaldas a la proa, como se rema, mirando la estela para mantener el rumbo, y no veo nada, y no me hace falta.
Leo. Leo la mar de fondo, que aquí entra del sueste y me llega por la aleta, y mientras me llegue por la aleta voy bien.
Leo el sonido de la rompiente en las peñas de estribor, que me dice cuánto me arrimo.
Leo el olor: alga seca a babor es la restinga de os Farallóns; alga podrida y gasoil a proa es la boca de la furna.
Leo el frío del aire, que cambia cuando pasas bajo la sombra del cabo aunque no veas el cabo.
Mi padre remaba esta misma agua con los ojos cerrados y decía que un hombre que necesita ver para navegar es que no ha aprendido a navegar.
Tardé treinta y siete años en entenderlo. Esta noche lo entiendo remo a remo.
Un tren de olas más gordo entra del sueste y me levanta la popa, y por un momento la barca quiere ponerse de través, que es como vuelca una barca pequeña, de costado a la mar.
No lucho contra ella. Meto el remo de estribor, la dejo caer con la ola en vez de contra ella, y la proa vuelve sola a buscar la garganta.
Mi padre me enseñó eso a los diez años, una noche que salimos a buscar a un primo que no volvía, con el mar como esta noche y menos luz que esta noche.
No pelees el agua, me dijo, que el agua siempre gana.
Léela y ponte de su lado. Tardé treinta años en entender que no hablaba solo del mar.
La marea sube. La siento en la barca, en cómo el agua me empuja hacia dentro, hacia la garganta del cabo, ayudándome, porque la marea que llena es una mano que te mete en la cueva y la marea que vacía es una mano que te saca, y yo entro con la que llena y tengo que salir antes de que gire, o me quedo dentro con el agua subiendo, como Adrián, como quiere Sabino.
Hago el cálculo por milésima vez, aunque me lo sé: la boca baja se abre ahora y se cierra en veinte minutos.
Veinte minutos para entrar, sacarlo y salir.
Si me paso, la cueva se convierte en una trampa de piedra con el techo bajando hacia el agua que sube. Lo sé. Entro igual.
Aquí está la boca baja. La huelo antes de verla: un tajo negro en la roca negra, a ras de agua, tan bajo que solo se cruza en el momento justo, cuando la marea ha subido lo suficiente para tapar la barra de piedra de la entrada pero no tanto que cierre el techo contra el agua.
Una ventana de veinte minutos, dos veces al día.
La estoy cogiendo al filo. Meto los remos, me tumbo en la barca, empujo con las manos contra el techo de roca viscosa, y la barca se cuela por el tajo con un roce de plástico contra piedra que me para el corazón, y de pronto el sonido cambia: estoy dentro.
El mar de fondo se vuelve un chapoteo hondo que resuena en una bóveda. La furna.
Nuestra furna.
Levanto la cabeza despacio. Al fondo, arriba, por la garganta de tierra, hay luz: focos de obra apuntando a un embarcadero de fortuna, y contra esa luz, siluetas.
Hombres moviendo bultos de lona hacia la bodega de un pesquero reconvertido que cabecea amarrado corto.
La Santa Xoana. Reconozco el casco por la línea aunque le hayan cambiado el nombre pintado.
Y más arriba, junto a los focos, dos figuras quietas que no cargan nada: una alta y seca, con las manos a la espalda, mirando el agua con la calma de un patrón; otra pesada, apoyada en la roca, sin prisa.
Sabino y Bras. Y en una caseta encajada en la roca, un ventanuco iluminado, y contra el ventanuco, una forma delgada, inconfundible, la cabeza pegada al cristal, mirando el agua subir.
Adrián.
Está vivo. Está a cuarenta metros de mí, atado, mirando el mar por el que he entrado, y no sabe que estoy aquí, en la sombra de la bóveda, meciéndome en la barca al filo del agua negra, leyendo la escena como leo el tiempo.
Cuento los hombres. Seis, y los dos jefes, ocho.
Cuento las salidas. La de tierra, arriba, controlada por ellos.
La de mar, esta, la mía, que se cierra en cuanto la marea suba un palmo más.
Cuento los minutos que le quedan a la barra sumergida antes de que la Santa Xoana pueda salir. Pocos. Muy pocos.
Me quedo quieto un segundo, meciéndome en lo oscuro, y dejo que el sitio me hable.
Esta furna fue nuestra. Aquí traje a Adrián a los quince años con una linterna robada y una caja de cerillas húmedas, y aquí, en esa repisa alta que ahora tapa la sombra, nos besamos por segunda vez, sin resbalón esta vez, sin excusa.
Aquí creímos, los dos, que había un sitio en el mundo donde el mundo no entraba.
Y el mundo entró. Le puso focos de obra y una draga y un barco con el nombre cambiado, y convirtió el único sitio limpio que tuve en la boca por donde una empresa vomita su porquería a la ría.
Debería darme rabia. Lo que me da es claridad.
Porque si hay alguien vivo que sepa moverse en esta cueva a ciegas, con marea, sin que lo vean, somos nosotros dos, y uno de los dos está aquí.
Amarro la barca a un saliente, en la sombra, donde ni el foco ni el agua la delaten.
Me guardo la brújula en el pecho, junto a la nota de Adrián, las dos cosas que llevo encima, mi único norte y su única mentira, y me deslizo al agua helada hasta la cintura, pegado a la pared de la furna, avanzando por donde la sombra tapa, hacia la caseta, hacia él.
El frío me muerde y no lo noto. Cuento los hombres otra vez.
Cuento la marea. Cuento lo que voy a necesitar de esta cueva antes de que la cueva me lo cobre.
Arriba, en algún punto del pinar, Uxía marca un número con los dedos ateridos y una fiscal lenta empieza, por fin, a moverse.
En una redacción a cien kilómetros, Rita Bonome enciende otro cigarrillo y deja el dedo sobre una tecla.
Y aquí abajo, en la boca del cabo, la marea gira el punto exacto que yo sabía que giraría, la barra se cubre, y en el embarcadero un hombre da una orden con la mano y el motor de la Santa Xoana tose y arranca.
El barco empieza a moverse.
Se acabó el tiempo de leer. Empieza el de navegar.