Capítulo 24
Entregarse es más fácil de lo que la gente cree.
No hace falta valor. Hace falta lo contrario: dejar de sostener.
Bajé por la carretera de la costa hasta el muelle de Sesín, hasta la caseta iluminada de Bruma Seguridad al pie del proyecto Marina Bruma, con su render enorme de yates y palmeras chorreando niebla, y me planté bajo la única farola encendida con la mochila colgada de un hombro y las manos donde se ven.
No tuve que llamar a nadie. En sitios así siempre hay una cámara y siempre hay un hombre que no duerme.
Bras salió a los cinco minutos. Grande, pesado, la calma de quien nunca ha tenido que correr. Me miró de arriba abajo sin sorpresa, como se mira una captura que se sabía en la red desde por la mañana.
— No hay prisa — dijo, que es lo único que dice, y me cacheó despacio, con esas manos de oso, y me quitó la mochila, el móvil de prepago que llevaba a la vista y una navaja de nada.
No encontró el otro móvil. El segundo prepago, el que compré en el mismo bazar y programé para grabar, el que llevo cosido en el forro del abrigo, pegado a las costillas, con el micrófono asomando por una costura que abrí con los dientes en la ladera.
Un buen periodista siempre lleva dos grabadoras. Una para que te la quiten.
Me metieron en la parte de atrás de una furgoneta sin ventanas, entre cajas que olían a plástico nuevo y a mar, y rodamos veinte minutos por pistas malas, subiendo y bajando, hasta que el olor cambió a roca húmeda y a alga y a gasoil, y supe, sin ver, que me llevaban hacia el cabo.
Hacia la furna. Claro. Dónde si no. Todo termina donde empezó.
Ahora estoy en una especie de caseta de obra encajada en la boca de tierra de A Furna do Corvo, arriba, con un ventanuco desde el que se ve, abajo, la garganta de roca negra y, más al fondo, la lengua de agua que entra del mar y sube despacio, muy despacio, lamiendo un embarcadero de fortuna donde cabecea la Santa Xoana con las luces apagadas.
Focos de obra apuntando al agua. Hombres moviendo bultos envueltos en lona hacia la bodega.
El trasvase. La cueva donde a los quince años me abrí la ceja y me la curó Mauro con agua de mar, convertida en la boca por donde una empresa vomita su mierda a la ría con la marea.
No sé qué me da más asco, si lo que hacen o dónde lo hacen.
Sabino Grela entra sin que yo lo oiga llegar.
Los hombres tranquilos no hacen ruido. Alto, seco, con un chaquetón de patrón y las gafas empañadas de la humedad, que se quita nada más entrar y empieza a limpiar despacio con un paño, mirando el cristal a contraluz del foco.
Diecisiete años enseñándole a Mauro que la línea recta llega a puerto y aquí está, en una cueva, a las cuatro de la mañana, limpiando las gafas antes de mentir.
— Adrián Refojo — dice, y la voz le sale baja, tranquila, casi cálida — .
El nieto de Sabela. Te recuerdo de crío, corriendo por el muelle detrás del hijo de Xoán Deza.
Menudos dos. — Termina con las gafas, se las pone, me mira por encima de ellas — .
Qué manera de estropear una vida entera por una historia que nadie iba a leer.
— La iban a leer — digo. Cuando tengo miedo, hablo. Y ahora mismo tengo un miedo que no me cabe en el pecho, así que voy a hablar mucho, y de paso voy a grabarlo todo, porque el miedo me suelta la boca pero el oficio me la ordena — . La va a leer mucha gente, comandante. Más de la que le gustaría.
— No. — Se sienta en una banqueta, frente a mí, sin prisa, las manos grandes sobre las rodillas — .
No la va a leer nadie, porque no hay nada que leer.
Un pantallazo. Un audio cortado que no aguanta ante un juez.
Lo tengo aquí, en tu mochila, lo he mirado.
Humo, muchacho. Has venido a comprarle una noche a Mauro con un puñado de humo.
— Ladea la cabeza — . ¿Creías que no lo iba a ver?
Te formaste solo, en un piso de Madrid, leyendo.
Yo llevo cuarenta años pesando a hombres asustados.
Sé cuándo uno viene a rendirse y cuándo viene a distraerme. Tú vienes a lo segundo.
Se me seca la boca. Es bueno. Es muy bueno.
Pero eso no cambia nada, porque no me ha registrado el forro del abrigo, y su voz cae limpia sobre un micrófono que no sabe que existe, y mientras me tenga aquí, escuchándolo, hablándome, yo estoy ganando lo único que he venido a robarle: tiempo, y palabras suyas.
— ¿Por qué lo hizo? — pregunto — . A Fito. Era un chaval del muelle. Copió unos papeles. No hacía falta ahogarlo.
Sabino no aparta la mirada. Y eso, que en otro sería frialdad, en él es otra cosa. Es convicción. El hombre cree lo que va a decir, y por eso da más miedo que Bras.
— Yo no ahogué a nadie, muchacho. Yo protejo una costa.
— Se inclina un poco, apoya los codos en las rodillas, y le sale el tono con que un maestro corrige a un alumno que no ha entendido el problema — .
¿Tú sabes lo que era Sesín antes de Grupo Bruma?
Un pueblo muriéndose. La flota, a la mitad.
Los astilleros, cerrados. Los jóvenes, en el autobús, como te fuiste tú, como se van todos.
Yo vi irse a tres generaciones por esa carretera.
Y llegó Bruma con su marina, con su dinero, con trabajo, y a cambio pedía una cosa: que la comandancia mirase el trozo de mar que le tocaba y no el que no le tocaba.
Cada uno su trozo. Yo elegí que Sesín viviera.
Si eso cuesta que un barco descargue de noche lo que descarga, y que dos o tres hombres que no supieron mirar hacia otro lado tuvieran un accidente en un oficio que mata, es un precio.
Un precio que pago yo con mi conciencia para que otros mil coman.
— Se recuesta — . La lealtad es eso, Refojo.
No es querer a la gente. Es sostener el orden aunque te ensucie las manos.
El que obedece nunca se pierde. El que se cree con derecho a desviarse porque su corazón le dice otra cosa, ese hunde el barco entero por salvar a un tripulante.
Y ahí lo tengo, entero, cayendo limpio sobre el micrófono de las costillas.
El monstruo no es un monstruo. Es un hombre convencido de ser el único adulto en una comarca de niños.
Es Mauro dentro de cuarenta años si nadie le rompe el molde: la misma línea recta, el mismo norte fijo, la misma certeza de que obedecer la cadena es más de fiar que las propias tripas.
Sabino es el espejo. Es en lo que Mauro se convierte si sigue navegando por el norte que le marcó este hombre.
Y de golpe entiendo por qué me duele tanto: no me da miedo Sabino. Me da miedo que Mauro se le parezca.
— Le usó al padre — digo, bajo — . A Mauro. Le puso a Xoán en la mesa como una foto de rehén.
— Xoán Deza obedecía — dice Sabino, y por un instante, solo uno, algo casi humano le cruza la cara, y es peor — .
Xoán no se desviaba nunca. Por eso llegó a viejo.
Le enseñé a su hijo lo mismo, porque lo quiero como a un hijo, aunque tú no te lo creas.
Todo lo que soy con Mauro es verdad. Esa es la parte que no entráis los de fuera: se puede querer a alguien y aun así necesitar que obedezca. De hecho es lo mismo.
— No es lo mismo — digo, y me sale más firme de lo que esperaba — . Querer a alguien es dejar que te lleve la contraria y seguir queriéndolo. Lo otro es tener un perro.
Sabino sonríe. No le llega a los ojos. Se levanta, se sacude las rodillas del pantalón, mira el reloj, y de pronto la conversación se acaba, porque para él ya ha durado lo que tenía que durar y estos hombres no gastan un minuto de más en nada.
— El barco zarpa en una hora — dice, mirando hacia el ventanuco, hacia la garganta de roca donde la Santa Xoana cabecea y el agua sube — .
En cuanto la marea cubra la barra, sale, con su carga y con lo tuyo, y de tu historia no queda ni humo.
Y tú te quedas aquí, con la marea, que esta noche entra viva.
Sube mucho, esta cueva. Sube hasta la mitad.
Un accidente más en un oficio que mata. — Se vuelve hacia mí, tranquilo, y suelta lo único que de verdad me hiela — .
Y Mauro va a venir. No esta hora, quizá, pero antes del alba.
Lo conozco mejor que su madre. Va a bajar por la carretera del cabo, recto, como le enseñé, a entregarse o a suplicar o a hacer una tontería noble, previsible como una marea.
Y cuando llegue, lo estaré esperando. Los dos juntos, en la furna que fue vuestra.
Qué detalle. — Recoge el paño, se guarda las gafas en el bolsillo — .
El que obedece nunca se pierde, Refojo. Y Mauro obedece.
Siempre obedeció. Va a obedecer hasta el final las ganas de salvarte, y esas ganas lo van a traer derecho a mi mano.
Sale. La puerta se cierra. Me quedo solo en la caseta, atado por las muñecas a una tubería, con el mar subiendo abajo y una hora por delante y un micrófono lleno de su confesión pegado a las costillas.
Y por primera vez en mi vida, la soledad no me sabe a hogar.
Siempre creí que acabaría así. Solo. Era mi profecía y mi coartada: todo el que se me acerca lo paga, mejor solo, rápido, sin deberle nada a nadie.
Me lo dije en Madrid, me lo dije en el alpendre, me lo dije esta mañana subiendo la ladera detrás de los hombros de Mauro.
Y aquí estoy, cumplida la profecía al milímetro, solo del todo, y resulta que no la quiero.
Resulta que le he dejado una nota pidiéndole que no venga y estoy rezando, yo, que no rezo, que no me obedezca.
Ven, pienso, con la cara pegada al ventanuco, mirando subir el agua negra. Ven, Mauro. Por una vez en tu vida desobedéceme a mí también. No vengas por la carretera, que ahí te espera. No vengas recto. Ven como venías de crío, por donde nadie mira, por el agua, por lo torcido. Ven a por mí.
Y que me perdone Fito, y que me perdone la abuela, y que se ría de mí el crío de la ceja rota: por primera vez en la vida no quiero salvarme solo. Quiero que me salven. Quiero que me salve él.