Punto de fuga Capítulo 23
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Capítulo 23

Me despierto por el frío del sitio vacío a mi lado.

Antes de abrir los ojos ya lo sé, con esa certeza de cuerpo que tienen los que se criaron a bordo, cuando en mitad de la noche notas que ha cambiado el rumbo aunque no oigas el motor.

El calor que había junto a mí no está. El jergón conserva la forma de un cuerpo y ninguna de las cosas de un cuerpo. Frío. Hueco.

Abro los ojos a la última luz de la vela, que agoniza en su tarro, y me incorporo de golpe. La capilla, la piedra, el banco caído, mi ropa por el suelo. Y sobre mi chaqueta, doblada donde no pueda no verla, una hoja de libreta.

La leo dos veces. La segunda no porque no la entienda, sino porque a la primera algo dentro de mí se niega a dejarla entrar.

El original va con Uxía. Sacadlo por mar antes de la marea. Rita emite. Yo os compro la noche. No vengáis a por mí: es lo que Sabino quiere. Por una vez en tu vida, no obedezcas las ganas de salvarme. — A.

Salgo al porche descalzo, con la camisa a medio abrochar, y el frío del monte me da como una bofetada de mar abierto. Uxía está sentada en el escalón de piedra, la escopeta cruzada sobre las rodillas, mirando la niebla como quien vela un muerto. No se vuelve.

— ¿Cuándo? — digo, y la voz me sale rota.

— Hará tres horas. Con la vela aún encendida.

— Uxía habla despacio, sin apartar los ojos de la bruma — .

Bajó hacia Sesín. Me dejó el disco y el cuaderno de Fito en la cesta.

Me dijo que os comprara la noche, que sacarais lo de mi hermano por mar y que Rita lo emitiera.

— Una pausa que pesa como una losa — . Y que a ti no te dejara ir detrás. Que era lo que el otro quería.

— ¿Y por qué no me despertaste?

Uxía se vuelve por fin. En sus ojos rajados de agua fría no hay reproche. Hay algo peor: comprensión.

— Porque yo también enterré a alguien que se fue solo creyendo que nos salvaba — dice — . Y sé que a esa clase de hombre no lo paras. Solo lo sigues, si te da la gana, o lo lloras después. Elige tú.

Me siento en la piedra a su lado porque las piernas no me sostienen.

La niebla baja, densa, y por un hueco, allá abajo, muy lejos, se adivinan las luces mortecinas de Sesín y, más allá, la boca de la ría donde esta noche zarpa la Santa Xoana.

Adrián va hacia ahí. Adrián baja en la niebla, solo, con una mochila de humo, hacia el hombre que ahogó a Fito y lo colgó de una etiqueta de accidente.

Va a entregarse. Va a morir para comprarme una noche.

Y me ha dejado una nota pidiéndome, por primera vez en su vida, que lo abandone yo a él.

El fondo del pozo no es una caída. Es esto: quedarme quieto en una piedra fría y verlo entero, de arriba abajo, sin niebla por primera vez en cinco días.

Se fue por lo de esta mañana. Se fue porque le confesé que mi canal con Sabino llevó la caza hasta Uxía, y él, que carga la muerte de Fito y el abandono de media vida, oyó exactamente lo que lleva creyéndose siempre: que todo el que se le acerca lo paga, que fiarse acaba en el fondo del agua o en que otro decida por él.

Le di la razón. Con mis manos. Con mi silencio.

Yo, que me juré no volver a fallarle, le he confirmado su peor mentira y lo he empujado a subirse a otro autobús, solo que este no va a A Coruña. Este va al fondo de la ría.

Y por debajo de eso, más hondo, en el barro del fondo, la verdad que llevo treinta y siete años sin querer sondear.

Me llevo la mano al bolsillo del pecho. La brújula está ahí, donde está siempre, pegada al esternón.

La saco. El latón gastado, las iniciales rascadas, X.

D., el rumbo que mi padre grabó una noche que no llegamos a puerto y llegamos igual.

La aguja tiembla y se para y marca el norte, como marca siempre, pase lo que pase.

Lo único del mundo que no miente, me dijo él.

Y lo creí. Y sobre eso construí la única vida que supe: obedecer el norte, no desviarme, cumplir, servir a la cadena, ser el hijo que Sabino formó, la línea recta que siempre llega a puerto.

La línea recta.

Miro la brújula en la palma abierta, temblando la aguja hacia un norte que me marcó otro, y por primera vez la veo por lo que es.

No es la verdad. Es una correa. El que obedece nunca se pierde, me decía Sabino con la mano en el mismo hombro donde se la puso a mi padre.

La línea recta siempre llega a puerto. Y yo obedecí.

Obedecí hace nueve años cuando me aconsejó no tirar la carrera por un chaval, y dejé subir a Adrián a aquel autobús con las manos en los bolsillos, recto, cumplidor, y lo perdí.

Obedecí estos cinco días cuando decidí que podía servir a los dos lados, manejar el timón por los dos, controlarlo todo desde mi norte fijo, y llevé a los cazadores hasta Uxía y a Adrián hasta esta noche.

Cada desastre de mi vida lleva mi norte grabado.

No me he perdido nunca. Ese es el problema.

He seguido la aguja con una fidelidad de perro y la aguja me ha traído aquí, a una piedra fría, viendo bajar en la niebla al único hombre al que no supe retener, dos veces.

Con niebla no se navega solo, decía mi padre.

Y yo entendí siempre: no te desvíes, obedece el norte, sigue la aguja.

Pero mi padre no obedecía. Mi padre navegaba.

Salía con sueste cerrado a buscar a quien no volvía, se metía por bocas que no venían en carta, leía el agua y el cielo y las tripas y torcía el rumbo cuando el rumbo recto mataba.

La brújula no era su amo. Era una herramienta más, como el remo, como la sonda.

La miraba y luego miraba el mar, y cuando los dos no coincidían, le hacía caso al mar.

Sabino cogió al hombre y le robó el lema.

Convirtió navegar en obedecer. Y me lo vendió con la voz de mi padre muerto para que yo no notara el cambiazo.

Me levanto. La brújula en el puño. Camino hasta el borde de las peñas, donde el monte se corta a pico sobre la niebla y, muy abajo, invisible, el mar de fondo golpea la roca con esa cadencia lenta y honda que llevo oyendo toda la vida.

Levanto el brazo. La tiro. Voy a tirarla al mar, a hundir el norte de otro, a quedarme sin aguja de una vez.

Y me quedo con el brazo en alto, temblando, y no la tiro.

No por miedo. Por rabia. Porque tirarla sería otra forma de obedecer: dejar que Sabino se quede también con esto, con lo último que fue de verdad de mi padre antes de que él lo manoseara.

La brújula no tiene la culpa de que yo la haya usado de correa.

La aguja marca el norte. Solo eso. Lo que yo haga con el norte es mío, no suyo, y por primera vez en treinta y siete años eso me parece una noticia y no una condena.

Bajo el brazo. Me guardo la brújula en el pecho. Y respiro, y el aire de bruma me entra distinto, más limpio, el aire de un hombre que acaba de quedarse sin amo y todavía no sabe que eso se llama estar libre.

No voy a obedecer la nota de Adrián. No voy a hacer un trato limpio con la fiscalía y esperar a que el sistema llegue a tiempo, que no llega.

No voy a bajar a Sesín por la carretera, de frente, recto, a entregarme o a negociar, que es justo lo que Sabino espera de mí, porque Sabino me formó a su imagen y cree que sabe por dónde voy a venir: obediente, previsible, en línea recta, a morir a su lado como muere un hijo bueno.

Voy a venir por donde no me espera.

Miro hacia la boca de la ría, hacia el cabo Toural tragado por la niebla, y por debajo del cabo, invisible, la furna.

A Furna do Corvo. Nuestra cueva. La cueva donde Adrián y yo nos escondíamos con quince años a fumar y a besarnos y a creernos a salvo del mundo.

La cueva que estos días he descubierto que es el punto de trasvase de Grupo Bruma, la boca por donde la Santa Xoana traga el cargamento con la marea.

El sitio que fue sagrado y ahora es la escena del crimen.

Ahí zarpa el barco esta noche. Ahí llevarán a Adrián, porque Sabino querrá que Mauro Deza lo vea antes de ahogarlo, para rematar la lección.

Y a la furna se entra por dos sitios. Por tierra, por el paso de arriba, por donde entrarán ellos con sus focos y sus armas y su gente, por donde entraría un policía recto.

Y por mar, por la boca baja, por un pasadizo de roca que solo se abre con la marea justa, que solo se cruza en barca sabiendo leer el agua al dedo, que solo conocemos dos personas vivas en esta ría, y una de ellas soy yo, y la otra baja ahora mismo en la niebla a entregarse.

Esta noche la marea sube. Sube viva, del equinoccio, la más alta del otoño.

Sube y llena la furna. Para Sabino, la marea es la hora de zarpar.

Para mí, la marea es la puerta. Sé exactamente a qué hora se abre la boca baja y a qué hora se cierra tragada por el agua, porque me lo enseñó mi padre y porque lo he leído en esa agua mil veces.

Entro por donde nadie entra, a la hora que nadie sabe leer, en la barca que Uxía tiene amarrada abajo, en la cala. Torcido. Por mis tripas. Por mi rumbo.

Me vuelvo hacia Uxía, que no se ha movido del escalón, que me ha visto ir hasta el borde con el brazo en alto y volver sin preguntar nada, porque las mujeres de la mar saben esperar a que un hombre termine de decidir.

— ¿Sabes remar callada? — digo.

Uxía me mira. Por primera vez en cinco días, algo parecido a una sonrisa le tira de la boca rajada.

— Mejor que tú, agente.

— Entonces baja a la barca y prepárala. Con esta luz salimos en dos horas.

— Me pongo la chaqueta, guardo la nota de Adrián en el bolsillo del pecho, junto a la brújula, las dos cosas juntas — .

Y necesito el móvil de tu primo. Voy a llamar a Rita Bonome.

Cuando yo le diga, y no antes, esa mujer va a emitir en directo lo de tu hermano mientras el mundo entero mira hacia otro lado.

Uxía se levanta, se cuelga la escopeta, coge la cesta con el original de Fito envuelto en el trapo encerado.

— ¿Y él? — dice, señalando con la barbilla hacia abajo, hacia Sesín, hacia la niebla que se tragó a Adrián.

Miro hacia el cabo. La bruma no me deja ver la furna, pero la furna está ahí, debajo, esperando la marea, esperándonos.

— Él cree que se va solo — digo — . Va a llevarse un chasco.

No obedezco tu nota, Adrián. Por primera vez en la vida no obedezco a nadie.

Ni a ti, ni a Sabino, ni a mi padre, ni a la aguja.

Navego. Y con niebla no se navega solo, así que voy a por ti aunque me hayas pedido lo contrario, porque lo que tú llamas dejarte ir yo ya no sé hacerlo, y porque tirar la brújula habría sido fácil y quedarme con ella y elegir mi propio norte es lo único que de verdad cuesta.

Bajo hacia la cala detrás de Uxía. La marea empieza a llenar, muy despacio, allá abajo. La oigo antes de verla. La leo. Y por primera vez en nueve años, leerla no me da miedo.