Punto de fuga Capítulo 22
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Capítulo 22

Salir de Loureda con Bras en la boca de la cala fue cosa de Mauro, y lo odio por lo bien que se le da.

Nos sacó por el sendero de cabras hacia arriba en vez de hacia el agua, que es lo que Bras esperaba, porque un hombre acorralado corre hacia su barca y nosotros subimos hacia el monte, hacia la nada, hacia una pista de tojo que Mauro leía con los pies en la niebla como si el suelo le fuera contando por dónde.

Uxía delante, yo en medio, Mauro cerrando, y ni una linterna, ni una palabra, tres horas de ladera mojada hasta una casa aún más muerta que la anterior, una capilla vieja sin santo con el tejado a medias, arriba, en la brea del monte de Con do Mar, desde donde se ve, muy abajo, la boca de la ría y el punto negro donde esta noche zarpará la Santa Xoana.

Uxía se ha quedado en el porche de piedra, de guardia, con la escopeta de caza de su primo entre las rodillas y la cesta a un lado, dentro de la cesta lo único que importa: el disco y el cuaderno de Fito envueltos en un trapo encerado, el original que ella escondió antes de que la cogieran, el que ni Sabino ni Bras encontraron nunca porque lo buscaban en su casa y ella lo tenía en un nicho de marisqueo que solo pisa con la marea baja.

Lo recuperamos ayer, con el agua fuera, metiendo el brazo hasta el codo en el barro helado.

Es lo que aguanta ante un juez. Es lo que va a hundirlos.

Y yo voy a entregárselo a Sabino esta noche.

No el original. La copia. La copia parcial, el pantallazo, el audio cortado, todo lo mío que no vale nada ante un juez pero que a Sabino le va a parecer que sí, porque Sabino no sabe qué tengo y qué no, y un hombre asustado de que lo graben no distingue lo que aguanta de lo que no.

Le llevo humo. Le llevo mi propia cara en el anzuelo, que para eso aprendí del maestro.

No lo he decidido con la cabeza. Lo he decidido en la ladera, subiendo en la niebla detrás de la espalda de Mauro, mirándole los hombros de remero moverse en la bruma, pensando: cada persona que camina conmigo acaba en el fondo o acaba decidiendo por mí.

Fito en el fondo. Mauro decidiendo. Uxía a punto de las dos cosas.

Si me quito de en medio, si me entrego yo con el señuelo y les compro una noche, Mauro y Uxía sacan el original por mar, Rita lo emite, y todo esto se acaba sin que nadie más pague por estar cerca de mí.

Es la ecuación más limpia que he hecho en mi vida. La única que me sale sin resto.

Que sea también la más cobarde no me lo voy a decir hasta que esté abajo.

Dentro de la capilla no hay más que un banco roto y un jergón de helechos secos que alguien, algún pastor, dejó hace vidas.

Mauro enciende una vela de sebo que llevaba Uxía, la mete en un tarro para que no la vea nadie desde fuera, y la luz nos deja a los dos convertidos en dos manchas amarillas y temblonas contra la piedra.

Hace frío. El que se te mete en los huesos y se queda.

— Deberías dormir — dice Mauro — . Salimos a por el barco con el cambio de marea. Quedan horas.

— No voy a dormir.

— Ya. — Se sienta en el banco roto, a un brazo de mí, con los codos en las rodillas, mirando la vela — . Yo tampoco.

Y ahí estamos. Los dos hombres más buscados de la comarca, en una capilla sin santo, con una traición confesada tirada en el suelo entre los dos como un tercero que no se va.

Debería odiarlo. Lo odio. Y lo miro, le miro las manos ásperas colgando entre las rodillas, la mandíbula dura, las canas de las sienes que con nueve años no tenía, y por debajo del odio hay otra cosa que llevo cinco días fingiendo que no está, y que esta noche, la última, ya no tengo fuerzas para fingir.

— No me mires así — digo.

— No te miro de ninguna manera.

— Me miras como en el muelle de Arnela. Cuando teníamos veinte años y nadie nos veía. — La voz me tiembla y la dejo temblar, para qué sujetarla ya — . No tienes derecho a mirarme así después de lo de esta mañana.

Mauro no dice nada. El mar de fondo, muy abajo.

La vela chasquea. Y entonces se gira hacia mí, despacio, y me pone una mano en la nuca, esa mano de cabos, y no tira, solo la apoya, ofreciendo, dejándome la salida abierta como me deja siempre las salidas, el muy cabrón, y yo, que sé escapar de todo, que llevo la vida entera calculando por dónde huir, no huyo.

Lo beso yo. Que quede claro. Lo beso yo primero, con rabia, con nueve años y cinco días y una traición dentro, le muerdo el labio y sabe a sal y a sueño y a Arnela, y él responde con un sonido bajo, roto, que no le había oído nunca, ni siquiera aquella primera vez en el faro.

Le agarro de la chaqueta y tiro, y nos levantamos a trompicones, y el banco roto cae, y me da igual.

— Adrián — dice contra mi boca, y en mi nombre hay una pregunta.

— Cállate. — Le meto las manos por debajo del jersey, le busco la piel caliente sobre las costillas — . No hables. Si hablas lo estropeas. Solo esto. Una vez más y ya.

Sé lo que estoy haciendo. Lo sé perfectamente.

Me estoy despidiendo con el cuerpo de lo que con la boca no soy capaz de decirle, porque decírselo sería quedarme, y no me puedo quedar, y esta es la única carta que me queda: darle todo el cuerpo esta noche para que no note que mañana no estaré.

El sexo como coartada. El sexo como cuchillo que corta limpio para que no duela hasta después.

Nos deshacemos de la ropa a tirones, con prisa de frío y de última vez, y su piel contra la mía es lo único caliente en tres kilómetros a la redonda.

Mauro me tumba en el jergón de helechos, que cruje y pincha, y me da igual, y me cubre con su peso, y por un momento el frío se va y el barco se va y Sabino se va y solo está su boca bajando por mi cuello, por el pecho, y sus manos, que saben leer una marea, leyéndome a mí como si yo fuera agua y él supiera exactamente dónde rompo.

— Mírame — dice, subiendo otra vez, buscándome los ojos a la luz de sebo — . Adrián. Mírame.

Y ese es el problema. Que me mira. Que no cierra los ojos y se va a lo suyo, como haría cualquiera.

Me mira mientras me toca, mientras mueve la mano entre los dos y me arranca un jadeo que no quería darle.

Me mira para llevarse algo. Para memorizarme.

Para tener después de qué acordarse. Y yo aparto la cara, porque no puedo sostenerle la mirada y despedirme a la vez. No me dan las dos cosas.

— No me mires tú a mí — digo, con la voz hecha trizas — . Hazlo y ya. No me mires.

— No.

Solo eso. No. Y me coge la cara con una mano manchada de mí y me la gira hacia él, con firmeza, sin violencia, y me sostiene ahí, obligándome a estar, a mirarlo mientras nos movemos, y hay algo insoportable en eso, insoportable y necesario, porque yo he venido a esta capilla a follar una despedida y él, el cabrón, me está haciendo el amor, que es justo lo que yo no venía a hacer, y lo sabe, y lo hace a propósito, para que no pueda irme limpio.

Cuando por fin me abre y entra, despacio, con la frente pegada a la mía y mi nombre roto entre los dientes, se me escapa un sonido hondo, de rendición, de duelo, de algo que se rompe por dentro y ya no se pega.

Me muevo con él, contra él, y clavo los dedos en su espalda de remero, y por unos minutos larguísimos no hay traición ni barco ni fondo de ría, solo dos cuerpos que se conocen de otra vida diciéndose con la piel lo que las bocas tienen prohibido.

Lo peor no es correrme. Lo peor es lo de después.

Cuando se derrama con un temblor hondo y un jadeo mudo contra mi cuello y se queda ahí, encima, pesándome, respirando fuerte, sin salir, sin soltarme, con la mano todavía en mi cara, y me dice al oído, bajísimo, con esa voz de marinero que no sabe pedir nada:

— No te vayas.

Y no habla de la capilla.

Se me llenan los ojos. Menos mal que está oscuro. Menos mal que tiene la cara en mi cuello y no me ve. Le paso la mano por el pelo con canas, una vez, despacio, y me trago las palabras que querría decir y digo la única que le sirve de red y a mí de puñal:

— Duérmete, Mauro.

Y el muy tonto, el hombre que no baja la guardia jamás, que lee el viento hasta en sueños, se duerme.

Se fía. Baja la guardia entera por primera vez en cinco días, encima de mí, porque le he dado el cuerpo y ha creído que le daba lo demás.

Bajar la guardia siempre cuesta. Esta noche va a costarle a él.

Espero. Cuento su respiración hasta que se hace lenta y honda como el mar de fondo.

Con un cuidado que aprendí escapando de sitios peores, me deslizo por debajo de su brazo, salgo del jergón, me visto en la oscuridad tiritando.

La vela ya casi no da luz. Lo miro dormir, y no me permito mirarlo mucho, porque hay un límite y lo tengo cerca.

En la mochila llevo la copia. El señuelo. Del original, del disco y el cuaderno de Fito, no toco nada: se lo dejo a Uxía en la cesta, tal como está, envuelto en el trapo encerado. En la libreta arranco una hoja y escribo con la letra más firme que me sale, que no es mucho:

"El original va con Uxía. Sacadlo por mar antes de la marea. Rita emite. Yo os compro la noche. No vengáis a por mí: es lo que Sabino quiere. Por una vez en tu vida, no obedezcas las ganas de salvarme. — A."

La dejo sobre su chaqueta, donde no pueda no verla.

En el porche, Uxía está despierta, la escopeta cruzada, los ojos de mariscadora que lo pesan todo. No dice nada. Me mira, mira la mochila, mira hacia dentro, hacia el bulto dormido, y entiende, porque es lista y porque ha perdido a un hermano por gente que se creía sola.

— Es una tontería, rapaz — dice, muy bajo.

— Ya. — Me echo la capucha — . Pero es mía. Cuida de él. Y de eso — señalo la cesta — , que es lo de Fito.

Uxía aprieta los labios. Asiente una vez. No me para. Ella, mejor que nadie, sabe que a un hombre que ha decidido irse solo no lo paras: lo entierras o lo dejas ir.

Bajo del monte en la niebla, hacia la boca de la ría, hacia las luces mortecinas de Sesín, hacia el hombre que mató a Fito y que va a matarme a mí, con una mochila llena de humo y el cuerpo todavía caliente del único que no quería dejar.

La bruma me traga a los diez pasos. Detrás, arriba, en la capilla sin santo, Mauro duerme y sueña que le he dicho que sí.

Con niebla no se navega solo, dice él siempre. Ya. Por eso me voy antes de que despierte. Para no arrastrar a nadie más a mi niebla.