Capítulo 21
Al quinto día ya no hay amanecer que contar.
Lo sé antes de abrir los ojos, por la luz: no hay luz, hay una claridad sucia de leche cortada que se filtra por las rendijas de la contra y no proyecta sombra ninguna.
Bruma otra vez. Nordés flojo por debajo, la mar de fondo golpeando abajo, en la cala, con esa cadencia que anuncia que hoy tampoco abre.
Y ya no importa que abra o no, porque el reloj ha dejado de contar días.
Ahora cuenta horas. Esta noche zarpa la Santa Xoana. Anoche eran dos mareas; hoy es una.
La casa es una ruina de piedra en el borde de Loureda, colgada sobre las peñas, con medio tejado y un suelo de tierra apisonada que huele a ganado que se fue hace veinte años.
La elegí porque tiene salida al agua por un sendero de cabras que solo baja quien sabe que existe, y porque desde el hueco de la ventana se ve toda la boca de la cala.
Salidas. Siempre las salidas primero. Es lo único que Adrián y yo hemos hecho igual toda la vida.
Uxía está junto al rescoldo, remendando con hilo de nailon el asa de su cesta como si el mundo no se fuera a acabar esta noche, porque las mujeres de la mar arreglan lo que tienen delante mientras esperan lo que viene. No ha dormido. Yo tampoco. Nos hemos turnado la ventana sin decírnoslo.
Adrián sí ha dormido, o lo ha fingido, en un jergón de sacos en el rincón.
Ahora está despierto, sentado contra la pared, con la libreta en la rodilla y el lápiz quieto.
Y ahí está lo que me eriza la nuca antes que la bruma, antes que el barco, antes que nada: el lápiz quieto.
Adrián no tiene las manos quietas nunca.
Cuando tiene miedo escribe, pregunta, ironiza, llena el aire de palabras para no oír el mar por debajo.
El silencio en Adrián es la alarma. Lleva callado desde anoche.
— Uxía — digo — . ¿Puedes bajar a mirar la barca? La amarré corto, con esta marea igual roza la piedra.
Ella me mira. Sabe que la barca está bien. Pero pesa la escena como quien pesa la captura antes de fiarse, deja la cesta, se echa el chaquetón por los hombros y sale al sendero sin una palabra. De fiar, poucos, decía de ella su hermano. Empiezo a entender la lista.
La puerta se cierra. Quedamos Adrián y yo y el rescoldo y el mar de fondo.
— Suéltalo — digo — . Lo que sea que llevas masticando desde anoche. Suéltalo antes de que se pudra.
Adrián levanta la vista despacio. Cierra la libreta con dos dedos, sin ruido, y ese gesto pequeño me da más miedo que un grito.
— Anoche, cuando sacamos a Uxía de la nave — dice, y la voz le sale plana, pulida, sin filo, y en Adrián lo plano es lo peligroso — , mientras tú mirabas la carretera, ella me contó una cosa.
Dijo que en estas dos semanas los cazadores siempre acertaban.
Que fuera donde fuera, aparecían. Que era como si alguien les fuese contando los pasos.
— Una pausa exacta, medida, de periodista que ya tiene el titular y solo busca la reacción — . Los pasos de quién, Mauro.
Y ahí está. No en forma de acusación. En forma de pregunta abierta, tendida sobre la mesa como una carta boca arriba, para que la coja yo.
Miro por el hueco de la ventana. La bruma se ha comido la boca de la cala; no se ve el agua, solo se oye.
Nordés que va a rolar a sueste a media tarde, la niebla que no piensa levantar.
Nombro el tiempo por dentro, como hago siempre que voy a tener que decir algo que no quiero, y me oigo a mí mismo hacerlo, y me doy asco, porque sé lo que ese gesto delata y él también lo sabe.
— No mires el cielo — dice Adrián, bajito — . Mírame a mí. ¿Los pasos de quién?
No hay dónde ir. He navegado cinco días huyendo de decir esto y la ría se me ha acabado. Cuando la costa se te acaba, o encallas o viras. Viro.
— Míos.
La palabra cae en el suelo de tierra y no rebota.
— He mantenido un canal con Sabino — digo, y una vez que empiezo ya no puedo parar, sale todo, como sale el agua por una junta reventada — .
Desde el primer día. Desde la conservera.
No corté. Le hacía creer que seguía dentro, que te tenía localizado, que iba a entregarte cuando conviniera.
Le daba migas. Rutas falsas. Le contaba lo justo para que confiara y me creyera de su lado, y así yo sabía por dónde respiraba él, qué preparaba, cuándo.
— Trago — . Creí que podía servir a los dos lados.
Creí que si mantenía la línea abierta podía negociar, ganar tiempo, sacarte a ti y a Uxía y hundirlo a él, todo a la vez, sin romper con la casa del todo. Creí que lo controlaba.
Adrián no se mueve. No parpadea. Es peor que si gritara.
— Cada vez que le hablé — sigo, y me cuesta, me cuesta como remar contra la corriente en la barra — , por muy en clave que fuera, le di un punto.
Un vértice. Una llamada, una hora, una zona.
Y Bras es de la casa: sabe triangular una señal igual que yo.
No necesitaba oír lo que yo decía. Le bastaba con saber que yo estaba hablando y desde dónde.
Anoche até los cabos. Los sitios donde nos cazaron cuadran, uno por uno, con las veces que contacté con Sabino.
Uxía tiene razón. Alguien les fue contando los pasos.
— Respiro — . Fui yo. Los llevé hasta Uxía. La cogieron por mi culpa.
Silencio. El rescoldo chasquea. Fuera, el mar de fondo, hondo, paciente.
— ¿Cuándo lo supiste? — pregunta Adrián. La voz sigue plana, pero por debajo, muy abajo, se le ha astillado algo.
Y aquí es donde podría mentir una última vez. Donde podría decir ahora mismo, esta noche, acabo de atarlo. Sería casi verdad. Casi. Y lo casi verdad es lo torcido con corbata.
— Ayer — digo — . Por la tarde. Antes de que reagrupáramos con vosotros. Lo entendí, destruí el móvil, corté con él para siempre. Y no te lo dije.
— No me lo dijiste. — Lo repite despacio, saboreándolo, y por fin algo se le mueve en la cara: no rabia.
Peor. Reconocimiento. Como quien confirma un pronóstico que llevaba media vida haciéndose — .
Toda la noche. Todo el rescate. Me miraste, me tocaste, me dijiste que a nadie se deja atrás, y ya sabías que habías sido tú. Y te lo callaste.
— Iba a...
— No. — Levanta una mano. No la sube mucho. No hace falta — . No me digas que ibas a decírmelo. Ese es el otro Mauro, el que da su palabra en un muelle. A ese ya lo conozco.
Se levanta del jergón. Despacio, con cuidado, como quien se incorpora después de un golpe para que nadie note cuánto duele.
Y empieza a hablar, y ahora sí, ahora el miedo le suelta la boca, pero no es el miedo a Bras ni al barco, es un miedo más viejo, y las palabras le salen a chorro, afiladas, cada una limada durante años.
— ¿Sabes qué es lo que más me jode? No que la cagaras.
Todo el mundo la caga. Fito la cagó fiándose de mí, yo la cagué metiéndolo, tú la cagaste creyéndote más listo que Sabino.
Eso es humano. — Da un paso — . Lo que me jode es que elegiste.
En algún momento de estos cinco días te sentaste con la balanza: por un lado, contármelo y que yo decidiera con todas las cartas; por el otro, guardártelo y manejarlo tú, controlarlo tú, arreglarlo tú, como arreglas un motor, sin consultarle a la pieza.
Y elegiste manejarme. Otra vez. Igual que hace nueve años elegiste la placa y me dejaste subir a un autobús sin correr detrás.
Tú no me abandonas gritando, Mauro. Tú me abandonas decidiendo por mí, calladito, por mi bien.
Encaja. Encaja como encaja un remo en la chumacera, con un chasquido exacto y feo. Porque tiene razón. Porque el hilo que va de aquel autobús a este canal con Sabino es el mismo hilo, y lo he tejido yo, y se llama creer que sé mejor que nadie cuál es el rumbo bueno.
— Adrián — digo, y no sé qué viene detrás de su nombre, no tengo nada, no hay nada recto que decir cuando lo torcido eres tú.
— No. — Recoge la libreta. El lápiz. El teléfono de prepago.
Los guarda en los bolsillos con una calma de hielo que no le había visto nunca, ni de crío, ni en el muelle el primer día.
La calma de quien acaba de cerrar una puerta por dentro — .
Ya está. Ya sé quién eres. Llevaba nueve años sospechándolo y ya no tengo que sospechar. Es casi un alivio.
— ¿Qué vas a hacer?
— Lo que tenía que haber hecho desde el principio.
— Se echa a la espalda la mochila con la copia parcial, con las notas, con todo lo suyo — .
Terminarlo yo. Solo. Como trabajo yo. Voy a sacar esto adelante sin deberte nada, sin deberle nada a nadie, porque cada vez que me apoyo en alguien ese alguien decide por mí o acaba en el fondo de la ría.
Uxía se queda contigo, que sabes de barcas.
El original lo lleváis vosotros a Rita. Yo tengo otra vía.
— No hay otra vía. Te van a matar en cuanto asomes solo.
— Puede. — Me mira, y por un segundo, uno solo, la calma de hielo se le raja y asoma debajo el crío de la ceja rota, el que se alegró de verme en el muelle y se odió por alegrarse — . Pero al menos no me matará nadie por creerse con derecho a decidir por mí. Eso ya lo he probado, y es peor.
Voy a decir algo. No sé qué. La boca se me abre.
Y en ese momento la puerta se abre de golpe y entra Uxía, sin aire, con el chaquetón medio caído.
— Una lancha — dice, en voz baja, que es como se grita cuando gritar te mata — . En la boca de la cala. Sin luces. Parada, escuchando. Es él. El de la calma.
Bras. Nordés, bruma, mar de fondo, y Bras en la boca de nuestra única salida, sin prisa, como siempre, porque el que no tiene prisa es porque sabe que la presa no tiene por dónde.
Miro a Adrián. Adrián me mira. Nueve años, cinco días, una traición confesada y una lancha en la cala, todo cabe en esa mirada y no cabe en ninguna parte.
— Enhorabuena — dice él, bajísimo, sin gota de burla ya — . No me puedo ir solo. Todavía.