Capítulo 20
Mauro vuelve de la guardia con los pantalones mojados hasta la rodilla y una cara que no le había visto, cerrada como una contraventana con el temporal encima.
— Cambio de planes — dice, y se agacha junto a la brasa que no encendemos, solo por el gesto de acercar las manos a un fuego que no hay — .
Sabino sabe que me he pasado. Lo supo en cuanto enseñé la placa en su nave.
Ya no cree que yo sea suyo. — Mira a Uxía, luego a mí — .
Y un comandante que sabe que su hombre de dentro se ha ido a negro no espera a la marea viva.
No nos va a dar dos días para montar nada.
Va a sacar el cargamento en la primera marea buena que tenga.
— Que es — digo, y ya lo sé por su cara.
— Mañana por la noche. — Lo dice plano — . He calculado la pleamar. Mañana hay agua suficiente para que la Santa Xoana cargue en la furna y salga a aguas hondas. Adelanta la salida un día entero. El original que le quitó a Uxía va en ese barco. Si el barco zarpa, se acabó.
Uxía suelta una palabrota en la lengua de la ría, corta y honda. Yo hago lo que hago con el pánico: lo convierto en lista.
— Entonces no tenemos dos días — digo — .
Tenemos uno. Y todo lo que íbamos a hacer en la marea viva hay que hacerlo mañana de noche, en la furna, mientras cargan.
Recuperar el original. Sacar a Uxía viva.
Y que Rita emita en el instante justo, con el barco cargando y las pruebas en pantalla a la vez, para que la caza se dé la vuelta antes de que a nadie le dé tiempo a matarnos.
— En un sitio que ellos controlan — dice Uxía — . Con su gente. Con Bras. En la boca de su propia madriguera.
— En un sitio que nosotros conocemos mejor que ellos — dice Mauro, y por un segundo le vuelve algo a los ojos, una chispa dura — .
Yo me sé esa furna por dentro y por fuera.
Me sé la grieta de tierra que se abre con la baja y la boca de mar que se abre con la alta.
Me sé a qué hora el agua deja entrar una lancha y a qué hora la atrapa.
Ellos se saben la cueva de hace dos años.
Yo me la sé de toda la vida. Eso es lo único que tenemos. Y con eso vamos.
Nos ponemos a dibujar en la tierra del hórreo, a la luz tapada, las horas de la marea de mañana, los pasos, quién entra por dónde. Mauro traza la boca de mar, la grieta de tierra, el saliente donde cargan.
— La pleamar es a las cinco y diez — dice — .
Una hora antes, el agua ya cubre para meter una lancha por la boca.
Ahí es cuando van a estar cargando el barco, en la hora de más agua, y ahí es cuando la furna está más llena de gente y de luz.
Es el peor momento para entrar. Y es el único que tenemos, porque es cuando el original va a estar allí abajo, en sus manos, antes de subirlo a la Santa Xoana.
— Por la boca de mar no entramos ni de broma — dice Uxía, y pone el dedo rajado en el plano, sobre la grieta de tierra — .
Por aquí. La canal de la cara norte. Yo he marisqueado esa peña cuarenta años.
Con la pleamar la grieta está tapada por dentro, pero hay una repisa, un escalón de roca por encima del agua, estrecho, que aguanta seco hasta que la marea llena del todo.
Se pasa de lado, pegado a la pared. Ellos no la usan porque no la conocen. Nosotros sí.
Mauro la mira, y algo se entiende entre los dos, dos personas de la ría midiendo la misma agua.
— Por ahí meto yo a Uxía y el testimonio — dice él — . Tú, Adrián, te quedas fuera, arriba, con el móvil y con Rita al otro lado de la línea. En cuanto veas el barco cargando y a mí dentro, das la señal y Rita emite. No entras. Esta vez no entras.
— Eso ya lo dijiste en la nave — digo — . Y no salió como querías.
— Esta vez no entras — repite Mauro, y no discuto, porque tengo mis propios planes para mañana y ninguno de los tres los sabe todavía.
Uxía corrige un par de cosas más con el dedo, el sitio donde amarran la lancha grande, por dónde salen los coches. Y por un rato, los tres agachados sobre un plano de tierra, con un plan imposible tomando forma, siento una cosa rara en el pecho, una cosa que no me dejo sentir casi nunca.
Esperanza.
Y detrás de la esperanza, sin pedir permiso, viene otra cosa peor, más peligrosa, más prohibida.
Cuando Uxía se retira a su rincón a robar otra hora de sueño y quedamos Mauro y yo solos junto al plano de tierra, me sorprendo pensando en el después.
En que mañana esto acabe. En que Sabino caiga, y el nombre de Fito quede limpio, y el mío también. Y en lo que viene luego.
— La casa de mi abuela — me oigo decir, en voz baja, mirando el plano y no a Mauro — .
En Arnela. Sigue cerrada desde que ella murió.
Junto al muelle. Tiene una parra que se comió el emparrado y una cocina de hierro como esta.
— Me río bajito, sin ganas, porque me da vergüenza — .
Nunca he pensado en volver. Llevo nueve años sin poner un pie en Arnela porque en Arnela está todo lo que perdí.
Y ahora mismo, aquí, muerto de miedo, en un hórreo con una fugitiva y un policía prófugo, no dejo de pensar en abrir esa casa.
En quitarle las tablas a las ventanas. En encender esa cocina. — Levanto la vista — . Contigo.
Mauro me mira. No dice nada durante un momento largo, y en su cara pasa algo que me parte, porque es deseo y es culpa a la vez, las dos cosas peleando, y no entiendo la culpa, todavía no.
— Adrián — dice, y me coge la mano sobre la tierra.
— No digas nada — digo, deprisa, arrepentido de haberlo dicho — .
Ya sé que es una tontería. Ya sé que primero hay que sobrevivir a mañana.
Es que... nunca me había permitido imaginar un después con nadie.
Yo trabajo solo, ¿te acuerdas? Ese soy yo.
Y llevo cuatro días queriendo dejar de serlo, y me da un miedo de muerte, porque cada vez que quiero algo así se me muere en las manos.
— No se va a morir — dice Mauro.
— Eso no lo sabes.
— No — dice él, y me aprieta la mano, y le tiembla la voz de una manera que no sé leer — .
No lo sé. Pero lo quiero. Quiero abrir esa casa.
Quiero quitarle las tablas a las ventanas contigo.
Y te juro que voy a hacer todo lo que pueda para que mañana lleguemos vivos a poder hacerlo. Todo. Aunque tenga que...
No termina. Otra vez una frase a medias entre los dos. Y yo, tonto de mí, lleno esa frase a medias con lo que quiero que diga, y no con lo que se calla.
Le beso los nudillos. Nos quedamos así, cogidos de la mano sobre un plano de tierra, imaginando una cocina encendida en una casa cerrada, y por un instante robado el mundo es un sitio donde eso puede pasar.
Y entonces habla Uxía desde su rincón, y no lo hace por hacer daño, lo hace porque es una mujer que dice lo que ve, y lo que ve lo dice entero.
— Rapaz — me dice, incorporándose sobre los sacos, mirándome a mí — .
Antes, en la nave, os dije lo del amigo del comandante.
Lo del guardia que se movía y ellos detrás.
Llevo la noche dándole vueltas y ya sé qué me chirriaba.
— Señala con la barbilla el bolsillo del pecho de Mauro, donde estaba el teléfono, donde ahora solo está la brújula — .
Es el aparato. Cada vez que a mí me caían encima, había sido justo después de que él — y ahora mira a Mauro, sin rencor, con la frialdad de quien pesa una captura — , justo después de que el guardia hablara por ese teléfono con alguien.
En la cala, antes de que Bras nos encontrara, tú saliste a llamar.
Yo te vi. Y en la furna me cogieron la tarde de después de vuestra romería, que me contó el rapaz que anduvisteis.
Siempre igual. Él habla por el aparato, y a las horas, zas, están encima.
— Se encoge de hombros — . A lo mejor no es nada.
A lo mejor es que esa gente es muy buena.
Pero yo, cuando una nasa se me llena siempre en la misma piedra, dejo de creer en la suerte.
El hórreo se queda mudo.
Yo no miro a Uxía. Miro a Mauro. Miro su mano, todavía sobre la mía, sobre el plano de tierra.
Y espero que se ría. Espero que diga qué tontería, Uxía, el teléfono era mi baza, le daba pistas falsas, lo controlaba yo.
Espero que me mire y me lo desmonte con esa voz suya de agente, como me desmontó lo de Fito, como me desmontó lo de la abuela.
No dice nada.
Mauro no dice nada. No me suelta la mano, pero no dice nada, y baja la vista al plano de tierra, y le veo la mandíbula apretarse, y le veo tragarse las palabras que no salen, y su silencio —el silencio de este hombre parco, sí, pero que a mí, cuando hace falta, siempre me ha hablado— su silencio esta vez es una confesión.
Le retiro la mano despacio. Él la deja ir. Ni siquiera intenta retenerla, y eso es lo que me confirma lo que ya sé.
— Mauro — digo, muy bajo, y me oigo la voz rara, lejana, como si me la prestara otro — . Dime que Uxía se equivoca.
Levanta los ojos. Grises, del color del agua de la ría en octubre, y ahora mismo igual de fríos. Y en esos ojos no hay lo que le pido. En esos ojos hay un hombre que ha estado a punto de decir algo toda la noche y no lo ha dicho.
— Adrián — dice.
Y con solo mi nombre, con esa manera de decirlo, se me abre por dentro la grieta vieja, la que llevo tapando nueve años, la que dice que todo el que se acerca acaba dejándote o usándote, y que fiarse es el principio de que te hundan.
La casa de la abuela, la cocina encendida, las ventanas sin tablas, todo eso que me acababa de permitir imaginar, se apaga de golpe, y me quedo a oscuras, con la mano vacía, al final del cuarto día, mirando al hombre en el que me había atrevido a confiar y que me ha estado entregando, llamada a llamada, sin decírmelo.