Capítulo 19
El amigo del comandante.
Salgo del hórreo sin hacer ruido, con la excusa de la guardia, porque no puedo seguir un segundo más con la mano de Adrián apartándose de mi pecho y los ojos de Uxía midiéndome en la penumbra.
Bajo hasta la lengua de arena, bajo el pinar, y me quedo de cara al mar negro, y por fin me obligo a hacer lo que llevo cuatro días sin hacer: mirar hacia dentro.
El amigo del comandante los tiene al día. Siempre que se mueve el guardia, ellos se mueven detrás.
El guardia soy yo.
Lo veo entero, de golpe, con la claridad fría con que se ve una vía de agua cuando ya te llega al pecho.
La casa de la prima: creí que la habían encontrado por casualidad, o por un dron, o por un chivatazo de un vecino.
No. Yo llamé a Sabino esa noche desde el alpendre, para darle una pista falsa, para mandarlo al norte mientras nosotros bajábamos.
Y a las cuatro horas estaba Bras en el varadero.
El faro: nadie lo sabía, lo elegí yo sobre la marcha, imposible que lo filtrara nadie.
Pero al amanecer llamé a Sabino desde el propio faro, dos frases, para que me creyera todavía suyo.
Y al alba siguiente, el foco desde el mar, peinando la roca exacta donde dormíamos.
No es lo que digo. Nunca ha sido lo que digo.
Es el hecho de decirlo. Cada vez que enciendo ese teléfono, cada vez que abro esa línea, no le doy a Sabino una pista falsa: le doy mi posición.
Un aparato encendido es un punto en un mapa.
Da igual que yo le hable del sur si el aparato canta el norte.
Le he estado entregando, con mis propias manos, una a una, todas las calas donde nos escondíamos, convencido de que el listo era yo.
Y ayer, en la romería de Beira, me separé un paso a echar mi aparejo tan fino, mi señuelo hacia Con do Mar. Y Uxía dejó de dar su señal a media mañana. Y esa tarde la cogieron en la furna.
Yo llevé la caza hasta Uxía.
No fue Adrián, que se culpa de todo. No fue un topo escondido en las sombras.
Fui yo, con mi teléfono limpio y mi cabeza llena del lema de Sabino, creyendo que podía servir a los dos lados, que podía obedecer y desobedecer a la vez, que podía ser el hijo de fiar y el hombre que salva a Adrián sin renunciar a ninguna de las dos cosas.
Quise conservar la careta. Y la careta era la trampa.
Y lo más amargo es que la trampa me la enseñó él.
Nunca quemes un canal, rapaz, me decía Sabino en los coches, en las guardias largas, mientras me formaba.
Una fuente abierta vale más que diez cerradas.
El que controla la información controla el mar.
Yo me lo aprendí como se aprenden los rezos, sin mirarlos por dentro, y estos días lo he repetido palabra por palabra para justificarme el teléfono: que lo listo era mantenerlo hablando, que un buen agente no renuncia a un canal.
Me enseñó a construir mi propia trampa y hasta me enseñó las palabras con que iba a defenderla.
Así de bien me formó. Así de suyo era yo todavía sin saberlo.
Me siento en la arena fría porque las piernas no me tienen.
La brújula me pesa en el bolsillo del pecho.
La saco. La abro. La aguja tiembla y encuentra el norte, terca, fiel, la misma que llevo diecisiete años obedeciendo.
El norte fijo. La línea recta. No te desvíes, rapaz, el que obedece nunca se pierde.
Y resulta que obedecer ese norte —el de Sabino, el de la cadena de mando, el de creer que un buen agente no quema una fuente ni corta un canal— es exactamente lo que ha llevado a los cazadores hasta una mujer atada a una silla con un ojo hinchado.
Mi lealtad no protege la costa. La envenena.
Mi control no salva a nadie. Es la puerta por la que entra el agua.
Cierro la brújula en el puño hasta que el latón me hace daño.
Me acuerdo de mi padre en la dorna, conmigo de crío entre las piernas, una mañana de niebla como boca de lobo en que no se veía la proa.
Yo tenía miedo y él iba tranquilo, con la mano en la caña, oliendo el aire, escuchando el rompiente, contando el tiempo entre ola y ola.
Le pregunté que cómo sabía por dónde ir sin ver nada, y él no me enseñó la brújula.
Me señaló el oído, y la nariz, y el agua.
Me dijo que la aguja te dice dónde está el norte, pero no dónde está la piedra que te abre el casco; que para eso hay que sentir el mar, no obedecerlo.
Yo era pequeño y me quedé con la brújula, que era bonita y brillaba, y me olvidé de lo otro.
Diecisiete años me olvidé de lo otro. Sabino me vendió la aguja y me escondió el oído, y yo, con la aguja en el pecho, me creí marinero navegando cuando solo estaba obedeciendo un norte que otro me marcó.
Y aquí, en la arena, tomo la decisión que me define, aunque todavía no sé que me define, porque la tomo mal. Decido no contárselo a Adrián.
Me lo digo con las palabras de siempre, las buenas, las de hombre íntegro.
Que no gano nada hundiéndolo con esto ahora.
Que bastante carga con Fito y con Uxía. Que lo que hay que hacer es arreglarlo, no confesarlo; cortar la fuga, seguir con el plan, sacar el original, salvarlos a los dos, y que ya habrá tiempo de contar lo que hice cuando estén a salvo.
Yo lo arreglo. Yo lo controlo. Yo lo llevo.
Yo lo arreglo. Yo lo controlo. Yo lo llevo.
Es la misma frase de siempre. Es Sabino saliéndome por la boca.
Es el mismo veneno con etiqueta nueva: en vez de obedecer una orden, obedezco mi orgullo, mi necesidad de ser el que sostiene, el que no falla, el que no tiene que pedir ayuda ni perdón.
Callar es controlar. Y callarle esto a Adrián, al hombre cuya herida es exactamente que la gente en la que se fía le esconde cosas y lo deja, es la peor cosa que puedo hacerle.
Lo sé mientras lo decido. Y lo decido igual.
Con niebla no se navega solo, decía mi padre. Y yo, con la niebla más cerrada de mi vida, elijo navegar solo una vez más. Por vergüenza. Por control. Por no ser, delante de Adrián, el que llevó la muerte a la puerta.
Saco el teléfono limpio del bolsillo. La pantalla se enciende en la oscuridad, y hay un mensaje, uno solo, del número aprendido de memoria. De Sabino.
"Sé que usaste la placa en mi nave, rapaz. Ya está. No pasa nada. Te esperaba. Ven a casa y hablamos, que a tu padre no le gustaría verte así. La línea recta siempre llega a puerto."
Me quedo mirándolo. La calma del que ya no finge que no sabe. Me ha estado dejando correr, dándome cuerda, esperando a que yo mismo me ahorcara enseñando la placa. Ya no soy su rapaz que a lo mejor vuelve. Soy un cabo suelto. Y a los cabos sueltos, Sabino, los ata o los corta.
No contesto. Suelto el teléfono en la arena, cojo una piedra grande con las dos manos, y lo reviento.
Una vez. Dos. Hasta que la pantalla es una telaraña muerta y las tripas del aparato se esparcen en la arena.
Recojo los pedazos, entro en el agua hasta las rodillas, y los tiro al mar lo más lejos que puedo, uno a uno, hasta el último circuito.
Se acabó el canal. Se acabó la línea. Nueve años tarde. Cuatro días tarde. Pero se acabó.
El frío del agua me sube por las piernas. Y ahí, con los pies en el mar, hago las cuentas de la marea, porque las cuentas de la marea las hago siempre, hasta con el mundo cayéndoseme encima.
Y las cuentas me dan una cosa que no me gusta.
Sabino ya sabe que me he pasado. Lo sabe desde que enseñé la placa en su propia nave, hace un par de horas.
Un comandante que sabe que su hombre de dentro se ha ido a negro no espera.
No va a arriesgarse a mover el cargamento en la marea viva del equinoccio, dentro de dos días, dándonos dos días para montar lo que sea que estemos montando.
Va a sacarlo cuanto antes. Va a adelantarlo.
Miro la luna, calculo la pleamar de mañana. Coeficiente subiendo hacia la viva, agua suficiente para que la Santa Xoana cargue en la furna y salga a aguas hondas. Mañana por la noche hay marea para hacerlo. La primera marea buena después de saber que me he vuelto contra él.
No dentro de dos días. Mañana.
La certeza me cae encima como una ola de fondo, de esas que no ves venir y te tumban.
Todo el plan de Adrián —reunir el original, a Uxía, a Rita, y hacerlo saltar todo a la vez en la marea viva— estaba calculado para dos días.
Ya no hay dos días. Sabino va a sacar el cargamento y el original mañana por la noche, y con ellos se va la única prueba que aguanta ante un juez, y con la prueba se va el nombre de Adrián, que se queda para siempre siendo el prófugo que mató a Fito.
Salgo del agua chorreando. Subo por la arena hacia el hórreo, donde duerme Uxía y me espera Adrián con esa sombra nueva en los ojos, con la mano que apartó de mi pecho, y me trago lo que sé y me trago lo que he hecho, y llevo dentro dos secretos ahora en vez de uno: que fui yo quien los cazó, y que el reloj acaba de partirse por la mitad.
En la puerta me paro un segundo antes de entrar.
Por la rendija veo a Adrián agachado sobre el plano de tierra, hablándole a Uxía de algo con las manos, vivo, entero, con esa cicatriz en la ceja que me sé de memoria, y se me encoge todo, porque ese hombre me ha pedido una sola cosa desde el faro: que no le esconda nada, que no le haga lo que le hicieron todos, dejarlo a oscuras y marcharse.
Y es exactamente lo que estoy a punto de hacer.
Guardarme lo que sé. Navegar solo la niebla.
Por su bien, me digo, con la voz de Sabino, que es la única que me sé para mentirme.
Con niebla no se navega solo. Y aquí voy, hacia la puerta iluminada del hórreo, más solo que nunca, cargando yo mismo la niebla que nos va a hundir.